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   Psicoanálisis y Género

“Soy una nena y mi nombre es Lulú”
  Por Valeria Pavan
   
 
Toda identidad asumida en el marco que fuera, y bajo las formas que cobre, es garantía de estabilidad y ningún ser humano acepta su desmantelamiento…y en aquellos casos de “des-identificación voluntaria, cuando alguien es obligado a ello, sabemos que implica altos costos, llegando a fracturas irreversibles…
Silvia Bleichmar, Paradojas de la sexualidad Masculina, 2006.
 

Identidades e Infancias

En el Área de Salud de la CHA1 recibimos consultas, no sólo de adultos trans, sino también de niños y adolescentes acompañados por sus familias. Sin bien lo habitual es que la persona comience con sus intentos de resolver cuestiones identitarias en la adolescencia, la las incomodidades, preguntas y extrañamientos respecto de “quién soy” y “qué ven los otros de mí” aparecen ya en la más tierna infancia.
En los niños varones biológicos, la expresión de esta identificación con el otro sexo puede presentarse como interés por las actividades tradicionales femeninas. En general prefieren vestirse con la ropa del género al que sienten pertenecer, rechazando cualquier intento por parte de los padres de ser vestidos con la que correspondería a su sexo biológico, y negándose a que se les corte el pelo. Es común que cuando no tienen acceso a la vestimenta que desean, la confeccionen ellos mismos con distintos materiales. Suelen utilizar toallas, delantales, pañuelos y hasta trapos de piso para hacer faldas o simular el cabello largo. Hasta el conocimiento de la existencia del pene y la vagina, es decir de la diferencia sexual anatómica, los conflictos con la identidad se presentan en relación con la expresión de género: la ropa, el cabello, los juguetes, etcétera. Todo lo que la cultura nos ofrece emblemáticamente como propias de un género o de otro.

Expresan un intenso interés en participar en los juegos y pasatiempos considerados del otro sexo. Así como también especial gusto por los juegos de la casita, la mamá y el papá, dibujar chicas, imaginarse princesas y mirar dibujitos y películas con los ídolos femeninos preferidos. Buscan juguetes típicamente femeninos, en especial las muñecas (y sobre todo las Barbies). En los juegos se sienten más cómodos en compañía de otras niñas. Cuando juegan por lo general, asumen roles femeninos, como ser la mamá, la princesa, la Sirenita, etcétera. Cuando expresan sus fantasías, es común que se encuentren vinculadas al mundo femenino.

 A partir del reconocimiento de la diferencia sexual anatómica, en algunos casos, comienzan las incomodidades genitales mediante la vivencia, así expresada, de que el pene o los testículos son “feos” o van a desaparecer, y que sería mejor no tener pene. Orinan sentados en el inodoro, escondiendo el pene entre las piernas, negándose rotundamente a hacerlo de pie. En ocasiones, ya desde la temprana infancia, expresan el horror que sienten ante su pene y/o testículos, manifestando la necesidad de que no estén allí. Aunque, en general, prevalece la idea de un futuro reparador mediante la articulación con la fantasía de que a medida que crezcan se irán convirtiendo “mágicamente” en las nenas que sienten que son. Por medio de la acción de Dios, o porque la naturaleza así lo dispondrá de un momento a otro. Una persona narra que durante toda su infancia pensó que un día su pene se iba a secar para por fin desaparecer luego de su desprendimiento. No se sienten cómodos con los atributos adjudicados a su rol, tienen rechazo por los juegos que impliquen violencia como por los juegos o juguetes no violentos pero tradicionalmente masculinos.
 Muchas veces, el conflicto del niño/niña se pone de manifiesto de manera crítica en la primaria cuando, en algunas escuelas, a partir de un determinado grado, comienzan a separar a los nenes de las nenas para la hora de actividades físicas. Otro punto de crisis lo constituyen los uniformes escolares en muchos de los niños que asisten a una escuela privada o religiosa. Como así también el tema de los baños.

 El malestar en relación al sexo biológico tiene diferentes formas de manifestarse a lo largo de la vida. En los niños se presenta como una clara molestia frente a su sexo. La preocupación puesta en la ropa (travestirse) atraviesa e interfiere todas las actividades de la vida cotidiana. El fracaso en la relación vincular con otros niños y niñas, sumado a la imposibilidad de adquirir las habilidades del propio sexo, conducen al aislamiento. Es común que se nieguen a asistir a la escuela para no tener que vestirse con la ropa adecuada a su sexo biológico, por las burlas de sus pares y por la falta de sensibilidad de maestros y profesores.

