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   Entrevista

Juan Bautista Ritvo
  Un analista en controversia
   
  Por Emilia Cueto
   
 
¿Cómo se produjeron sus primeros contactos con el psicoanálisis?
Cuando era estudiante de filosofía, leía y criticaba a Freud desde el marxismo –reprochándole su presunto desconocimiento de la historia– y desde la fenomenología –fustigándolo por el mecanicismo arbitrario, por la ignorancia del no ser en el corazón de la decisión del existente–, aunque, claro, no dejaba de estar fascinado por una obra que hablaba de sexualidad, destrucción y muerte y más allá de mis intenciones convocaba –como convoca a todo el mundo–, a mis fantasmas. Todo cambió cuando empecé a analizarme: Freud ya contaminaba no sólo mis decisiones, sino también mis pensamientos. No obstante, creo que sin Lacan –un psicoanalista rosarino que emigró a Italia en los años de plomo me donó un ejemplar de la primera e insuficiente edición de Lacan en castellano, y lo hizo diciéndome, simplemente, que lo que allí estaba escrito me concernía– nunca me hubiera vuelto analista. Quiero mencionar (y en un lugar destacado) a Américo Vallejo, que tanto me instó para que me dedicara al análisis. Puedo leer y apreciar a los posfreudianos –Abraham, Ferenczi, Klein– pero su clima moral e intelectual me resulta absolutamente extraño. En cambio un discurso como el de Lacan, atravesado por el estilo de Hegel, contaminado por Heidegger, al volver sobre Freud, permitió liberar a este último de la escoria positivista y dejar a la vista la maravilla de su escritura, los meandros de un pensamiento que por estar sustraído a las urgencias de la actualidad, es riguroso y, diría, anacrónicamente, contemporáneo.

En el libro Ensayo de las razones refiere que leer los historiales freudianos desde un lugar que no sea “Inhibición, síntoma y angustia” es hacer psicología, no psicoanálisis ¿Qué lo lleva a realizar una afirmación tan contundente?
La piedad hagiográfica y ese gusto actual tan notorio por las biografías –género sospechoso, si los hay–. Biografías no sólo del gran hombre, sino de la mujer, la amante, la hermana de la amante, el perro de la madre y así hasta la náusea–. Un gusto no mitigado por el humor (negro) y la ironía tiende a imponer la unidad de la persona, unidad supuestamente exquisita, aunque el personaje sea detestable, en desmedro de la heterogeneidad y dispersión del sujeto. El psicoanálisis no se ha librado de esta marea y así proliferan vida, dichas y desdichas y milagros de todos los pacientes de Freud; lo cual, no obstante, nos permite acceder en definitiva a una punta de la verdad: no hay modo de encajar “el caso Dora” de Freud con esa mujer desteñida y amargada que dice, en voz baja, “yo soy la Dora de Freud”. Y esto vale para todos, fatalmente. Es que la neurosis de transferencia, que no es una simple reproducción de la vida cotidiana, si es que la vida cotidiana es simple, construye, desde la inicial inhibición del goce, que es el preludio de todo movimiento orientado hacia el acto, una trama en que se alternan, de continuo y en movimiento de bucle, el síntoma y la angustia. Pero el analizante tiene otra vida (“otras”, más bien), otras transferencias que acusan perfiles que, en parte coinciden, y en parte divergen entre sí hasta formar una trama tan múltiple y entrelazada como errática. Podría decir: “Dime a quién te diriges y te diré quién eres cada vez”.

¿Qué pasa con textos como Introducción al Narcisismo o Más allá del Principio del Placer?
Es mejor que aclare: más que ese texto en particular, son los conceptos de inhibición, síntoma y angustia, los que constituyen el lugar de la clínica analítica. De ninguna manera pretendería dejar de lado las obras mencionadas en la pregunta; pero para no quedarme en lo formal, quiero agregar: esos tres conceptos, en este preciso momento del psicoanálisis, no son aislables de la matriz que sobre ellos ha elaborado el que juzgo uno de los seminarios decisivos de Lacan, el dedicado a la angustia. La angustia, excepción de excepciones, porque no es parangonable con nada, es el fundamento sin fundamento de nuestras certidumbres.

