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   Entrevista

Gabriel Lombardi
  La posición del analista
   
  Por Emilia Cueto
   
 
Sosteniendo la posición estructuralista de Lacan, usted le otorga a la definición diagnóstica gran importancia: ¿Qué consideración le merecen los desarrollos de diversos psicoanalistas en relación con patologías narcisistas que no podrían ser encuadradas –desde esa lectura– dentro de las neurosis, psicosis o perversión?
Creo que el diagnóstico que sirve en mi práctica es el que tiene dos funciones básicamente. Una es cambiar la posición del analista, más que cambiar al analizante. No es lo mismo atender a un sujeto neurótico que a un sujeto de la psicosis, uno tiene que respetar ciertas limitaciones en un caso y en otro dadas por las formas en que han funcionado, o que funcionan, las referencias en un caso y en el otro. La otra función del diagnóstico es producir un efecto sobre el analizante mismo, esto es algo respecto a lo cual Lacan ponía un especial énfasis, que forma parte del síntoma (el síntoma en tanto define el tipo clínico) y es el hecho de que el sujeto advierta que eso es un síntoma, e incluso un síntoma típico. Es decir que, por ejemplo, no es tan diferente él, de otros obsesivos, de otras histéricas, eso cumple una función y está jugando ya una función en el síntoma. De manera que hay una funcionalidad del diagnóstico que no es segregativa, que no sirve si uno lo formula desde afuera solamente. Hay diagnósticos que en tanto psicoanalista me sirven y otros que no me sirven para nada.

Continuando los desarrollos de Lacan usted ha realizado algunas consideraciones en relación con el matemático Cantor. En su escrito “Cantor, la libertad” propone una articulación entre libertad y psicosis y libertad y enunciación ¿Cuál es esa articulación?
En referencia a la relación del psicótico con la libertad me parece cierto que el psicótico en algunos casos y en algunas fases de su existencia, que no es siempre igual, no tiene las mismas restricciones que la metáfora paterna, la costura paterna, que el punto de capitón paterno produce en las neurosis. Hay algo en el psicótico por lo cual no está tan atado, tan cosido, tan necesariamente enhebrado en lazos sociales. El psicótico es alguien que, eventualmente, puede apartarse bastante radicalmente del lazo social, de cómo se dicen las cosas, o de cómo deben decirse. En algunos casos eso ha producido una especie de milagro creativo como lo encontramos, tal vez, en un Van Gogh o sobre todo en un Cantor. En alguien que pudo atreverse a combinar los símbolos del lenguaje matemático de un modo que estaba prohibido por el buen sentido, por el sentido aristotélico de nuestra civilización que establecía que las cosas debían manejarse dentro de ciertos límites. Lo que se dice, se calcula, se estudia debe manejarse dentro de ciertos límites. La civilización y la ciencia se atuvieron durante veinte siglos a las prescripciones aristotélicas por las cuales era prudente no trabajar con colecciones demasiado grandes de símbolos, con “infinitos actuales” como se les llamó después, sólo podía trabajarse con infinitos potenciales que en realidad era algo así como la idea de que alguna vez se puede llegar a cantidades muy grandes pero todavía uno trabaja con cantidades finitas. Galileo había encontrado la posibilidad de armar una matemática que no fuera de infinitos potenciales sino que directamente trabajara con transfinitos, pero él se atuvo a los preceptos aristotélicos, si bien, por otro lado, se permitió ciertas libertades. Cantor en cambio fue alguien, un poco como Schreber después de su desencadenamiento, que podía trabajar con una matemática muy libre por un lado y sin embargo hacer de eso un empleo riguroso a través de una teoría que él inventa que es la teoría de los conjuntos, la que nosotros hemos comenzado a estudiar en la escuela primaria.
Creo que Cantor es alguien que tuvo la posibilidad de traer al lazo social de las matemáticas, al discurso de las matemáticas, una libertad que usualmente sólo se encuentra más bien del lado de la locura.

¿Sería posible pensar que hay momentos en los cuales un sujeto pueda desligarse de la sujeción al lenguaje y tomar contacto con la libertad, sin que esto implique la forclusión del significante fundamental?
Tal vez en otra escala, pero encontramos momentos creativos en alguien que no necesariamente es un psicótico y a eso apuesta un psicoanálisis. La oferta de un psicoanálisis creo que está estrictamente relacionada con que no necesariamente el neurótico se tiene que atener a los límites marcados por el padre, la fantasía, y un no irás más allá de eso. A veces alguien puede dejar –justamente– de ser neurótico en buena medida porque pasa de padecer sus mandatos, las exigencias significantes del ideal, del superyo, del ello, incluso de lo pulsional, a hacer algo con eso, más del lado del acto.
Eso cura, eso hace que la gente deje de estar sufriendo sus exigencias simbólicas y pase a poder hacer algo con eso. Lacan no pensaba que el psicoanálisis servía para conocerse a uno mismo, desconfiaba de eso, pero si había algo para lo que un psicoanálisis podía servir era para conocer el propio síntoma. Conocer el síntoma quiere decir conocer al menos en parte de qué exigencias de lo simbólico uno padece y cómo esas exigencias de lo simbólico están pulsionalizadas. Entonces en lugar de padecerlas se podría hacer otra cosa con eso, habría una cierta libertad para la acción. Pero de todas maneras pienso que en el caso de un neurótico suele ser mucho más limitado que en el caso de un psicótico, y tal vez que en el caso de un perverso.

