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   Entrevista

Horacio Etchegoyen
  Un didacta del psicoanálisis
   
  Por Emilia Cueto
   
 

¿Cómo surgió su interés por el psicoanálisis?
Hace ya unos cuantos años de eso. Fue cuando estaba finalizando mis estudios de medicina, oscilaba entre la Clínica médica, la Anatomía patológica y el Psicoanálisis; en realidad, en ese entonces se hablaba de Psiquiatría. Finalmente me decidí por la Psiquiatría, porque me parecía que era más afín con mis intereses por las relaciones humanas y por el lenguaje. Poco después de recibirme me enteré de la existencia de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), tomé contacto con la institución, con Enrique Pichón-Rivière, con Celes Ernesto Cárcamo; empecé a analizarme.

En el año ‘57 usted se trasladó a Mendoza y allí se produjo un importante desarrollo del psicoanálisis, que posibilitó con el tiempo la fundación de la Asociación Psicoanalítica mendocina.
Yo me recibí de médico en el ‘48, en el ‘51 me analicé con Heinrich Racker hasta el ‘57. En ese momento me nombraron profesor de Psiquiatría en Mendoza y entonces en el ‘58 me trasladé allí con toda mi familia, mi mujer (que murió hace poco, el año pasado) y tres hijos que eran chicos todavía. Estuve hasta el año ‘66, desarrollé una tarea importante como psiquiatra y como psicoanalista y formé el primer grupo de analistas o de futuros analistas. Después cuando me fui de Mendoza, y fue allá Clara Baringoltz se reorganizaron mejor.

Al ser el único psicoanalista en Mendoza, concentraba la formación, los controles, los análisis, ¿cómo era el manejo de esas múltiples transferencias?
En realidad, el trabajo de los pioneros siempre es complicado, hay que hacer muchas cosas a la vez. Cuando yo empecé, me acuerdo que daba un seminario con las Obras de Freud, los martes a la noche, después se me agregó un hombre sumamente inteligente que sigue siendo un gran amigo mío, Bernardo Arensburg que era profesor de Psicología clínica en la Escuela de Psicología de la Universidad de San Luis, lo que en ese momento se conocía como Universidad Nacional de Cuyo. Cuando él vino a Mendoza pudimos discriminar un poco mejor las cosas, la gente que yo analizaba, por ejemplo, supervisaba con él y viceversa. De todos modos el contacto no era el más conveniente.

¿Y cuáles eran las complicaciones más frecuentes?
No es bueno que el contacto entre el analista y el paciente se haga fuera de la situación analítica. Toda la gente que se analizaba era gente que yo había formado en la cátedra, era inevitable que ellos quisieran analizarse, pero tenían conmigo un trato muy personal, muy directo, que no es bueno para el desarrollo de un tratamiento psicoanalítico estrictamente hablando.

¿Qué pasó con su análisis?, usted estaba en tratamiento con Racker aquí en Buenos Aires.
Bueno, yo me analicé con Racker siete años, no interrumpí el tratamiento, estaba en el final de mi análisis, y me acuerdo que Racker me dio formalmente el alta en un viaje en el que yo volvía de Mendoza para acá. Para el estándar de aquella época yo me analicé mucho tiempo.

También estuvo en análisis con Lucio Rascovsky, pero fue más breve.
Sí, duró un año y medio.
Usted dice que él interrumpió el tratamiento. No es algo habitual, al menos en estos días. ¿Cuál o cuáles fueron las razones?
Dijo que yo no tenía condiciones para ser analista.

Y esto ¿qué implicancias tuvo para usted?
Fue una tragedia enorme, estaba desesperado, porque yo tenía una gran vocación. Hablé con Enrique Pichon-Rivière, y él que era tan generoso me dijo: buscá otro analista. Entonces me empecé a analizar con Racker, no como candidato, sino como un análisis ‘terapóitico’, después él me autorizó para que ingresara en los seminarios, y formalicé mi carrera.

Esta apreciación de Lucio Rascovsky le estaba coartando su desarrollo profesional, en un momento en donde la APA era el único lugar reconocido.
Sí, recuerdo que en el último encuentro me dijo: “yo he analizado mi contratransferencia, no te creas”. Y yo, que estaba más muerto que vivo, le dije: ¿con quién? Conmigo mismo, dijo él. Pregunté con gran ingenuidad, pero también con toda maldad. Creo que esto muestra un poco la complejidad de la relación, en general todos los análisis didácticos son sumamente complicados. En mi caso en particular, tal vez se debió a que él hacía poco tiempo que era analista didáctico, a lo mejor se sentía comprometido porque yo era un analista de La Plata, y viajaba desde allí a Buenos Aires.

