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   Creación y Locura

Jacobo Fijman: el derecho de crear
  Por Daniel Calmels
   
 
“Fui un desaparecido, el más ausente”1
J. Fijman

Después de veintiocho años de internación, en el mes de diciembre de 1970, un enfermero del Hospital Borda, anuda en el dedo de un pie, el rutinario epitafio de la muerte en el hospicio. Todo cabe en un cartel pequeño: “Jacobo Fijman, 72 años, muerto de edema pulmonar agudo”.

Sabía que la muerte lo encontraría en el hospicio, unos años antes le había dicho a Vicente Zito Lema2: “Lo terrible es que nos traen para que uno no se muera por la calle. Y luego todos nos morimos aquí... Y sin embargo, existe la muerte. Ella también se corporiza. Pero aquí, en el hospicio, sus apariencias son las más terribles. ¿Acaso imaginan el velorio de un loco...?” En 1921 es detenido por la policía y enviado al Hospicio de las Mercedes durante más de seis meses. En 1942 lo vuelven a internar en el mismo lugar, y esta vez definitivamente. Hacia 1950 es trasladado a la Colonia de Alienados Open Door, de donde es rescatado por Osvaldo Dondo y el Dr. Jorge Sauri, llevándolo nuevamente al Borda, en el cual Sauri dirigía una sala. Allí, en condiciones menos desfavorables, retoma su escritura y plasma su obra plástica más importante, aún desconocida.

Como autor Fijman incluye la temática de la locura tanto en sus poemas como en sus narraciones, con una clara referencia autobiográfica. Para pensar ambos conceptos, arte y locura, es conveniente, en primera instancia, distanciar el arte de los manuales psiquiátricos, pues son entidades que se anulan mutuamente. En segunda instancia, darle al término “locura” un sentido cercano al que definen los propios artistas.
Las producciones artísticas y las clasificaciones psiquiátricas son poco conciliables, en cambio arte y locura parecieran tener una convivencia fructífera, una relación filiar.

Dice Jacobo Fijman refiriéndose al neuro-psiquiátrico: “esto no es un ambiente para la poesía. Hasta ella se espanta en este sitio”. El arte de alienados, el “arte patológico” no tiene entidad, allí donde hay arte no hay patología, el que encuentra la alienación en la obra de arte no esta viendo la obra de arte, no es posible una mirada bifronte.

Lo opuesto de locura no es salud, sino cordura. Con el predominio de la cordura no se crea. ¿Acaso el impulso, la necesidad y la insistencia pasional de producir actos creativos, no están nutridos de inquietud y de dolor, motivos suficientes para perder la cordura?
Escribe G. Bachelard: “Toda creación debe superar una ansiedad. Crear es poner fin a esa angustia”3. Aunque ese “poner fin” sea una constancia transitoria.
Hoy, los parámetros de cordura están lindantes con la alienación. Intensidad, pasión y diferencia pueden ser entendidas como locura. Cada vez más el creador, desde esta óptica, debe saber “enloquecer con lucidez”4. Kafka concibe dos locuras, “le da a entender a un amigo que él escribe porque, de otra manera, se volvería loco, sabe que escribir ya es una locura, su locura, una especie de vigilia fuera de la conciencia, insomnio. Locura contra locura: cree que domina la primera entregándosele; la otra le da miedo, es su miedo, le traspasa, le desgarra, le exalta”5.

En sus declaraciones, Fijman, analiza como un erudito el tema del delirio. Le pregunta Vicente Zito Lema a Fijman: “¿Qué es el delirio?” Él contesta: “Hay un delirio poético del que padecen los poetas, los artistas. Delirio es como salirse del surco. Como si un arado se saliese del surco”.
Se podría tomar esta respuesta como una ocurrencia, pero en su sentido etimológico, delirar es apartarse del surco, derivado de lira ‘surco’. En esta orientación delirar es perder el cauce, no tener una guía. Por otro lado el “poeta lírico” recibía ese nombre “por ser esta la forma como recitaban los poetas” (lírico el que toca la lira).

Pero ¿qué es la locura fuera de la psicopatología? Algunos artistas coinciden en concebirla como un margen que nos advierte del abismo, como caída ante la falta de apoyo, como desolación ante la ausencia de sostén.
Escribió Artaud: “¿Qué es la locura? Un trasplante fuera de la esencia, pero dentro de los abismos”.
La locura está guiada por la intensidad y el exceso, transgresiones que cuestionan la norma. Transgredir no es protestar o innovar, el transgresor crea un espacio diferente para su creación, lugar ganado al margen que nos anuncia la frontera. En ese transgredir (ir más allá) la locura puede definirse como la percepción del abismo, inquietante sensación de caída (caer en la locura).
Dijo Eduard Munch, “me hallaba al borde de la locura”.

