Según Sigmund Freud, “el inicial desvalimiento del ser humano es la fuente primordial de todos los motivos morales”1. Por eso, las más tempranas vivencias de satisfacción proporcionadas por la acción específica del adulto son esenciales en el arduo camino que supone la civilización de los impulsos más primarios. Claro está, no se trata de la mera administración de la sustancia nutricia, el lavado correcto o el abrigo adecuado sino también –y por sobre todas las cosas– las palabras, arrullos y atención que sólo el genuino interés del adulto puede transmitir.
Desde esta perspectiva, la sola satisfacción de las necesidades primarias no alcanza, ni por lejos, para introducir al niño en la compleja red de intercambios que supone la convivencia humana. Por eso las personas somos sujetos de deseo: sólo el interés y el amor de aquel Otro de los primeros cuidados hará tolerables las obligaciones que la realidad nos depara en cada esquina, cualquiera sea nuestra situación en el mundo y la suerte que nos haya tocado.
De esta manera nos constituimos en espejo. Lo más íntimo y delicado de mi persona descansa en el Otro. Basta reparar en el impacto u horror que nos causa cualquier escena violenta de una película por más que nuestra butaca se mantenga tan firme y serena como cuando ingresamos al cine ¿Por qué sufrimos cuando la humanidad del protagonista se ve amenazada, si no es a causa de que en mi realidad psíquica algo se identifica con la imagen del Otro?
Arrancado de un medio que aseguraba una perfecta homeostasis, apenas emerge en el mundo, el niño es sometido a las más feroces exigencias provenientes de las entrañas del propio cuerpo. Por eso Freud decía que el recién nacido es un perverso polimorfo2 habitado por un puro instinto de muerte. Sólo un largo, complejo y delicado proceso hará posible transformar esa barbarie originaria en proyectos a compartir en el lazo social.
Ahora bien, si colegimos que el adulto de los primeros cuidados –primer responsable del advenimiento del niño como ser social– es también a su vez un sujeto de deseo que atravesó –o no– aquel inicial desvalimiento, se abre la ineludible dimensión del Otro social: esa compleja trama de estamentos legales, políticos y sociales entre los que se asientan las bases de una convivencia civilizada y democrática.
La falla de humanización presente en el episodio de Almirante Brown trasciende largamente la responsabilidad de una madre o de una familia. Por lo pronto, dos niños arrojados a la brutal exigencia de sus impulsos más primarios y brutales constituye una tragedia que nos alcanza a todos: es la imagen de un Otro que pareciera haberse olvidado del más entrañable sentimiento de sí. Y esto no es una película.
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1. Sigmund Freud, “Proyecto de una psicología para neurólogos”, Obras Completas, A. E. Tomo I, página 363.
2. Sigmund Freud, “Tres ensayos de teoría sexual”, Obras Completas, A. E. vol. 7 |