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   Entrevista

Jorge Baños Orellana
  Por Emilia Cueto
   
 
Reconstruir a Lacan es su sueño declarado; en uno de los primeros capítulos de El idioma de los lacanianos, usted dice: “El presente libro se dirige al cumplimiento de un sueño, el de tener una entrevista con Jacques Lacan...” ¿Si tuviera que elegir tres preguntas para ese reportaje soñado, cuáles serían y por qué?

- ¡Pero yo me refería a una entrevista de análisis! No, usted tiene razón… Si bien escribí eso con la ambición de probar, con el resto del libro, que no es imprescindible haberlo conocido a Lacan para poder decir ciertas cosas de sus textos. Y que incluso esa falta podría allanar la tarea. La autoría y la autoridad de El idioma de los lacanianos están fundadas en las debilidades de no haberlo tratado personalmente, de ser alguien que vive en la Argentina, de ser un lacaniano de segunda o tercera fila, de contar con un escaso dominio del francés y, por todo eso, con la potente posibilidad de confesar (sin mayor perjuicio) que me resultaba muy difícil leer a Lacan. Es una apuesta, que sigo manteniendo: la de tomar en serio (¡parcialmente claro!) la boutade de Pierre Bourdier de “¿Qué es hacer hablar a un autor?” a propósito de Foucault, la que señala que los mejores estudios foucaultinanos no son ni de los contemporáneos ni de los compatriotas de Foucault, porque cuesta soportar al semejante, aceptar su complejidad.

Pero no escaparé al juego. A Lacan, hoy le preguntaría acerca de sus andanzas clínicas y teóricas de la década que va de 1935 a 1945. Porque son perturbadoras. Sin cumplir ninguna de las condiciones que tenemos por recomendables y hasta ineludibles, él alcanzó en esos oscuros años sus ideas decisivas. Lo hizo sin haber pasado por ningún análisis ejemplar (tal como hoy lo entendemos por su enseñanza), sin contar con una larga experiencia como analista y, prácticamente, sin haberlo favorecido un intercambio reglado con pares (primero, por ser un recién llegado a la IPA; luego, por los años de desbande y silencio que trajo la ocupación alemana).

Concretamente, le solicitaría reunirnos en su casa-depósito de l’Abbaye de Loix-en-Ré, en lugar de hacerlo en el consultorio de Rue de Lille, y le haría las siguientes tres preguntas: ¿Me puede contar su análisis de Dora Maar?, ¿Qué dijo en Marienbad que no esté ya en las notas de Dolto del 16 de junio de 1936?, ¿Qué le enseñaron las Lecciones de Saussure que no hubiese aprendido ya del nominalismo de Rue des Grands-Augustins? (o simplificando mucho: ¿En que difiere el juego con el significante arbre de “La instancia de la letra” del juego con el rideau de “Acerca de la causalidad psíquica”?). Por buenos motivos, Lacan no aceptaría semejante emplazamiento ni contestaría las tres preguntas; por eso, para responder a mi viejo sueño, actualmente escribo las entregas de La novela de Lacan e investigo desde el 2004, con porteños y chilenos, los años de Lacan en los comienzos.

En El idioma…, publicado en 1995, refiere que “la función del estilo en Lacan no ha sido todavía suficientemente tematizada”. Trece años después, ¿sostiene esa afirmación?
El estilo de Lacan es un tema que se autoimpone. Si el libro alcanzó una considerable repercusión (en Francia lo reeditaron al cuarto mes), fue debido a que se ocupaba del tema predilecto para hablar en los pasillos; todo el chiste fue dedicarle al estilo de Lacan casi cuatrocientas páginas para estudiarlo, en vez de limitarse a parodiarlo o protestar. Cuando digo, ahí, “tematizarlo” me refiero estrictamente a las tareas de catalogar los recursos de ese estilo, de conjeturar sus motivos epistémicos y de formalizar sus cuatro grandes efectos en el habla lacaniana, que de ninguna manera se reduce a una imitación calcada de Lacan. Creo que la descripción de El idioma… no perdió todavía vigencia y, por cierto, no conozco nuevos tratamientos sistemáticos o alternativos del asunto, aunque sí desarrollos interesantes acerca de la función de lo escrito. Acaba de salir un libro dirigido por Escars que todavía no leí, Efectos de la escritura en la transmisión del psicoanálisis. Habrá que ver, los títulos suelen ser equívocos en psicoanálisis.

¿A qué obedecerían esas insuficiencias?
Mire, no se puede estudiar seriamente el estilo de Lacan sin hacerlo, a la par, con los del lacanismo, y esto último exige adoptar una posición difícil. Obliga a citar textos de colegas y eso, aunque uno borre señas de afiliación y los elija honestamente por ser casos representativos de otros cientos, es muy delicado. Hoy, luego de haber tenido oportunidad de conocer en persona a varios de los que cité, y de haberme inscripto en una de las escuelas del lacanismo, no estaría en condiciones de volver a hacerlo. Además perdí la sensibilidad fina para detectar párrafos ilegibles que tenía (y sufría) veinte años atrás, cuando comencé con El idioma…; en comparación, ahora leo a Lacan de corrido. Es un trabajo para analistas jóvenes.

