Ya se sabe: los aniversarios hay que celebrarlos, y más cuando son redondos; una vez más, más cansados que nunca, volvemos a honrar a Freud con palabras gastadas y con referencias soporíferas a fuerza de reiteradas, con esos gestos tan pobres y ultracodificados que recuerdan tanto la celebración del cuarto centenario del Quijote; pocas veces se habló tanto, se escribió con tanto exceso burocrático para decir nada, absolutamente nada. Los lectores del Quijote (al igual que entre nosotros, los lectores de Borges, que agradeceríamos que no se lo vuelva a citar y a mencionar y a comentar de manera burocrática por lo menos durante los próximos cincuenta años; como quien dice, una dieta de silencio) han esperado que pasen los fastos ordenados por la pomposa y vacía Real Academia Española y sus séquitos latinoamericanos, mendigos estos últimos de becas y distinciones, para poder volver a disfrutar de esa prosa compasiva, doliente, cómica, única.
Entiéndase: no recomiendo un silencio pseudo-oriental. Hay maneras de hablar y de escribir que lejos de promover el silencio, ese silencio que hay entre palabra y palabra y que es prenda de creación, porque le permite al lector apasionado leer lo que jamás fue escrito, según reza la fórmula de Hofmannsthal recordada por Benjamin, ese silencio que haría, por ejemplo, que la expresión freudiana Die Rücksicht auf Darstellbarkeit (bien traducida por López Ballesteros como “Cuidado de la representabilidad”) se transformara en la mejor resolución del problema que Massota localizó con su expresión acerca de la incompatibilidad entre la palabra y la función escópica, estas maneras, digo, promueven una atronadora, una ruidosa expulsión del silencio, una suerte de bla bla bla que termina por producir no sólo hastío sino incluso odio.
En un aniversario freudiano se debería recordar la virtud de la palabra cuando se torna significante, cuando ella misma se transforma en resto en el cual y con el cual copulan los cuerpos. Pero no; embestimos con palabras abstractas, codificadas, políticamente correctas, simples guiños dirigidos a la tribu que nos aprueba con somnolencia, y de esta forma contribuimos a la configuración tan notoria de un síntoma actual de la institución psicoanalítica: el desprecio a la palabra y al sentido.
Es cierto, no todos ni mucho menos dicen lo que dice Miller, cuando afirma que “Lacan, que había echado incienso a la palabra, en su última enseñanza la cualifica de parloteo, de blablabla e incluso de parásito del ser humano”, pero el parloteo incesante de las instituciones, grupos, academias, capillas (incluso el de las capillas ardientes de los colectivos que nacen y mueren al instante, como las revistas literarias) hace que en este nuevo aniversario freudiano, que se topa con un incienso que es más bien ceniza fría, la frase de Miller, de una u otra forma nos incumba a todos porque expresa un estado colectivo de odio y de impotencia que ya no es posible ocultar.
En efecto, hemos degradado tanto la palabra, pero no porque hemos despotricado contra ella (esto es nuevo, sin duda) sino por el abuso del clisé, de la asociación consagrada, por los ripios inconcebibles entre quienes no tienen otro medio que la palabra para ir más allá de la palabra, que finalmente alguien tiene que proclamar a cielo abierto que la palabra ya es mera superfetación, boludez incluso.
Y no basta que refutemos esa afirmación de Miller, que la comparten aún los que no la comparten, como queda dicho, a pesar de que sea necesario empezar por ello.
Lo sorprendente de la frase que he transcripto, es que confunde desoladoramente, tontamente, diría, (muchos creen que sus gestos son maquiavélicos, yo diría, más bien, que es alguien que al igual que en su tiempo, Ana Freud, está aplastado, absolutamente aplastado y hasta arrasado, por la herencia), el simple parloteo que no va ni viene, como las conversaciones de contacto sobre el tiempo, el fútbol, las congestiones del tránsito, la corrupción de los políticos y otras asociaciones forzosas, con el parasitismo que es propio de lo que el último Lacan denominó lalangue, que es otra cosa: es esa noción que nos obligaría a reformular la teoría, porque nos muestra que la lengua de goce, que funciona como funciona la mítica lamelle, es más originaria que el significante y que este último lejos de ser primero es derivado, es la deriva de ese mar de palabra que es lalangue cuando arranca el deseo discontinuo de la continuidad de lo real.
Podría, para abundar, decir que es un poco ridículo, que es una verdadera ingenuidad epistemológica denunciar la palabra y el sentido mediante una multiplicación incesante de la palabra y del sentido. Y si creyéramos en la topología (como se cree en los santos, diría), si admitiéramos por un momento que esa apelación incesante a una formalización que nadie sabe en qué consiste es verdadera, se necesitaría aún de la palabra y del sentido para sostener, una vez más, que la topología es el remedio eficaz contra la palabra y el sentido.
Mas, ¿cómo actuaría en relación al paciente (perdone el lector si emulo a Perogrullo) si sólo contamos con la palabra? ¿Habría que tirarle un armario encima, pegarle patadas, hacerle una caricia, pongo por caso y para no irme por una fácil pendiente?
Y, no obstante, no creo que con razones se puedan desmontar sinrazones; el mundo psicoanalítico ha experimentado en las últimas décadas transformaciones que quizá sean irreversibles. Hay cosas que dice el personaje del que nos ocupamos (no es el único, por cierto, pero sin duda es representativo) que tiempo atrás no podría ni siquiera haber esbozado, como esas referencias ridículas e inconsistentes a Spinoza que suele hacer (por Dios, ¡cuando entenderán que Spinoza está a leguas del psicoanálisis!; insisten, total, la ignorancia entre nosotros es maravillosa…) Pero, por supuesto: ¿a quién le habla? A un colectivo (nunca mejor empleado el vocablo) de pequeños esclavos que asiente mecánicamente a cualquier cosa; a un colectivo que quiere, antes que nada, que se le asegure el trabajo en hospitales, en obras sociales, en los intersticios del Estado y en las aulas universitarias, a un colectivo degradado, universalmente degradado, que obra según el principio de economía: pocas frases, todas petrificadas, todas lineales, todas listas para funcionar, con pacientes, con articulitos para jornadas, congresos, con viñetas clínicas, como suele decirse ahora, para reuniones psi.,según el método Word para cortar y pegar, pegar y cortar.
Cuando la transferencia declina en parloteo, cuando esto ocurre por la profunda indignidad de una tribu de analistas que de tal tiene nada más que el nombre (no son intelectuales, que es lo que reclama el análisis, sino masa, masa anónima de técnicos casi cínicos que reiteran los clisés que les enseñaron, masa que trata a los pacientes con fórmulas más pobres que la más pobre psiquiatría), ¿cómo no renunciar a la palabra?
Se advierte por qué el nuevo aniversario freudiano habrá que dejarlo pasar.
Basta. |