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   Problemas y controversias

Acerca de la escritura demoninada "femenina"
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Si llamo escritura no a cualquier escrito sino a aquel que concerniéndole y muy profundamente a un lector, concerniéndole hasta el punto de que termine por no entender lo que creyó apasionadamente entender poco antes, esté no obstante forzado a inventar una interpretación, entonces la unión del sustantivo “escritura”con el adjetivo “femenina”, es cuanto menos problemática.
Y no porque la femineidad carezca de valor ante el supuesto valor masculino; no porque hayamos hecho un inventario de las obras masculinas, tan abundantes ante la pobreza de las pobres mujeres sometidas por cientos y cientos de años al horror patriarcal;1 es que no hay escritura femenina por la misma y evidente razón de que no la hay tampoco masculina.

Perogrullo nos dice que hay escritores masculinos que hablan acerca de mujeres y de hombres; que también tenemos a mujeres que escriben sobre sus deseos y sobre el deseo de los hombres, pero unos y otros están separados y a la vez unidos, vinculados y desvinculados por esa misma vinculación, paradójicamente unidos por la inconmensurable diferencia, la diferencia de los sexos. Inconmensurable quiere decir, simplemente, (si podemos hablar al respecto de simplicidad, claro): que esa fractura anatómica, perceptual, que en definitiva tiene su centro más acá de lo perceptual, en un punto focal más acá de lo focal, es una fractura que distribuye sin concepto y sin saber a los seres sexuados que, por definición, sólo a través de paradojas, de puertas estrechas y de desfiladeros extraños, pueden asumir su sexo como inestable y persistente apariencia sin esencia alguna que la unifique; su sexo que jamás es plenamente suyo, porque tiene un vínculo de exterioridad con el otro sexo.
La lengua, con su convención fija trama allí significantes sin significado estable: “hombres” y “mujeres”, bipartición que es, más que una efectiva y tranquilizadora división binaria, una bifractura. Ahora bien, esta llamémosla así, “bifractura” lo es por una razón esencial de este juego sin esencia: lo inconmensurable está, desde luego, entre los sexos, pero también y decisivamente, en cada uno de ellos, dividiéndolos; el intervalo entre los elementos yace en y para cada uno de los elementos.

Entonces: si digo “escritura femenina” y la opongo a la escritura ¿cómo designarla?, ¿“machocéntrica”? positivizo, vuelvo consistente a cada sexo, le otorgo una ilusoria identidad, que es lo contrario de la identificación; la identidad es; uno se identifica, por el contrario, con aquello que no es. ¿En qué podría consistir, justamente, una escritura denominada femenina, fuera de los reclamos corporativos, fuera del gueto confortable de la política de género?
Al parecer, quien habla de escritura femenina sabe, sabe perfectamente qué es ser mujer. Y frente a estas certezas la dimensión del inconsciente termina por eclipsarse: ya no tenemos más que ver con el sujeto sino con aparatos, en todos los sentidos del término. Un aparato está parapetado en la inhibición que reniega el resentimiento y hace del yo un militante caricaturesco; un aparato carece de lo propio de un sujeto, que es justamente su vacilación.
El neurótico está mal parado; el aparato atropella con esa convicción entre patética e intimidante que ya supo captar hace años Fellini en su La ciudad de las mujeres.
(Alguien me contaba, sorprendido, que en España, ya no recuerdo dónde, si en Barcelona o en Madrid o en otra ciudad menos notoria, se topó con una librería cuyo cartel identificatorio decía, escuetamente, Mujeres: dentro del local mujeres atendían a mujeres y les vendían sólo literatura que hablara de mujeres.)

