Del discurso médico surgió una construcción fantástica con vuelo propio dada en llamar Psicoanálisis. Lo insuficiente, superficial y condenatorio para la histeria en aquel entonces, sugirió escucha donde solo cabía certeza. Vertientes filosóficas y de otros campos, nutrieron el descubrimiento en ciernes. La subjetividad quedó ligada a lo inconsciente; el diagnóstico, a la escucha y no a la visión; y el análisis, a lo dividido para poder intervenir allí donde lo médico no ingresaba.
Rastreaba Foucault en Nacimiento de la clínica lo alienante discursivo en la historia de la medicina. Empero el psicoanálisis en Argentina es transmitido en sus orígenes por médicos que concitan el interés de otros colegas. Y con Mauricio Goldemberg toma impulso el lugar de los Servicios de Psicopatología en los Hospitales Generales. La interconsulta comienza a constituirse y a crecer al calor de la presencia de numerosos “psi” en la vida del hospital; el prejuicio también.
¿Será lo “Inter” un puente por el que podamos transitar para regresar mejor que antes de partir? El prejuicio no es una particularidad discursiva, sino un rasgo de resistencia a la diferencia; cristaliza al otro en el lugar que le asignamos y está al servicio de conservar el predominio imaginario del saber, y lugares de poder. Dos concepciones distantes: para nosotros, la falta es donde más hay, y para el planeta alopático constituye aquello a tapar. Mas la autosuficiencia nos suele igualar discursivamente en detrimento de la subjetividad. Darle un lugar al otro –al prójimo– no representa la claudicación de la escucha (que por otra parte se juega con el paciente).
Un tal Maimónides (patronímico helenizado de Mose Ben Maimon), médico que murió hace ochocientos años decía: “Aleja de mí la pretensión de saber y de poderlo todo. Dame fuerza, Voluntad y ocasión para acrecentar incesantemente mis conocimientos y descubrir en mi saber los errores ayer no sospechados, pues es grande el arte y en él puede penetrar más y más el espíritu del hombre”.
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