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   Clínica de las discapacidades

Psicoanálisis y discapacidad
  Por Elsa Coriat
   
 
La primera vez que me invitaron a dar una conferencia sobre Psicoanálisis y Discapacidad, fue en 1994. Sintiéndome un poco ajena a semejante título, comencé diciendo lo siguiente: “Lo mejor será que empecemos por ponernos de acuerdo acerca de qué es lo que la palabra discapacidad significa. Lo propongo porque, al no ser un concepto ni definido ni utilizado por ninguna teoría científica, se presta a ser soporte de todos los malentendidos de la lengua. Esta vez tampoco nos puede ayudar mucho el diccionario: en él no figura, lo cual quiere decir que es un vocablo acuñado en las últimas décadas, de muy reciente aparición, a pesar de que en la actualidad todo el mundo lo utilice. Lo que el diccionario sí dice es que dis es un ‘prefijo que denota negación o contrariedad’ y que una de las acepciones de capacidad es ‘aptitud o suficiencia para alguna cosa’. El uso cotidiano de discapacidad coincide plenamente con este sentido, refiriéndose a que algo falla en la capacidad de funcionamiento de una persona, ya sea en el nivel motriz, sensorial o mental”1.

Ha pasado poco más de una década y ya hay toda una generación que ni sabe que el significante discapacidad, tan extendido hoy día en nuestro medio, es así de nuevito en nuestra lengua.
Sin embargo –y a pesar de su novedad– tantos han sido los cambios culturales al respecto que la manera de definirlo ya está desactualizada. ¿Por qué digo esto? Porque el diccionario dice “discapacidad: f. Cualidad de discapacitado” y “discapacitado, da: adj. Dicho de una persona: Que tiene impedida o entorpecida alguna de las actividades cotidianas consideradas normales, por alteración de sus funciones intelectuales o físicas” –o sea que la significación reposa sobre “discapacitado”–, mientras que en el momento actual se está comenzando a utilizar “persona con discapacidad” como preferible a “discapacitado”.
Las modificaciones en la lengua provienen de los esfuerzos realizados por distintos organismos e instituciones que buscan apartar los prejuicios que nos habitan frente a los individuos con determinados problemas. Los cambios de nomenclatura, por un lado, acompañan y contribuyen a las profundas transformaciones sociales y culturales que se han producido en el campo de lo que ahora se llama discapacidad y, por otro, se convierten en los nuevos odres que transportan el vino ya agriado de los viejos prejuicios.

De todas formas, se avanza: no es lo mismo relacionarse con una persona con discapacidad que con un discapacitado o, previamente, con un minusválido, o con un incapacitado o un pobrecito o... sin nombre.
El significante “discapacidad” le es tan ajeno al psicoanálisis como el significante “normalidad”; incluso un poco más, ya que cuando necesitamos recurrir a este último podemos relacionarlo con la norma, en tanto hermana menor de la Ley, (aunque no siempre funcione así). Pero al significante “discapacidad” no tenemos manera de integrarlo más que... analizándolo y, aún así, tiene fallas intrínsecas: es una bolsa de gatos que reúne contenidos demasiado disímiles.
Formo parte de un equipo interdisciplinario que trabaja en la clínica de niños con problemas del desarrollo. Cada tanto pasa algún estudiante o profesional por nuestra institución que nos pregunta: “Ustedes trabajan con síndrome de Down ¿no?”, también pueden preguntarnos si trabajamos con parálisis cerebral, o con lo que sea; en todos los casos respondemos “No. Nosotros trabajamos con niños, niños que pueden tener distintos diagnósticos o todo tipo de problemas”. Es completamente diferente tomar como paciente a un niño que a un síndrome de Down.

El primer paso de la operatoria clínica pasa por ubicar, de la manera más precisa posible, el diagnóstico médico, pero con esto viene entrelazado el escuchar qué lugar ocupa este niño para sus padres y la situación actual de su armado psíquico. El segundo paso será devolver a los padres aquello que pudo ser ubicado y escuchado, cuáles son los problemas detectados y qué caminos podemos proponer para su tratamiento; pero en esta devolución se hace presente que, antes que nada, estamos hablando de un niño, que un niño no es (ni se hace) sin sus padres, y que lo que este niño llegue a ser y a hacer dependerá más del lugar que se le dé que de las limitaciones que pueda imponerle su problema orgánico.

