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   Entrevista

Silvia Bleichmar
  La sociedad al diván
   
  Por Emilia Cueto
   
 

Habiendo estudiado sociología y psicología en Buenos Aires emigró luego a México, realizando posteriormente el Doctorado en Psicoanálisis en la Universidad de Paris VII, bajo la dirección de Jean Laplanche, ¿Por qué eligió a Laplanche como su director de tesis?
En los comienzos de los años ‘70, cuando me aproximo al pensamiento de Lacan (toda mi generación de alguna manera lo hace) también accedo al vocabulario de Laplanche. Pero en realidad, el artículo de él que me tocó significativamente fue el del Coloquio de Bonneval “el debate sobre el realismo del inconsciente y la represión originaria”. En el año ’72, ’73 yo estaba comenzando la práctica con niños y me daba cuenta de que el estructuralismo me planteaba una imposibilidad. Abandonada la idea de un inconsciente existente desde los orígenes, aparecía como posible determinar las condiciones de la estructura del Edipo como condiciones de partida de fundación del inconsciente del niño; pero al mismo tiempo era difícil definir cuando era el momento de comienzo de un análisis infantil. Es decir, a partir de que momento yo podía pensar que un niño era plausible de análisis. Cuando leí el texto del Coloquio de Bonneval me impactó la forma en que Laplanche toma el concepto de represión originaria, toma la idea de dos sistemas que se diferencian. Yo estaba trabajando mucho con la metapsicología freudiana, tenía una dedicación fuerte a la metapsicología, no solamente a los textos de 1914 y 1915, si no al capítulo VII. Estaba en nosotros la impronta de todo el pensamiento epistemológico francés, de Bachelard, de Canguilhem y por supuesto Althusser también. Entonces, cuando leo el texto de él y Leclaire sobre la represión originaria me conmociona mucho. Al llegar a México ya leía sus textos, pero todavía no sabía muy bien en qué posición estaba. Me conecto con gente de la embajada francesa y me entero que él está en Paris VII, por lo tanto decido que quiero hacer algo con él en París VII y le pido que dirija mi tesis, pensando todavía que era el más freudiano de los lacanianos. Cuando me encuentro con él iba con este pensamiento, y no imaginaba que había roto con Lacan, no tenía idea de toda la historia que estaba detrás y él me dice bromeando: ¡No, yo soy el más lacaniano de los freudianos!

En el año 1985 dirigió el proyecto de UNICEF de asistencia a las víctimas infantiles del catastrófico terremoto de México en setiembre de ese mismo año, ¿Cuáles fueron los efectos que en forma más recurrentes pudo observar en los niños?
Efectivamente, dirigí un proyecto de UNICEF para los niños del terremoto. Fue un proyecto de enorme intensidad que consistió en un trabajo con la población y simultáneamente un curso de formación para la gente que iba a trabajar con la población, es decir, que hicimos conjuntamente formación y asistencia.
A partir del terremoto de México repensé el concepto de neurosis actual. El concepto de situación desencadenante en psicoanálisis durante mucho tiempo había propiciado la idea de que lo que desencadena el traumatismo es algo que ya está larvadamente en el sujeto. La experiencia, primero con las víctimas del terrorismo de Estado, luego con el terremoto (después lo fui corroborando en otras situaciones) me permitió reformular esto y darme cuenta que los efectos desestructurantes de los grandes traumatismos, si bien inciden sobre las estructuras anteriores no están determinados como desencadenantes sino que son constitutivos. Ahí diría que entendí con mayor profundidad la idea del traumatismo en varios tiempos. Hay una frase en El proyecto en la cual Freud dice que en el segundo tiempo se constituye el traumatismo, es el único lugar donde no dice “se desencadena”, si no que dice “se constituye”, “se produce”. Uno de los temas muy importantes en estas situaciones es que se confunde con duelos la astenia o la inmovilización posterior que padecen las víctimas o los afectados por situaciones traumáticas severas. En esa época retrabajé todo el modelo freudiano de Más allá del principio del placer porque en realidad no es que están en duelo si no que el estupor inmoviliza porque toda la economía libidinal está destinada a contener los tormentos desgarrados del psiquismo, de manera que la parálisis no es efecto de un duelo como se piensa a veces. Hay muchos tiempos de esto. Hay que tener en cuenta algunas cosas cuando se produce una situación tan grave como fue el terremoto, o la bomba a la AMIA, pero el terremoto tiene una característica y es que no solamente el sujeto padece el momento del terremoto sino que toda su vida cambia a posteriori. Por ejemplo, los niños son alojados en albergues. En esos albergues los adultos están en condiciones diferentes a las que estuvieron, a veces se separan hombres y mujeres y los niños van a parar con los hombres y las niñas con las mujeres, con lo cual se desarticulan los modos con los que estaban constituidos. En muchos casos los adultos se descompensan por las situaciones que están padeciendo y se incrementan situaciones de abuso a niños. Con lo cual una de las cosas que hay que considerar es que ante situaciones de catástrofe histórica o social o natural –aunque habría que discutir hasta donde son naturales porque en realidad siempre son catástrofes que marcan la insuficiencia protectora del estado o los niveles de corrupción del estado.

