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   Entrevista

Rudy
  Analista retirado
   
  Por Emilia Cueto
   
 
¿En que momento comenzó a manifestarse su vocación por el humor?
Yo vengo de un medio, de una familia con sentido del humor, mis abuelos, mis padres, todos los que me rodeaban eran gente con sentido del humor. Entonces para mí el sentido del humor, el lenguaje del humor siempre fue un lenguaje de lo cotidiano. Me cuesta entender la gente que no tiene sentido del humor, aunque por supuesto comprendo que la hay. Siempre me gustó lo humorístico, si bien no había ni hay ningún otro humorista profesional en la familia, mis abuelos hablaban entre sí con ironía, con sentido del humor, mis padres también. A partir de esto, desde muy chico tuve un gusto especial por cosas más allá de mi casa que tuvieran que ver con el humor. Programas de televisión, por ejemplo Pepe Biondi, programas de radio de humor. Había uno que escuchaba mi papá que se llamaba “Calle Corrientes” y estaba Tato Bores por la tele que lo veía mi abuelo. Luego, siendo chico pero no tanto, aparece Mafalda, en mi adolescencia aparecen Satiricón, Les Luthiers, Woody Allen, autores como Scholem Aleijem, Ephraim Kaishon, Luis Fernando Berisi (un autor brasileño), Fontanarrosa, un poco después Sendra, la revista Hortensia. Para mí cada uno de esos libros, de esas obras, era una cosa (y lo sigue siendo) de muchísimo disfrutar. Por lo tanto lo que surgió primero fue una vocación más ligada a ser un receptor del humor que a producirlo. También esto tiene que ver con que, si bien provengo de un medio familiar en donde el humor está muy presente, a nadie se le hubiera ocurrido no que yo, sino que alguien fuera, de profesión, humorista. Las profesiones eran otras, uno podía ser médico, abogado, ingeniero, pero no humorista. Y hoy en día sucede algo parecido, uno le pregunta a cien chicos qué van a ser cuando sean grandes y ninguno va a decir humorista. Habiendo seguido una carrera más tradicional, como medicina, habiendo cambiado esa carrera por el ejercicio del psicoanálisis, luego vino otro cambio más que fue pasar del psicoanálisis al humor. Este fue un cambio mucho más simple. Creo que los humoristas de alguna forma, tal como hacen los psicoanalistas, descubrimos algo que estaba, no inventamos mucho. Así como se dice que el psicoanalista es el médico judío que le tiene miedo a la sangre (es un viejo chiste), diría que, quizás el humorista es un analista que tiene miedo a que sueñen con sangre.

Al igual que para Woody Allen, el psicoanálisis y lo judío constituyen dos temas muy frecuentes en su escritura.
Un tema habitual, ¿no son el mismo? Yo digo algunas veces que los psicoanalistas tienen el Talmud o la Torá en el mismo lugar de la biblioteca que los rabinos tienen las obras completas de Freud.