En El escritorio de Lacan dice que “el estilo de Lacan no es gratuito para la teoría psicoanalítica” ¿cuál o cuáles serían sus costos?
A veces, Lacan parecería guardar la esperanza de que la dificultad de su estilo obligaría a los lectores a poner un esfuerzo de su parte. El estilo como filtro de perezosos o incluso como despertador, como acicate formativo de psicoanalistas lectores. Eso sucede eventualmente; sin embargo, a esta altura sabemos que no siempre es el caso. Puede ocurrir lo opuesto, que alguien se sirva del sentido flotante de un párrafo de Lacan para usarlo como aval de las lecturas más descaminadas.
Por ejemplo, cada tanto vemos dibujar al pobre nudo de cuatro como supuesto garante de una moralina de la función del padre o de una traumática del lugar del escritor y de otras suposiciones clínicas esperpénticas. Esos empleos no sospechan que Lacan tergiversa deliberadamente (él estaba muy bien informado en esa materia) lo que dice del padre de James Joyce. ¡Como si Lacan no hubiese estado al tanto de que, hasta bien entrada la infancia de Joyce, el padre del escritor no se había convertido en el borracho fugitivo, estafador y golpeador de Retrato de un artista adolescente! Antes, había sido un contador laborioso, un político antiimperialista en ascenso y un cordial anfitrión; todo indica que así fue hasta que el catolicismo irlandés más reaccionario lo despojó de sus cargos y la cesación de pagos de 1890 de la Argentina lo dejó sin fortuna. Como había convertido casi todas sus propiedades en los papeles de la deuda externa argentina, la fenomenal corrupción de Juárez Celman “desató” la caída y la miseria de los Joyce.

Ahora bien, ¿por qué Lacan tergiversaba? Bueno, la respuesta que puedo dar está en El escritorio... Podrá discutirse, mejorarse, pero téngase por seguro que Lacan no tergiversó la vida de Joyce para alentar una moral patriarcal entre analistas. ¡Ahí se ve lo caro que resulta para el horizonte de nuestra clínica no estar advertidos de las vueltas de un estilo!

¿La utilización de la topología en psicoanálisis, por ejemplo, resulta esencial tanto para el estilo de Lacan como para la clínica lacaniana?
Admito que me ocupé muy tangencialmente de los formalismos lógicos y matemáticos, en los que Lacan abunda. Empleo el cuadrado de la implicación, la contradicción y la contrariedad para distinguir los cuatro grandes estilos del lacanismo, es una de las conclusiones de El idioma…, pero formalizar no equivale a tematizar el recurso de la formalización.

Lo justifico en que ocuparse de la prosa de Lacan ya es bastante. Sin embargo, hay retóricas y paradas enunciativas en el empleo de esas escrituras que habría que precisar. ¿No hay ejemplos de usos kitsch y neoclásicos de la topología (usos en los que el propio Lacan jamás se embarcó)? Eso de que la banda de Mœbius se reduce a servir de camino unilátero de la hormiguita de Escher; o que tal superficie debe ser entendida como la mostración unívoca de tal o cual cosa.
Lo interesante, y creo que Lacan va siempre en ese sentido, no es cuando una formalización codifica, ilustra sabiamente algo ya conocido, sino cuando eso se alcanza sólo gracias a un progreso de la formalización. Quiero decir, cuando el recurso abre a lo impensado y desbarata lo tenido por sobreentendido. Por ejemplo, en “Escritura y estructura en psicoanálisis” (el capítulo de Carlos Ruiz para el libro de psicosomática de Szapiro), hay un esclarecimiento de alternativas de lo posible y lo imposible a través de una tabla de las permutaciones del nudo de cuatro, su valor está en que sin el auxilio mostrativo de esa tabla, uno sería incapaz de imaginarlas.

Con motivo de la presentación en París de la traducción al francés de El idioma de los lacanianos, se produjo un interesante encuentro entre usted y Jean Allouch, ¿podría relatarnos lo primordial de lo acontecido en aquella oportunidad?
Ocurrió en el 2000, a pocos meses de haberse publicado El escritorio de Lacan; conocedor de la novedad, Allouch optó por hablar de El idioma… ocupándose de El escritorio…, en la medida en que, ciertamente, es su corolario necesario y más provocador. Porque El escritorio… se ocupa de un solo rasgo del estilo de Lacan, aquel que en El idioma… no me había atrevido a tematizar; me refiero al de las tergiversaciones. En 1995, no había encontrado cómo hacerlo, porque me resultaba desconcertante ese propósito suyo de decir una cosa por otra.
Allouch eligió el capítulo más resonante y atacó de modo muy vehemente mi solución; me refiero al capítulo que responde a la pregunta acerca de cómo y por qué fue que Lacan contó el caso del Hombre de los Sesos Frescos de siete maneras distintas y ninguna de ellas fiel al relato de Ernst Kris. En Buenos Aires, lo hubiese tomado como una declaración de guerra de Allouch; allá, y en eso envidio a los franceses, ser objeto de la institución de la disputa es una muestra de reconocimiento. Reaccioné, entonces, como se esperaba, defendiéndome y contraatacando con empeño y fiereza. El resultado fue la traducción de El escritorio… y la inclusión del debate como capítulo inédito. Los argumentos de esa crítica y de esa defensa son nítidos pero complejos y muy atados al detalle de los textos, no me atrevo a resumirlos, para los interesados, están disponible on-line, y en castellano, en Acheronta n° 12.

La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
 
 
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