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   Problemas y controversias

La sexualidad femenina: los atolladeros de la teoría (segunda parte)
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
En la primera entrega de estas notas, concluía planteando lo siguiente: si bien Lacan había postulado que la sexualidad femenina es suplementaria y no complementaria de la masculina, su tratamiento en “Encore”, cuando recurre a los matemas, culminaba en un binarismo tradicional y complementario.
Para todo x, x es phi: para todo hombre en tanto hombre, se aplica la cualidad de la racionalidad. La esencia cualitativa se realiza mediante el cuantificador universal.
En el capítulo séptimo de “Encore” dice en un momento: “El todo se apoya entonces aquí en la excepción postulada como término, como lo que niega íntegramente a esa Φx.
A la derecha tienen la inscripción de la parte mujer de los seres que hablan. A todo ser que habla, sea cual fuere, esté o no provisto de los atributos de la masculinidad –aún por determinar– le está permitido, tal como lo formula expresamente la teoría freudiana, inscribirse en esta parte. Si se inscribe en ella, vetará toda universalidad, será el no-todo, en tanto puede elegir estar o no en Φx”.
El texto, dominado por un binarismo mecánico que se distribuye en la simple oposición presencia del rasgo/ausencia del rasgo, es un comentario del cuadro que ubica a la izquierda la función fálica y el sujeto dividido ($) y a la derecha el S(Ⱥ), el objeto a y  mujer que no existe.
Tanto hombres como mujeres pueden situarse a la derecha, en el lugar que veta toda universalidad. La mitad femenina en cuanto tal niega “íntegramente” la función fálica.
Es oportuno en este punto recordar una observación de Milner: no se puede usar el cuantificador “todo” sin problematizarlo.
“Si las grietas existen, eso sólo es posible con una condición. Es preciso que el operador todo, en todos sus usos y bajo todas sus formas, no señale nunca una solución, sino siempre y por todas partes un problema”, dice nuestro autor.
¡Aquí no hay grieta alguna!
La excepción en realidad no niega íntegramente al falo, lo tacha, borra, marca conforme a la concepción que diferencia el signo del significante porque el primero remite a la cosa, mientras el segundo la borra, esto es, la conserva bajo el estatuto del fragmento; no la integra, la desintegra constituyéndola como basura, como resto.*
Al afectar la excepción femenina de manera íntegra al falo, no hace más que yuxtaponerse a él. La excepción fuera de la universalidad reúne elementos que carecen de determinaciones:
S(Ⱥ) designa un sitio donde el Otro no responde; la mujer como tal, la mujer tachada no existe y el objeto a es un agujero real en lo simbólico.
Allí no hay ninguna palabra; en el lado opuesto está toda la palabra. El resultado implica que el sujeto como tal es masculino en su función, sea cual sea el sexo anatómico que se ubique en ella. Si una mujer habla lo hace ya no como mujer; si extremamos las cosas nos topamos con la oposición de Otto Weinninger: el hombre es; la mujer no es. La complementariedad retorna por la sencilla razón de que se pretende decir lógicamente qué es la función fálica y cuál es el sitio del goce femenino. Y la lógica como es pura forma no puede por sí determinar nada, salvo que con esa forma se cree un sistema formal dotado de axiomas, proposiciones derivadas según reglas de cálculo etc., etc., en cuyo caso tendríamos matemática pero el contenido psicoanalítico permanecería afuera, expulsado.
Curiosamente la concepción de la excepción tal cual emergió en el seminario “Lógica del fantasma”, era mucho más rica e interesante, incluso antagónico con la excepción según los últimos seminarios de Lacan.
La excepción no rechaza al todo sino que lo funda porque el significante en demasía es aquel del que el todo carece y la carencia resquebraja al todo que se establece reprimiéndola.
El goce adicional femenino precariza el goce fálico masculino; del mismo modo los significantes que la representan (algo negado por Lacan para quien las mujeres forman colecciones pero no clases) revelan la naturaleza misma del falo que no es simple ni puede reducirse a un supuesto matema positivo: si algo es, en sus múltiples planos que Lacan reduce y desdeña en Encore, es un poder que decae.
(Debo recordar que en “Subversión del sujeto…” Lacan dice del falo escrito con phi mayúscula (Φ) que es positivo y en ningún caso negativizable: aquí la dialéctica es reemplazada por un dispositivo binario y elemental.)
Con lo cual quiero aclarar: la concepción de la universalidad de Encore es una verdadera regresión teórica.
¿Preciso mencionar que en “La significación del falo”, el significante fálico lejos de ser un pálido, vacío e informe mathema, se define polifónicamente por tres modelos: uno mítico, el otro matemático e incluso un tercero lingüístico, sin que dejemos de considerar que también hay otra dimensión que lo atraviesa, esta entre órgano y objeto?
El falo designa en su conjunto los efectos de significado, el falo designa la plenitud y la caída de la fuerza vital, el falo es medida, proporción en la improporción. Tres rasgos, tres constelaciones, para decirlo mejor y más complejamente, que en ningún caso podrían ser reunidos, del modo que fuera, en esa letra: Φ.
