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   Entrevista

Pura Cancina
  La fábrica del caso
   
  Por Emilia Cueto
   
 

Usted ha acuñado la expresión “fábrica del caso” siendo esta una práctica que sostiene desde hace varios años ¿Qué es la “fabrica del caso” y cómo surgió esta experiencia?
El nombre de “Fábrica de Casos” para un dispositivo que vengo implementando hace varios años no es mío. Lo tomo de los textos fundacionales de la École Lacanienne y de una experiencia, conducida por Eric Porge, que realicé en Córdoba hace ya mucho tiempo. En el año 1986 empecé la fábrica de casos en la cátedra de Clínica, en la Facultad de Psicología de Rosario. Un par de años antes entré en contacto, en un encuentro que se hace en Córdoba, con gente de la Escuela Lacaniana. Yo seguía con mucho interés a la revista Litoral. Recuerdo que en ese encuentro en Córdoba, ellos comentan lo de fábrica de casos, y se hace un ensayo de puesta en acto de un dispositivo que luego yo modifiqué un poco, pero conservando lo esencial de su lógica. La idea de implementar este dispositivo de trabajo de la clínica psicoanalítica con estudiantes de psicología –estudiantes avanzados en la carrera, ya que se trata de una asignatura de quinto año– responde a una pregunta válida también para analistas ya formados. Por eso, al cabo de un tiempo, también puse en acto este dispositivo en la Escuela de Psicoanálisis Sigmund Freud de Rosario, donde hemos fabricado durante varios años. El trabajo fue de tal calidad que a partir de un momento iniciamos la publicación de la serie La Fábrica del Caso. La pregunta es la siguiente: ¿cómo dar a la elaboración clínica un estatuto riguroso, cómo, en el trabajo a partir de un caso, lograr niveles de formalización que hagan avanzar a la clínica psicoanalítica y superen el registro de lo opinable? Pienso que a la clínica hay que trabajarla de otra manera, con una lectura que se sostenga con un referente textual. La fábrica exige una tarea de elaboración mucho más rigurosa. Esto lo planteo así con respecto al trabajo de Escuela con otros analistas. En la Facultad hay algo más. Al cabo de los años me doy cuenta de que para los estudiantes es una experiencia importante; más aún para los que ya han hecho su elección respecto del psicoanálisis. Ellos dicen “aquí estamos aprendiendo psicoanálisis”, “esto nos da una idea de lo que es realmente el psicoanálisis”, como quien dice “¡existe, se practica y eso se puede leer!” ¿Y qué leen? Leen dentro del registro de lo que pueden leer, con los instrumentos que tienen: leen acerca de la transferencia, acerca de la posición del analista respecto de esa transferencia, leen algo de la estructura, apuntan a posibilidades diagnósticas, leen acerca de qué operaciones se produjeron. La fábrica de casos es un dispositivo. Un dispositivo es una convención que dispone simbólicamente lugares y funciones, como así también tiempos en los que estos lugares y estas funciones se despliegan a los fines de que algo se produzca. Algunos dispositivos psicoanalíticos (cartel, dispositivo de pase, presentaciones de enfermos, fábrica de casos, etc.) deben ser evaluados en su funcionamiento según los criterios propios al psicoanálisis en extensión. El interés que reviste este término –dispositivo– para el psicoanálisis proviene de una doble incidencia significante: una que remite a la práctica y la otra al juego, al teatro en acto. Practicable que implica la noción de movimiento.

“Práctica”, “juego”, “semblante”, “desplazamiento” son términos del vocabulario del psicoanálisis, y están en las cuatro esquinas de la estructura del ser hablante. Los lugares, al tratarse de un dispositivo del psicoanálisis en extensión, están dispuestos según la lógica y la ética del dispositivo analítico. Quien habla (el analista que expone), está en posición de analizante de su práctica y, el lugar del analista, está distribuido entre quien conduce la presentación e interroga y el público que durante la presentación debe guardar silencio. Sólo al final se abre un breve espacio de preguntas por parte del público. Para este primer tramo es necesario subrayar que ya se ha puesto en función el ternario que enmarca la experiencia (RSI) y la diferencia entre saber textual y saber referencial, porque el analista que expone conmemora (se le solicita que no traiga nada escrito y si lo trae, es función de quien conduce la experiencia tratar de que “quede olvidado”) algo de lo real de su práctica, práctica que se demuestra formar parte de lo real en tanto que perdida, imposible de ser pasada más que por el tamiz de la palabra; por lo tanto, es no-toda dicha. Lo real como imposible se hace también presente en lo que cada caso tiene de necesariamente fragmentario, necesariamente puntuado ya por el analista.