 Lulú, una niña trans de cinco años

La niña llega al Área de Salud de la CHA derivada, aunque no directamente, por una psicóloga que en su informe final menciona: “…he notado signos de una posible problemática de género en cuanto a su identidad sexual…”. Cuando su familia consulta, nuestro objetivo inicial fue definir un encuadre que nos permitiera establecer estrategias acertadas de intervención.
Desde el comienzo de las entrevistas con la niña (apenas cumplidos los cuatro años), y a partir de su propio pedido, empleé el género femenino para dirigirme a ella. Se presentó como Lulú, independientemente de que su aspecto, por el corte de pelo y la ropa, respondiera en ese momento al de un varón. Inicié una serie de encuentros, que aún continúan, como coordinadora del equipo multidisciplinario que acompaña a la niña y su familia. Durante el transcurso de las entrevistas no manifestó ninguna alteración de su esquema corporal, reconociendo que su anatomía es masculina, pero afirmando siempre sentirse “nena”. Lulú es hermana melliza de un varón que nunca manifestó incomodidad alguna, ni sentimiento de extrañeza, frente a su identidad o a su cuerpo.

Durante los primeros años infantiles, para algunos niñas trans, el único obstáculo a esta convicción en la vivencia identificatoria es la presencia de la genitalidad, pero en el futuro, con la llegada de la pubertad, acompañada de la aparición de los caracteres secundarios, en muchos casos comienza el padecimiento que resulta de la fuerza de lo real del cuerpo sobre el psiquismo y provoca una gran carga de angustia. El emplazamiento de lo biológico sobre la identidad representacional no pone en duda lo que la persona siente ser, sino que, en muchos casos, abre un espacio para un padecimiento superior. Inaugura el territorio de lo horroroso ante el temor de no poder conseguir una adecuación entre lo que siente como su identidad y lo que su cuerpo biológico le presenta: el cambio de la voz, la aparición del vello en todo el cuerpo, el crecimiento óseo y todos aquellos aspectos biológicos que conforman lo masculino.2
Como resultado de la evaluación psicológica efectuada a Lulú, no tenemos signos de patología. En todo caso, estamos ante una niña trans que sabe que su cuerpo, desde una perspectiva cultural del alineamiento de los géneros, no representa la identidad profundamente vivenciada.

Debemos destacar que la insistencia de la niña trans en “ser una nena” no puede ser considerada delirante, ya que lo que habrá que tener en cuenta es “el sentirse” de otro sexo y no la creencia de pertenecer a él. Sobre la base de su identidad la niña desarrolla su vida como mujer. Esto, a su vez, se corresponde con su funcionamiento psíquico femenino. Pero su normal desempeño afectivo había comenzado a deteriorarse debido a las dificultades de inserción social, que comenzó a sufrir toda vez que tuvo que constatar su identidad mediante su nombre registral.
La niña comenzó a representar fantasías de temor frente a este tipo de situaciones sociales a las que respondía con angustia, y fue posible observar también que desarrollaba conductas relacionadas con el sentimiento constante de tener que confirmar su identidad ante la mirada de los otros, aun frente a sus padres que le han brindado amor, contención, aceptación y apoyo.

La angustia de los padres


Los padres de Lulú nos contactan por correo electrónico y organizamos una entrevista. En los múltiples encuentros que tuvimos antes de ver a la niña, nos plantearon su preocupación por la insistencia del “niño” respecto de “ser nena”. Relatan que en cuanto adquirió la capacidad de hablar, a los dos años y medio, comenzaron las manifestaciones en este sentido (“yo, nena… yo, princesa”). Le explican de diferentes formas que él es un varón, un nene, e intentan “reforzar” su masculinidad mediante algunos recursos caseros “del sentido común” como, por ejemplo, pintarle el cuarto de celeste y darle juguetes exclusivamente masculinos. También intentan que a través de la ropa no le quede ninguna duda del género, y lo mismo ocurre con el corte de pelo.

Comienzan a hacer diferentes consultas a profesionales que, desde sus consultorios, no hicieron más que seguir profundizando las posibilidades “desde el sentido común” para reparar esa masculinidad fallada. Como resultado final, esta terapia de insistencia, reforzamiento y coerción convirtió a Lulú en una niña callada, solitaria, malhumorada, enojada, y sobre todo angustiada. Cuenta su madre que llegó a pasar horas escondida debajo de la cama, con un trapo de piso en su cabeza a modo de cabello. Después de consultar durante dos años a diferentes profesionales, viéndola tan “deprimida” durante tanto tiempo, entendieron o, en todo caso, pudieron comprender que no se trataba de “un juego” sino de algo que la niña sentía. Fue esta convicción lo que los decidió a regalarle un vestido de princesa y una peluquita de cotillón.

Cuando se presenta a la primera sesión pude ver que su rostro reflejaba una inmensa tristeza. Traía consigo una bolsita de nylon en la que tenía el vestido y la peluca. Si bien durante el desarrollo de la sesión, y sobre todo al comienzo, estaba retraída y tímida, con la desconfianza propia que provoca lo desconocido, en cuanto llegó se presentó como Lulú y pidió permiso para ponerse el vestido y la peluca. Se vistió sola, como relata su madre que lo hace desde los dos años, en la comprensión temprana de que “no está bien que un nene pida que lo vistan de nena”. Algo se transformó: de ese niñito retraído y triste que había llegado, en sólo un instante pasó a ser una niña que desplegaba sus fantasías mediante los juegos y los juguetes. Al final, cuando debía volver a vestirse con sus ropas de varón, se podía ver cómo la oscuridad se apoderaba de su rostro, nuevamente.
Por ello, y en una decisión tomada junto con los padres, la pequeña Lulú comenzó su transición. Le abrimos las puertas hacia una vida que tuviera en cuenta sus necesidades y sobre todo el respeto a su identidad.