¿Qué es lo que más se presta a la comicidad en el caso del psicoanálisis?
Lo que se presta a la comicidad es algo que tiene mucho que ver con el humor judío. Vale decir, la característica del humor judío es reírse de uno mismo. No es el pueblo judío el único que se ríe de sí mismo, para nada, pero es una característica que comparte con más gente. Por ejemplo, cierto sector porteño se ríe mucho de sí mismo y charlando con la gente me dicen que los irlandeses se ríen mucho de sí mismos, que los catalanes también lo hacen. Por eso decía que no es monopólico pero sí característico. Entonces, como analista retirado y como paciente, si puedo dar un pasito al costado y mirar una sesión, cualquiera que mire una sesión de psicoanálisis y que no sabe de qué se trata, es decir que está afuera, se tiene que reír mucho. No es absurda para quienes están allí, o en todo caso comparten el código, pero si se lo mira desde afuera, si uno es un barra brava de Nueva Chicago y de pronto ve una sesión y ve a uno que habla y otro que le dice y está acostado se va a reír, va a causar gracia. Eso desde afuera, y desde adentro también. ¿Por qué uno se puede reír tanto del psicoanálisis? Creo que la mejor manera de transitar con esta fea cosa de que uno no es el centro del universo y de romper con el narcisismo y todo eso, es pudiendo reírse un poquito de eso. Si en la época del renacimiento la gente se hubiera podido reír un poco con esa cosa de que no son el sol y la luna los que se mueven sino nosotros, en lugar de tomarlo como drama y como el Apocalipsis, y entonces intervenir la Inquisición y decir que a los que planteaban eso había que quemarlos porque asumir eso era demasiado angustiante, si la gente se hubiera podido reír un poco, les habría ido mejor. Desde ese lugar me parece que es parte –por llamarlo de alguna forma– de lo “saludable”, sobre todo poder reírse de uno mismo y quizás yo me pueda reír del psicoanálisis y del judaísmo principalmente por ser judío, haber sido analista y ser paciente. Recuerdo la famosa frase que dice “pinta tu aldea y serás universal”. No porque todos compartan la misma aldea, sino porque, en todo caso, a los demás les interesa conocer la tuya. Los otros pintarán la suya y así nos encontraremos con cosas de la aldea del otro que son muy parecidas a la nuestra y otras que son diferentes. Por otra parte no se trata del psicoanálisis en abstracto, es un analista con un paciente, las formas posibles de interpretar las cosas, el dramatismo que se le puede dar a determinadas cosas. Por ejemplo, que en alguna época haya sido muy importante que el analista cambie de lugar un cuadro que tenía en el consultorio, o que le interprete al paciente cosas que hoy en día los analistas ya no interpretarían. Es decir, la dureza de ciertos encuadres de determinada época que ahora seguramente ha sido reemplazada por otras durezas. Nosotros nos reímos de ésas, y cuando pesquemos lo ridículo de éstas también nos vamos a reír; y seguramente van a aparecer otras, porque seguimos aprendiendo, pero no creo que se termine con la neurosis de un día para el otro. Considero que ninguno está a salvo. Cuando me preguntan qué tiene de gracioso, yo diría al revés: ¿qué no tiene de gracioso? Para mí es natural, me la paso buscando el lado absurdo y no hay nada que no lo tenga. Si uno se pone a pensar un poco, puede dar un pasito al costado y se pone en director de cierta película y no en personaje, se hace evidente que la mayoría de las cosas que dice la mayoría de las personas son absurdas y todos nos la pasamos diciendo y haciendo cosas son absurdas y humorísticas. En todo caso, el profesional del humor en lo que se diferencia quizás del otro es en cierto poder de percepción. Creo que lo mejor que hace un humorista, más que escribir un chiste, es darse cuenta de que ahí hay un chiste. Eso es lo más difícil, cuando alguien se da cuenta que ahí hay un chiste después puede aprender cómo se escribe, pero no es lo más importante. Lo más importante es la percepción y eso está en prácticamente todos lados. Pero yo me he dedicado al psicoanálisis y no al fútbol. El fútbol tiene y hay gente que lo hace muy bien, lados humorísticos maravillosos también. Pero también es cierto que un lugar como es la ciudad de Buenos Aires (y algunas otras ciudades) para los humoristas tiene cierta riqueza, cierto material que pasa por el hecho de que casi toda la gente que vive en Buenos Aires algo de psicoanálisis sabe, conoce, oyó nombrar, vio algún psicoanalista, se analiza o conoce a alguien que se analiza, algunas palabras de la terminología psicoanalítica no le resultan extrañas, es decir uno va por cualquier lugar de la ciudad, menciona la palabra “histeria” y alguien va a decir: “¡Ah, sí, sí!” No es como si estuviera hablando en chino, en otros lados creo que sí debe pasar esto. No porque no haya histéricos, si no porque no están acostumbrados a la terminología. Esto para un humorista es bueno porque, entonces, puede dar por obvio que la gente sabe de qué está hablando. Y ahí es donde puede hablar. Los humoristas le contamos a la gente cosas que ya saben, si no, no se ríen. Lo que causa gracia es que se lo contamos con otro sentido. Por eso decía que lo que descubrimos es un sentido nuevo, pero no inventamos nada. No podemos inventar.

