Los analistas des-cubrimos el inconsciente, revelamos las fotos de un secreto para que el portador intente hacer algo con ellas. El atractivo del secreto es precisamente su condición de enigma, y el interés que nos despierta la práctica no es ajeno a la hermenéutica de algunos misterios que son insondables sin psicoanálisis. Secreto, palabrita que estrenó el siglo XIII pero ya habitaba los intersticios de la subjetividad. Obramos como malos “secretarios” del inconsciente ya que intentamos poner en evidencia su mensaje –quien sin embargo nos busca en transferencia–. Al escuchar selectivamente ingresamos a otro saber poblado de deseo y muerte (¡pavada de trabajo hemos elegido!).
La noción de resguardo del material de sesión y de las personas tiene un correlato legal que regula rigurosamente el alcance del secreto y del vínculo entre profesional y paciente, y lo prohibido suele ser deseado. Advertía Cervantes (quien cabalga desde hace cuatrocientos años el idioma): “Necio y muy necio el que, descubriendo un secreto a otro, le pide encarecidamente que le calle”. Tentación que frena la ética.
Jornadas, clases, ateneos, transitan bordes de historias personales jugadas entre cuatro paredes. Actúan mutando aspectos de la clínica misma. Resignifican après coup, y resultan actividades imprescindibles para el avance de la praxis, y para mitigar la soledad fragmentaria de un consultorio. Las divisorias en torno a cómo se relata un caso para no vulnerar límites éticos y legales –aunque no se trate exactamente de lo mismo– son sustanciales.
El mismo Freud escribía hace ochenta años: “Si antes se me reprochó no comunicar dato alguno sobre mis enfermos, hoy se me reprochará hacer público algo que el secreto profesional impone silenciar”. Y lo contado nos permite contar con el psicoanálisis.
A menudo, otras aristas de lo secreto irrumpen en la clínica como consecuencia de diversos avatares: lo “inconfesable” del analista (conflictos, rupturas institucionales, lo que es preciso callar para no vulnerar la dirección de la cura, etc.) que, empero, incide; lo no dicho del paciente a través del tiempo, que ocasionalmente es posible leer si se escucha más de lo que se oye.
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