Basta recordar aquel soñante de Freud –atormentado porque su finado padre le dirigía la palabra sin saber que había muerto–, para apreciar los efectos de la división subjetiva en el ser hablante. En efecto, si bien el sueño es del paciente, el traumático punto de detención causado por la ignorancia paterna evidencia que en la realidad psíquica el duelo está a cargo del Otro.
No otra cosa muestran los actings de los adolescentes cuyos padres no acusan recibo de que el tiempo ha pasado cuando sus hijos reclaman un nuevo lugar.
Por algo –según Lacan–, el destete brinda tanto alivio al lactante como placer aportan los juegos de aparecer y desaparecer al pequeño escurridizo, siempre y cuando el adulto sancione su falta.
El Otro –por cumplir el papel temático de agente y de paciente–, hace que el punto más álgido del duelo cuestione la posición misma del doliente: ¿sufro por él o sufro por mí? ¿Me aferro o cedo tolerando el desprendimiento del objeto? (“Déjame ir”, suplicaba la desfalleciente amada de Anthony Hopkins en Tierra de sombras.)
Frente a esto cada cual hace lo que elige y puede. Están los que trabajan para enfrentar con dignidad esta condición humana, los que no quieren saber nada de eso y están los que rechazan esta herida narcisista poniendo todo el dolor en algún culpable. Seguramente, según el momento, muchos transitamos una y otra vez las alternativas mencionadas.
Al respecto, no estaría mal preguntarse si la incipiente soledad que asoma en torno a Blumberg no anuncia la conclusión de los largos meses en que sus enunciados plenos de certeza dividieron al mundo entre buenos y malos, ángeles y canallas. El fin de la cruzada por el Padre quizá rescate la decisión del Hijo, quien al intentar escapar eligió morir no sólo como una víctima. ¿“Déjame ir”, de nuevo?
Ahora bien, el caso de la niña muerta a manos de su madre en el sórdido escenario de un baño impone varias preguntas: ¿De quién es el duelo por la beba? ¿Quién siente su falta? ¿Quién le otorga un lugar simbólico a este desdichado sujeto? ¿Por qué nadie la nombra? ¿Qué hizo la justicia para responsabilizar al Otro (instituciones, autoridades, medios, familia, etc.)?
Las cavilaciones sobre un eventual brote psicótico desvían el debate respecto de su punto nodal. Si considerar a la joven madre tan sólo como una víctima es vaciar de responsabilidad su acto, reducir a una individualidad el desenlace de este horror es dejar indemne al perverso, violento y pusilánime entorno que casi cotidianamente hace posible este tipo de atrocidades.
El fallo de la justicia no propicia el duelo del Otro y está lejos de abrir la pregunta sobre qué lugar otorgar a la decisión de quien posee el cuerpo que alberga una vida. Al encontrar un culpable, los jueces han dictaminado la exclusión de la que supuestamente defendían. Ahora, cuando algunos dicen que la madre tenía varios novios, la injuria designa el destierro simbólico de la única víctima indefensa: hija de puta. |