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   Entrevista

Giolu García Reinoso
  Por Emilia Cueto
   
 
Siendo analista didacta de la A.P.A. e integrando el grupo Plataforma Internacional en 1971 rompe con la institución, ¿cuáles fueron las causas de esa decisión?
Había muchos malestares que se van dando en una formación. No me quejo de mi formación porque aprendí mucho en la institución, pero me daba cuenta que había –nos dábamos cuenta, no yo sola– muchas cosas que no andaban. Por ejemplo, el de analista didáctica era prácticamente un puesto a vida y a pesar de que uno era analista didáctico no nos parecía lógico. Ese es un cuestionamiento. Después había ciertas reglamentaciones por la cuales, por ejemplo si un candidato quería presentar un trabajo tenía que ser patrocinado por determinada persona, es decir una cosa muy ligada a la burocracia donde las jerarquías y los rangos estaban muy presentes. Me pareció que era muy esterilizante, que era burocratizar algo que en sus orígenes y con el espíritu freudiano no respondía a eso. Esta sería la crítica interna, después el valor del análisis didáctico como un control institucional muy abusivo que transformaba los análisis en una burocracia. La mayoría de la gente no se analizaba.

¿A qué se refiere con que no se analizaban? Porque lo que se trasmite es que el encuadre contemplaba cuatro o cinco sesiones semanales.
Sí, pero si al mismo tiempo usted tiene que ser vigilado y aprobado o no aprobado, no tiene libertad de hablar. Hay una contradicción in situ y eso lo cuestionábamos muy fuertemente. Siempre tuve la sensación que me analizaba por necesidad, pero el mío era de los primeros análisis, después se fue burocratizando y la gente muchas veces estaba en análisis pero no se podría decir que se analizaba. Tenía un analista didáctico que no es lo mismo. Uno puede poner un gran énfasis en esa función didáctica explícita de la I.P.A y creo que en ese momento era lo que había y había que criticarlo, pero eso sucede también en otras instituciones de otra manera. Las instituciones priman sobre las libertades de cada uno. Por un lado son indispensables, todos estamos instituidos de alguna manera y no se puede estar sin instituciones, los sociólogos dicen: las instituciones son una lucha permanente entre lo instituido y lo instituyente. Lo instituyente es lo que dinamiza, lo que las hace creativas, lo que haría de las instituciones lugares de pasaje creativo, agrupamientos. Pero suele primar lo instituido entonces se burocratizan, se reglamentan, se hacen reproductivas más que productivas. Eso no es privativo de la I.P.A, las instituciones de formación en particular están muy expuestas a eso.

¿En el momento en que se produce la ruptura con la A.P.A. usted estaba en análisis?

No, en ese momento ya no estaba en análisis. Los que ya éramos analistas didácticos algunos estarían en análisis y otros no, yo hice análisis mucho tiempo y después también, pero no en ese momento. Sí tenía candidatos que salieron de la institución. En realidad didácticos éramos cinco, cuatro en Plataforma y uno en Documento que era Fernando Ulloa, quien había sido recién nombrado didacta. En plataforma se encontraban María Langer, Emilio Rodrigué, Diego García Reinoso y yo. Después había uno o dos miembros titulares, creo que Pavlovsky era titular, algunos miembros adherentes y muchos candidatos.
Salieron como ochenta personas en ese momento, sin embargo la institución escribe la historia diciendo “salieron algunos”.
Pese al corto tiempo que se sostuvieron tanto Plataforma Internacional como Documento, se generaron derivaciones importantes.
Si, fue una ruptura del campo psicoanalítico no solo con la institución. Fue una irrupción que creo reorganizó el campo psicoanalítico en general. Aparecieron cantidad de instituciones, dejó de haber un único vértice, se multiplicaron los núcleos de poder, algunos se reconstituyeron, pero en la medida en que el campo se modifica, que no hay un solo vértice circulan mejor las cosas. Hay una dispersión que puede ser vista como desorden, pero sabemos que los que buscan mucho el orden a veces introducen un desorden terrible, por ejemplo la dictadura que vino para introducir el orden. Entonces un poco de desorden viene bien a veces.

