¿Se puede hablar de una topología psicoanalítica? Si le damos al término su acepción estrictamente matemática, evidentemente no.
Un expositor define a la topología como el estudio de la continuidad, que comienza con la continuidad del espacio, aunque nos advierte, de inmediato, que es imposible elaborar una representación visualmente identificable de algunos de estos “espacios”; por lo demás, tal empresa carece de interés1. Es que nociones tales como “espacio” o “continuidad” (basta consultar cualquier manual mínimamente riguroso) están definidas por normas que obedecen a axiomas precisos, los cuales, entre otras cosas, diferencian el espacio métrico que conocemos como euclidiano del espacio topológico.
Y si hablamos de normas y de axiomas también hablamos de teoremas y del conjunto del sistema de cálculo del que forman parte. Un cálculo –es ésta una verdad elemental que debemos recordar–, funciona automáticamente, al margen de cualquier pensamiento, precisamente porque prescinde de todo contenido.
Nada de esto se encuentra en los objetos que Lacan denomina topológicos: él pasa de figura en figura sin la mediación de ninguna regla, de ninguna demostración, de ninguna ley. Observación que es trasladable a los denominados mathemas: la letra Phi es la inicial del falo, no la inicial de lo que llamamos “función”, relación constante entre variables. Y así con todos: la a del objeto es la inicial de la palabra francesa tan cargada de sentidos autre; la S la inicial o del sujeto o del significante. ¿Podría haber una combinatoria de abreviaturas?
Desde luego, podría redargüirse: Lacan no hace matemática sino matematiquería. Concedámoselo, por un momento, pero a condición de hacer la pregunta pertinente: si Lacan toma de las matemáticas y de la lógica elementos subsidiarios y hasta contingentes, ¿qué justifica el préstamo?
Es en el seminario Aun donde encontraremos la respuesta. Veremos que ciertas dificultades inherentes a la teoría del significante, se desplazan hacia los objetos topológicos y vienen finalmente a encallar en la pretensión de Lacan de que es posible sostener, en el campo psicoanalítico y de manera coherente con sus premisas, la idea de una “transmisión integral”.
Dice Lacan en Aun: “Esta manera de topologizar lo que toca al lenguaje está ilustrada de manera admirable por la fonología, en cuanto encarna al significante con el fonema”.(p.27)2 ¡Pero no! La fonología no considera al fonema como unidad combinatoria: los fonemas “integran” el significante y se extraen de él mediante un análisis que los descompone en sus rasgos distintivos. En la teoría saussuriana el significante es imagen acústica, sonido o serie de sonidos que sólo en virtud de su poder de significar se convierten en significantes. El mero sonido, aunque se trate de una unidad distintiva mínima como el fonema, se combine como se combine, nunca produce significantes si no remite inmediatamente al significado: “dgno” no es un significante; “digno” sí. Y si se dice que puede sin embargo serlo –por ejemplo la escritura fallida de un sujeto–, es porque allí leemos, desde el punto de vista de la enunciación, la diferencia entre “digno” y “dgno”.
Pero no me interesa la lingüística en cuanto tal; muchas veces una lectura aberrante de un concepto teórico arroja resultados enriquecedores. ¡No es el caso, para nada!
Porque la lectura “errónea” de la fonemática está al servicio de una búsqueda también fallida de Lacan: hacer del significante un orden “combinatorio y cerrado” tal y como lo intentó en “La instancia de la letra”; algo que, de hecho, abandonó en los años posteriores. Pero lo que allí se localizó, el esfuerzo combinatorio, habrá de desplazarse en años posteriores hacia el territorio de lo que denominará mathema.
Cuando intente en Aun mostrar que lo real no puede inscribirse sino como una impasse de la formalización, dirá, apoyándose una vez más en una célebre aseveración de Russel, que la matemática no sabe sobre qué habla y que si habla no quiere decir nada y por eso “ella es la elaboración más avanzada de la significancia que nos haya sido dado producir” (p.112), y lo dirá para retornar a un proyecto sostenido, esta vez también, sobre una errónea captación de la disciplina a la cual más homenajes ha rendido.
