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   Problemas y controversias en el psicoanálisis

Monoteísmo y nihilismo (Tercera parte)
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Repito el final de la conferencia de Nancy: “Por esto, no nos queda ni culto, ni oración, sino sólo el ejercicio estricto y severo, sobrio y, sin embargo, también alegre de aquello que llamamos pensar”.
Ahora bien, si nos quedamos en el terreno del pensamiento, dudo mucho que pudiéramos hacer otra cosa que recorrer, monótona, estéril, obsesivamente el círculo mecánico, imperioso como un silogismo escolar y sin embargo profundamente resistente que va del monoteísmo al nihilismo y de aquí de vuelta hacia aquél. De otra parte, en un nivel más radical, nivel que muy pocas veces se interroga: ¿qué significa exactamente “pensar”? (Es perfectamente superfluo rechazar el culto y la oración, invocar la sobriedad y hasta la alegría spinoziana, sin saber de qué hablamos.)

En primer lugar, creo que lo que llamamos “pensar” nada tiene que ver ni con la interiorización de la conducta, ni con el mero cálculo (que es propio del álgebra mas no del pensar) sino con un estatuto intermediario, cíclico y evanescente, cíclicamente evanescente, entre la palabra y el referente; en segundo término, es la huella, huella viviente, intermitente, de esa huella mecánica que se confunde con el significante, el vestigio de lo que a falta de otro vocablo llamaré héteroafección: así como se suele decir –y dar por obvio– que no hay sentir sin sentirse1, dicho que censura que nadie puede pasar del sentir al sentirse sin antes sentirlo, sentirlo al Otro, sentir su cuerpo, haber experimentado el tacto del cuerpo original2, el materno; la separación entre el cuerpo del sujeto y el cuerpo del Otro, es la hiancia originaria, el ofertorio (apertura y oferta) confundido con la flotación del sentido, con el vértigo de la ausencia, con el vestigio de la carne del mundo, hiancia y ofertorio al que convenimos en denominar “pensar” toda vez que el eclipse (la fijación) a la cadena significante se vuelca más allá de la reflexión en otro tipo de eclipse, desvanecimiento (o “marchitamiento” para emplear una expresión familiar del léxico de Lacan) en y por el hallazgo de objeto.

Ese vuelco, ese giro mismo es el “pensar”; pero se advierte que sólo lo es a posteriori de haber hallado por la vía extática (es decir, por la vía de salir de sí hacia afuera) un objeto nuevo: el nuevo objeto es garantía de que la esterilidad ha sido al menos circunstancialmente evitada.
Curiosamente, el pensar que cierta tradición puramente imaginaria quiere identificar con la autotransparencia, con el dominio de sí y el control del objeto, sólo merece el nombre de tal cuando gira en el vértigo del objeto y entonces, lejos de ser lo contrario del afecto pasa a ser idéntico a él; el pensar es patético conforme a la fórmula de Artaud que retomó Blanchot: pensar es sufrir; el pensar es indesligable de la intensidad del cuerpo.

II. Así, el pensar se diferencia de la rumia obsesiva, cuando se objetiva en obras, en realizaciones, sean momentáneas o permanentes. El pensar vale tanto cuando vale las novedades que impulsa y si es cierto que hay un desvelamiento en juego, ese desvelamiento que suele asociarse a la idea de verdad, no se trata del mero desvelamiento de la cosa sino de la producción de una cosa que genera desvelamiento y permite su sostén.
Esta intensidad del cuerpo que convenimos en denominar “pensar” cede no cuando se refugia en alguna peregrina forma de interioridad pura, sino cuando entrega la iniciativa a las palabras capaces de dar forma a las sustancias con que se topan de improviso.

¿De qué sustancias hablo? Quisiera evocar aunque un tanto circunstancialmente el bello texto de Edward Said sobre la obra del novelista Conrad.
“Podemos suponer –dice– que durante la escritura de sus novelas una zona esencial de la imaginación de Conrad estaba llena de sustancias en torno a las cuales se organiza una gran cantidad de acción narrativa: el oro de Lingard, el marfil de Kurtz, los barcos de los marineros, la plata de Gould, las mujeres que atraen a los hombres hacia el azar y la aventura. Una enorme proporción de la tensión de las novelas de Conrad se genera por tanto cuando el autor, el narrador o el héroe intentan hacernos ver el objeto que tira incesantemente de la historia, del pensamiento o del discurso”3.

Esas sustancias no están sólo presentes en la obra del novelista; aunque permanezcan en un segundo plano, más discreto, también operan en el pensamiento llamado “abstracto” agijonéandolo, llevándolo por derroteros situados más allá de las previsibles rutas de los textos tutores, de las bibliografías aceptables, de los comentarios autorizados, del lenguaje acépticamente proposicional.
Dichas sustancias, a la vez fuente y obstáculo de toda creación significante, no son ajenas a lo que Hegel, en sus textos tempranos denominó “la noche del Espíritu”.
Cito, por vía de sugerencia y para (no) terminar este bello texto que hace muchos años citó Kojévé y que luego volvió a citar Bataille y que ahora cito en la cuidada versión de Ripalda:
“El hombre es esta noche, esta vacía nada, que en su simplicidad lo encierra todo, una riqueza de representaciones sin cuento, de imágenes que no se lo ocurren actualmente o que no tiene presente. Lo que aquí existe es la noche, el interior de la naturaleza, el puro uno mismo, cerrada noche de fantasmagorías: aquí surge de repente un cabeza ensangrentada, allí otra figura blanca, y se esfuman de nuevo. Esta noche es lo percibido cuando se mira al hombre a los ojos, una noche que se hace terrible: a uno le cuelga delante la noche del mundo”4.

¿Cómo es posible homologar las sustancias de que hablo con el “puro uno mismo”?
El ahondamiento de tal punto nos llevará más lejos y al mismo tiempo nos acercará a esta tesis que quiero sostener: el pensar sólo zafa de la mera rumia y alcanza lo nuevo cuando por la vía de la negatividad produce un nuevo objeto que afianza la dignidad del sujeto.

1. Marion, Jena-Luc, Acerca de la donación, UNSAM, Universidad Nacional de San Martín, Bs. As. 2005, p.61. Mi referencia es crítica con respecto a Marion, cuyo trabajo es sin duda riguroso.
2. El término “original” es aquí sinónimo de “comienzo” en el sentido estructural del término, sin ninguna afirmación del origen como causa eficiente.
3. “Conrad: la presentación de la narración”, en Said, Edwardw, El mundo, e l texto y el crítico, Debate, Buenos Aires, 2004, p. 149.
4. Hegel, G.W.F., Filosofía real, edición de José María Ripalda, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2006, p. 154.
 
 
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