Siguiendo sus planteos podríamos decir que en los momentos de catástrofes históricas se produce des-subjetivación en quienes los soportan, ¿Cuáles son los efectos que esta des-subjetivación produce en el psiquismo, dado que acompañando su pensamiento ambos se encuentran relacionados?
Depende del tipo de daño. Por ejemplo, la derrota de un proyecto histórico no necesariamente produce des-subjetivación porque puede hacer que los perdedores conserven la identidad en el marco de su propia derrota. Si pensamos el modo en el cual los españoles conservaron después de la Guerra Civil sus emblemas, su identidad (los republicanos, por ejemplo), eso trasciende y se mantiene más allá de las derrotas. Algo parecido ocurrió con el exilio, la identidad no se pierde cuando un sector es históricamente derrotado o inclusive cuando es dañado seriamente. El proceso de des-subjetivación tiene que ver con el momento en el cual las víctimas renuncian a la conservación de las premisas que las llevaron a cierta forma identitaria en la formulación de su relación con el mundo. Por ejemplo, yo diría que el proceso de des-subjetivación ha sido muchísimo mayor en la Argentina en la década del ’90 que durante la Dictadura Militar porque en la medida que uno tiene una fuerza enfrente que lo quiere destruir no necesariamente se desconstruye la identidad. Lo que ocurrió en los anos ’90 es distinto. La forma de la destrucción toma otro modelo. Yo desarrollé la diferencia entre autopreservación y autoconservación para plantear que hay momentos muy decisivos de la historia en los cuales un ser humano tiene que elegir seguir siendo quien es pese a morir, o vivir dejando de ser. Esto aparece muy claro en los relatos de los campos de concentración y de la Segunda Guerra y también de la Argentina de las formas con las cuales se produjeron procesos de desubjetivación de las víctimas. En los ’90 se produce un fenómeno diferente: una expropiación de la identidad a partir de que la propuesta de autoconservación prima sobre la autopreservación identitaria pero como si fuera una elección de quien la realiza; o bajo las formas de la deconstrucción de la identidad laboral. Alguien que pierde el trabajo no es un obrero de la construcción temporalmente desocupado, es un desocupado. Me sucedió algo que me impactó mucho con un taxista a quien le pregunté cómo sabía tanto sobre determinado tema y me dijo: yo fui sociólogo. Con lo cual no era un sociólogo que manejaba un taxi sino alguien que ahora era un taxista que alguna vez fue sociólogo. Este es un proceso de deconstrucción identitaria, por eso las formas espontáneas con las cuales la sociedad intenta resistir se constituyen como modelos identitarios. Si uno piensa en lo que es un piquetero, un piquetero es un desocupado en lucha con lo cual asume una identidad positiva, es decir invierte la situación en la cual ya no es más un no ocupado para ser un piquetero. Esta forma restitutiva de identidad, que por supuesto es compleja y que además se va subsumiendo en algún momento en la pura subsistencia bio-política en el sentido de sin expectativas, de todas maneras lo que intenta es evitar un deconstrucción identitaria.

