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   Problemas y controversias en el psicoanálisis

Israel
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Escribo estas notas luego de discutir con amigos cuyas opiniones se intrincan aquí con las mías y de ver en los diarios la foto de un socorrista de la localidad libanesa de Quana que fue bombardeada por la aviación israelí el domingo 30 de julio, foto en la que se lo ve alzando el cadáver de un niño, un bebé más bien, cubierto de tierra y polvo, con un chupete que le cuelga aún del cuello, envuelto en esa inermidad final que se torna indescriptible.

Sé que esta foto, montada por una propaganda que reserva el asesinato y la masacre sólo para los israelíes, mientras que estos últimos se limitan, neutramente, a morir, una propaganda que difunde fotos y films como estos, pero que no divulgó, en su momento, las instantáneas de los niños que cayeron bajo el fuego de los artilleros palestinos cuando Israel se retiró de Gaza, hará contra Israel lo que no podrían hacer múltiples discursos; sé también que, como dice en Le Monde (27/7/06) Bernard-Henri Lévy, no hay en absoluto buenos y malos muertos y, agrego, como conclusión inevitable, que no se pueden justificar las infamias unas por otras.

El Estado Mayor del ejército israelí se desinteresa de la población civil cuando elige los blancos militares; eso es seguro; pero en la misma medida Hezbollah no guarda el menor interés por El Líbano, que ahora es su rehén, al raptar dos soldados en la frontera entre El Líbano e Israel, buscaron exactamente lo que encontraron: ahora quieren liderar el mundo árabe mediante la exhibición de violencia y de martirio. Jamás han vacilado en hacer lo que los narcotraficantes hacen en las favelas de Río, instalar las bases militares en el centro mismo de los poblados, mientras envían niños en operaciones suicidas.
Y cuando se sostiene que Israel al combatir a Hezbollah destruye la infraestructura de El Líbano, habría que recordar que no menos del 40% de la población del país está con esa organización y que el resto la tolera, pasiva o activamente.

La confusión mayor (con la izquierda más tradicional) proviene de asimilar esta guerra contra Hezbollah a la invasión de Irak.
No pueden ser mayores las diferencias; Norteamérica atacó un país lejano que nada tenía que ver con los atentados del 11 de Septiembre y cuyo gobierno no constituía amenaza alguna para ella; Israel inició una guerra preventiva pero en última instancia defensiva, y por motivos de seguridad cuya raíz proviene de los años de fundación del Estado hebreo: como se ha dicho, los árabes nunca pierden porque jamás se rinden; son muchísimos y tienen amplios territorios donde desplazarse, pese al sufrimiento que ocasionan y les ocasionan esas migraciones que arrastran consigo furiosos conflictos; los judíos, hasta ahora invencibles, no tolerarían ninguna derrota, sus vencedores harían como Roma con Cartago, la que no sólo demolió piedra sobre piedra, sino que aró la tierra y echó sal sobre ella para que nada volviera a crecer.

Hezbollah nada tiene que ver (aquí habría de demistificar la eterna mistificación de quienes se dicen de izquierda y son, simplemente, extremistas de derecha) con ningún movimiento de liberación nacional: su objetivo fundamental y explícito, en una tierra absolutamente injusta en la que minorías precapitalistas, gobernadas por ejércitos privados, dominados por señores de la guerra que explotan a una población miserable e inculta, es la destrucción de Israel, encarnación del demonio contra el cual hay que librar el combate final.

El Líbano es su rehén, situación favorecida porque está muy lejos de ser un Estado en el sentido estricto del vocablo, que ha sido obra de la diplomacia europea que unió en su territorio, como suele decirse, al agua y al aceite, a los cristianos, separados en maronitas y drusos, y a los musulmanes, a su vez divididos en sunnitas y chiítas. Como dice un historiador libanés, en este país la mitad entiende que su enemigo es Siria y la otra que lo es Israel.
Desde que en el 2000 Israel se retiró de El Líbano, Hezbollah fue instalando redes de refugios subterráneos según el modelo que usó el Vietcong para resistir el poderío aéreo de Estados Unidos; simultáneamente, y gracias a los aportes de Irán y de Siria, sembró la frontera con rampas, fijas y móviles, para el lanzamiento de cohetes de corta, media y larga acción. ¿Semejante aparato, nutrido desde las bases estratégicas de Beirut, de Tiro y de otras ciudades del norte, puede pensarse que tenía un objetivo simplemente defensivo?

Que quede claro que nada puede excusar al Estado hebreo por la ocupación de territorios que son de los palestinos y, menos aún, por la crueldad y soberbia que desplegó cuando intervino en la guerra civil libanesa, de la cual son testigos espantosos las matanzas en los campos de refugiados de Sabra y Shatila; pero si un ejército invencible, poderoso, protegido y alimentado por Estados Unidos, aviva el odio contra los hebreos, tampoco cabe ninguna duda de que ese odio multisecular que súbitamente se incrementó en la década del ‘40 del siglo pasado al convertirse el nuevo Estado en chivo expiatorio, es perfectamente funcional a los intereses de los sectores dominantes en el mundo árabe, sean los jeques dueños de los petrodólares, sean los sacerdotes fundamentalistas.

Es que el mundo árabe en su conjunto experimentó una fuerte involución desde los días en que Nasser era el líder suyo y preconizaba la armonización (quizá imposible) entre la tradición religiosa musulmana y la construcción de un Estado moderno. Por el contrario, el Irán de los sucesores de Khomeini ignora la diferencia entre el Estado y la Religión tanto como la que hay entre la vida privada y la pública; humilla a los hombres con el murmullo idiotizante del Corán reducido a estribillo tan mortal para el ánimo como el tableteo de las ametralladoras; degrada a las mujeres bajo formas que no necesito aquí ni siquiera evocar; promete el cielo a los mártires suicidas; homogeiniza la sociedad y censura penalmente cualquier disidencia.

