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   El silencio en psicoanálisis

El silencio
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Toda reflexión sobre el silencio debería comenzar citando un bello libro de Max Picard, titulado justamente El mundo del silencio.1
Para Picard –un teólogo suizo, católico, ligado al filósofo francés Gabriel Marcel, quien escribió el prólogo a su libro–, el silencio no es mera ausencia de ruido; tampoco ausencia de algo, sino un fenómeno completo en sí mismo; un fenómeno positivo y no meramente negativo.
Tampoco se confunde con la nada, simplemente porque es.2 Su mejor metáfora es la que lo homologa al desierto, al páramo, a la tierra virgen; términos todos que, desde luego, no constituyen sinónimos. Más bien instituyen una pendiente hacia la pérdida de sentido.

Carece de comienzo, carece de fin, carece asimismo de finalidad, y literalmente, es imposible disponer de él para un uso cualquiera: se manifiesta bajo la forma de la improductividad, si tomamos este vocablo en su acepción económica. Todo esto puede parecernos un mero juego de palabras sin consecuencias.
No obstante, es en el capítulo dedicado a ubicar al hombre entre el silencio y el habla, donde podemos apreciar lo que este libro extraño aporta. (Escribo “entre” y ya anticipo que la cuestión del silencio se ordena, de entrada y definitivamente, en el sitio del intervalo. Intervalo que es resistencia.)

La palabra rompe el silencio y a él retorna. Es por esa razón que Picard dice que la palabra, antes que comunicar algo a alguien, debe luchar contra otras palabras que permanecen en el silencio: lo propiamente humano es la palabra, pero sin el silencio ésta se degrada, se marchita, pierde su poder espiritual.
El silencio es demónico: “En el silencio está presente no sólo el poder de lo curativo y de la amistad, sino también el poder de la tiniebla y del terror, que puede brotar desde el mundo subterráneo del silencio, el poder de la muerte y del demonio. ‘El silencio eterno de los espacios infinitos me aterra’ (Pascal)”3

Dos términos latinos pueden marcar la diferencia: taceo y sileo. Del primero deriva lo tácito, es decir, lo que está implícito en un decir, lo callado, incluso retenido. Sileo es, por el contrario, otra cosa. Imposible de retener; él retiene a la palabra y es ésta quizá la razón de fondo como para que Picard diga, en cierto momento de su texto, que el silencio mira al hombre más de lo que el hombre mira al silencio.
Es evidente: Picard ha colocado al silencio en el lugar del Otro, pero no del Otro afectado por la marca de carencia, sino por lo que en el Otro carece de marca.

Sabemos que Lacan escribió así S (Ⱥ) la carencia de marca, para diferenciarla de la marca de carencia que denota la castración del Otro. La marca de carencia delimita el ámbito de lo simbólico, cuya inconsistencia constriñe a un perentorio esfuerzo de invención, inacabable por principio, ya que no puede suturar lo imposible de suturar: es la esencia de lo que llamamos compulsión a la repetición.
La carencia de marca es el soporte último de la marca de carencia; es el sitio en el cual el Otro no responde porque no se puede responder por el lazo de la vida con la muerte, de la reproducción con el origen perdido.

Si Lacan la ha escrito de este modo, con una “S” fuera de paréntesis, es para indicar que allí donde nada responde (metaforizado por el paréntesis que envuelve al Otro), es inevitable, no obstante, que algo termine por responder: allí donde ha habido ausencia de respuesta, habrá de advenir (digo, jugando un poco con nuestras conocidas fórmulas) una invención que en verdad no responde, más bien agrega algo fuera del universo –y así tenemos un universo de discurso que no es universo, porque algo decisivo le falta, suplementado por algo fuera del universo como puro excedente: aquí yace el conocido uno en más impensable fuera del campo del uno en menos–.

El humanismo clásico –Picard y desde luego Kierkegaard a quien aquel cita– protesta porque en la modernidad el ruido no deja escuchar el silencio.
Más allá de estas quejas hoy por hoy trivializadas por un espiritualismo de cuarta, mezquino, es preciso reconocer en esta protesta algo que nos incumbe. Por nuestra parte, también hemos trivializado el silencio al reducirlo al estar callado.

Ahora bien, uno puede estar callado e ignorar completamente el silencio.
Se puede permanecer callado para escuchar, atento a lo que late en las palabras que se escuchan; pero también es habitual aguardar callado mientras se prepara la respuesta, que bien puede consistir en una intervención que calme las aguas cuando empieza a despuntar la angustia.
Podemos comparar el silencio al tiempo destructor que nada contiene; prefiero vincularlo al instante de la inscripción de la palabra del Otro.
Ese instante es mítico y no tenemos medio alguno para localizarlo, y si hablamos de manchas borrosas e inclasificables, es para designar de alguna manera, con imprecisión y falta de esperanza de lograrlo, lo que se nos escabulle.