Otra de sus teorizaciones refiere que “el psicoanálisis arrastra un punto débil importante que tiene que ver con una teoría de la masculinidad, en la medida en que la presencia real del órgano obturó la pregunta sobre la constitución de la masculinidad en el varón”, ¿Cuál sería esa teoría de la masculinidad que propone?
Estoy trabajando en eso, estoy terminando un libro sobre masculinidad. El concepto de bisexualidad constitutivo freudiano tiene una virtud y lleva un impasse. La virtud es que democratiza, de algún modo, las tendencias que el yo considera homo y heterosexuales para la humanidad, reconociendo que en todos los seres humanos hay tendencias que el yo considera como homosexuales o heterosexuales. Cuando digo que el yo considera quiero decir que para el inconsciente este no es el problema, porque el inconsciente se maneja por una lógica de la conjunción no de la disyunción, con lo cual en el inconsciente todo es “y”, no es “o”. El inconsciente no es ni homosexual ni heterosexual, eso es el yo. En el inconsciente habrá deseos por el pecho, el pene, en fin todos los objetos que hacen a lo masculino y lo femenino del lado de la lógica identitaria, como diría Castoriadis. Volviendo al planteo freudiano, creo que ahí se produce la siguiente situación: Freud hace un excelente recorrido sobre la constitución de la feminidad, excelente no en el sentido de que uno pueda plantear hoy que la mujer se constituye como mujer por el deseo de posesión de un pene, sería muy discutible hoy eso. Pero sí porque sólo se puede llegar a la adquisición de la identidad sexual sobre la base de un camino sinuoso que no va en contigüidad con la biología. En ese sentido es muy interesante cómo Freud plantea una constitución paradojal de la feminidad, la mujer queriendo tener lo mismo que el hombre termina siendo mujer. Quedan en debate, por supuesto, una serie de puntos que hay que seguir charlando, por ejemplo en la época de Freud feminidad y maternidad iban juntos, cuestión que hoy no es así, pero de todas maneras hay un modelo ahí. En el hombre la presencia real del pene obturó esta posibilidad, con lo cual aparece como si la masculinidad fuera el despliegue de la existencia del atributo. Por lo tanto lo que se observa en los historiales está pensado no en términos de universal de la masculinidad sino en términos de singularidades de la patología del sujeto. ¿Qué pienso, entonces, que falta en la teoría de la masculinidad? En primer lugar, es discutible si el sexo de partida es el masculino, por muchas razones; si uno piensa en las relaciones activo y pasivo y toma en cuenta la determinación de sí ante el otro, la primera etapa de la vida del niño es pasiva respecto a la actividad del deseo del otro. Con lo cual el problema de la pasividad es un problema del niño y de la niña que toma luego carriles diferentes. El género se constituye antes del reconocimiento de la diferencia anatómica, alguien sabe que es nene o que es nena por una serie de elementos que Freud llamó del orden de la diversidad y no de la diferencia. Las nenas saben que son nenas porque tienen el pelito largo, porque usan aritos, por lo que sea, no se les ocurre que eso remite a la diferencia anatómica antes del descubrimiento de la diferencia anatómica. Inclusive hay un chiste en el cual un nene va a una pileta y le preguntan si había más nenes que nenas y él dice: “no se, estábamos todos desnudos”. Esto es llevado al extremo, pero quiero decir que el género coexiste con el polimorfismo perverso en los primeros tiempos, pero no es el desenlace de la diferencia anatómica, es anterior, se reestructura con el reconocimiento de la diferencia anatómica. Con lo cual el primer problema del hombre –del infantil sujeto masculino diría Freud– es pasar de pasivo a activo. Durante muchos años partimos de la idea de una masculinidad que se ejercía per se, vale decir, el pene como órgano viril planteaba que el varón accedía a la sexualidad masculina por su ejercicio. Sin embargo quedaba siempre por definir de qué manera incorporaba la identificación masculina del padre, diferenciando entre género y ejercicio de la virilidad en la función sexual. Los fantasmas de los neuróticos –como diría Freud– son muy similares a los ritos de los pueblos primitivos en este sentido. Una serie de trabajos de antropólogos muestran que en una gran cantidad de culturas aborígenes la masculinidad es algo a lo que se accede a través de rituales de pasaje, que inclusive implican la incorporación de atributos masculinos a través de rituales de felación o de penetración así como ocurría entre los griegos donde estaba muy presente el rapto del efebo no para feminizarlo sino para masculinizarlo, porque cuando volvía del rapto se le daban las armas y la dote para que se case. Esto me ha hecho pensar muy seriamente en algo que considero que es un gran déficit de nuestra teoría y es haber entendido los fantasmas que muchos de nuestros pacientes consideran como homosexuales como producto de la bisexualidad y no como fantasmas de masculinización. En una enorme cantidad de casos el fantasma de ser penetrados que tienen muchos hombres es un fantasma correlativo al deseo de masculinidad y no al deseo de feminidad. Con lo cual al interpretárselo como fantasmas femeninos se los coaguló en el lugar de la homosexualidad como una corriente de la vida psíquica bisexual y no como un reconocimiento de su deseo de masculinidad fallido. A partir de trabajar esto con los pacientes hombres ha sido muy interesante lo que se ha producido –en mi libro despliego material de distinto tipo para corroborarlo– pero me parece que lo fundamental es volver a remitir esta cuestión de la masculinización a la paradoja que genera, que es que el hombre se hace hombre a través de un fantasma de incorporación del pene de otro hombre con lo cual la paradoja de la masculinidad es que atraviesa necesariamente el fantasma homosexual. Es una hipótesis muy fuerte.