Israel, por el contrario, es una sociedad moderna y heterogénea, arduamente construida no sólo por las diversas variantes del sionismo en permanente polémica, a veces interna, otras externa, con el marxismo, sino por una diversidad racial, histórica, cultural verdaderamente notable: judíos de Rusia, judíos de la Mitteleuropa, judíos del Occidente europeo, judíos sudamericanos, judíos marroquíes, judíos nativos del desierto, y hasta judíos de Irán y de otros centros de cultura musulmana; heterogeneidad que, como corresponde a un Estado moderno, entra en conflicto con la homogeneidad que exige el poder centralizado y así aparecen las miserias y realizaciones de una sociedad en conflicto consigo misma y con el gobierno y que carece de igual en la zona.

Quienes pretenden reducir todo al estribillo “Israel es un instrumento de Estados Unidos para controlar el Medio Oriente”, olvidan que el Medio Oriente se controla muy bien a sí mismo: el Egipto actual, Jordania (la Jordania que masacró a palestinos sin piedad), Arabia Saudita, sus clases dirigentes, han pactado diligentemente con Norteamérica.
De otra parte, nadie puede ignorar los tributos que ha pagado y paga el Estado hebreo por su dependencia económica y militar de Estados Unidos; ¿no han negociado los líderes militares israelíes con, entre otros, Pinochet y los contras de Nicaragua?
Pero al revés: ¿subsistiría Israel sin Estados Unidos?

Desde luego: en este momento es justo reclamar la paz, pero no una paz prêt-à-porter ; cuando el conflicto es irreductible y extremo, como evidentemente es el caso, no se puede hablar de la paz entre dos sin tomar partido por alguno de los dos, aunque tal actitud no justifique cualquier cosa; ubicarse en un plano de absoluta simetría es encubridor de la política tal y como es ejercida y, sobre todo, de la posición efectiva del sujeto en su decisión; y la paz, conviene agregar más allá de lo políticamente correcto, desdichadamente la pactan los halcones, algo que me desagrada pero que no podemos desconocer; una justicia cosmopolita, universal y teleológica ubicada por encima de ciertos enfrentamientos particulares que ciertamente podemos llamar trágicos, por su carácter irreductible y sin solución, es un fábula que me atrevo a llamar miserable: elude lo radical del enfrentamiento, desconoce las paradojas de la situación, termina por despreciar la oscura densidad de la historia en nombre de una ideología banal y bienpensante; o de otra que equivale a esta y que consiste en buscar siempre algún sujeto universal de la liberación, cuyo modelo meramente retórico consiste, actualmente, en una suerte de intifada popular, pobre proyección del sueño de la intifada universitaria.

Que no haya sujeto universal, que no haya un sujeto colectivo que podría sintetizar todas las contradicciones, no quiere decir que no se pueda postular una justicia cuya definición es negativa (sabemos qué es injusto, pero no podemos definir positivamente qué es la justicia: si lo hiciéramos sólo diríamos trivialidades y generalidades vacías), aunque ello mismo le permite operar en un límite que es problemático, inevitablemente problemático y al mismo tiempo regulativo, forzosa consecuencia de la caída de esas grandes totalizaciones que son (y que en algún sentido fueron) el cristianismo y el marxismo.
Es tal idea de universalidad problemática la que nos lleva a pensar que le es exigible al Estado hebreo, antes que nada, el reconocimiento de la autonomía de los palestinos, a condición (condición inexcusable) de que se le reconozca, a la vez, su derecho a la existencia. Se replicará, y con razón, que son condiciones ideales, incumplibles por el momento y quizá por largo, larguísimo plazo (acentúo el quizá) y que ahora sólo se puede esperar un alto al fuego y el establecimiento de una franja de seguridad en el sur de El Líbano.

Se nos volverá a decir, empero, que esta idea de una paz posible está fundada exclusivamente en uno de los lados; y es cierto, absolutamente cierto; ¿podría ser de otra manera si prescindimos de las formas consabidas del universalismo abstracto (“que cese la matanza, que haya paz, etc., etc.”, formas que nadie puede cumplir porque, como decía una amiga, la paz se hace con el enemigo y desde posiciones de fuerza o de debilidad)? En política (y no deja de tener una fuerte resonancia ética lo que digo) es posible apuntar más allá de lo local pero sólo desde lo local.

Claro que esta formulación nada tiene que ver con una supuesta guerra entre el Islam y Occidente, entre el fanatismo y la democracia, términos simétricamente invertidos de una malversación histórica: el Estado hebreo se ha constituido a partir de un rasgo singular que encarnó el sionismo con su exigencia de unidad territorial para que la comunidad judía, ubicada desde siempre en los intersticios de la sociedad, en lugares que con frecuencia eran de relativo privilegio pero que no le permitían gozar de la autoridad como tal, pueda escapar a la maldita intemperie que la volvía chivo expiatorio y víctima privilegiada.

1. Un columnista habitual de Clarín, llamado Oscar Cardozo, suele vestir de fácil progresismo al diario y a sus lectores, que se sienten tan, ¿cómo decirlo?, humanos y correctos cuando leen sus crónicas, armadas con lo políticamente correcto que abunda en Internet. Véase por ejemplo la ramplona astucia que exhibe su nota del 1º de agosto y que titula así: “Una ofensiva que algunos ven como una guerra entre el Islam y Occidente”.
 
 
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