¿Qué es lo complicado en los análisis didácticos?
Que la malla del análisis también tiene que ver con la profesión, con la carrera, con el futuro, eso hace más complicado el análisis de un futuro analista que el de un ingeniero. De todos modos, he llegado a pensar que siempre el análisis es igualmente complicado, en realidad, cuando yo analizo a un futuro candidato lo analizo como a un paciente.

Pero podría pensarse que la posición del paciente no es la misma si se trata de un análisis terapéutico o de un análisis didáctico. El analista didáctico tiene el poder de habilitar o no al practicante en formación.
Claro, eso es lo que yo decía antes. Esto complica mucho los problemas de transferencia y contratransferencia.
Hay un aspecto más difícil de aislar, de analizar. Igualmente he llegado a pensar que en todo análisis hay algo de eso: qué voy a opinar yo, por ejemplo, de la carrera que sigue mi paciente, de su vocación, de su matrimonio. Obviamente, esto ya lo había dicho Freud, uno tiene que ser completamente imparcial, si el paciente se divorcia, se casa, si tiene una amante, no son problemas que me incumben a mí como analista. Pero también es cierto que de todos modos son cuestiones que tienen algún tipo de realidad y de complejidad en el análisis. De igual forma como el análisis es una experiencia tan personal, tan trascendente y tan compleja es razonable que uno no le meta encima otros problemas.

La función de didacta una vez que es alcanzada, ¿ya no se pierde?
No, no es así, en realidad, eso depende de cada sociedad. Lo ideal sería que la función didáctica fuera como la cátedra universitaria, periódica, que se vaya renovando, pero es difícil hacerlo. Los “didácticos” no están dispuestos a revalidar sus títulos, y por otra parte, también es cierto que traería dificultades. Si yo estoy en análisis con usted, y a usted no le revalidan su condición de didáctico, tengo que cambiar de analista.

Por otro lado, que sea algo de una vez y para siempre, va un poco en contra del espíritu del psicoanálisis.
Ahí se plantea un problema que es difícil de resolver, el espíritu del psicoanálisis lleva a que uno revalide continuamente su condición. Pero si uno lo hace, queda en una situación compleja frente a sus pacientes. Volviendo al caso del ingeniero, si yo soy analista didáctico y de pronto dejo de serlo, a él no le va a interesar, no cambia la relación, pero a un candidato, sí.

Hablando de la función didáctica, este fue un motivo, entre otros, por el cual usted se separó de la APA, a partir de las propuestas de los Baranger y de Jorge Mom.
Me parecieron excesivamente liberales. En realidad, la APA trató de resolver este tipo de problemas: la ansiedad, la situación traumática, los riesgos de politización del nombramiento de los didácticos, y entonces decidió que todos los que llegaran a ser miembros titulares podían pedir la función didáctica con la sola presentación de una nota, y se les otorgaba. A un grupo de analistas, entre los cuales estaba yo, nos pareció que era excesivo, pero como le dije antes, ninguna solución es del todo buena. La APA “resolvió” el problema eliminándolo, porque no estableció ningún paso intermedio entre miembro titular y miembro didáctico.

La consigna era que todo aquel que llegaba a titular automáticamente era aceptado.
Si pedía la función didáctica, se le otorgaba sin ningún tipo de prueba o restricción.

Y esto ¿no tenía que ver también con un momento en que la demanda era muy grande, y en el que, en realidad, había pocos analistas didácticos?
No tanto, esto más bien ha sido un poco antes. Cuando sobrevino el cataclismo en la APA, ya había muchos, de todos modos también había mucha gente, muchos candidatos o posibles candidatos. Ahora no hay tanta demanda para análisis didáctico. Me parece que en ese momento se plantearon dos posiciones ideológicas, científicas: un instituto amplio o un instituto más centrado, no diría amplio y cerrado porque no es justo, amplio y caótico por un lado, y ordenado y cerrado por otro. Nosotros queríamos un instituto más ordenado, que se hiciera cargo de la conducción de los pacientes. En la APA de Willy Baranger y de Mom pensaban que había que darle plena libertad al candidato, nuevamente ahí están las dos posiciones, si usted es muy amplio como eran los Baranger o Mom se expone a toda una serie de libertades que van a atentar contra el estudio, la rigurosidad de la formación. Si usted se pone muy riguroso con la formación, también corre el peligro de transformar eso en un dogma o en una escuela.

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La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com

 
 
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