Alertados de que había algún tipo de desorden en Cromañón, los primeros en llegar al lugar de la tragedia fueron los carros de asalto de la Guardia de Infantería. Al comprobar que no se trataba de un motín, los uniformados sólo atinaron a formarse en ronda, a una distancia prudencial de la humareda. En medio del desconcierto, algunos sobrevivientes que lograban escapar del local los increpaban: “¿Se van a quedar mirando sin hacer nada?”. Ante el silencio como respuesta, uno de los chicos, desesperado, le pidió a un suboficial que le facilitara al menos su máscara antigas. A lo que el uniformado respondió: “No, porque si la rompés, la tengo que pagar yo”. Se calcula que cuarenta de los ciento noventa y cuatro muertos registrados habrían reingresado para intentar rescatar a sus compañeros.
Es inaudito: cualquiera sea el punto de vista que se adopte para describir el acontecimiento Cromañón, se tropieza de inmediato con una espesísima trama de negligencias e irresponsabilidades, egoísmos y mezquindades que evidencian prolongarse en el tiempo, como una ciénaga creciente que, poco a poco, se fuera devorando todo. Es esa misma trama la que, desplegándose insidiosamente, pareciera planificar milimétricamente el desastre, en una siniestra sumatoria de cotidianas desprolijidades y contravenciones que, en conjunto, se ofrecen servidas a una oscura ceremonia sacrificial.
Del lado de la empresa: sobreventa de entradas que triplican la capacidad del local, inspecciones compradas, habilitaciones fraguadas, materiales inflamables, puertas de emergencia bloqueadas, ausencia de extractores de aire, de equipo electrógeno, de luces de emergencia, de sistema anti-incendio, de personal capacitado... Falencias inadmisibles pero habituales, frente a las que nadie podría sinceramente sorprenderse. Quizás debiéramos visualizar en ellas una manifestación de esa consigna “achicar el Estado es agrandar la Nación” que ha orientado durante tres décadas la política económica, y cuyos resultados se expresan aquí de modo exponencial: sin control estatal, la voracidad rentística evidencia una predisposición tanática, deléterea, fatal.
Pero, desde luego, ése es sólo un aspecto de una mucho más amplia psicología de masas. El llamado “rock barrial” en el que el grupo Callejeros aceptaría sólo a desgano ser incluído, resulta él también expresión de esos infames años noventa cuya crítica la sociedad merecería alguna vez ver detallada. En medio de la pauperizante marginación y exclusión laboral que la supuesta modernización económica acarreó en apenas cuatro años de apertura arancelaria y privatizaciones, protocolos propios de la cancha de fútbol invadieron también la escena musical. Con más entusiasmo que preparación y más crudeza que poesía, la “fiesta” supo entonces suplantar al virtuosismo, cediendo el protagonismo al público. El espectáculo se produce entonces tanto abajo como arriba del escenario: las bengalas forman parte de ese ceremonial cuyo riesgo asume una propensión suicida; guarderías improvisadas en el baño por un peso, mensuran la demencial irresponsabilidad de la inconciencia colectiva.
Enseguida, las imágenes del horror: padres desesperados mostrando las fotos de sus hijos, ambulancias desbocadas, improvisación en los primeros auxilios y trasladados, falta de oxígeno en las guardias hospitalarias... La brisa de un respiro: enfermeros insomnes, médicos que interrumpen sus vacaciones, psicólogos, maestros, veladas interminables, luminosa solidaridad, la entrega sin concesiones del ciudadano de a pie. ¡Qué ha ocurrido con nuestros hijos!
Y después, las arenas movedizas que lo engullen todo: autoridades que escamotean el cuerpo a la previsible ira general, políticos que calculan el dolor de los familiares, capitalizan su desconsuelo, lo manipulan; indemnizaciones que especulan acallar la furia de los damnificados, legisladores que miden la llegada mediática de sus diatribas, oficialistas que se prueban el traje de opositores, sesiones escandalosas, comisiones travestidas, constitucionalismos de ocasión. En fin, maniobras, ardides e intrigas que, sobre el desastre, operan meticulosamente el descalabro institucional.
Constatémoslo: a un año de la tragedia, ella sigue consumándose terca, insidiosa, impávida, ante los ojos azorados del estupor general.
Un trozo de real no puede ser sin embargo camuflado: testimonio inadulterable de un dolor que no cesa, fotos, velas, banderas, flores, rostros adolescentes y, sobre todo, zapatillas que se amontonan espontáneamente sobre el pavimento de la esquina de Bartolomé Mitre y Ecuador, erigiendo el santuario de una desolación sin límites.
Pero, ¿cuál es el resorte de una conmoción que se empecina en arrastrarnos una y otra vez hasta las entrañas de una repetitiva pesadilla de la que nos resulta imposible despertar? ¿Se explica, acaso, por la juventud de las víctimas, su número, su pertenencia social a la clase media? Seguramente. Pero eso no es, tampoco, todo.
Hay hechos que devienen acontecimientos por confrontarnos al escozor de una verdad que, una vez desoculta, no puede ya ser relativizada. Incidentes que, tras la silueta de la contingencia, revelan la fría determinación de un destino en el que presentimos la implacable reiteración de una sombría voluntad. Más allá del sentimiento de fatalidad, la desgracia asume, entonces, impúdicamente, el obsceno cariz de un holocausto sacrificial.
En la década del ’70, es lo mejor de una generación lo que el sistema económico ofrece a los dioses oscuros de la racionalidad occidental. En los ’80, es la ingenuidad de toda una sociedad la que se inmola con los adolescentes de 18 años en Malvinas. En los ’90, el futuro de toda una juventud la que se ofrenda en primer lugar al impiadoso monoteísmo del triunfante mercado. Resultado probable de todo lo anterior, el despuntar del siglo XXI nos sorprende con el espectáculo de una inconcebible ceremonia autodestructiva a la que la exaltación juvenil es irracionalmente arrastrada.
Antes que el eslabón perdido de una república que nunca llegará a ser, Cromañón nombra el augurio de una verdad incontrastable: una sociedad que no cuida su cría está irremediablemente condenada a su extinción.
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