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   Problemas y controversias

Enigmas del "yo pienso" (2º Parte)
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
La alternativa que Lacan plantea en el seminario sobre la lógica del fantasma –“o no pienso o no soy”– sólo es comprensible si podemos diferenciar dos posiciones del sujeto que indudablemente son correlativas, pero no idénticas: su inclusión en carácter de excluido en los actos del decir, y la división entre saber y verdad, saber y goce, desconocimiento y reconocimiento. La exclusión es inaugural y pertenece al “no pienso”; la división supone el no ser y se articula en el plano de las formaciones del inconsciente.

Algunos textos de la tradición filosófica pueden servirnos para pensar esta extraña exclusión que el pensamiento escolar desconoce y hasta desdeñaría si pudiera percatarse de ella, precisamente porque está hundido en el psicologismo.
En su Propedéutica filosófica (Segunda subdivisión, Lógica, Introducción, 3), dice por ejemplo Hegel: “El yo es una determinación abstracta. Sólo sé del yo en la medida en que me separo de todas las determinaciones. Pero este es un medio negativo. Niego de mí las determinaciones y me dejo sólo como tal. El abstraer es el lado negativo del pensar”.

El yo (debemos entender por tal el yo del discurso, es decir, el conmutador) como tal es vacío: la igualdad del yo con el yo sólo revela, al ser enunciada, dos posiciones diversas y no obstante vacías de la misma partícula. Entonces abstracción, negatividad y pensar son términos solidarios entre sí, si se los aprehende como elementos de una exposición, es decir, como elementos que descubren sus presupuestos a medida que fluyen en el habla las determinaciones. El yo puede presuponer su “sencilla identidad consigo”; sin embargo, basta que se expongan los presupuestos, para que éstos se inviertan: la “sencilla identidad” se transformará en separación.

Si digo “Yo pienso que este libro es malo”, el interlocutor se detendrá sobre el juicio para pedir mayor información, para refutarlo, para estar de acuerdo, etc.; mas ¿qué pasa con la expresión inaugural, con el “yo pienso”? Simplemente, queda olvidado, y de esta manera realiza su obra de introducir el conjunto de los significantes, pero al precio de quedar excluido de ellos.
Así el yo se sitúa en el límite del conjunto de los significantes y “pienso” queda indefectiblemente marcado, diría contaminado, por la función del conmutador como si no fuera otra cosa que un apéndice enigmático y vacilante de éste.

Nos encontramos aquí con momentos culminantes del Tractatus Logico-Philosophicus de Wittgenstein, quien dice en 5.632 “El sujeto no pertenece al mundo, sino que es un límite del mundo (Grenze der Welt)”. Y luego en 5.641 “Hay, pues, ciertamente un sentido en el cual se puede hablar en filosofía del yo de un modo no psicológico. El yo entra en filosofía por el hecho de que ‘el mundo es mi mundo’. El yo filosófico no es el hombre, ni el cuerpo humano, ni tampoco el alma humana de la cual trata la psicología, sino el sujeto metafísico, el límite – no una parte del mundo”.

Ha aparecido dos veces el término Grenze, límite, frontera, para designar al sujeto; poco antes lo ha denominado “punto inextenso”: literalmente ausdehnunglosen Punkt, “punto privado de extensión”. Conviene detenerse en esta expresión, entre otras razones porque filósofos y lingüistas ligados al psicoanálisis de una u otra forma, han reducido el sujeto lacaniano justamente a un punto sin extensión.
Esta concepción, en principio justa –cuando hablo del mundo, no estoy, por un instante, en el mundo, aunque mi cuerpo allí permanezca; o mejor, ese “yo” que es el punto de referencia del punto de fuga de la perspectiva, como tal no se confunde con su cuerpo, sea cuerpo narcisista, sea cuerpo pulsional– se torna encubridora cuando se pretende que sea la única; así se olvida el término mismo con el que designamos al sujeto –sub-yectum, algo arrojado debajo– que remite no, como suele creerse, a la desubstancialización, sino a la pérdida de substancia, que no es lo mismo. El sujeto está dividido entre lo mathematico (lo que se aprende y enseña) y lo pathematico (la pasividad del cuerpo, carne de angustia y de goce) y esta división no pertenece al ámbito de la exclusión del punto inextenso, el cual, no obstante, es condición misma de la existencia del sujeto; con todo, entre ambos momentos estructurales hay alternancia: o no pienso o no soy.

El sujeto inextenso es el que sostiene la verdad del idealismo; la que, en definitiva, no es separable, como lo advirtió Wittgenstein de una manera clarividente, del “más puro realismo”.
Así dice en su sorprendente aforismo 5.64 “Vemos aquí cómo el solipsismo llevado estrictamente coincide con el puro realismo. El yo del solipsismo se reduce a un punto inextenso y queda la realidad coordinada con él”.

Desde luego: Heidegger advirtió que si bien carecemos de una prueba de la realidad del mundo, no la necesitamos en absoluto, porque no tenemos la menor duda acerca de su existencia1: el mundo es contingente pero se nos impone con una suerte de necesidad de hecho, para decirlo de alguna manera no demasiado imprecisa. Ahora bien, este “realismo” (no es un vocablo que Heidegger emplearía) está ligado al solipsismo ya no en el sentido vulgar –la creencia de que sólo yo existo, creencia que es un fantasma sostenido por los otros, (nadie es solipsista en primera persona, sería ridículo que intentase demostrarle al lector que no existe), no es en definitiva creencia alguna–, sino en el más riguroso y literal de los sentidos: sólo yo puedo decir yo; sólo yo puedo decir que el mundo me excede y me aplasta, sólo un yo, uno por uno, puede pronunciar el nosotros. Aquello que nos liga en el Otro es exactamente lo que al comunicarnos nos incomunica: nadie puede decir yo desde mi lugar y en mi lugar; pero ese lugar es, para cada cual, absolutamente opaco, irreductible; ya no un punto inextenso (aunque sea el primer lugar para situar la función de la primera persona) sino un punto que al vacilar se separa de una extensión tornada primero profundidad y luego vértigo que retorna a la superficie de los agujeros del cuerpo.

1. Esto es válido para el hombre “normal”: Heidegger no podía tomar en consideración al psicótico.
 
 
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