A fines de la década del ’70 se produjo –al igual que para otros psicoanalistas– su exilio en México, ¿cuáles fueron las repercusiones de ese movimiento en aquel país?
Nacho Maldonado, María Langer y no recuerdo quien más se fueron en 1974, nosotros nos fuimos en el ’76. Para México fue un aporte importante la llegada de los psicoanalistas argentinos, allá había una institución de la I.P.A que –no me gusta decir atrasado porque no se trata de eso– estaba desfasada respecto de la Argentina. Argentina siempre ha sido medio pionera en cuanto a los despropósitos y los propósitos en psicoanálisis. Esta institución de la I.P.A no tenía mucho prestigio ni mucho predicamento y además había otros núcleos. Uno de ellos a nosotros nos acogió muy bien, se trata del grupo de Armando Suárez quien era discípulo de Eric Fromm y era un grupito de gente abierta con los que trabajamos bastante, tanto María Langer como nosotros. Circulamos sobre todo. Enseguida tuvimos trabajo y muy pronto inclusive teníamos más trabajo que los mexicanos, se hizo una reestructuración allí del campo importante también, no por ruptura con la I.P.A. por otra cosa, pero ya no era la I.P.A sola.

Para quien pertenece a una institución el reconocimiento puede pasar también por otras instancias, por ejemplo ser analista didacta o haber hecho el pase. ¿Cómo lo considera usted?

Las instituciones, más que reconocimiento establecen pautas administrativas de gradación, porque se llamen de una manera u otra, como decía antes son gradaciones. Evidentemente no estar en una institución para mucha gente es angustioso. Creo que es más mítico que real porque las instituciones no protegen de nada, más bien encierran. Formar parte de una institución es tener un apellido, es cierto, que va más allá del propio pero es una ilusión. Cuando uno está sin institución tiene que sostener su propio apellido y eso no es tan fácil.
Su participación en los Estados Generales del Psicoanálisis tiene como basamento recuperar el poder instituyente del psicoanálisis. ¿Cómo piensa el poder instituyente del psicoanálisis?
Creo que el psicoanálisis nace así, nace rompiendo instituciones, la moral, por ejemplo. Rompiendo muchos postulados filosóficos como la idea del sujeto entero, el sujeto uno es quebrado por el psicoanálisis. Eso se puede llamar destituyente o instituyente, es destituyente en el sentido que destituye una forma de pensamiento y aporta otra que es un camino, nunca una llegada, es un punto de partida, eso es muy importante. Creo que es un punto de partida para seguir pensando. Es imprescindible no verlo como un todo, sino como herido, frágil y esa fragilidad es al mismo tiempo la fortaleza posible.

Usted se alejó de la vida institucional por los derroteros intrínsecos del poder, ¿vio reproducido algo de esto en los Estados Generales del Psicoanálisis?
Yo soy indulgente con los Estados Generales del Psicoanálisis, hay gente que lo ha visto como un movimiento para construir poder, a mi me parece en cambio que fue un buen intento que fracasó, porque no tuvo posibilidad de proseguir. Primero que fue saboteado por las instituciones quienes no participaron, fueron convocadas no como institución sino cada uno a título personal y en general le hicieron la guerra dentro de las instituciones a quienes querían participar con distintas argumentaciones de coberturas. En una punta estaban los que decían: van a hacer una nueva institución máxima, grande, como la I.P.A o la de Miller, esa es una crítica; y en la otra punta estaban quienes afirmaban que era inconsistente, que no era nada. Es decir que las posiciones iban de un extremo al otro. Pero a mi gusto fue saboteado, yo lo digo a propósito con esta palabra fuerte porque no fue sostenido, no fue promovido dentro de las instituciones, no hubo interés y creo que eso no es inocente. La convocatoria era muy interesante, abarcaba el campo de la cultura, la ciencia, la filosofía, el psicoanálisis, el ejercicio profesional también y es llamativo que las instituciones hayan tomado esta actitud, son las luchas de poder en acto.

