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   Entrevista

Jorge Alemán
  Embajador del psicoanálisis
   
  Por Emilia Cueto
   
 
Teniendo veinticuatro años se marchó de Buenos Aires y se fue a vivir a Madrid, ciudad en la que reside actualmente, ¿cómo desarrolló su formación analítica en un país donde según ha manifestado “la presencia del psicoanálisis no estuvo nunca asegurada”?
En realidad tenia veinticinco años, pero también todas las edades que pertenecían a los amigos y encrucijadas de los setenta, a una determinada generación de la experiencia poética, política, y psicoanalítica ¿Era eso envejecer antes de tiempo? Si y no, “demasiado temprano para los dioses, demasiado tarde para el Ser”. Lo cierto es que todo lo importante parecía haber pasado allí, en Argentina, como una huella que para siempre iba a reclamar que se la descifre, pero eso aun no había encontrado en aquel entonces, para mí su elaboración pertinente, y finalmente en ello seguimos. Luego vino lo que se llama exilio, y su violenta destitución de todo un campo de significación hasta que aprendí a encontrarme con aquellos y aquellas que habían transitado por una experiencia y sus límites, a saber, el nudo de imposibilidades que constituyen a toda experiencia que sea verdadera. Entonces supe que no era tan importante el marco teórico en sí, sino el saber que alguien era capaz de elaborar a partir de ese nudo. Aparecieron los poetas y los filósofos españoles y se sumaron a la conversación con aquellos amigos argentinos que la vida había puesto en España; el maestro de la lengua Agustín García Calvo, el poeta Leopoldo Panero, el sociólogo Jesús Ibáñez, el periodista Manolo Revuelta, el filósofo Ignacio Castro y Eugenio Trías con el que comparto una interlocución que considero privilegiada desde hace muchos años. Luego sólo contando con los recursos que yo mismo fui capaz de generar, sin becas ni apoyos institucionales intenté estar a la altura de mi curiosidad: escuché a Lacan, a Derrida, a Foucault, a Gadamer, conversé con Guattari, y en su día con Badiou y Zizek, y Laclau. Me psicoanalicé con Jaques-Alain Miller muchos años y tuve la oportunidad de conversar con él en distintas ocasiones sobre la historia del psicoanálisis, la filosofía, Argentina, Francia y España, experiencia que considero un honor haber mantenido. A los dieciocho años había comenzado mi psicoanálisis en Argentina y con uno de mis libros de poesía gané el Premio del Fondo Nacional de Las Artes, pero el Otro español de la Península, produjo, como era lógico, efectos imprevisibles y se me impuso el exilio como la posibilidad de inventar algunas cosas para vivir de otro modo e interpretar de otra manera el legado que uno lleva a cuestas. Entonces la “formación analítica” por la que usted pregunta, debo decirle que yo mismo fui el que la fue construyendo y proponiendo, me refiero a la formación que tiene por referencia a Lacan. Por ello Madrid y otras ciudades de España portan el “pecado original”, la impronta de haber sido yo mismo el que promovió la introducción del psicoanálisis, de esto ya empieza a haber tesis doctorales que lo documentan; los otros días leí una sobre “El psicoanálisis en la transición democrática española”, y allí se ve que Serie Psicoanalítica, que publica a Ortega y a Miller en los ochenta, es la primera asociación psicoanalítica lacaniana en Madrid sumándose a la tarea de Massotta y Germán García en Barcelona. Por tanto la presencia del psicoanálisis “nunca estuvo asegurada” porque es introducida una vez más por extranjeros, que a la par que tratan de sobrevivir, fundan instituciones psicoanalíticas. Pero ese carácter accidentado le da una singularidad especial a la presencia de Lacan en España, no sólo no es un déficit sino que constituyó un tipo especial de génesis de la institución lacaniana en España hasta tal punto que considero que es uno de los grandes aportes argentinos a la cultura contemporánea española. A su vez en 1986, comencé junto con Sergio Larriera a dar curso a la operación Lacan: Heidegger, una operación que aún continúa su marcha y desborda al ámbito del psicoanálisis y la filosofía, es más bien una suerte de “seudogénero”, un suplemento que conversa con el psicoanálisis, y que, al estar nosotros incluidos en dicha operación, aún la desconocemos en su verdadero alcance.

