No sabemos en qué piensa Andrés Calamaro cuando canta “… estás mojado, ya no te quiero…”, pero cierto es que la frase pareciera conjurar el temor que todo varón padece a la impotencia propia del momento después.
Por lo demás, cada cual tiene su rebusque. En El lado oscuro del corazón –aquella recordada película de Subiela–, Darío Grandinetti apretaba el mágico botón con que hacía desa-parecer a su ocasional compañera; testigo de la desazón que invadía al protagonista después del coito.
En efecto, tan pronto como desagota, el hombre se agota. Dramática escena donde deseo y amor –Eros y Agape– quedan escindidos en una encrucijada tan padeciente para ella como angustiosa para él, quien frente “a vos que estás tan blanca” ya no puede decir: “Tengo un cohete en el pantalón”.
Los psicoanalistas decimos que la eyaculación precoz consiste en una identificación narcisista1 con el partenaire. En otras palabras: la incertidumbre respecto al papel que juego en el deseo de ella hace que –por identificarme a su falta– tape con mi orgasmo el fecundo enigma que alimenta el erotismo hasta que así... termino yéndome.
Los hombres siempre nos vamos, al trabajo, a la taberna, al partido, a la guerra, a la sábana. Siempre ubicamos alguna excusa para escapar de la incertidumbre respecto al deseo del Otro que nos tortura. “¿Qué me quiere?” retumba en nuestra coraza machista ahogando las palabras que ellas tanto aman y esperan.
Cierto es que la clínica muestra que la mujer goza más allá del hombre. No somos tan importantes. ¡Ay! Esta prescindibilidad ya es demasiado. Mejor quejarse: “La otra noche te esperé bajo la lluvia dos horas, mil horas” (Bueno, ¿para qué te quedaste, no?)
Pero el desencuentro temporal también puede ser una oportunidad. No debe ser casualidad que apelemos a letras y melodías para bordear esta síncopa amorosa que desde siempre hace cantar a los poetas. La cópula perfecta es tan imposible como propiciatoria cuando, de la ilusión adolescente, logramos pasar al enigma que motoriza nuestro deseo. Así, cuando Fito canta “el amor después del amor” evoca una dimensión –que por ir más allá de la mera ilusión narcisista– hace de la diferencia en tanto tal, el verdadero objeto de amor.
Amar al otro en su singularidad supone descentrarse de la compulsión a la completud, ésa que –por no saber esperar– seca las palabras y moja los pantalones.
Sin embargo –como si fuera un tema de nunca acabar– la ciencia al servicio del mercado no cesa de ofertar los objetos con que alimentar la ilusión de vivir sin perder nada. En efecto, actualmente circula entre los jóvenes la por demás insólita costumbre de consumir Viagra. Cuando se los interroga respecto a qué motiva hábito tan sorprendente, suelen responder: Se trata de no perder tiempo, apenas te tocan... ya estás de nuevo.
He allí, de no perder se trata. Vemos que la actual subjetividad apunta a un ethos tan individualista como eficiente. Ya no se trata del enigma que genera el deseo del Otro, sino de la certeza en una respuesta automática e in-falible. Cuando no se puede perder, no son únicamente las arrugas del rostro las que no se toleran.
Por no ser amor de lo bello sino de generación en lo bello2, el impulso erótico no abreva de objeto actualizado alguno sino de su constitutiva carencia. De esta manera, si –tal como señala Bauman apoyándose en Levinas– “Eros ‘es una relación con la alteridad, con el misterio, es decir con el futuro...’”3: ¿qué chance puede tener el deseo en una sociedad que hace un culto del control y la certidumbre de satisfacción?
Por lo pronto, si de abandonar la ilusión adolescente se trata, el actual estado de cosas arroja la paradoja de contar con un ejército de machos –algunos ya no tan jovencitos– que por tenerla tan dura nunca acaban de hacerse hombres.
1. Jacques Lacan, “Función y campo de la palabra”, en Escritos 1, pag. 240.
2. Platón, El Banquete, 206c.
3. Emmanuel Levinas, Le Tempe et L´autre, París, Presses Universitaire de France, 1991, pp. 81 y 78 en Zigmunt Bauman, Amor líquido, México, FCE. , 2005, pag. 22. |