En el libro Del Padre. Políticas de su genealogía, usted propone, respecto a la concepción del lenguaje, rectificar el modelo orgánico de Heidegger por el método mecánico de Beckett.
Para Heidegger la lengua es la “casa del ser”; y así, ésta es para el hombre pura “hospitalidad”. Beckett, en cambio, como lo ha subrayado Olga Bernal, ensayista de origen checo, es testigo del hundimiento de esta concepción: el lenguaje ya no tiene el sostén del Verbo y el hombre se deshace en el polvo de la palabra. Desde luego, ambas perspectivas no son aplicables directamente al psicoanálisis; en ningún caso se trata -es un absurdo– de sustituir una presunta concepción heideggeriana del inconsciente por otra, digamos beckettiana. No, en absoluto. De lo que sí se trata, es de liberarse de todo idealismo lingüístico; la palabra del Otro (aquí por vía de simplificación no planteo las diferencias, sin embargo esenciales, entre lengua, lenguaje, palabra) es a la vez e inescindiblemente hóspita e inhóspita, constructiva porque constrictiva y también, por la misma razón, destructiva. Llamamos “significante” a esa desubstancialización de la palabra que instaura el deseo sobre un fondo de continuidad del cual jamás puede librarse. Desde este punto de vista el significante no es punto de partida sino punto de llegada, diferencia que, se nota, no es desdeñable.

Slavoj Zizek postula que el siglo XX –como ningún otro– ha estado caracterizado por la violencia y desarrolla lo que denomina “violencia del Ello”. ¿Cuál es su apreciación acerca de este momento histórico?
Pero, ¿ha habido algún siglo que no haya sido violento? Estoy ahora leyendo Los anillos de Saturno de Sebald, que es un testimonio melancólico acerca de la destructividad humana. Habla, por ejemplo, de la rebelión de los Taiping en la China del comienzo de la segunda mitad del siglo XIX, que costó la vida a veinte millones de personas en el lapso de quince años. Cuando las tropas imperiales entraron en Nankín, la sede de la rebelión, el hedor de los cadáveres en descomposición era intolerable; los Taiping se habían suicidado en masa: preferían darse muerte ellos ante que las tropas imperiales –adiestradas por los ingleses– los sometieran a suplicios horrendos. Si algo ha aportado el siglo XX de novedoso es la violencia burocrática, planificada con estricta y hasta pedante racionalidad administrativa y técnica. Me refiero al exterminio del pueblo judío por los nazis; el gas que mataba en los campos de la muerte era el más económico y eficaz: el máximo de beneficio con el mínimo dispendio posible.

Tanto en sus textos como en sus seminarios es muy cuidadoso del tratamiento que le da a los conceptos y términos, que, según enfatiza, tomados a la ligera, generarían complicaciones.
Se suele decir, evolutivamente y contradiciendo las bases mismas del psicoanálisis, que Lacan tras una fase en que privilegió lo imaginario, despejó lo simbólico para atenerse, final y triunfalmente, a la dimensión de lo real. Los que dicen esto presuponen sin argumentar nada, que el momento posterior rectifica y supera al anterior, así lo que Lacan habría susurrado en el oído a su discípulo póstumo, encerraría la última y más perfecta de las verdades. Pero además tratan a lo “real” como si tuviera el estatuto del materialismo vulgar; si lo real es lo que no cesa de no inscribirse, no hay apropiación alguna de él. ¿No se confunde lo “real” con la “naturaleza” en su sentido más corriente y realista? Hay una fractura en Lacan, pero no es evolutiva sino estructural: desde sus primeros trabajos opuso, bajo las más diversas formas, la dimensión retórica del inconsciente a otra que es, en definitiva, la búsqueda de una mathesis universalis. Lo que sostengo desde hace rato, casi machaconamente, es que estas vertientes no son complementarias sino contradictorias: Lacan contra Lacan, en suma.