Cuando Flaubert escribe Madame Bovary fija para siempre el lugar, a la vez singular y colectivo, de la histeria, cuyos límites explorarán las mujeres que escriben acerca de mujeres, Colette, Katherine Mansfield, para mencionar, un poco al azar, nombres consagrados. Otro escritor francés, pero del siglo XX, me refiero a Julien Green, elaboró en Las estrellas del Sur una de las facetas más intensas y difíciles de ubicar del alma femenina, justamente porque cuando ella parece inclinarse hacia la volubilidad, la superficie se quiebra en lo abismal; e inversamente, cuando ese abismo se insinúa, algo retorna con una alegría feroz a la superficie que es, ahora sí, convencionalmente femenina, aunque no cese de retener una inquietante, ambigua y casi inmoral voluptuosidad, como si estuviera orientada por aquella magnífica sentencia de Nietzsche: “Todo espíritu profundo necesita una máscara: más aún, en torno a todo espíritu profundo va creciendo continuamente una máscara, gracias a la interpretación constantemente falsa, es decir, superficial, de todo palabra, de todo paso, de toda señal de vida que él da”.
Al revés: ¿qué retrato más exquisitamente viril es posible encontrar que Las memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar? Y, ahora abundo, porque cualquiera puede multiplicar los ejemplos casi a voluntad, me viene a la memoria el conmovedor perfil de una mujer sudafricana, más envejecida que vieja, que hace Coetzee en La edad de hierro. Todos estos nombres, nombres de mujeres, nombres de hombres (y que quede en claro que no es indiferente ni el sexo oficial y civil del autor ni el que adopta el narrador) interrogan la diferencia desde la fractura de la diferencia misma: si el Otro sexo se me ha tornado opaco es porque mantengo un vínculo opaco con el mío; por el contrario, si me abro a la alteridad radical del Otro sexo (¡qué cómica y complacida estupidez registra ese vocablo tan transitado hoy por hoy: “homofobia”!) puedo obtener alguna luz sobre mis identificaciones, siempre susceptibles, a la vez, de certeza y de problematicidad, justamente porque se trata de identificaciones y no de identidades.

¡El mundo actual amenaza transformarse en una colonia bizarra de (supuestas) identidades!
Es curioso: aunque el femenismo militante se ubica en las antípodas de Lacan, suele utilizar algunos de sus recursos para protegerse tras una muralla tanto de respetabilidad como de sofisticación, y pese a que en ningún caso puede decir algo coherente acerca de la especificidad de esa llamada literatura femenina, que tiene tanto que ver con la literatura como Bucay con el pensamiento, encuentra su inesperado pendant en cierta ¿cómo nombrarla? “literatura” psicoanalítica perpetrada por mujeres analistas que mezclan fragmentos de historiales (ahora los llaman, deplorablemente, “viñetas”, ay) con anécdotas de films o de novelas de moda, todo bien cocinado en la frecuente apelación al “goce femenino”.
Han transformado –otro de los modos a través de los cuales la llamada posmodernidad modifica el panorama institucional del psicoanálisis–, una noción que en Lacan es a la vez límite de la experiencia y enigma, en la Isla de las Bienaventuradas donde no pueden entrar quienes han quedado atrapados en el goce (meramente) fálico.
Como se ve, en todas las épocas hay amazonas, aunque éstas ni se cortan una teta, ni cabalgan ni lanzan flechas, pese a que esto último no es tan evidente.


1. Las protestas feministas confunden “patriarca” con “amo”; y así pasan de una imagen idealizada (quiero decir, demonizada) del pater familias romano que, pese a lo que muchos aún creen, jamás existió, a mezclarlo con el nudo poder a secas. Que han sido las mujeres (y todavía lo son) víctimas, no cabe la menor duda; pero al victimizarse, al redoblar el papel de víctimas identificándose con él (y uno de los modos de identificación es justamente oponerse polarmente, como es sabido) terminan por desconocer, graciosamente, la complicidad con el lazo opresivo. Que dos hombres a fuerza de amenazas y de golpes sometan y prostituyan a una docena de mujeres es una acción degradante y perversa; pero uno debe, complementariamente, preguntarse por qué esas mujeres no hicieron algo distinto a llorar y resignarse.
 
 
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