En Jacques Lacan y el debate posmoderno refiere que la antifilosofía –producto del descubrimiento freudiano– podría llevar la impronta de cierta aventura intelectual argentina y agrega que podría encontrar en la diseminación argentina su ámbito apropiado, siendo esto un anhelo para usted. ¿De qué manera y por qué la Argentina o su intelectualidad podrían constituir un terreno oportuno para tal fin? ¿Hay indicios de que algo de esto se esté produciendo?
Efectivamente era un “anhelo”, pensé que esa era una oportunidad para nosotros de transformar al psicoanálisis en algo más que una peculiaridad cultural o antropológica de la Argentina y sus profesiones liberales, de que más bien fuese un estilo ensayístico que surgiera más allá de la “profesión”, sea la del psicoanalista o la del profesor universitario. Veo algunos indicios, pero es difícil saber quiénes somos nosotros y como siempre el tiempo dirá qué sucede con esto. A las comunidades intelectuales “Post” les va mucho no tomarse en serio al psicoanálisis, pero esto es por la sencilla razón de que la lógica lacaniana respira muy cerca de la cabeza de las éticas del Otro, las teorías del acontecimiento, la biopolítica, reconstrucción, etc. La “Ontología tachada” de Lacan es el espectro transversal de esos discursos.

Siendo Consejero Cultural de la Embajada de la República Argentina, ¿cómo conjuga la función política con el psicoanálisis?
Me alegra que usted defina a esa función del “Consejero Cultural” como política, de ese modo la entiendo yo también, como una responsabilidad política. Por otra parte no es evidente en absoluto que se pueda conjugar con el psicoanálisis, pero incluso de esta tensión irreductible, puede que haya algo que aprender.

Dos de los fenómenos más notorios que distinguen a las grandes urbes de Argentina con respecto a otros países son el psicoanálisis y la actitud frente a la memoria de los hechos de la historia reciente, ¿Se podría establecer algún paralelo?
He pensado que sí, que en la Argentina se ha llevado bastante lejos el debate sobre la memoria y sus políticas y que eso podría testimoniar en algún aspecto de la impronta psicoanalítica, pero sería interesante que alguien pudiera elaborar seriamente algo sobre este punto. Veo a los ‘70 como un laboratorio complejo de discursos que se entrecruzan, se bifurcan, se conectan y se separan. En este aspecto aún queda, más allá de las secuencias que han sido privilegiadas, seguir pensando en ese laboratorio.

En una entrevista incluida en Notas antifilosóficas refiere que “el miedo se vuelve un factor determinante de la política, dicho de otro modo la gestión, administración y producción del miedo es el arte de la política en el Occidente desarrollado”. Pensando en la historia de la humanidad encuentro que el miedo, en sus distintas formas, matices y encarnaduras ha estado siempre presente en quienes han tenido a su cargo el ordenamiento de la pólis, ¿cuál es la variación que introduce su formulación?
No creo, como dicen algunos, que estemos transitando hacia un nuevo paradigma o a un nuevo orden, sino que más bien se nos ha presentado en forma consumada el astillamiento y fragmentación del relato que sostenía al paradigma hegemónico. Por ello el futuro, ahora es más contingente e imprevisible que nunca, lo que equivale a decir que el presente es incierto. La angustia colorea la encrucijada actual, que ya no puede organizarse a través de ningún relato consistente. Es un “ir y venir” de seguridad y descontrol, ataque de pánico y compañía aseguradora, exceso de crueldad y derechos humanos, fronteras y diseminaciones, racionalidad y exceso. Dicho de otro modo, las metamorfosis y mutaciones que evidentemente se producen, con su carga de violencia y de nuevos dispositivos de control, parecen nuevas pero, confirman el orden que la técnica impuso ya desde antes que tomara la forma de la “Globalización” o “Revolución Tecnológica”. Lo que sucede ahora es que al ver su triunfo ya consumado también asistimos al declive del programa institucional que antes aún ofrecía ciertas apoyaturas simbólicas. Esto es lo que se fragmenta y se corroe, mientras la mercancía continúa invicta. Lo que entonces se vuelve apasionante, ahora que ya no se puede restaurar ningún momento anterior, ahora que no se puede buscar una “solución histórica” es ver qué clase de construcción política puede impedir la tendencia a la desintegración y en qué medida la técnica puede jugar a favor de dicha construcción. Pero esto es lo mismo que se preguntaba Freud al final de su Malestar en la cultura.