¿Qué caminos está recorriendo en estos momentos para encontrar nuevas tensiones que le permitan despejar esos atolladeros?
Son varios, aunque su objetivo es convergente. En primer término, es preciso reformular la noción de significante, que la mayoría de los lacanianos da como cosa que va de suyo –como si los problemas estuvieran localizados exclusivamente en el área de los nudos y de los mathemas– desconociendo así las variadas dificultades que plantea el hecho de que Lacan, inicialmente, privilegió los elementos fonemáticos como últimos, seguramente porque confundió las letras vacías del álgebra y de la lógica, que son elementos combinatorios, con los fonemas que carecen de por sí de valor combinatorio, desconociendo de esta forma una característica esencial del lenguaje, que lo diferencia de cualquier otro código, el que fuera; me refiero a la estratificación simultánea (para simplificar, la dimensión vertical) de elementos dispares pero concurrentes, fonológicos, morfemáticos, sintácticos, semánticos, retóricos, los que establecen una suerte de desfasaje constante y lacunario, temporal y espacialmente discontinuo, provisto de dimensiones temporales que no son simplemente encastrables entre sí, y que proporcionan una versión insuperable de la complejidad discursiva. De otra parte, me interesa revisar las categorías clínicas para privilegiar la noción a mi juicio central de “acto analítico”, inconcebible sin el privilegio que posee la llamada con palabra insustituible “decisión”. La dimensión del acto excede a la decisión, pero sin esta última el acto es una parodia de acto y acaba por rechazar la lección de la angustia, que es inminencia –tiempo de inminencia– de algo que, a la vez, puede salvarme y puede también perderme; algo que reclama una decisión e instala el suspenso del recurso del sujeto para sostenerse: “¿Podré?” Ése es el grito vertiginoso. Creo, por otra parte, que es preciso terminar con el positivismo que con sintomática celeridad se vincula a todo lo que universitariamente denominanos “ciencia” (la misma categoría de “ciencia” es una categoría irremediablemente universitaria), desde la termodinámica hasta la teoría del caos (que alguno entre nosotros maneja con sutileza de elefante al confundir el caos con el desorden, lo cual es un pecado de crasa ignorancia), desconociendo que, pese a cierto Lacan, hay una vía abierta de comunicación no con la filosofía de modo indiscriminado, sino con una tradición que viene desde Platón, arriba a Hegel y luego llega a Heidegger y al primer Sartre, que es la vía de la negatividad (el lenguaje como negatividad en acto, la negatividad como horizonte a inscribir en el no ser, la carencia como motor del deseo); lo cual supone el reverso: que Lacan interviene (se lo quiera o no) en el campo filosófico para capturar todo lo que remite al yo como instancia. Desde el lenguaje de la negatividad (¡Hegel, el Hegel de la Fenomenología del espíritu!) al psicoanálisis hay aquí un primer movimiento; desde el psicoanálisis a las filosofías que tematizan el yo, un segundo movimiento. Mas se trata de un movimiento concreto que reposa exclusivamente en su propio acto de trazarse (y que desde luego no puedo exponer aquí y del cual mi último libro sobre la paternidad es una muestra), y no de una suerte de batiburrillo despreciable de epistemologías “a la francesa” que aquí proliferan entre cerebros aturdidos. Por último, pero no en último lugar, ciertamente, es preciso renovar los recursos de la escritura; con este término me refiero a la escritura en el sentido corriente del vocablo. Es curioso, Lacan, que no escribía, promovió un oscuro y difuso prestigioso de esa noción que ha llegado a ser algo así como la contraseña para el dislate.

Usted propone analizar la transferencia de Lacan con las matemáticas. ¿Qué ha podido analizar sobre el particular y qué consecuencias tiene esa transferencia en el psicoanálisis propuesto por Lacan?
La transferencia de Lacan con las matemáticas no puede plantearse en el terreno psicológico: no hablo del amor por las matemáticas, sino del supuesto que Lacan introduce al introducir el corpus de la disciplina exacta. Y ese supuesto es destructivo para el psicoanálisis mismo: las matemáticas son inmunes (es su ventaja, su enorme ventaja pero también su limitación) al tiempo, al desgaste de la carne, no puede hacerse cargo de la sexualidad, ni del goce, ni de los extremos de la pasión. Por cierto, no objeto las matemáticas sin las cuales muchos aspectos técnicos del mundo moderno (por no decir todos) serían inconcebibles, sino de la pasión por autorizarse en un lenguaje que literalmente es hablado por nadie. Y es éste el punto: el mathema no habla, y sólo en el habla se constituye el sujeto que vacila, goza, tropieza, anda como sea por el mundo; ¿cómo el análisis podría instaurar un lenguaje (un pseudo lenguaje, más bien) para hablar de sí que estaría despojado de los límites del habla corriente? ¿No se advierte que así estamos, a secas, volviendo a renegar de la castración?
 
 
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