En el texto “La evaluación de los resultados terapéuticos y didácticos del psicoanálisis en la Asociación Psicoanalítica Internacional” postula que tanto Wallerstein como Kernberg (ambos presidentes de la I.P.A.), quienes tuvieron una actitud crítica respecto de la formación analítica en la I.P.A., no plantearon abiertamente la pregunta por la articulación entre los resultados del análisis y la formación del analista. ¿Considera que el pase sí sostiene esa pregunta?
Por lo menos lo intenta, ya que es un dispositivo que apunta estrictamente a eso, así lo formula Lacan en su texto Proposición del 9 de octubre para el psicoanalista de la Escuela. Lacan tiene una manera completamente novedosa de pensar el acto psicoanalítico, como pasaje de analizando a analista, o sea que a diferencia de otros actos (como el acto médico, por ejemplo) no puede concebirse únicamente en la articulación con el paciente actual que recibimos, sino que debe ser interrogado en este sesgo: de qué modo alguien llega a ser analista de ese paciente ¿por qué efecto de caída, de ubicación?, ¿Cómo es que puedo ubicarme en esa posición? Para Lacan eso no se podría responder si no es desde la perspectiva de los resultados del propio análisis, así piensa la formación y el acceso a la posición del analista. Nunca nadie lo había planteado así tan abiertamente. Evidentemente ya hay en Freud un intento de responder a su acto de analista (El sueño de la inyección de iIrma, otra vez) apelando a su propio análisis, porque encuentra que en los doctores en los que creía poder autorizarse en verdad no puede hacerlo. Entonces apela a su propio análisis y a redactar La interpretación de los sueños, pero todavía no encontramos en Freud una clara articulación entre el propio análisis y el acceso a la posición de analista, y no la hubo durante bastante tiempo. Existía la idea vaga del didáctico pero no había una articulación teórica entre estos factores

Una de sus críticas en relación con el procedimiento utilizado por la I.P.A. es la referida a que este tipo de formación facilita el intento de alcanzar un ideal, responder al deseo del Otro para así lograr el objetivo que ese candidato espera de su recorrido en la institución. ¿Piensa que el pase evita este riesgo, o su inevitable inserción institucional alejada de la teoría en la que fue concebido no lleva en muchos casos a este mismo desenlace?
He visto eso, lo he presenciado, creo que el deseo del analista no siempre o casi nunca, es el más fuerte. Hay otros deseos posibles, aún en las instituciones analíticas que intentaron seguir el diseño propuesto por Lacan para llevar los análisis hasta sus últimas consecuencias y poder cosechar los efectos de esos análisis, incluso en esas instituciones no es fácil que el deseo del analista pueda prevalecer, hay otros deseos que son más fáciles de sostener, que son más estables, que tienen más tiempo, que están más claramente establecidos y que tienden a prevalecer también en la institución psicoanalítica, por ejemplo el deseo de poder, el deseo histérico de seducir. Pero ese no es verdaderamente tanto el problema porque no hace más que revelar lo que es la problemática inherente a la interrogación del pasaje de analizante a analista, de acceso a la posición de analista, y es que se trata de algo del orden de un acto que está particularmente marcado (como siempre está lo que es el acto para el sujeto) por un desconocimiento, una renegación, una Verleugnung. Este es un término que Freud aplica a veces a la perversión, al fetichismo, al desconocimiento de la castración, pero que Lacan dice explícitamente que durante años se reservó para usarlo no para el perverso (que seguramente desconoce cosas aunque no se si mucho más que el neurótico), sino para el caso en que eso se hace más patético, que es en el caso del analista que el mismo desconoce su acto. Desconoce que su acto no se funda en imitar al otro, en someterse a los estándares de la institución, en conformar a la opinión pública, sino que para ser analista hay que acceder a eso desde otra perspectiva, desde otro lugar y eso no se hace más que desde el propio análisis.

Uno no se autoriza como analista si no es en uno mismo, en los resultados del propio análisis y en la caída del sujeto supuesto saber que implica el propio análisis ¿Cómo cosechar esto, cómo mantenerlo en la institución analítica? La propuesta del pase es tal vez la más interesante, aunque también es difícil de mantener en su pureza, no hay pureza en esto salvo en el momento en que el analista tiene que sostener su acto para que su paciente no haga otra cosa en lugar de psicoanálisis. No hay una institución modelo justamente porque son instituciones que van en contra de la idea misma de modelo. Si, me parece que puede haber diferencias entre una escuela de psicoanálisis y otra, diferencias en relación con el acento que se pone en que el pase esté destinado a focalizar los efectos del propio análisis y no de lo que esperan los demás.

La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
Gabriel Lombardi es psicoanalista, enseña clínica psicoanalítica en el Colegio Clínico del Río de la Plata y en la Cátedra I de Clínica de Adultos de la Facultad de Psicología (UBA), donde es profesor titular regular desde 1991.
 
 
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