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   Psicoanálisis y pensamiento crítico.

¿Qué significa pensar críticamente? De la estulticia al desasimiento (Parte 3)
  Por Luis F. Langelotti
   
 
Introducción: “Poeta, es decir, revolucionario”

En cierto fragmento de La deshonra de los poetas, Benjamin Peret, sostenía la siguiente reflexión:

“Si se busca el significado original de la poesía, hoy disimulada bajo los mil oropeles de la sociedad, se constata que ella es el verdadero aliento del hombre, la fuente de todo conocimiento y ese conocimiento en su aspecto más inmaculado. En ella se condensa toda la vida espiritual de la humanidad desde que comenzó a tomar conciencia de su naturaleza; en ella palpitan sus más elevadas creaciones y, tierra siempre fecunda, conserva perpetuamente en reserva los cristales incoloros y las cosechas de mañana. (…) Ella permanece omnipotente, hierve en la narrativa mítica de los esquimales¸ hace eclosión en la carta de amor, ametralla al pelotón de ejecución que fusila al obrero exhalando un último suspiro de revolución social, y por ende de libertad, chispea en el descubrimiento del científico, palidece hasta en las más estúpidas producciones que la invocan y su recuerdo, elogio al que le agradaría ser fúnebre, traspasa incluso las palabras momificadas del cura, su asesino, a quien el fiel escucha, buscándola, ciego y sordo, en el túmulo del dogma en el que ella no es más que polvo falaz.”1      

“… en el que ella no es más que polvo falaz.” Las palabras de Benjamin Peret, anarquista del siglo pasado, son contundentes. Al igual que, como dice Daniel Mutchinick, cuando afirma que el psicoanálisis “adormece en el dogma”2, la poesía (y el arte en general) tórnase trivialidad somera si sólo juega como oropel de la civilidad burguesa, cuestión que se ha registrado siempre en la historia así como en no pocos lugares de la actualidad, donde se anuncia “la vanguardia” o el último grito de la moda poética o psicoanalítica, pero que en definitiva menosprecia el valor de la función de la palabra reduciéndola a un centelleante camelo frente a la mirada del superyó epocal. En este sentido, más allá de “los oropeles” o engalanamientos narcisistas, el sentido primigenio del decir poético se sitúa en relación directa con la aprehensión/ modelación crítica de lo real siendo, a la vez, fuente o motor de tal subjetivación. Lo ingenuo sería creer que en el infans haya egocentrismo cuando, más bien, la omnipotencia yace en el Otro, ese de cuyos elementos - y deseo - depende la interacción del sujeto con el mundo.     

Una antinomia

Podríamos decir que una oposición fuerte se vislumbra: lo emblemático-mortecino o la vida que es causa (resto, pérdida, falta). Suele echarse de menos la idea de “revolución” por la astucia lacaniana al proponer el término de subversión. Pero, más allá de las delicadezas y finuras del significante (cuya incidencia subjetiva nunca es anticipable por la mera vertiente lingüística, como si el analista tuviese que ser un erudito en las cosas del lenguaje), es innegable que Jacques Lacan fue un revolucionario, es decir, un poeta. Su pensamiento, su discurso, su clínica, son absolutamente transformadores y no deja de aprenderse jamás algo nuevo, al leerlo. Lacan representa un plus de significación y una apuesta por el espíritu crítico del psicoanálisis¸ más allá de la pompa común - tan pretendida como pretensiosa - de endiosamiento del ídolo, donde se termina alabando al “autor” en lugar de estimar o desestimar el valor de la obra en tanto tal (sus fisuras, sus aciertos, sus lagunas, etc.).

El psicoanálisis además de ser una novedad, plantea en tanto pensamiento crítico una propuesta revolucionaria. Revolucionaria no en el sentido, quizá, tradicional de masas aglutinadas por un deseo común de acabar, derribando las columnas de los templos estatuidos y consagrados. Si no, más bien, en la dirección de una grieta fina pero a cuyo través accede una cantidad de luz increíble en las oscuras y enmarañadas enredaderas del padecer social y subjetivo, generando un único movimiento que es el del despertar (como acontecimiento). Esto implica implicar, transgrediendo el circuito de la reminiscencia perpetua, e introduciendo la lógica de la repetición refulgente, esa gracias a la cual una existencia puede renacer otra, y marchar en busca de un des(a)tino irrepetible.

