a Raúl Pedro, mi padre.
Que los cincuenta y un años representaran para Freud la edad más peligrosa en el hombre, constituye un juicio no por autoreferencial menos acertado. Sobre todo si, como en el caso de este escriba, se acaba de perder al padre apenas la cifra se ha escrito en el cuerpo. Pero si el cuerpo –como dice Ivonne Bordelois– es la primera palabra, bien puede aquel peligro trazar la lengua del ausente: el Otro cuerpo.
En efecto, corrí los riesgos. Durante las tareas que el cuidado al enfermo obliga, disfruté mucho tocar a mi padre, sentir los tonos de su pecho, proteger las intimidades en que el tiempo había dibujado sus arrugas. Y es que, por demostrar que el pudor es la única virtud, nada mejor que la ternura para ganarle un instante al dolor, una batalla al sufrimiento, una palabra a la rabia.
Por lo demás, cantábamos tangos: El Jorobeta, Chorra, Esta noche me emborracho. También hablamos de su infancia en Rosario, a donde las vicisitudes de un padre trashumante lo habían llevado. Hasta llegó a preguntar entre sueños por un enigmático Pedro, nombre de mi abuelo. Si –como dice Legendre– somos hijos de hijos ¿dónde está el padre? ¿dónde está ese cuerpo que alberga la primera palabra?
Por consejo de una enfermera yo dormía enrollado a los pies de su cama. Cada tanto el viejo preguntaba: ¿Dónde estamos? ¿Qué lancha tomamos?
Papá soñaba con el arroyo que acuna su casa en el Delta. Sabía que su lancha era la última. Una mañana le pregunté si estaba arrepentido de algo: y si... como no habría de estarlo – respondió con serenidad– yo también –concluí–.
(Ciertamente me complace saber que papá no estaba dispuesto a cantar A mi manera)
Su enfermedad le provocaba penosos dolores que la morfina intentaba mitigar. En tales circunstancias solía decir inesperadas frases: me duelen los colores, fue una de las tantas. Hablaba con un desenfado que lamenté no haber disfrutado mucho antes. Era como si todo lo que estaba a su alcance constituyera una novedad. Yo me comía sus palabras como quien desayuna con la miel de una fresca ignorancia. Tal como Rémy Girard en Las Invasiones Bárbaras –aquella película de Deny Arcand– el desfalleciente padre demostraba estar mucho más lúcido que el hijo. En uno de sus tantos despertares me confesó: soñé con dulce de leche, ponía la cuchara y no sacaba nada.
De nuevo: ¿Dónde está el padre, ese cuerpo que alberga la primera palabra?
Creo que la respuesta está en el sueño. En efecto, si aquellas horas de compartida complicidad fueron el dulce de leche, cierto es que ahora toca probar la cuchara vacía. ¿Acaso no es el mismo padre un vacío tanto como su Nombre la inscripción de –y nunca tan bienvenido el oxímoron– una fecunda decepción? |