“El que lucha con monstruos, debe tener cuidado de no convertirse a su vez en monstruo. Si miras durante mucho tiempo al fondo del abismo, el abismo terminará por entrar en ti” (Nietzsche).
Foucault plantea que el escenario que dejó vacío la lepra, en el mundo occidental, a finales de la Edad Media fue ocupado unos dos siglos más tarde por la locura1.
La lepra considerada una enfermedad moral, se caracterizó fundamentalmente por la exclusión. Dice Esther Díaz en “La filosofía de Michael Foucault” que el cuerpo llagado del leproso era la evidencia explícita de sus pecados.
Sin embargo la exclusión no es algo que se inicie en la Edad Media sino que forma parte de los agrupamientos humanos, o podríamos decir del sujeto.
La enfermedad y sus padecimientos han tenido desde hace siglos una estrecha vinculación con Dios y los castigos frente a los pecados cometidos, y si bien la ciencia con su desarrollo ha tendido a encontrar causas más terrenales para la enfermedad, esto no ha evitado la conexión que en forma latente todavía se establece con lo sagrado.
En la actualidad aún cuando a la locura se la aparta, sobre todo en el momento más álgido del brote, la posibilidad de recurrir a un tratamiento farmacológico que acote o tape los efectos de la producción delirante permite que “el loco” vuelva más rápidamente a la sociedad y al lazo con el otro.
En el presente nos encontramos con otras formas de exclusión social de las que no se vuelve. Las consecuencias indeseadas del paso del tiempo, cuyas manifestaciones se exaltan en la vejez, con el consiguiente deterioro que la acompaña, cuando no pueden ser ocultadas por la intervención de la ciencia a través de cirugías o medicación llevan, en un cada vez más creciente número de casos, a la exclusión y a la marginación social.
En la mitología del pueblo sumerio encontramos La epopeya de Gilgamesh, relato que tiene más de 4000 años.
Allí se cuenta cómo Gilgamesh, quien fuera un despótico rey de Babilonia, a causa del efecto que tendrá en él la muerte de su amigo Enkidu, recurre al anciano Utnapishtim para alcanzar la vida eterna. El sabio le responde que no es posible otorgar la inmortalidad a un ser humano, pero a partir de la intervención de su esposa y como consuelo al viaje emprendido por Gilgamesh, le revela dónde podría encontrar la planta que devuelve la juventud. Planta que nuestro héroe en cuestión luego perderá a merced de una serpiente –otra vez la serpiente–.
El siglo XXI, ciencia y tecnología mediante, daría la impresión de haber alcanzado el sueño de Gilgamesh devolviendo la ilusión de juventud o prolongándola hasta límites improbables hasta hace muy poco tiempo.
La muerte parece destinada a convertirse, en algunos casos, en algo contingente producto de un “error humano” –médico en la mayoría de los casos–, de la falta de recursos o cuidados apropiados y no de aquello que es propio de los seres vivos fruto de la división celular y la diferenciación sexual.
La renegación como mecanismo defensivo ante al paso del tiempo incide en la posición del sujeto frente a la castración y esto atraviesa no sólo la última etapa de la vida, sino que constituye en muchos casos un obstáculo que favorece la procastination2 que Lacan adjudica como característica de la neurosis obsesiva, produciendo efectos en la clínica de las neurosis.
El pasaje de la familia extendida a la familia nuclear, el anhelo de la medicina por prolongar la vida humana, el desarrollo de la tecnología y el temor de las corporaciones médicas a los juicios por mala praxis han hecho de la muerte –sobre todo en los sectores del planeta con acceso a asistencia sanitaria– un acto3 alejado de lo cotidiano; reduciéndose el contacto que se tiene con ella fundamentalmente a la visión a través de las escenas que ofrecen los medios de comunicación o el arte.
La muerte se aleja imaginariamente cada vez más de la vida y retorna desde lo real cada vez con más virulencia y en forma más descarnada.
El horror ante un cuerpo menoscabado y un psiquismo que muestra sus fallas sin velamientos genera, como una de las posibles respuestas la violencia en sus distintas formas.
¿No corren el riesgo los geriátricos, en muchos casos, de convertirse en los leprosarios de la Edad Media, o en las Stultifera navis4, nef des fous, aquellas naves en las que eran trasportados los locos en el Renacimiento, donde cada viaje era potencialmente el último?
1. M. Foucault, Historia de la locura en la Época Clásica.. Tomo I. Fondo De Cultura Económica.
2. Seminario VI, El deseo y su interpretación, clases 13 del 4 de marzo y 18 del 22 de abril de 1959.
3. Según lo postulan Aristóteles y los escolásticos.
4. Narrenschiff o Stultifera navis es el nombre con el que se conoce la obra que Sebastian Brant publicara en Basilea en 1494. En este extenso poema se narra el viaje de 111 personajes de diferentes clases sociales a un país llamado Narragania. También, existe otra nave que se dirige a la tierra de la Cucaña o país de la eterna juventud, cuyos tripulantes no serían locos. Otra representación de los barcos trasportando a los locos, separándolos de los “portadores de la razón” se haya presente en La nave de los locos, la obra de El Bosco. |