Usted comenzó a transitar el psicoanálisis por la década del ’50, momento en el cual la teoría kleiniana hegemonizaba la práctica clínica de la mayoría de los psicoanalistas ¿cómo vivió el tránsito a la teoría lacaniana?
No se si yo viví el paso de la teoría kleiniana a la lacaniana, no se que querría decir, ¡como yo no estuve instituida después! Con la práctica kleiniana siempre tuve mis reparos, siempre me sentí más freudiana que kleiniana. El kleinismo tenía los mismos defectos que tiene a veces el lacanismo: fundamentalismo, todo pasa por ahí, el resto no es nada. Eso siempre lo critiqué, como cuando nos mandaban los inspectores para que tuviéramos que hacer esto, aquello y aquello otro.

¿Los inspectores?
Por ejemplo Donald Meltzer que después se fue de la institución y estuvo mucho mejor, pero en ese momento era una especie de inspector censurador, había que hacer esto y aquello y lo que no era eso no era nada.

Su análisis personal también se vio atravesado por estos avatares, de Willy Baranger a Serge Leclaire, uno de los discípulos más destacados de Lacan. ¿Encontró efectos diferentes a partir de las teorías que sustentaban estos reconocidos analistas?
Debo decir que todos mis análisis fueron productivos. Mi análisis con Willy Baranger fue muy importante, casi podría decir que le debo mi carrera porque me dio mucha manija, estuve poco tiempo con él, un año y medio, pasé enseguida a análisis didáctico con la Negra Arminda Aberastury.

Para quien usted fue su primera analizando didacta.
Exacto y fue muy positivo. Después me analicé con Rebe Alvarez de Toledo, que también fue muy positivo y luego con Leclaire que también lo fue. Positivo no quiere decir agua estancada, quiere decir que fueron análisis verdaderos, con compromiso mío y de mis analistas, lo cual quiere decir que no fueron atrapados y aplastados por cosas institucionales. Cuando me analizaba con la Negra a pesar de que era mi analista didáctico yo me analizaba con todo y tenía unos líos personales que no me permitían transacción. Era más importante para mí arreglar mi vida que la trayectoria dentro de la institución y la Negra estaba en un muy buen momento ahí, estaba en un momento muy productivo, yo le tengo mucho reconocimiento
Refiriéndose a Enrique Pichon Rivière, Emilio Rodrigué ha dicho que sin duda es el paradigma del analista argentino. ¿Coincide con esa apreciación?
Creo que es un paradigma muy honroso, no todos los analistas argentinos son comparables a Pichon Rivière. Pienso que Pichon es un paradigma en el sentido de creador, de introductor de una cosa, pero no sé qué quiere decir alguien con paradigma. Un nuevo paradigma es algo que introduce una modalidad nueva y creo que Pichon ha hecho escuela más allá de sus enseñanzas, porque no enseñaba mucho. En algún momento me pidieron un trabajo sobre Pichon y ahí digo que fue un maestro en el sentido que Borges propone, no en el sentido de quien trasmite conocimientos desde el saber, si no de quien trasmite una modalidad de tratar con la dificultad y con el universo. Un modo de ser, por eso decía que Pichon trasmitía más que enseñaba. El saber está en los libros, pero la transmisión personal es otra cosa, es un cómo hacer con las cosas.

La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
Gilou Royer de García Reinoso es médica y Psicoanalista. Co-fundadora de la Asociación Argentina de Psicoterapia Psicoanalítica de Grupos (1956). Miembro titular de AMPAG (Asociación mexicana de psicoterapia grupal). Miembro honorario del Circulo Psicoanalítico Mexicano. Co- fundadora de Médicos del Mundo Argentina como vice- presidente (1998). Miembro de la comisión directiva de APDH (Asamblea Permanente por los Derechos Humanos)
 
 
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