Una vez más digo lo que dije sobre la lingüística: me interesa despejar la incomprensión porque afecta y del peor modo al psicoanálisis.
La referencia a Russel, que no es exacta pero que refleja, por así decirlo, el espíritu de lo que dice, nos viene bien: es una excelente vía para llegar al corazón del problema.
Las matemáticas (y asimismo la lógica) no quieren decir nada cuando hablan porque… no hablan. Es necesaria el habla (Lacan lo advierte más adelante en el mismo seminario, ver p.144) para transmitir las matemáticas, sin duda; no obstante, “habla y formalización del cálculo persisten en su mutua exterioridad”. Las reglas de formación de las expresiones, las reglas de deducción, los corolarios, lemas, definiciones, los teoremas de que a su vez se deducen nuevos teoremas, construyen edificios cuyos pisos están construidos con “estricto paralelismo” a los enunciados de la lengua corriente que los enseñan. En cambio, con los mathemas de Lacan sus enunciados cumplen una función de “interferencia”, de “deformación”, de “transposición”, etc., por la sencilla y desarmante razón de que no se sostienen por sí mismos. ¿Cómo podrían hacerlo expresiones que son o simples abreviaturas –la letra φ, me repito pero vale la pena hacerlo, no significa “función” sino falo– o bien variables que no pueden disociarse de su contenido? Si digo “phi de x”, esta “x” no es una variable que admite cualquier interpretación, como es notorio ocurre en las disciplinas formales; no puedo decir que indiferentemente x sea o piedra, o gato, u hombre, o mujer. La célebre frase de Gonseth tantas veces citada –que las matemáticas son “la física de un objeto cualquiera”–, muestra claramente la diferencia con el psicoanálisis.
A mayor abundamiento: “la matemática parte del vacío de contenido no porque lo genere sino porque prescinde de él”: por ello es susceptible de tratamiento formal y cuando se calcula no se piensa: el cálculo es mecánico; el sujeto sin duda necesita pensar, pero su pensamiento (y más si como en la imaginería popular –y no sólo en ella– es loco) no se inscribe para nada en el cálculo. Cuando se trata de los fundamentos, ahí cambia la cuestión y el matemático se pone a pensar. Mas los fundamentos metamatemáticos, epistémicos y si se quiere filosóficos, tienen un estatuto por entero diverso al del cálculo.
¿Calcula el psicoanálisis? Sus objetos, inmóviles, caben en un par de páginas, desde los llamados mathemas hasta los bordes, superficies, nudos, cadenas; todo eso respira una enorme inmovilidad y de esta forma se tornan objetos mágicos, fetichizados que declinan en sugestión, precisamente porque les falta lo que es el corazón de las matemáticas: el aparato formal de deducción que permite pasar según reglas fijas de una instancia a la otra, de una fórmula a la siguiente, de un corolario a un teorema, de un teorema a una ley y así sucesivamente. Mas cuando el ver queda fijado a un garabato, a una figura, a una letra aislada que no se sabe de dónde viene ni adónde se dirige, el estancamiento libidinal reemplaza cualquier pensamiento y produce inhibición.
Los teóricos del Renacimiento –Llul o Lulio, Giordano Bruno y tantos más sobre los cuales Francés Yates ha escrito páginas notables–, usaban los emblemas, las matrices, las letras matemáticas pero fuera de toda combinatoria, o para realizar una combinatoria absoluta, universal, totalitaria, inconcebible de antemano y que termina por perderse en detalles, en quiebres, en soluciones de continuidad. Esa empresa es revitalizada, anacrónicamente, en nuestra época, sin los justificativos y la grandeza que tuvo en la suya, por el lacanismo que yo llamo portátil.