En La subjetividad en riesgo formula una crítica a las nociones de Nombre del Padre y metáfora paterna desarrolladas por Lacan, ¿Cuáles son los fundamentos de esa crítica y cuales serían las consecuencias en la clínica?
Cuando planteo un cuestionamiento me refiero a los restos de subjetividad que se plantearían en el organizador estructural, el concepto de Nombre del Padre o de metáfora paterna son organizadores claramente residuales de la familia patriarcal del siglo XX, lo cual no quiere decir que la idea de una referencia terciara en la relación del adulto sexuado respecto al niño no tenga que ser rescatada para poder tomar lo central del paradigma. Es más, me he planteado si alguno de los nombres con los que han quedado acuñados en psicoanálisis ciertos conceptos hay que sostenerlos o no, así como uno sigue hablando del átomo aunque ya no es la partícula más pequeña de la materia. Por ejemplo, la castración es una teoría sexual infantil claramente, que Freud rescata para definir la cuestión de la diferencia anatómica, la pregunta es: ¿es la teoría de la castración válida o hay que redefinirla en términos de falta ontológica como lo hace Lacan? Entonces, ¿redefinida en términos de falta ontológica el fantasma de castración es dominante o no es dominante? Y, ¿tendríamos que seguir llamando castración a eso? Ocurre lo mismo con la cuestión del Nombre del Padre, es evidente que el concepto de Nombre del Padre implica, en primer lugar, todo un modelo estructural en el cual las unidades ingresan como exactamente no escindidas, esto es la madre narcisista, el padre que trae la ley y el inconsciente de cada uno no está porque no entra en el modelo. Yo le hago dos cuestionamientos al concepto de Nombre del Padre, por un lado la confusión entre ley y autoridad. La familia patriarcal de Occidente es una familia donde el legislador ha regido por autoridad fundamentalmente y no por despliegue de la ley; es más, ha sido profundamente perverso en la mayoría de los casos como lo demuestran todos los cuestionamientos de esto. Pero de todas maneras el tema central es si corresponde seguir llamando a la intervención terciaria que articula la posibilidad de circulación del niño respecto al adulto Nombre del Padre o su inscripción metáfora paterna conservando el modelo de la familia patriarcal del siglo XX. Por ejemplo, como se articula en concepto de Nombre del Padre o metáfora paterna, no importa, en las familias monoparentales o en las homoparentales, ¿es correcto seguir pensando que la estructura del Edipo está dada por un hombre y una mujer y la circulación sexuada que genera la relación al hijo? Con lo cual lo que pongo en tela de juicio no es esta idea de tercerización que me parece muy importante, de algo que circula ahí abriendo un hiato que no se agota en el deseo de hijo, sino que esto remite a la idea de un modelo familiar que está caducando.


La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
Silvia Bleichmar es Doctora en Psicoanálisis de la Universidad de París VII. Docente de postgrado de las universidades nacionales de Buenos Aires, La Plata y Córdoba. Profesora invitada de diversas universidades del extranjero. Ha publicado, entre otros, En los orígenes del sujeto psíquico (Amorrortu, 1986); La fundación de lo inconciente (Amorrortu, 1993); Psicoanálisis y Neogénesis (Amorrortu, 2000); Dolor país (del Zorzal, 2002) y La subjetividad en riesgo (Topía Editorial, 2005).

 
 
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