También en el libro anteriormente aludido manifiesta que “el psicoanálisis debería encontrar una narrativa apropiada al siglo XXI, en sus modos de subjetivación y en sus estilos de lectura. Aún queda una revolución psicoanalítica más por venir”, ¿Cuál sería esa revolución? ¿Por qué queda una? ¿En qué tiempo nos encontraríamos en la actualidad respecto de ese momento?
Aquí usted me invita a dar cuenta de todo lo que digo, a veces es un ejercicio interesante, pero también permítame ampararme en lo siguiente: tal vez lo dije porque necesitaba decírmelo a mí mismo, ojalá que alguien más saque alguna conclusión y que incluso lo muestre con más claridad.
Teniendo en cuenta que para usted el capitalismo tardío atenta contra el psicoanálisis por cuanto “es una práctica que no sabe bien dónde alojarla ni que hacer con ella”, ¿cuál o cuáles serán los intersticios que podrán encontrar el psicoanálisis o los psicoanalistas?
Su pregunta insinúa ya la respuesta, puede que esos mismos “intersticios” haya que inventarlos, no sólo aprovechar los que están sino producirlos en el torbellino de las opiniones, siempre que se pueda demostrar que lo práctico en esta vida no es resolver de inmediato, un problema de tal o cual índole. Lo práctico es saber lo que uno quiere y hasta dónde puede soportar sus consecuencias. Esto es lo que el psicoanálisis considera “práctico” y no la confusión mental que se promueve a través de las soluciones rápidas.

En El porvenir del Inconsciente, al final del capítulo relacionado con la ética dice que es probable que Lacan hubiera estado pensando, al final de su enseñanza, en algo que ya no tenía el nombre de psicoanálisis, ¿qué lo llevó a formular esta enigmática frase?; ¿qué alcances tendría un cambio en la nominación?
A veces he pensado que Lacan, como todo gran pensador, excede al género a través del cual realizó su camino. Lo excelente siempre excede al género, pero no lo relativiza. Cuanto más lejos llega con el psicoanálisis, también a través del psicoanálisis puede dar lugar a un suplemento sin nominación, que para no extenderme, diría, que es un nuevo tipo de escritura sobre la condición parlante sexuada y mortal.

Usted desarrolla las distintas traducciones dadas al término Dasein –utilizado por Heidegger–, y sitúa que la más apropiada sería “estar a la muerte” (valiéndonos de la posibilidad que brinda, por ejemplo, la lengua castellana de disponer de los verbos ser y estar) en lugar de “ser-para-la-muerte” tal como se lo toma habitualmente, ¿qué consecuencias conlleva esta diferencia en la traducción y qué implicancias podría tener en el tratamiento de la cura analítica, teniendo en cuenta el diálogo entre filosofía y psicoanálisis?
Por ahora, mi amigo el maestro Raúl Santana, la ha empleado en uno de sus pensamientos sobre la obra de Arte.
__________
La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
 
 
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