Para D. W. Winnicott: “La creación terminada nunca cura la falta subyacente de sentimiento de la persona”. En este sentido habría que pensar no en el arte, sino en los procesos creativos, como formas elaborativas. El arte no cura, no tiene remedio. El arte es una nave donde los “locos” tuercen la deriva.
En la obra poética de Fijman coexisten dos dimensiones, una cercana a la alienación o demencia y la otra a la intensidad y la pasión. Dos locuras, que llamaré “locura demencia” y “locura pasión”.

La obra clave para analizar su idea de locura es su primer libro Molino Rojo. El mismo Fijman dice que el nombre de este libro proviene de un molino de cocina de color rojo que le recordaba “la vehemencia, el vértigo”. “Yo buscaba un título para esa obra que significara mis estados. Y reparé en un molinito viejo que tenía en la cocina. De color rojo. Para moler pimienta. Y vi en ese objeto todo lo que mi poesía quería expresar”.
El girar del molino lo asocia con un estado de locura, seguramente vinculado con el movimiento circular que no tiene un destino más que la repetición, y que a su vez da una sensación de vértigo. El color rojo se presenta aquí con sus connotaciones convulsivas, excitantes, calóricas, endemoniadas.
Veamos entonces como se refiere a la “locura demencia”.

Cuando Fijman escribe Molino Rojo ya ha tenido su primera internación, sabe de “la dilatación vidriosa de los ojos”, de las “afónicas lamentaciones” y principalmente sabe formular una pregunta desgarradora, en el profundo sentido del término, la de quien ha perdido sus garras, su sostén vital: “¿A quién llamar?/ ¿A quién llamar desde el camino / tan alto y tan desierto?” Ha querido que esta pregunta esté en el primer poema, “Canto del Cisne”, del primer libro, Molino Rojo, poema que comienza con dos versos notables: “Demencia: / el camino más alto y más desierto”
Si en las expresiones más comunes, la “locura demencia” se la entiende como la estada en un pozo del cual no se puede salir, Fijman le otorga a la locura un lugar diferente, contrario a una cavidad, a un claustro.

Como ya dijimos, Fijman se refiere a la locura como un camino alto y desierto. Esta cualidad de altitud e inmensidad, de vacío, que cualifica su visión de la demencia va a ser acompañado por otras dos propiedades: el silencio y el frío, términos que cobran una presencia reiterada en sus poemas. Entonces estos cuatro términos, altura, desierto, silencio y frío, van a constituirse en cuatro pilares sobre los cuales se va a edificar una poética de la desolación.
Escribe Fijman: “Demencia el camino más alto y más desierto”. Podemos pensar la altura como un inalcanzable que nos remite a un sentimiento de soledad que se refuerza con contundencia cuando se le agrega el término desierto, ámbito que a diferencia del pozo no tiene costados. Además esta altura es la de un camino, espacio de transito, de pasaje, lejano al lugar de asentamiento, estancia, contrario al apoyo constante. Lo esencial de Molino Rojo es el tratamiento de la desolación entendida como falta de apoyo y sostén.

Escribe: “el suelo se ha caído de mis manos”, una imagen que nos atrapa, que nos incita a volver a leerla. Desde la lógica del lenguaje instructivo, técnico, las manos no corresponden con el suelo, imposible tener el suelo en las manos, pero el poeta lo logra, y nos alerta ante la posible caída. A su vez, el término suelo, diferente del término piso que nos remite al pie, puede con más facilidad ligarse con las manos. No se trata de la pérdida del apoyo de los pies en el piso, sino del agarre inicial en el suelo materno, agarre manual que al abrirse deja caer.
La desolación entonces se instala como eje de la locura, una de sus manifestaciones es el presagio de caída, de pérdida de una referencia de contacto con el mundo.

CANTO DEL CISNE

Demencia:
el camino más alto y más desierto.

Oficios de las máscaras absurdas; pero tan humanas.
Roncan los extravíos;
tosen las muecas
y descargan sus golpes
afónicas lamentaciones.
Semblantes inflamados;
dilatación vidriosa de los ojos
en el camino más alto y más desierto.

Se erizan los cabellos del espanto.

La mucha luz alaba su inocencia.

El patio del hospicio es como un banco
a lo largo del muro.

Cuerdas de los silencios más eternos.

Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío.

¿A quién llamar?
¿A quién llamar desde el camino
tan alto y tan desierto?

Se acerca Dios en pilchas de loquero
y ahorca mi gañote
con sus enormes manos sarmentosas;
y mi canto se enrosca en el desierto.

¡Piedad!