La misma expresión “función fálica” es esquiva, vacía y hasta presuntuosa –presume de cientificidad– frente a expresiones como ésta, tomado del referido artículo “La significación del falo”: “El falo es el significante privilegiado de esa marca en que la parte del logos se une al advenimiento del deseo”.
Esa marca (es lo menos que aquí puedo decir) no es lógica, no es la de un mathema que se transmitiría sin pérdida, sino todo lo contrario: la inscripción retórica-poética que transmite una falta radical en el ser sexuado.
De un modo enteramente esquemático, trato de establecer esta serie de tesis sobre la sexualidad femenina:
1) Masculinidad/Feminidad son constelaciones que incluyen, necesariamente, tanto la racionalidad serial (la que construye series que van de lo más simple a lo más complejo) como recursos mito-poéticos.
2) Son nociones históricas, aunque ajenas al historicismo: el historicismo es lineal y atiende exclusivamente a lo observable; lo histórico funda un esquema de repetición, aunque esté fechada su emergencia temporal. En este caso digo que feminidad y masculinidad son figuras de la modernidad.
3) La masculinidad es ya y de entrada una clase abierta y por lo tanto el no-todo invocado por Lacan, se inscribe en el falo mismo como consecuencia de la intervención femenina. Lo cual tiene un reverso: una mujer, si ocupa la posición fálica, lo hace como mujer y sujeto a la vez. No hay desfallecimiento fálico sin la intervención femenina.
4) El suplemento femenino se constituye, al igual que el masculino, en el nivel del cuerpo erógeno, noción a la vez imaginaria y simbólica relacionada con algo real que excede cualquier inscripción. El cuerpo erógeno masculino es un cuerpo centrado e integrado por la turgencia: turgencia peniana, desde luego, pero también turgencia de la mirada. El cuerpo femenino es parcial, siempre al borde de la disgregación, siempre reorganizado gracias al trabajo artesanal sobre la parcialidad: ojos, curvas, senos. Trabajo de la máscara, trabajo de la palabra en torno a la máscara.
5) En la mujer la máscara entra en contrapunto con las profundidades: cuerpo de las entrañas.
6) La oposición órgano/objeto debe ser cuestionada pero no para eliminarla sino para mantenerla. Para ello es preciso clarificar la noción de objeto. El órgano fálico puede también ser objeto y en la posición masculina. Mas en este caso el objeto es el reverso especular del órgano. Hablar de objeto, en este caso, refiere al falo que abandona su negatividad y se torna visible con el esplendor dionisíaco.
7) La mujer, por lo contrario, se brinda como objeto, se da a ver, a tocar, a penetrar en el sentido estricto del vocablo dar. Pero lo que da es un agujero, una hendidura, un vacío: el primero es simbólico, la segunda imaginaria, el tercero real. Para el hombre la grieta no es algo que se ofrece (y si lo hace está en posición femenina); es por el contrario algo que se retrae sobre sí. (Curiosamente: los que han pensado la sexualidad femenina bajo la advocación del vocablo “concéntrico”, no parece darse cuenta que es más aplicable al hombre, ser de corpúsculo y no de onda.)
8) Hay que quebrar la oposición delineada por Lacan entre el hombre que habla y la mujer (o las mujeres, para adoptar la terminología canónica) que goza su goce tácito y hay que hacerlo desde adentro: yo me he limitado a ordenar las piezas de distinta forma sin dejar el campo del psicoanálisis. Freud se habrá equivocado mucho, pero fue el primero en romper el cuerpo blanco de la psicología para anclar las determinaciones pulsionales en las zonas erógenas, concepto mayor. La mujer habla allí donde el hombre calla y retiene en el silencio el lenguaje inarticulado de los restos. El hombre, por su parte, puede hablar porque ha aprendido, a través de la mujer, a callar. El callar, como bien lo vio Heidegger, forma parte del escuchar y el decir.
9) Como se advierte, hay que mantener en todos los casos la guerra florida entre hombre y mujer, guerra desde la cual los contendientes intercambian los roles y contaminan sus posiciones. Esta dialéctica no contradice la proposición lacaniana acerca de la inexistencia de la función sexual.
La mencionada proposición no puede pensarse como si entre los sexos no hubiera ninguna clase de empalme en el nivel del goce. Según la entiendo dice simplemente que no hay complementariedad sexual, y muy claramente me rebelo contra el uso sibilino y abusivo de ella…
Jones había captado (aunque lo vertió en un lenguaje naturalista) el valor resistencial que para la mujer posee el falo.
No es un problema de etapas ni de evolución: es imposible pensar la feminidad hoy sin la resistencia en la cual constituye su goce al cual accede al ceder al impulso del hombre que, esto Freud lo captó con entera precisión, no accede a su propio goce sin la consiguiente degradación del objeto.
Mas, ¿cómo habría degradación sin la complicidad femenina?
________________
* Hace del mundo algo inmundo. Véase la clase cuarta del seminario “La identificación”.
 
 
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