Cuando se examina la alternativa que Lacan forja –“O no pienso o no soy”–, para dar cuenta del proceso de alienación en el seminario La lógica del fantasma, es habitual que se preste una atención sumamente desigual a los verbos “pensar” y “ser”. El segundo ha merecido incluso la elaboración de un libro1; del primero se discute su eficacia, su lugar, las condiciones de su emergencia, pero jamás se intenta despejar qué es, en qué consiste.
Quizá por una razón: bajo el nombre de “pienso” se deslizan los enigmas del sujeto, del cual, todavía, tenemos una comprensión psicológica. Es propio de la psicología colocar al sujeto en primer o último término, sea como objeto determinado o como agente de determinación; si es objeto determinado, entonces invertimos el espiritualismo corriente pero seguimos prisioneros de su esquema binario2. En verdad, (y las letritas que usa Lacan deberían ya advertir sobre esto) el sujeto3 no es ni primero ni segundo: está en el medio, es un intervalo entre dos, que si se lo cuenta (es la paradoja de Lacan) ya no se lo cuenta porque lo que se cuenta es un significante y el sujeto, efecto del significante, no queda reducido a él. Ese medio sufre muchas transformaciones: pasa a los extremos, cae y así queda, por así decirlo, sin red, muy particularmente en la angustia, etc., pero lo esencial es que sólo aparece desapareciendo y en cualquier cuenta figura en alguna de las diversas formas de lo incontable: como excedente, como sitio de sustracción, como puro momento pathemático, es decir, sufriente.
¿Cómo entender así el “pienso”? Y aclaro: “pienso” es pensar en primera persona; yo pienso no es “pensamiento”, que equivale a representación o a significación, por la sencilla razón de que el “pensamiento” puede ser compartido por cualquiera que lo piense, mientras que el “pienso” es de aquel que cada vez dice yo. Además, no hay que confundir el hecho de pensar con decir “yo pienso”. Recanati tiene toda la razón cuando dice que el Cogito cartesiano, tan oscuro –Descartes no sabe ni qué es “pienso” ni qué es “soy”–, extrae su certeza de la imposibilidad de pensar su negación4, mas cabe (iba a decir “pensar”, ya se ve, el término es ineludible…) plantear ¿qué significa “pensar su negación”?5
(Y no basta decir que hablamos de la enunciación en tanto se opone al enunciado, porque, me temo, estas categorías aún no fueron despsicologizadas. El hecho de la enunciación es evidente, va de suyo, para un lingüista de la enunciación porque ellos suponen que se trata de la diferencia entre lo que se dice y lo que se quiere decir, y para nosotros, –es necesario argumentarlo, claro– lo que está en juego, desde el principio, es lo imposible de decir que engendra el sufrimiento del decir).
Empecemos por algo en apariencia simple: no tengo la menor idea de qué significa “pensar”, pero si alguien me interpela preguntándome en qué estoy pensando (y no es necesario que sea un analista, aunque siempre la presencia del Otro se insinúa cuando cualquiera nos interpela de tal forma) no cabe que le responda retrucándole con que no sé qué quiere decir pensar. Así como el verbo ser, en su extrema vaciedad produce efectos significantes, sobre todo en su función copulativa (¿cómo disociar los dos sentidos de “cópula”?), el verbo pensar (en primera persona, se entiende) instituye en el sujeto –que ha empezado su vida inconsciente nunca antes de que articule la primera persona– un efecto de resistencia, de reserva e incluso de reticencia.
En el circuito inaugurado por la interpelación “¿En qué pensás?” y en el cual tras un intervalo respondo “pienso A; o bien, no voy a decirte en qué estoy pensando”, es la negatividad, como posibilidad de decir que no, como posibilidad de rehusamiento, sea bajo la forma del no explícito o bajo la forma de la mentira (no conviene aislar el “yo pienso” del “yo miento”) la que instaura esa sombra del significante, ese intervalo entre las napas de condensación y de desplazamiento en que consiste el “pienso”. El pienso interrumpe el flujo significante, el pienso es pausa y también momento de espera, de espera sufriente de advenimiento de nuevos significantes, de tanteo y de vacilación entre constelaciones discursivas (Blanchot al cabo de un artículo sobre Artaud concluía con éste que pensar es sufrir).