Hay expresiones que hemos naturalizado sin advertir todas las dificultades que nos plantean.
Una de ellas es la “huella mnémica”. La palabra, más allá de la sintaxis y del léxico, más allá de las reglas y de la memoria preconciente, decimos que se graba en la superficie del inconsciente. Mas eso que retorna como balbuceo, interrupción, grito, habla descosida, tiene una naturaleza inconmensurable con la palabra efectivamente proferida. O mejor, en la palabra proferida hay la presencia de rasgos subterráneos, quebrados que constituyen sin duda el lugar donde se anuda nuestro deseo, pero que instituyen, en definitiva y conforme a la clásica definición de la letra, un no-lugar en el lugar.
Quiero decir: “inscripción” es una ficción, tan antigua como el pensamiento reflexivo de Occidente, para dar cuenta de algo que las neurociencias resuelven, simplemente, apelando al cerebro, sin darse cuenta (es forzoso que, dado sus métodos, no se den cuenta) de que el lenguaje es originalmente un don del Otro, un lazo social irreductible a las propiedades que la fisiología descubre como condición4 del habla.
Si la letra, conforme a la caracterización del texto de Lacan sobre la carta robada, está y no está allí donde efectivamente está, parece a una mostrar y ocultar una realidad sibilina, inaprehensible, es porque apunta a este vacío que nos impone el retorno de lo reprimido, que en el léxico freudiano equivale al retorno de la representación-cosa en la representación-palabra, vacío delimitable en ese hiato a la vez vasto, vastísimo, e insignificantemente infinitesimal, que ningún pensamiento puede localizar porque es el territorio del mito, de la metáfora, de la ficción en suma.

(La venerable metáfora del cálamo o del punzón que hiende una materia, sea pergamino, arcilla o de la materia que fuera, gobierna todo el pensamiento que refiere a la memoria involuntaria.)
Aquí podemos localizar, en este punto de ilocalización extrema, el sitio del silencio, que es uno intersticial: no la ausencia de ruido (en este punto Picard tiene toda la razón) sino lo que está entre ruido y ruido, entre sonido y sonido, es blanco que permite segmentar y retroceder, desde su aparente humildad, al comienzo de los comienzos, allí donde nada originalmente puede retenerse.

Sin duda el analista, cuando guarda silencio, apunta más allá de taceo a sileo, pero el rasgo fundamental del silencio aparece, sin paradoja, cuando habla e interpreta. En este punto el sentido se genera en el sinsentido y éste permite, a su vez, la creación de un “poco de sentido”. Así de la palabra a la inscripción, de la representación-palabra a la representación-cosa, y de retorno de ésta a aquélla, algo permanece en suspenso y se requiere un intenso y por momentos doloroso esfuerzo de ascesis de parte del analista para no suturar esos momentos que no son de transición sino de salto, en el que se deja oír, tras el rumor incesante de la palabra gasta, reducida a jerga, la falta de sentido, de fundamento, en que intentamos obtener sostén.

En este punto, de manera oblicua y sin embargo clara, se deja oír el silencio. El silencio circunda la palabra del analista y el paciente puede encontrar en él un resguardo que le indica la dirección de la libertad: constreñido a elegir, debe hacerlo sin que el rumbo le sea ordenado.
La prueba del silencio es la angustia. Y es exactamente ese el correlato de la tantas veces invocada definición de la angustia que trae Lacan en el seminario homónimo: la angustia es la inminencia de la falta de la falta.

Obsérvese que no se trata ya de la falta de la falta una vez advenida, porque en este caso deberíamos más bien hablar de la presencia de lo siniestro; tampoco de la mera falta.
Es la inminencia del advenimiento, es el instante de supenso entre dos estados, ninguno de los cuales está aún configurado, precisamente porque algo todavía esperado permanece en silencio, algo allí no responde. El silencio, en su radicalidad, es la respuesta a la pedagogía, incluida la analítica.
______________
1. Picard, Max, The world of silence, Regnery, Chicago, 1989.
2. Quizá, más allá de Picard, pudiéramos decir que el silencio es neutro con respecto a la oposición entre ser y nada.
3. Ib. p. 36.
4. El cerebro (lección olvidada) es condición y, si se quiere, condición absoluta del habla, pero no su causa.
 
 
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