La expresión de Lacan lalangue, tan característica de su última época y sobre todo de su intervención conocida como La tercera y, por supuesto, del seminario dedicado a Joyce, puede dar lugar (y de hecho lo ha dado) a diversas versiones no siempre contradictorias, casi siempre divergentes, siempre no del todo justificables.
Por ejemplo, puedo enumerar algunas: 1) sería el bla, bla, bla, la inmensa masa de los discursos que circulan en nuestra sociedad tecnificada; 2) o la ruptura de la oposición clásica en la teoría de la comunicación entre código y mensaje; 3) o lo que parasita al sujeto y opera en él como un cáncer, oponiéndose así a la noción de significante; 4) o lo que diferencia la lengua materna del idioma, concebido este último como un conjunto de signos propios de un grupo o nación particular; 5) o el intento de escapar a las inevitables constricciones que impone el uso de la terminología lingüística; 6) o el homólogo de lo que se ha dado en denominar sinthoma; es decir, si este último es el accidente que sostiene la estructura (no hay lazo ternario sin un pliegue azaroso), lalangue podría ser nada menos que la glosa fuera de código, fuera de lugar, que glosando la ausencia radical de objeto, inventa la anatomía dispersa de la erogeneidad del cuerpo; y hasta 7) la ausencia de separación entre el artículo y el sustantivo indicaría lo que hay de continuo en el habla, en clara oposición al aspecto discreto del significante.
No obstante, quizá no se trate de una representación que aspiraría al estatuto del concepto (en el sentido que guarda esta expresión en el seminario Los cuatro conceptos) sino de una marca problemática destinada a cuestionar y a volver a pensar los límites de la noción de significante.
¿Cuáles son esos límites? Antes que nada, los de la noción de elemento, que parece consustancial a la noción misma, en el sentido de elemento constituyente y constituido, integrante de un conjunto superior.
Ahora bien, la noción de elemento y en particular la noción de elemento significante, censura el pasaje de lo constituyente a lo constituido, la transformación intermedia entre ambas estaciones, en el movimiento de ida y de vuelta.
Freud, cuya Interpretación de los sueños es un verdadero tratado (junto con el libro sobre el Witz, más agudeza que chiste) de los múltiples niveles de la condensación y del desplazamiento, ha intentado precisamente ceñir ese trabajo de transformación del material en el que opera una verdadera química de la mutación, química en la cual la localización (sin duda significante, podemos decir desde Lacan) es el momento ya sea inicial, ya sea terminal de una múltiple deslocalización que la retórica, la poética, e incluso la labor musical o pictórica, han permitido pensar mejor al tema de lo que lo piensa nuestra pobre sintaxis.
La deslocalización depende de los elementos, sin duda, pero es antes un trayecto que opera en múltiples direcciones (lineales, circulares, solapadas, diagonales, disruptivas, etc.) que fijación en un producto: actividad en proceso de hacerse, antes que dato, inicial o final. ¿No hemos, acaso, fetichizado la noción de significante1?
¿Dónde leemos las deslocalizaciones? En el murmullo, en la obstinación, en la palabra que ha quedado interrumpida, a medio decir o, mejor, trabada en su expresión, en los silencios, en los tonos, formas de ataque y de detención de la emisión que son antes significantes en estado de ruina, que propiamente significantes y en los cuales, vale la pena detenerse aquí, la representación bascular del sujeto ha quedado súbitamente interrumpida, puesta en cuestión, en un instante de suspensión que no es todavía el futuro anterior de Lacan, aunque esta temporalización esté en su horizonte.
¿La deslocalización tiene el destino de la localización? No siempre, y la Metapsicología de Freud es la prueba de ella cuando señala, con su lenguaje energético, que la represión ordinariamente produce ligadura libidinal, pero puede, en ciertos y destacables casos, producir desligadura; ¿y qué es la desligadura, si queremos traducirla a un lenguaje más actual, sino un estado de lengua enloquecido, desbordado, emergente, que puede oscilar hacia la constitución, pero también y en no pocas ocasiones, hacia el hundimiento?
¿Cómo pensar el estallido del significante?
En una obra de teatro breve, de intenso humor negro, (se trata de Play, de Beckett), tres cabezas separadas del cuerpo, como si estuvieran servidas en una mesa, una al lado de la otra, dos mujeres y un hombre, hablan en paralelo de una historia común e insignificante, estúpida; el interés radica en el montaje de las frases y en el ritmo: las mismas palabras se dicen tres veces, la primera en un ritmo nervioso pero normal; la segunda acelerada, ya poco se entiende; la tercera a una velocidad estrepitosa, ya nada se diferencia.
Las dos últimas producen una extraña impresión, porque son algo así como el contrapunto del recitado de textos del Corán hecho y grabado por el sheik Abdul Basset Abdul Samat y que Murena comentó en el suplemento dominical de La Nación en 1971, bajo el título “Ser música”.
“Pero lo que brotaba con mayor claridad –decía Murena–, era aquello hacia lo que el canto crecía en homenaje: el silencio. Todos los versículos concluyen en forma abrupta, comprimiéndose casi con dolor en el final, para transmitir la sensación física de aquello contra lo que chocan, el silencio [...] Notaba al final una sensación, el recuerdo no claro de una culpa. No tardé en identificarlo: el recuerdo de las Seis piezas de Anton Webern. También ellas son breves e intensísimas, también en ellas el silencio es capital. Pero diríase que en este caso, el silencio, en lugar de aparecer con su insondable dignidad, es un mal que corroe, una lepra que desfigura”.
Se advierte adónde quiero ir: entre el sonido acumulado, estrepitoso, en el cual la dicción del actor, apenas sostenida con enorme esfuerzo, evapora la inteligibilidad al tiempo que produce una extraña sensación, entre cómica y, ¿cómo decirlo? metafísica y hasta ¿por qué no? angustiosa, y el extremo de lo que de entrada se ubica en un plano de humilde sublimidad (estos términos son menos antagónicos de lo que suele suponerse) pero descendiendo, sea por grados, sea de golpe, hacia la degradación, hay un trayecto del que es preciso dar cuenta, porque la noción ya cristalizada de significante no la puede abarcar, aunque nos haya introducido en su dimensión, justamente por la ausencia de sentido que le es inherente.
A partir de aquí y en próximas entregas trataré de profundizar la lección, tanto la de Beckett como la de Murena, no para refugiarme en la literatura sino para extraer de ella las entrevisiones que pueden ser tan preciosas para nuestra praxis, esas que podrían arrancarnos de la inercia.
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1. Aunque suele desmentírselo, habitualmente, al decir cada cual “significante”, lo torna sinónimo de “palabra”, en el sentido empírico de la expresión: un significante, una palabra; ¡a semejante estupidez hemos llegado! |