Es sugestivo: las polémicas acerca del matrimonio homosexual han quedado reducidas a un simple enfrentamiento de derecho político entre liberales –“Si quieren casarse personas del mismo sexo, ¿por qué negarles el derecho?”– y autoritarios: “Imposible: Dios, la tradición, las costumbres lo prohiben”.
Tanta precariedad está condicionada por uno de los más superficiales y falsos lugares comunes, es decir, tópicos, de la llamada posmodernidad; que en estos tiempos de globalización y de disoluciones de los lazos de la Nación-Estado, todo tiende al flujo sin fijeza, a su licuefacción; ¿por qué razón escaparía a esta lógica “líquida” la tradicional forma de la familia?
Ahora bien, si algo caracteriza a la posmodernidad es que los lazos que tienden indudablemente a la disolución, disoluciones condicionadas, es cierto, por la época del capitalismo informático y el consiguiente incremento de la velocidad de circulación de seres y cosas, van a la par con el estancamiento de formas pétreas que se repiten pero a diferencia de la repetición ligera e intensa de que solemos hablar desde el psicoanálisis, establecen una repetición pesada, demoníaca, insoportable. Después del 11 de setiembre renació en Estados Unidos un patriotismo visceral, fundamentalista, evangélico; las únicas naciones que están al borde del naufragio son las débiles; las otras gozan de intensa salud; los medios informáticos actuales permiten, como nunca en la historia de la humanidad, la realización del gobierno panóptico y la puesta en peligro de la separación de la vida privada con la pública.
Es por eso que la acostumbrada charla acerca de las periodísticamente denominadas “formas nuevas de familia” es exactamente eso: charla encubridora. Por cierto, en el terreno de la conducta las innovaciones son muchas y saltan a la vista; no vale la pena perder tiempo enumerándolas. Pero lo que hay que interrogar es si los cambios han modificado los rasgos estructurales. Antes que nada, es preciso preguntarse: el matrimonio ¿es un contrato o un sacramento? Y me anticipo a la probable –segura– objeción: me he pasado, al parecer y con todo, al terreno de la Iglesia Católica.
Mas aquí está el problema: la Iglesia habla, desde luego, de sacramento pero no tiene ni la menor idea de lo que está diciendo. (Si usted interroga a un católico practicante, le dirá que el sacramento es bello y espiritual; ya veremos…)
Si el sacramento fuera meramente un contrato (digo “meramente” porque sí lo es; no obstante, me interesa qué clase de tercero lo valida, sea en el ámbito civil, sea en el religioso) nadie podría explicarse las polémicas, los análisis, los anuncios apocalípticos renovados de tiempo en tiempo acerca de su (inminente, inminentísima) caducidad, los libros y libros que le dedicaron las mejores plumas, el temor y hasta el pavor del que está a punto de dar el paso, el fantasma de eclipse de la genitalidad que planea sobre los contrayentes, las infinitas y a veces cómicas discusiones sobre sus rituales y costumbres, los feroces chistes que siempre ha sabido provocar mientras cierto progresismo puritano (¡ahora encarnado, curiosamente, por los homosexuales!) sueña con otorgarle transparencia, reglas asépticas y democráticas, igualitarias como se cree debe ser todo en este mundo.
Voy a lo esencial: el sacramento matrimonial se inspira en aquella sentencia de los Evangelios pronunciada por Jesús: “… dejará el hombre a su padre y a su madre, y serán los dos una sola carne. De manera que no son dos, sino una sola carne” (Marcos, 10) (La Vulgata es extremadamente plástica: et erunt duo in carne una.)
Se advierten varias cosas: 1) que la clásica oposición polar del amor-pasión que tiende a la consumación y a la unión en la muerte con el ágape cristiano, amor hecho de pacífica convivencia amical, es, en el fondo, falsa. Son dos formas diversas, es cierto, de alcanzar lo mismo: el llegar a ser Uno 2) que aquello que atrae en el matrimonio (y el civil cae en definitiva en el mismo régimen, la ley se sustenta en un régimen teológico o quizá teopolítico, crea lo que crea el liberalismo) es precisamente lo que provoca repulsión: en la fusión seríamos absolutamente indivisos, realizaríamos el sueño presocrático de Eros disolviendo las divisiones para reintegrarlas al todo-Uno; la fidelidad al Uno de la apropiación (que ya no queda reducido a la propiedad del hombre: el yugo se ha tornado recíproco, lo cual no le ha extirpado el elemento esencial de sometimiento) se trastrueca inevitablemente en la comedia de las infidelidades (que es el elemento más monótono y sabido de la vida cotidiana moderna y posmoderna), a veces prolongada en el fantasma del Uno a través del asesinato.
Puedo seguir, pero en este momento me interesa más plantear una hipótesis: como la política sexual no es parangonable a ninguna de las políticas existentes, sean raciales, grupales, profesionales, no es posible contentarse con decir, simplemente, que los homosexuales reclaman el matrimonio burgués que ayer repudiaban por la misma razón por la cual los negros suspiraban por acceder a los emblemas, las situaciones, los sitios, hasta los más tontos, de los blancos.
Los homosexuales, creo, están fascinados por esa nostalgia del Uno matrimonial que, ellos piensan, es un privilegio injustificado de los hétero.
En estos momentos en que comienzan a tener lo reclamado, se van a encontrar en una situación inédita, por varias razones, aunque yo, para simplificar polémicamente, quiero indicar una, esencial: la diferencia de los sexos es una barrera considerable contra la tendencia a lo Uno; ¿qué y cómo van a hacer los que carecen de tal barrera?
Hundido en el promiscuo intercambio de necedades que impide pensar la larga duración y los ciclos históricos desde su ángulo estructural, en la tontería de los flujos que van y vienen (metáforas que podrían tener otro destino, si fueran interrogadas de otra manera), en la más profunda indiferencia que parece caracterizar a las polémicas contemporáneas, el debate actual es un testimonio de impotencia y de inhibición.
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