Se suele decir (y con razón) que si antes de que me formulen la regla fundamental estaba dispuesto a decir qué pensaba, basta que se me la diga para que piensa en A y diga B. Es verdad, pero una verdad un poco pobre. En realidad, es imposible decir lo que se piensa; mientras pienso no estoy obligado a respetar la linealidad del signo, que es una camisa de fuerza que todo lo moldea, abrumadoramente. Y, sin embargo, esa camisa, al constreñirme al orden lineal, a decir una palabra tras otra, a interpolar las conexiones, las subordinaciones, las coordinaciones, a vigilar el nexo entre el antecedente y el consecuente, atender a los términos medios (es decir, a los enlaces, siempre tan difíciles) y a las declinaciones del final del párrafo, del capítulo, de la exposición oral, ya lo pensado de antemano está completamente subvertido, aunque sin ese pensamiento previo la máquina no se pone a andar o anda a los tumbos, sin corte, como en el flujo del esquizofrénico.
Los psicólogos de la introspección creían en un pensamiento puro, sin palabra, sin imagen, un puro pensamiento referido al objeto. Ignoraban el contexto del experimento: que el dedicado a pensar obedecía a una consigna y que luego debía protocolizar lo experimentado mientras meditaba. Desconocían, ellos y sus sujetos de experiencia, que en el instante en que creo pensar el objeto y sólo el objeto, cuando este último se ha tornado en apariencia transparente y el pensar es sólo ese hálito casi invisible que rodea lo pensado, es que la palabra reducida al estatuto de huella (o sea, el significante) ha establecido una suerte de recinto de represión el cual, metapsicológicamente, continúa obrando en esa (¿cómo llamarla?) sombra, en (para decirlo de otro modo, más alejado del teatro de las ideas platónico) esa nada, en esa pura negatividad no obstante esencial.
Quiero decir (pero esto requiere de un trabajo ulterior de explicitación) el no de la negatividad pertenece al discurso, al flujo significante como tal: pero la negatividad abandona el plano de la virtualidad sólo cuando el “yo” del “yo” pienso descubre su propio vacío y opera el pasaje del “no” a la “negatividad actual”.
El “pienso” es la negatividad en acto que vuelve a su estatuto de huella en el decir que necesariamente la traiciona.
“El decir que no”que viene del Otro se torna huella en el sujeto y siendo negatividad virtual se actualiza en el movimiento de nadificación que es el “yo pienso” para pasar al decir como su temblor indicial, como su vacilación crucial.
El “no pienso” como primer miembro de la alternativa alienante es instaurado (como repetición de una instauración originaria) por la consigna de la regla fundamental.
1. “Lo que Lacan dice del ser”, de François Balmes.
2. Al decirse, “no es el sujeto el que determina al significante sino al revés”, se coloca en el mismo plano al significante y el sujeto y así, con terminología lacaniana, se sigue en la psicología. ¿No lo determina?; claro que sí, pero de modo insuficiente; y éste es el comienzo del problema. La razón insuficiente del significante torna al sujeto, a cada uno de nosotros puestos en ajenidad próxima con respecto a nosotros mismos, en algo pathemático, en el sentido etimológico del término: pasión, sufrimiento, privado de verbalización y que por ello mismo llega a causar la emergencia de la palabra, del Verbo.
3. Es decir, sub-yectum, homólogo exacto de la famosa “sub-estancia”, algo a indagar y que no se resuelve con la simple mención de que está “debajo de” porque ése es el estatuto del supuesto: el supuesto que supone al sujeto ¿qué instaura? Desde luego, estas operaciones tienen su explicación, siempre y cuando procedamos a “desmontar” los mecanismos etimológicos, semánticos e históricos que se condensan en estas encrucijadas discursivas.
4. Recanati, François, La transparencia y la enunciación, Hachette, Buenos Aires, p. 169.
5. Recanati no resuelve el problema en su por lo demás excelente libro. Se limita, aquí y allá, a señalar que no habla de “representación mental” sino de representante y de representación: se mantiene, en una palabra, en el terreno del signo semántico, no el del semiótico, que es el de Saussure. |