Para los que trabajamos con el poder de la palabra no debería ser materia indiferente el impacto causado por la delación de una mujer despechada. En efecto, el gatillo que disparó el esclarecimiento del asalto al Banco Río guarda sustanciales diferencias con el que suelen utilizar los hombres en parejas ocasiones.
Sin ir más lejos, el reciente crimen entre las hamburguesas vecinas al Congreso Nacional demuestra que las cuestiones amorosas tampoco son fast food para los muchachos. Sin embargo, un abismo media entre una y otra modalidad: mientras la represalia femenina supone el escándalo o la denuncia, la del varón el mafioso y suicida silencio.
Algunos debates vigentes en nuestra polis hacen propicia una indagación sobre el tema; apelamos a la belleza con la que poetas como Fernando Pessoa suelen abordar las más complejas cuestiones: Amamos siempre en lo que tenemos / Lo que no tenemos cuando amamos [...] / ¿A quién doy las manos? / A la Otra1
Mucho trabajó Freud hasta advertir que macho y hembra comparten el mismo objeto de amor –la madre, a saber–; y otro tanto le llevó a Lacan transmitir que la prohibición del incesto es la coartada con que el neurótico disimula la imposibilidad de alcanzarlo: La Otra está perdida desde siempre. Así –lejos de cuestiones anatómicas– hombre y mujer se constituyen según las diferentes estrategias con que esa falta es tramitada.
Por eso –y siempre siguiendo a Pessoa– si el lado macho del poético silogismo dijera: amamos en un cuerpo de mujer/ pedazos de Otra cuando a una mujer amamos; el costado femenino rezaría: amo en el hombre/ las palabras que hablan de la Otra que soy cuando me aman.
Como se ve, hay una esencial disimetría. Mientras la mujer pide las palabras con que darse un ser –esa condición única que indica el singular de la frase–, la naturaleza fetichista del macho fija en pedazos de cuerpo la ilusión de una infalible virilidad. La vida sexual cotidiana evidencia la tesis: en tanto ellas esperan frases sabias, bien dichas y en el momento oportuno; ellos suelen satisfacer con su vista la posesión del objeto.
Tan distintas posiciones marcan sus propios rumbos, comenzamos a contestar nuestra pregunta: el hombre despechado buscará vengarse sin que nadie sepa de su herido orgullo; por su parte, la denuncia con que la mujer desenmascara al farsante o impostor demuestra la sed de verdad que la suele distinguir. Ahora bien, la delación despechada no es la única vía para esta vocación femenina.
En efecto ¿no fueron mujeres las que expusieron ante el mundo la mafiosa maquinaria del terrorismo de Esstado?
Por eso, durante estos días en que el caso Cromañón confunde venganza y justicia, sería deseable que la sed de verdad propia de la posición femenina neutralizara tanto argumento mezquino para así –lejos de reducir el trámite a una satisfacción personal y narcisista– universalizar el trágico saldo de esta experiencia.
1. Fernando Pessoa, “La Otra”, en Antología Esencial, Need, Buenos Aires, 1998, pag. 47.
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