Desde Freud, las neurosis actuales no han sido tan claramente delimitadas ni definidas como las psiconeurosis, ¿Cuál es el estado actual y cuáles sus aportes sobre el tema?
Podríamos decir que luego de las primeras nosografías y una vez avanzado en el campo de las psiconeurosis, las cuales le fueron revelando cada vez más sus secretos, Freud a la vez que olvidó, nunca abandonó a las neurosis actuales como tampoco la teoría que las sustentaba. Mi aporte fue, simplemente, hacer pública y notoria su presencia en la actualidad; actualidad en la que han sido rebautizadas con los términos en uso por los nomencladores según el servicio que los mismos prestan a la industria farmacológica. La neurosis de angustia y la neurastenia actualmente se denominan “ataque de pánico” y “fatiga crónica” respectivamente. Ahora bien, retomarlas desde el psicoanálisis no podía ser hecho sin una relectura –una relectura crítica si se quiere– de lo que Freud pensaba de las mismas.

Usted relaciona el lugar que las neurosis actuales han tenido en la teoría freudiana con la característica de la transferencia de Freud con Fliess, ¿Por qué formula esta articulación?
Con el “factor tóxico” que Freud suponía en la base de ambas afecciones –aunque de manera diferente–, Freud se mantuvo tributario, en su errar, de las ideas de Fliess. La dificultad de Freud fue sostener a las neurosis actuales como cuadros separados de las psiconeurosis en razón de su especificidad definida por lo actual en contra del conflicto, conflicto que cuenta con la determinación de lo infantil. Esto hizo que las mismas quedaran como “desabonadas del inconsciente”.
El saber de Fliess, –un saber delirante que pretendía haber encontrado la forma de escribir la relación sexual–, retiene a Freud en su manera de teorizar las neurosis actuales, tributo quizás pagado para poder liberar el terreno de las psiconeurosis. En mi seguimiento del tema me sostengo no sólo en la teoría de Fliess, sino también en sueños de Freud de esa época y en fragmentos del intercambio epistolar.

¿Cuáles han sido las consecuencias en la teoría y en la práctica?
Haber conservado el factor tóxico aun más allá de Más allá del principio del placer impidió a Freud y a los posfreudianos una elaboración clínica de los fenómenos propios de las neurosis actuales que superara el simple binomio “retención-descarga” que las mantenía subsidiarias de las llamadas “prácticas sexuales dañinas”, o sea hechos absolutamente ligados a la genitalidad más que a la sexualidad y la castración.

En su texto Fatiga crónica.Neurastenia desarrolla sus consideraciones sobre “el caso Sibylle” (la hija de Lacan) quien, al decir de su padre, en el siglo XIX hubiera sido diagnosticada como neurasténica. Allí usted expresa que en este caso se trata de una identificación mimética con la que se llama y se convoca al padre en su función. ¿Cuáles son las características de esta identificación y cuales sus diferencias con la identificación al rasgo en la histeria?
Ante la no-respuesta del Otro, el sujeto, en tanto no sabe qué objeto es para el Otro, para consistir se deja representar por un significante holofraseado, con valor de 1 pero sin relación a otro, en la afección. No hay puesta en función del significante binario (significante índice 2) o del binarismo del significante, lo que es fundamental para que el sujeto sea lo que un significante representa para otro significante. En el punto de la afección no hay puesta en función de la afanisis del sujeto respecto al saber inconsciente, lo que del movimiento de alienación-separación puede concluir en una identificación que sea orientación del sujeto en función de la falta, en función de lo imaginario y de lo simbólico. En estas afecciones –en serie con las psicosomáticas–, la inconsistencia de lo imaginario es suplida por la imagen, el cuerpo imaginario que se aproxima así al cuerpo mimético. El cuerpo pierde consistencia y ésta es suplida a nivel de la imagen del cuerpo, en ese caso, por la mímica de la tristeza, que remite a una identificación mimética al otro del amor, al padre privador, a quien se ama y se odia por esta privación. Remite a una identificación imaginaria al padre, en tanto la mimesis supone un movimiento de regresión de la vida a un estado anterior, que implica, en su movimiento, una precaria diferenciación. Por el contrario, la ley que marca al cuerpo, anuda los registros en el orden de la significación fálica y sustenta al sujeto en una identificación secundaria no coincidente con la identificación por el amor. En estos casos, al padre simbólico se sustituye la presencia del padre.