Cuando el uso del lenguaje decae, mermando en mero estribillo consabido, en vaguedad para pensar o dialogar – pensar dialogante, es decir, pensamiento inconsciente -, entonces un espacio de análisis deja de ser tal, o sea poético (como sitio de creación y develación; poiesis y aletheia), o sea revolucionario. Hay subjetividades que, por la contingencia histórica de su constitución misma, en algún punto reclaman otro tipo de experiencias, que el análisis no puede aportar por los límites mismo de su formalización técnica, es cierto, pero más que nada por la exigencia subrepticia que lo preserva como ética. Ética del deseo, solamente traicionada en las claudicaciones eventuales frente a los imperativos permanentes, sociales y subjetivos. Lo psicoanalítico no es la pertenencia a tal o cual Escuela, cátedra universitaria o Editorial, sino una posición. Hay o no hay posición del analista. Esto es lo más fuerte y decisivo, independientemente del grado de “estudio” o “recorrido” del practicante en cuestión. Cuando en un análisis, hay demérito de la función de la palabra – como afirmación intempestiva de una potencia que se desea cada vez más desasida -, ergo, su acción subjetiva de liberación se degrada, por lo que su acción social encuentra obstáculos en el movimiento. Si la utilización del lenguaje, en cambio, deviene palabra crítica, desde un lugar para nada racional, yoico o ideológico, entonces, el hombre se desprende de la stultitia y el relámpago del giro significativo empuja al ensanchamiento de las relaciones: con el estatuto del Otro4 y con el lugar del objeto a, que representa, a fin de cuentas, aquello que en cierta parte de la obra de Freud aparece como el peligro (aunque no sólo) y frente a cuya distancia el sujeto en sus afectos nos posibilita hablar de una clínica de la proximidad: miedo, angustia, terror.5 Renovación de la idea de una topología subjetiva.

Letras – Matemas – Discurso

Así como hablamos de una posición analítica, más allá de los emblemas y de la “chapa” tan habituales en otros campos profesionales, también tenemos que afirmar una posición lacaniana dentro del ámbito analítico mismo en tanto irreductible a la lógica grupal de los estatutos, estándares, padres referentes y demás, aunque todo esto pueda jugar en el sentido de una filiación simbólica en relación a ciertos maestros. La posición lacaniana, estimamos, excede los parámetros de un sitio o un camino específicos y es, más bien, del orden de una acción. Una acción que se autoriza de sí misma pero no sin un soporte teórico desplegado por Lacan (en su sofisticado regreso a Freud), que resignifica el fenómeno práctico como engarzado a una estructura de discurso y que se llama discurso del psicoanálisis. De este discurso son efecto una cantidad de letras. A partir de ellas podrán gestarse fórmulas singulares que denominaremos matemas y con estos, a su vez, generarse grafos o esquemas. Esto es lo que hace Lacan durante gran parte de su enseñanza. Son la parte “dura” del pensamiento psicoanalítico, si se quiere. Pero, a raíz de este interés lacaniano por despejar el territorio del campus del sensus comunne, técnicamente hablando se ha ido instalando en el ejercicio concreto del oficio analítico, una rigidez cadavérica [rigor mortis] soportada en una asepsia relacional estéril que denuncia la desimplicancia del analista en el alojamiento de la subjetividad que lo reclama: ¿búsqueda de una fidelidad incondicional al discurso en cuestión? De este modo, muchos casos contemporáneos de mortificación cultural en donde predominan las neurosis actuales o las neurosis de lo real pulsional, no hallan sitio en donde asir una escucha que dé cabida a una resonancia íntima, a un desenmarañamiento de ese trieb atragantado, posibilitando el pasaje que vaya de la asonancia mortificadora al “eco en el cuerpo” y, de éste, hasta la evaporación liberadora del quantum como afectos. Eso se desprende y ahí es donde realmente se juega el estatuto de la letra no ya como mero signo pre-subjetivo válido para los aplicacionismos de manual eventuales, si no como correlato último de una travesía analítica en serio. La letra se desprende del sujeto analizado y, a la inversa (pero no en oposición) a lo que sitúa Lacan en el Seminario XX, el discurso también es efecto de las letras de los análisis que van teniendo lugar históricamente (esos S1 que han ido cayendo, cada vez y cada vez, puesto que han sido golpeados), gracias a que ellos son lo que posibilitan la continuidad del pensamiento psicoanalítico y su reconstrucción permanente. En lo concreto, las letras paridas a partir de un análisis, resignifican lo acaecido como involucrado o no en un discurso psicoanalítico. El alfabeto del goce sitúa al psicoanálisis como praxis por su incidencia desde lo simbólico sobre lo real.       


Palabras finales y una pregunta: ¿existe hoy un lacano-fascismo?

