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   Problemas y controversias

El "goce" o la banalización de un término
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
No hay entre nosotros término más usado y manoseado que el susodicho “goce”; se tiene la convicción de que en la mayoría de los casos (y más ahora en que una sociología elemental e impresionista, se alía con los usos salvajes del vocablo para conducirnos a una visión pseudopsicoanalítica y apocalíptica del mundo actual) se podrían haber dispuesto con más propiedad y precisión otros vocablos, tales como destructividad, odio, crueldad, placer en el displacer, e incluso sadismo y masoquismo. ¿Que el goce tiene mucho que ver con el contorno de esos términos? Pues sí; pero alguna vez habría que detener la máquina acertiva y dogmática (hay nociones que de tanto repetirlas terminamos por concederle la evidencia que sólo se concede a lo que se sostiene en imágenes tan burdas como masivas) y pausadamente interrogar la especificidad de los trayectos conceptuales.

Para empezar por lo más (aparentemente) elemental: la destructividad humana es el factum más universal, comprobable e inexplicado que sea posible localizar. El marxismo quiso (y ese querer marcó toda una época que recién termina) probar con la historia que la destructividad es histórica; pero el stalinismo propició el feroz exterminio de campesinos ( la llamada eufemísticamente “colectivización forzoza”) y, de otra parte, a las sociedades primitivas, alejadas de las divisiones de clases, nunca les faltó el minucioso ejercicio de la crueldad.
El privilegio del psicoanálisis no consiste, precisamente, en explicar la oscura génesis de la violencia del hombre sobre el hombre, sino en discernir series diferenciadas, mecanismos y planos segundos (mas no secundarios) que desembocan, al reanudar el examen retroactivo, en el ombligo de lo real. No puedo confundir la agresión (que es real) con la tensión agresiva que supone el dominio especular: la primera se desencadena cuando la segunda fracasa. Asimismo: es necesario distinguir la agresividad orientada por la apariencia del prójimo, del odio que enfila recto al ser de éste. (Y simultáneamente hay que pasar, si uno no quiere quedarse en lo formal de la distinción, de un plano a otro y mostrar cómo en los fenómenos de la transferencia apariencia y ser se vuelcan, ambigüa e insistentemente, la una en el otro).

Y si algo discrimina el odio de la crueldad, es que el primero se mantiene, todavía, en el encuadre del fantasma. Aquí tocamos algo fundamental; el fantasma –indisociable del principio del placer y de la regulación fálica que produce excedente rechazando el exceso–, es obstáculo al goce, mas ya no podemos hablar de goce si se ha excedido por la crueldad1 el límite que hace del goce sin más, del goce sin calificativo, un goce supuesto en el Otro: la pregunta del seminario La angustia de Lacan –“¿Qué quiere el Otro de mí; qué me quiere?”, presenta el horizonte espectral del que se aleja y acerca, alternativamente, y que podemos ilustrar con una pregunta paralela: “¿Qué me goza?”–conduce, en su despliegue, a generar un goce en menos: el famoso plus de goce no es un goce, sino un plus con respecto al goce; plus que debemos leer, conforme a la matriz de la retórica lacaniana, como menos; es decir, como negatividad o, mejor, como negativización en acto.
Se advierte, de inmediato, que la mayoría de las apelaciones al goce y, sobre todo, esa reiterada y ya estúpida confusión entre el goce como valor límite, que es su verdadero sitio, y la substancialización que lo equipara masivamente a las pestes de la sociedad actual: pandillas salvajes, profusión narcótica, miseria creciente, exterminio de poblaciones, muestran que apelamos al léxico apocalíptico del goce para renegar nuestra ignorancia y desconocernos en un saber tan presuntuoso como impotente.