Son afecciones ligadas a la latencia, a algo que queda latente, detenido. Algo ocultado se da a ver por la afección. El efecto ante el que estamos es una identificación mimética con la que se llama y se convoca al padre en su función. Se trata de un decir que, como sostiene Roberto Harari en su libro ¿Qué sucede en el acto analítico? La experiencia del psicoanálisis, “se expresa-revela por medio del acting-out, de la mise en scène, de la escenificación: talla un decir que no habla”. Esto es lo que pudimos ver en el caso fabricado cuando el recurso utilizado por Sibylle pudo ser situado como recurso a la mimesis; identificación mimética que entendimos como detención de la dialéctica identificatoria, lo que da ese cuadro pintado por Sibylle Lacan para su padre. Subrayo: “cuadro pintado”. Se trata de mimesis, mímica de la tristeza sostenida por algún rasgo tomado de la imagen del padre. El mimetismo es puesto en suspenso, detención del acto en el gesto. Un gesto es algo hecho para detenerse y quedar en suspenso. El gesto, como gesto, se inscribe en un “antes del acto”. Es esta temporalidad particular, definida con el término detención, lo que nos permite distinguir entre gesto y acto. Pero, también subrayo: “cuadro pintado para”. Esto quiere decir que no es sin el Otro, aquel al que el mensaje se dirige. Si a Freud le pareció que la cura de las neurosis actuales no dependía del análisis sino de cambios en las relaciones con el otro, en parte tenía razón, salvo que no se trata de un cambio en el terreno de la genitalidad sino en aquellas relaciones en la que se dirime el estatuto del objeto, o sea el terreno donde éste se desprende.

Si bien gran parte de la bibliografía de procedencia médica considera que no se conocen con precisión las causas de la llamada “fatiga crónica” no dudan en proponer un origen de naturaleza biológica, y en relación a los efectos que esta pudiera tener en el área psíquica recomiendan una terapia de tipo cognitivo-conductual, ¿Cuál es su posición al respecto?
Creo que lo antedicho se opone a esta salida comportamental medicamentosa. Sería algo así como remar en la arena. Al respecto, me parece interesante comentar que mantengo una correspondencia epistolar con un médico especialista en “fatiga crónica” en Europa quien se dirigió a mí después de haber caído en sus manos mi libro. Él me refirió su desencanto con respecto a los resultados, tanto de la medicación como los de esos modos actuales de “terapiar lo psíquico”. Actualmente tenemos por delante un programa de intercambio que me resulta sumamente prometedor. Esta persona me comentaba que el tratamiento usual comportamental-medicamentoso consistía en antidepresivos y energizantes acompañados de lo que no podemos menos que señalar como aleccionamiento reeducativo. Resultados: aparecen otros modos de convocar al Otro y se mantiene el rechazo al reconocimiento del sujeto. Esto es “terapiar (tapiar) lo psíquico”. Esto lo hemos visto en otros terrenos. Recordemos la época en que se pretendía tratar la fobia al avión con una preparación comportamental y sugestiva que concluía con un tour en avión del grupo de “ex fóbicos”. Desaparecía la fobia al avión pero aparecían otras ya no tan fáciles de tratar.


La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
Pura H. Cancina es psicoanalista y doctora en Psicología. Ha escrito, entre otros, Escritura y feminidad, ensayo sobre la obra de Marguerite Duras y El dolor de existir... y la melancolía.

 
 
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