La diferencia entre lo lacaniano y el “lacanismo” es, básicamente, que el primero, como hemos subrayado, remite a una posición/ acción, siendo en cambio el segundo el efecto residual de aquella que deviene, en pocas palabras, “hinchada de fútbol”, camiseta puesta y dogma/ pasiónpathos», precisamente). El lacanismo sería la vía neurótica del movimiento lacaniano la cual no hace referencia a entes específicos sino a algo que sucede dentro del contingente en sus inercias y resistencias - muchas veces movilizadas en sí mismas por el horror de la eficacia de aquello otro. Ahora bien, con relación a lo lacaniano propiamente dicho, sabido es el avance fuerte e interesante del pensamiento de izquierda, políticamente hablando, aunque en función analítica toda intromisión de una significación ideológica sea carne de cañón para la transferencia imaginaria. Podemos nombrar las elaboraciones de Jorge Alemán así como las del cientista político griego Yannis Stavrakakis, entre otras. Sin embargo, y esto no deja de ser más una sospecha que una aseveración contundente, creemos que el culto interés por la doctrina, el ánimo de permanecer dentro de los márgenes de lo legitimado y sin correrse ni un mínimo de lo dicho – lo actualmente articulado en lugar de lo que queda por articular – y esa propensión tan habitual a supeditarse devota e irrestrictamente a “padres” o “maestros”, nos lleva a pensar en la persistencia – allende el paso de los años – de un lacano-fascismo no necesariamente “de derecha” en su contenido ideológico, sino en sus formas y en la posición tomada frente al texto lacaniano (“rigurosidad” rayana con el rezo) y a la transmisión (verticalista y unidireccional). Y agregamos: que nos hace pensar en la posición clínica de dichos analistas. Daniel Mutchinick sitúa este mismo problema con otras palabras:

Me parece interesante la herejía de la buena forma, que a la vez permite que otros la confirmen o no, y la separa claramente del nacimiento del término herético, que tiene que ver con una religión que se antepone a otra religión. Claramente Lacan no se está refiriendo aquí a ese punto con respecto a la religión sino a que hay que decir lo que uno entiende que hay que decir, más allá de lo que el dogma dice. Y como un chiste podríamos agregar que terminaría con la religión entre los psicoanalistas. Es un punto ético que tiene que ver con la posición del analista en la extensión. No podríamos menos de desconfiar de la posición clínica de quienes abundan en el discurso universitario. ¿Qué clínica se sostiene cuando hay discurso universitario en la extensión? De qué manera tiene relación la posición en la escucha con la posición frente al saber. ¿No se escucha como se lee? Un analista riguroso, sumemos un oxímoron a los inscriptos.”6         

La problemática del Otro en tanto consistente o inconsistente no deja aquí de tener un gran valor, en el sentido de la posibilidad de que, quitada por la puerta del análisis la completitud del Garante, no vaya a ser cosa que se nos meta por la ventana de una sintomatología no reconocida como tal y que es no solamente la fascinación por - y ante - el Saber, el renombre y el prestigio, sino también la ambición en cuanto al Poder, eje que atraviesa toda institución humana y que en los ensayos psicoanalíticos suele verse bastante desmentido.  

Y aquí nos arriesgamos, pese a estar más o menos en acuerdo con lo aseverado, trayendo a colación un decir sumamente crítico y refrescante en lo tocante a las cuestiones del campo psicoanalítico. Se trata de un escrito de Néstor Bolomo y que versa acerca del psicoanálisis, del lazo entre analistas y de la institución psicoanalítica. Se llama “Institución y destitución en psicoanálisis”.7 Allí, el analista en cuestión dice (y con esto damos fin para continuar con una futura y última entrega):

“Nada puede discutirse con alguna seriedad si no se distingue el psicoanálisis como discurso de la pretensión de hacer de él profesión. Las instituciones psicoanalíticas no han dejado de ser soporte de esto último.”
 
La posición de Bolomo es que estos espacios tienen en común ir hacia la restitución del Otro y, en ese sentido, hacia la consistencia de ser del analista:

“Ese practicante no ES analista. No se trata de ser, allí: ni (ser) en una consistencia que conviene que falte, ni en una permanencia que tampoco hay, aunque se desespere por forzarla en lo permanente de la institución. (…) Lo único que puede gozar de una continuidad es la resistencia al psicoanálisis, no el psicoanálisis, fragmentario, frágil, esquivo, renuente como su socias, el inconsciente, a dejarse atrapar en nominaciones, actas fundacionales, declaraciones de principios, representaciones. Todas esas “ayudas”, lo hemos comprobado, son salvavidas de plomo. Felizmente el psicoanálisis zafa, se escurre, aparece en otro lado. Convendría abstenerse. No de practicarlo (o de que nos practique – quizás es ésta la forma en que nos enseña –) sino abstenerse de “ayudarlo”: custodiarlo, resguardarlo, difundirlo, transmitirlo a los jóvenes – pasión griega si las hubo – y, ¡por favor!, de dirigirlo.”8 

Buenos Aires, Octubre de 2015.