¿Diría que uno de los escritores que más ha incidido en su obra es Scholem Aleijem?, ¿En que ubicaría sus trazos?
Mucho, sí. Scholem Aleijem fue uno de los escritores de mi infancia y mi adolescencia, sobre todo de esta última etapa que me hizo reír a carcajadas, que lo sigo viendo muy actual, muy presente, un tipo que abría caminos dentro del humor. Es de esa gente que cuando uno la lee, la neurona está de fiesta. Abre preguntas, tira muchas más preguntas que respuestas; esto para empezar, pero no es que haya una influencia directa. No es que uno escribe como el otro, sino que el otro te tiró preguntas y uno en el camino de responder esas preguntas genera otras. Por otro lado podría decir que hay una cosa mucho más concreta y es que Scholem Aleijem, como muchos escritores judíos y como muchos escritores de determinada época, inventaron pueblos. Scholem Aleijem inventó varios, inventó Kasrílevke (que es el que más me interesó a mí) y Jehupetz; Giovanni Guareschi inventó en Italia el pueblo de Don Camilo y Al Capone; García Márquez inventó Macondo. Hay muchos autores que inventan pueblos, y yo estoy desde hace unos diez años a esta parte inventando un pueblo también; el pueblo de Tsúremberg que en idish quiere decir literalmente “montaña de problemas”. Creo que me diferencio de estos otros autores porque ellos están hablando de lo que vivieron y yo nunca viví en ese tipo de pueblitos ni los conocí; tiene que ver con las cosas que mi abuela me contaba de cuando ella era chica que sí vivió en esos pueblos, y yo trato de recuperar el clima, no las anécdotas. Lo que yo cuento de la anécdota, de los personajes lo invento todo.

¿Crónicas de Tsúremberg profundiza la influencia de Scholem Aleijem?
Esto no lo puedo decir yo. No hago teoría ni crítica transmisible sobre lo que escribo. Yo de golpe me encontré con un pueblo, me encontré con un cuento donde una pareja que era la primera que se casaba en este pueblo por propia voluntad –porque hasta aquí siempre los padres habían decidido con quién se iban a casar sus hijos– está por tener un bebé. Entonces el marido dice que si es nena le van a poner Berta y la mujer dice que por qué si es varón no. Empiezan a discutir y ella lo hace desde un ángulo feminista bastante extraño para estar hablando a fines del siglo XIX principios del XX. Te hablo de un pueblo donde durante siglos los hijos se casaban con quien el padre decidía; éstos se casan solos y ella encima dice que por qué, si el nombre es bueno para una nena, al marido no le parece lo suficientemente bueno para un varón. Finalmente, él le dice que no puede llevar a un varón llamado Berta a que le hagan la circuncisión y se produce el siguiente diálogo:
—¿Ah, si es una nena sí la podés llevar?
—Si es una nena ni la llevo.
—Ah, ni la llevás si es una nena, ¿por qué ni la llevás?, ¿qué tiene de malo?, ¿qué es de menos?
Y se arma toda una discusión que termina siendo una discusión en todo el pueblo, porque vuelvo a repetir, como la única cosa en la que había riqueza eran las palabras había que aprovecharlas. Si esto profundiza algo que ya existía no está en mí saberlo, yo simplemente me senté y lo escribí. No pienso demasiado sobre lo que escribo, no hago teoría, tampoco pasa por ahí mi formación, ni lo que leo tampoco. Me gusta mucho leer ficción, ensayos, autobiografías de escritores, libros donde algunos autores cuentan cómo escriben. Hay un libro muy lindo de Stephen King (que además para mí es un escritorazo, más allá que se dedique a un género por ahí no muy aceptado en las academias) donde él cuenta cómo escribe. No se si le creo mucho a otro que me cuente como escribe Stephen King, a él sí le creo. No es muy teórico lo mío, pero bueno es lo que hay.

Por eso le pregunto a usted sobre su escritura.
Yo tengo que contestar salvando las distancias como decían John Lennon y Paul McCartney cuando les preguntaban como hacían las canciones: nos sentamos y las hacemos. Cualquier otra cosa que diga va a ser falsa.
_______________
La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
Rudy. (Marcelo Daniel Rudaeff) es humorista y escritor. Psicoanalista retirado (R.E.). Desde 1987 es coautor del chiste de tapa del diario Página/12 y de la revista semanal Noticias, en la última página, junto a Daniel Paz.
Coordina el suplemento de humor Sátira/12 y escribe columnas humorísticas para Página/12. Publicó más de treinta libros, entre los que se encuentran: La circuncisión de Berta y otras crónicas de Tsúremberg; Odiar es pertenecer y otros chistes para sobrevivir (con Eliahu Tokeer; La vida y otros síntomas (con Luis Pescetti; Historias de la Argentina II: Crisol de razias; Freud más o menos explícito; Buffet Freud 1(edición actualizadísisma); La Argentina en Chistes; Todos los sombreros me quedan chicos.
 
 
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