Pero, al fin de cuentas ¿qué justifica la introducción del vocablo “goce” si, como es evidente, el propio Freud disponía de una red complejísima de términos para situar los límites en relación con el cuerpo?
Si queremos determinar un horizonte de referencia, es preciso recordar la paradoja mayor del principio del placer freudiano, el cual, vale la pena reiterarlo, sólo secundariamente refleja la homeostasis clásica; paradoja que podemos condensar en una fórmula: el más allá del principio del placer es el placer mismo2.
El mayor placer posible es terriblemente displacentero y un displacer menor, puede llegar a ser exquisitamente placentero.
Ahora bien: si algo justifica el vocablo “goce” es porque lo que está en juego aquí, más allá del equilibrio que instaura la evitación del displacer, pero más acá de ese representante sin representación que ha fijado Freud con el nombre de “muerte”, es la inminencia de inermidad, el dominio de la pasividad del cuerpo, arrojado a la malevolencia, a los accidentes, a las enfermedades, inermidad rememorable por la historia de Dafne que, perseguida por el ardor de Apolo y para rehuirle, es transformada por Peneo: sus cabellos en árbol, sus brazos en ramas, sus pies comienzan a adherirse al suelo y se tornan raíces mientras el cuerpo se inmoviliza en la madera3.
Sin duda, es posible argumentar la pertinencia del término –que no es la respuesta a un problema puntualmente prexistente, sino una invención que a posteriori descubre el problema que yacía parcialmente inadvertido–, si se articula la trama de los seminarios Ou pire y Encore; de todas formas, es preciso trabajar sobre los textos del período medio de Lacan (pienso, antes que nada, en Kant con Sade) y en algunas clases de seminarios que pertenecen a esta data.
Por ejemplo, la décimoprimera de La identificación.
Allí, se recordará, el instinto de vida freudiano, dice Lacan, no es otra cosa que Eros, libido, y luego agrega que la función del falo “designa suficientemente al Eros”.

La equiparación de la vida con Eros contradice la noción corriente de ésta: no es el aferrarse a la existencia o el conato de perduración el que la define, sino la búsqueda ciega e indeterminada de un absoluto ubicado más allá de la singularidad; en un cierto respecto, Eros y destrucción son lo mismo. ¿Sorprende que Lacan sitúe del mismo lado al falo, habitualmente asimilado lisa y llanamente a la negativización? Se trata, empero, de lo que los griegos llamaban zoé, no de bíos: no de la vida individual sino de la vida de la especie, la cual, precisamente por la función desinstituyente de la palabra, sólo es captable en su declinación: en este punto el falo positivo traza el arco que conduce a la negativización que inscribe la falta en el sujeto, mas dejando vibrar un fondo anómalo –ese fondo que es el del vértigo–, difuso y amenazador, desintegrante y ubicuo, como trasfondo del goce.
Pero hay algo más: en la misma clase Lacan retorna al dolor; “el dolor –dice– no es señal de daño sino fenómeno de autoerotismo”; (puede incluso ser objeto de fetichización) y añade, en sintonía con la Introducción al narcicismo, que un dolor reemplaza a otro: un gran amor es desalojado, siquiera sea momentáneamente, por un dolor de muelas.

En este punto tenemos que reunir dos aspectos no contradictorios pero sí puestos en tensión recíproca: la inermidad (uno de los aspectos) es en sí misma potencia de dolor , incluso en sus formas extremas, mas cuando el dolor excede un cierto mínimo ya no es posible seguir hablando de goce4, término que remite a un sujeto en la misma medida en que lo excede5; el otro aspecto es dolor circunscribible, exquisito, tan exquisito como la tensión que irrita y exalta poco antes de la descarga. ¿Dónde está el límite? Seguramente en la ley; pero esta ley, más que una función constante, designa el ordenador frágil que repite sus huellas, siempre listas para desaparecer, en ciclos alternos. Se dirá: seguimos en los límites del goce fálico. A lo que hay que contestar, ¿hay otro que no sea meramente supuesto? De hecho, Encore, al tiempo que indica un más allá del falo, precisa que su límite es insuperable y que ese más allá afecta las modalidades diversas del goce fálico (la inercia fetichística ligada al uso de las letritas griegas, ha llevado a pensarlo como algo que va de suyo, como si no hubiera una heterogeneidad radical entre sus niveles, hoy aplastados por la incuria teórica), problematizándolo y permitiéndonos afirmar, de manera preliminar: del goce femenino que subsiste sin existir, no hay otra huella que el goce fálico de las mujeres.
 
 
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