El matemático prescinde del sinsentido, que es algo muy diverso a producirlo: sólo la dimensión de la palabra que alcanza y forja al cuerpo erótico puede efectivamente llevarnos a él. Esa prescindencia permite que el matemático elabore dispositivos que pueden interpretarse en términos de macrofísica o de microfísica, que sirvan para diseñar un reactor atómico o para calcular la extensión de las futuras tierras fértiles o infértiles.
Hay un punto en el cual los atolladeros vienen a confluir, y es el siguiente:
“La formalización matemática –dice Lacan– es nuestra meta, nuestro ideal. ¿Por qué? Porque sólo ella es matema, es decir, transmisible integralmente. (capable de se transmettre intégralement, dice el texto francés3) La formalización matemática es escritura, pero que no subsiste si no empleo para presentarla la lengua que uso. Esta es la objeción: ninguna formalización de la lengua es transmisible sin el uso de la lengua misma. A esta formalización, ideal metalenguaje, la hago ex–sistir (ex–sister) por mi decir. Así lo simbólico no se confunde, ni de lejos, con el ser, sino que subsiste como ex–sistencia del decir. (…) Se trata de mostrar adónde va la formalización, ese metalenguaje que no es, y que hago ex–sistir. (…) La escritura es pues una huella donde se lee un efecto de lenguaje. Es lo que ocurre cuando garabatean algo.
Tampoco me privo yo de ello, ciertamente, ya que con eso preparo lo que tengo que decir. Es notable que de la escritura tengamos que asegurarnos. No es, empero, metalenguaje, aunque se le puede hacer cumplir una función que se le parece.” (pp.144/147)
Puntualicemos: ¿a qué queda reducida la noción de metalenguaje si hay un metalenguaje ideal que es la escritura, pero al mismo tiempo, aunque cumpla una función parecida sin embargo no lo es?
Además: el ser es, en el contexto de este seminario, substancia de goce, el que se evapora –se pierde– en la medida en que el ser hablante llega al decir; así lo simbólico no se confunde con el ser, pero ¿qué aporta de ex–sistencia esta supuesta escritura?
Existir es estar fuera de sí, es decir, situarse en una dimensión de pérdida; pero la pobreza e indeterminación de estas figuras –letras dispersas combinadas a capricho, garabatos llamados topológicos pero privados de lo único que los puede tornar topológicos, la escritura matemática de un cálculo, que es justo lo que está radicalmente ausente en las incesantes referencias de los últimos seminarios–, a las que siempre tiene que socorrer la autoridad y el humor de Lacan en un esfuerzo sin duda vano para darles el estatuto de íntegra transmisión, cuando se deshacen de continuo entre las manos precisamente porque no pueden alojar el equívoco, la densa polivalencia de sentidos que se anudan finalmente en el sin sentido, cuando no pueden alcanzar el rigor y la seriedad de una escritura.
Es que la escritura es, como tal, una condensación retórica de las virtudes de la lengua; y hablar de lengua supone, cuanto menos, una multiplicidad de planos que se intersectan sin integrarse y se superponen parcialmente sin confundirse; planos que en cada fase de su organización “dejan algo fuera de la sistematización”, algo precioso, indivisible e irreductible pese a que –y aquí retomo observaciones notables del seminario sobre la carta robada–, se lo divida incesantemente.
Escritura es potenciación llevada al límite de la morfosintaxis alterada por la enunciación; de la semántica suplementada por la retórica y de una perpetua oscilación entre el sonido y el sentido (y, lo que es lo mismo visto desde su reverso, entre la voz muda y el sin sentido) que termina por reclamar un estilo.
Y para provisoriamente (no) terminar: ¿cómo se puede hablar de transmisión integral sin contradecir las bases mismas del psicoanálisis? ¿cómo, incluso y más acá, hablar de transmisión de las matemáticas sin incurrir en un oximoron difícil de sostener?
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1. Barr, Stephen, Expériences de topologie, Lysimaque, Paris, 1984, p. 10.
2. Las citas remiten a la edición castellana corriente.
3. Encore, ob. cit. p. 108. |