 


      

 



(Endnotes)
1     Peret, B.; “La deshonra de los poetas” (fragmento) en Le Libertaire, 14 de Diciembre de 1951. Publicado en Plinio A. Coelho; Surrealismo y anarquismo, proclamas surrealista en Le Libertaire. Ed. Libros de Anarres, Buenos Aires, 2015.  
2     Mutchinick, D.; “Demérito del rigor” en El saber de la herejía, Ed. Letra Viva, Buenos Aires, 2011. Pág. 23. 
3     Si tomamos la redefinición lacaniana del signo lingüístico saussureano, por el lado dominante, tenemos el significante y, por debajo, el significado. Entre ambos, la barra resistente a la significación que independiza al primera en el sentido de un “autonomía de la dimensión dialéctica” (LACAN, 1955-56). Pues bien, podríamos ubicar a los significados del lado del sujeto y a los significantes del lado del Otro. La barra resistente a la significación en cierto punto es la misma barra que, en el grafo del deseo, sitúa la castración en el Otro. ¿Por qué nos atrevemos a semejante lectura? Habilita esta relación el hecho de que esa barra es lo que impide el ensamble acabado entre los dos órdenes, tanto entre significado y significante así como entre el sujeto y el Otro. Por otra parte, esta disyunción estructural, no impide que pueda sufrir ahuecamientos. Recuérdese que al Lacan de los primeros cuatro o cinco Seminarios le falta una genuina elaboración del registro de lo real, tal como este comienza a esbozarse posteriormente (al hablar de das Ding, del símbolo Ф, de la angustia o del objeto a). Siguiendo este eje de pensamiento, creemos que la interpretación psicoanalítica es aquello que convierte a la susodicha barra resistente a la significación en un objeto real provocador de sentidos. . Dice Lacan en el Seminario XX: “… ninguno de los efectos del inconsciente se sustenta sino gracias a esa barra.” (LACAN, 1972-73). Gracias al a, algo de lo real pasa al campo del sujeto, como más no sea bajo el modo de la angustia. Este es el genuino contacto con el mundo en tanto real. Lo habitualmente denominado mundo no es sino la traslación rígida de la cosmovisión individual (que definimos como fantasma) a cada circunstancia novedosa. Pero, meta del análisis en términos teóricos, al traspasar la matriz individual, aparecen los otros verdaderos y una existencia menos adormecida. Habría que tratar de pensar qué pueden querer decir expresiones como lo real de la verdad o la verdad de lo real, que se nos vienen a la mente a la hora de desarrollar estas conjeturas. Tal vez, logremos desplegarlas en otra ocasión.     
4     Consistente o inconsistente. También: consciente o inconsciente. Lo primero vale más claramente para la subjetividad obsesiva. El obsesivo objetiva un Otro que torna consciencia. El fantasma obsesivo se caracteriza por su aparición en la conciencia pero además, está preso de esa conciencia que todo el tiempo lo observa en su existencia y que es él mismo identificado al superyó (como instancia que sabe todos los pensamientos del sujeto). En la histeria, el Otro permanece siempre hundido en las indirectas de un deseo que no se termina de articular. La subjetividad histérica está atrapada en una trampa no menos mortífera: cualquier certidumbre sobre el deseo la inunda angustiosamente perdiéndose como barrilete en los vientos cambiantes del deseo del Otro. Su apelación al amor es agónica pero existencial. Es la salida que encuentra para paliar la falta en ser en la que sitúa al ser hablante la dialéctica del deseo y la demanda.    
5     El esquema con el que Lacan comienza su décimo Seminario (LACAN, 1963-64) puede pensarse como una referencia gráfica específica para pensar en esta idea de una “clínica de la proximidad”. Por otro lado, recuérdese aquella aseveración de Lacan de que es la función paterna lo que introduce “relación, función y distancia” en el pegoteo imaginario a-a´ (LACAN, 1955-56).  
6     Mutchinick, D.; Op. cit. Págs. 20-1. Subrayado en el original.
7     Bolomo, N.; “Institución y destitución en psicoanálisis” Fuente: http://destitucionpsicoanalitica.blogspot.com.ar/2011/08/institucion-y-destitucion-en_18.html
8     Bolomo, N.; Op. cit.
 
 
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