En uno de mis párrafos favoritos, dice Freud: “Porque hacemos resaltar la importan­cia de las impresiones infantiles, se nos acusa de negar la que corresponde a los factores congénitos. Este reproche tiene su origen en la limitación de la necesidad causal de los hombres, que, en abierta contradicción con la estructura general de la realidad, quisiera darse por satisfecha con un único factor causal. Rehusamos establecer una oposición fundamental entre ambas series de factores etiológicos. [...] El destino de un hombre está comandado por dos poderes, daimon y tyche.1

El concurso de distintas disciplinas para dar cuenta de los distintos “factores etiológicos” que arman la combinatoria del “destino” me parece imprescindible para el trabajo clínico a efectuarse con niños con problemas de desarrollo –me refiero a pediatría, kinesiología, psicomotricidad, fonoaudiología, psicopedagogía, estimulación temprana, etc.– pero entre ellas, por ahora, el psicoanálisis necesariamente ocupa un lugar clave. ¿Por qué? Porque la clínica de niños necesita tener en cuenta que, a diferencia de un adulto, los pasos de su constitución como sujeto del deseo no están concluidos, y que esto implica una transformación ética y operacional en la práctica de toda disciplina que trabaje con niños. En el seno del equipo en que trabajo denominamos “ejes centrales para la clínica de niños” a los siguientes conceptos, pertenecientes todos ellos, excepto el último, a la teoría psicoanalítica: constitución del sujeto, juego, transferencia, dirección de la cura e interdisciplina.

El psicoanálisis puede dar cuenta de cómo la materialidad de la letra se imbrica con la materialidad de lo orgánico en el surgimiento del deseo y la constitución del sujeto que lo implica. Las leyes que rigen esta imbricación –y léase aquí, privilegiadamente, la ley de prohibición del incesto–, cuando el material orgánico viene con alguna falla más o menos importante, no son diferentes a las habituales.
Por otro lado, además de transformar la práctica de otras disciplinas, el psicoanálisis se hace necesario también –en tantos casos, no en todos– como tratamiento específico, a cargo de un psicoanalista.

Un niño con problemas del desarrollo, hoy, forma parte del gran conjunto de lo que se está llamando “personas con discapacidad” pero, como decía, no nos dirigimos a la discapacidad, nos dirigimos al niño.
Vale la pena subrayar que el campo de la discapacidad incluye no sólo a los adultos que, desde niños (ya sea desde su nacimiento o desde muy temprano), tuvieron problemas en su desarrollo y que, en tanto tales, complicaron su constitución como sujeto; incluye también a los jóvenes y adultos que, ya constituidos (si se puede decir así), pasaron por algún accidente que dejó lesiones irreversibles. La problemática psíquica planteada es, sobre todo al comienzo, bien diferente; después, si el análisis avanza, como en todos los casos, de lo que se trata es de ver cómo se las arregla cada uno con la falta que nos hace humanos.
Resumiendo: tanto para niños como para adultos la “discapacidad” en sí sólo podría impedir un análisis desde las posibilidades del analista.
[Antes de escribir “las posibilidades” (del analista) había escrito “los prejuicios o las resistencias” (del analista), pero preferí atemperarlo para subrayar que me parece más ético y menos prejuicioso aquél que se da cuenta de sus propias limitaciones que aquél que dice, de palabra: “Para mí es igual a cualquier otro paciente”, mientras que lo trata como si fuera... discapacitado].
Si el psicoanálisis contribuyó a correr la línea que separaba “lo normal” de “lo patológico” tal vez pueda contribuir a que en algún momento de nuestro recorrido cultural la imagen que la palabra “discapacitado” transporta sea plenamente absorbida por la de “persona” (a secas) con tal problema o tal otro, es decir, sin desconocer el problema, pero no suponiéndole la determinación del ser. 

1. Dinámica de la transferencia.
2. “Psicoanálisis y discapacidad mental”, en El psicoanálisis en la clínica de bebés y niños pequeños de Elsa Coriat, Capítulo XVI, De la Campana, La Plata, 1996.
 
 
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