Dice Alejandra Pizarnik6: “el preguntar poético7 puede volverse respuesta, si nos arriesgamos a que la respuesta sea una pregunta”. Pregunta Fijman: “¿A quién llamar?”
El título de este poema, “Canto del Cisne”, es por demás sugerente y enigmático. Como se sabe el cisne tiene simbolismos diversos: será la divisa del poeta inspirado, emblema de la luz, inseparable compañero de Apolo (dios de la música y de la poesía) o de Leda. En la visión de Bachelard, el canto del cisne es “el deseo sexual en su punto culminante”8. Ninguno de estos sentidos pareciera tener un acuerdo con el contenido del poema. Me inclinaría a pensar que Fijman ha tenido como referencia a otro poema. En esa dirección nos encontramos con una complejidad, muchísimos poetas han tomado la temática de cisne, pero en este caso orientados por la contigüidad de las palabras, el título y el primer verso del poema citado construyen un sentido posible de asociar al poema “El Cisne” de Baudelaire9: “Aquel cisne tan grande, con sus gestos de loco / igual a un desterrado, tan sublime y ridículo”.

Un cisne loco, desterrado, sublime y ridículo. Aquí, dos de las características de este poema y de parte del libro: el desarraigo y la soledad que implica el destierro (el hospicio) y el sarcasmo que une lo sublime y lo ridículo (Dios en pilchas de loquero).
Siguiendo con un estudio de diversos fragmentos de Molino Rojo, en la búsqueda de la “locura demencia”, leemos en “Subcristal”: “Brilla el cristal de mi locura/ Efervescencias bruscas; / ojos endemoniados de un molino”.

El título mismo se refiere a un vidrio particular que se caracteriza por la incapacidad de verse reflejado en él, un cristal que brilla y rechaza al otro, efervescente y brusco a la visión, ojos imposibles de conectar en la mirada por su giro endemoniado. Aquí el cuerpo desconectado de uno de sus sensorios: las imágenes visuales. En “Feria”, recurrirá a los órganos del gusto: “Montes de fuego/ sobre los agrios soplos/ de mi locura”. Aliento de ardor y amargura. En otro de sus poemas, “Gabán”, aparece el juicio de los otros: “De mal peor tildaron mi locura”. Calificación de demencia, imagen construida con los términos de la enseñanza de la escritura, un tilde, una marca, posiblemente roja, puesta sobre la locura.

En cambio si se refiere a la “locura pasión”, los ojos ya no están endemoniados, sino que reciben en ellos la danza de la mañana: “Enloquece en mis ojos la mañana/ ¡Danza las danzas/ Más sueltas y alocadas!” (“Antigüedad”). Aquí los ojos no solo ven sino que miran, cargando de movimiento un momento del día. O en “Despertar”: “¡Locos de eternidad// los pies del viento danzan en el mundo!” O sea que la “locura pasión” se liga a la danza, escapa del juicio de los otros, de la brusquedad que tiene la “locura demencia”.

Artaud clamaba por un cuerpo sin órganos, Fijman, en cambio, estaba en la búsqueda de un alma sin cuerpo.
En su obra, la pérdida de la corporeidad mundana se restituye en la inclusión de un cuerpo etéreo. Su obra poética recorre un camino que va: del verso al versículo; de la imagen al símbolo; de las manos del tacto a las manos de la plegaria; del Dios del loquero al Dios de las alturas; de la explosión a la oración; de la versificación de la carne, a la encarnación del Verbo. Del cristo revolucionario, del cristo joven de Molino Rojo se produce un pasaje que se evidencia cuando Fijman a los 33 años, ingresa en una vida mística. Su cuerpo no tiene más sentido.
Llegó a la Argentina a la edad de 4 años, había nacido en 1898, en la Besarabia Rusia. 

1. Fragmentos de “Cena”, Molino Rojo.
2. Zito Lema, Vicente, “Jacobo Fijman poeta en Hospicio”, revista Talismán, número 1°, mayo 1969.
3. Bachelard .Gastón, La tierra y los ensueños de la voluntad, FCE, México, 1994.
4. Artaud le agrega a la locura el término lúcido con la intención de marcar la diferencia con los locos alienados.
5. Citado por Blanchot M., La escritura del desastre, Caracas, Monte Ávila, 1990.
6. Pizarnik Alejandra, Cuaderno del Escritor, Buenos Aires, Planeta, 1992.
7. Sabemos que los interrogantes que la poesía plantea constituyen un elemento esencial que la diferencian de otras producciones. el amplio campo de lo “poético” no solo se refiere al poema, sino a “lo poético” posible de encontrar en las artes plásticas, el teatro, la música, etc.
8. Bachelard Gastón, El agua y los sueños, México, FCE, 1997.
9. Baudelaire Charles, Las Flores del Mal, Buenos Aires, Planeta, 2000.
 
 
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