Ser para la vida


En los primeros tiempos, (recuérdese que en ese momento la niña tenía cuatro años) Lulú prefirió que su transición comenzara en el ámbito de la intimidad familiar. Uno de sus mayores temores eran las burlas de sus compañeritos del Jardín. También le preocupaba mucho qué pensaba su papá y, ante la fantasía de su enojo, reprimía las manifestaciones de su identidad femenina frente a él. En poco tiempo Lulú y su papá pudieron entenderse, y el fantasma del enojo y el rechazo comenzó a disiparse.

Esta primera experiencia en el seno de la familia primaria, protegida por “las paredes de la casa” desencadena un nuevo desafío: salir afuera, vale decir, enfrentarse a la desprotección de verse expuesta fuera de lo conocido. Ese “afuera” no es todo el mundo sino la familia extendida: abuelos, tíos/as, primos/primas.
Mientras tanto, nuestro trato con los padres consistía en no sugerirle nada a la niña, e ir viendo lo que fuera manifestando como necesidad. Necesidades que comenzaron a expresarse a través del pedido del cambio de nombre para el uso cotidiano, por ejemplo. Es decir, que dejaran de tratarla en masculino, de llamarla por el nombre registral.

Respecto del vestuario sus inquietudes giraban en torno no sólo de la ropa exterior, es decir de “lo que los otros ven”, sino también de la interior. En ese sentido, apareció un pedido a su mamá: dejar la ropa interior masculina para usar bombacha y cambiar las sábanas y toallas de nene. Entre los pedidos, Lulú incluyó la modificación del color y la decoración de su cuarto, igual que nuevos juguetes, películas y dibujitos.
Por otra parte, Lulú manifestaba gustos estereotipadamente femeninos, como si necesitara agregarles inexorablemente un plus que la confirme ante sí misma y ante la mirada del otro. El “abuso” del color rosa y los brillitos son una de esas manifestaciones. Le hace mucha gracia que la mamá le diga que parece un chicle Bazooka. Ya desde ese momento Lulú sabe que no es una nena como las demás.

Esta temprana comprensión de un tema tan profundo como el del ser –ser para el otro y ser en el mundo– que ronda por la cabeza de Lulú desde los dos años, constituye una de las fuentes de dolor psíquico más importantes que padece la niña. En consecuencia, comienza a expresar de diversos modos la angustia. En primer lugar en el Jardín, al que concurría vestida aún como un varón: llanto e intentos de abandono. Lulú prefiere no ir, en otras palabras. Las molestias giraban en torno del aspecto: la ropa de varón, sobre todo los pantalones, el pelo corto y el nombre masculino.

Lo insoportable encuentra una forma de hacerse soportable a los ojos de Lulú: hablar del tema. Comienza entonces a contarlo a sus compañeritas/os y a su maestra. Por eso, durante el transcurso de ese medio año tuvimos que trabajar junto con el equipo del Jardín la posibilidad de que comenzara la Sala de cuatro como nena. Luego de la presentación de diferentes informes dirigidos al Jardín y a los inspectores del distrito escolar, se obtuvo la autorización.

La mirada de los otros

Se presentaba entonces un nuevo desafío para Lulú y para su familia. La experiencia trans atravesó otro entramado de vínculos sociales que trascendía los límites de la intimidad familiar. Se abrió también al barrio, enfrentando a los vecinos de toda la vida, yendo a los comercios donde la familia realiza sus compras diarias, el Jardín con los docentes, los compañeros y las familias de los compañeros, el médico, el vacunatorio, los trámites administrativos.
Esta nueva experiencia fue altamente positiva para la niña, no sólo por su valentía para luchar por su identidad, sino también por un entorno favorecedor, facilitador y alojador. Se hace necesario resaltar también la convivencia con otro universo, que emite juicios tales como “esa madre está loca, mirá lo que le hace a uno de los mellizos, lo viste de mujer”, o “¿no le da vergüenza mandar a uno de los mellizos al Jardín disfrazado de mujer?”. La nena se convirtió así en el “caso” del barrio y la mayoría de las mamás dejaron de llevar a sus hijos a jugar a “la casa donde los nenes se convierten en nenas”.

La fuerza desplegada por Lulú desde los dos años en defensa de su identidad no ha sido suficiente para evitarle lo traumático de la construcción de su identidad. Comenzó cuestionando la ropa, el corte de pelo, los juguetes y la forma de ser nombrada. A partir del conocimiento de la diferencia sexual anatómica se le presenta una cuestión irreductible que provoca una enorme frustración, ya que señala la gran diferencia que la deja fuera del grupo de todas las nenas. Esta brecha que se abre entre ella y ese grupo, se profundiza a medida que sigue aprendiendo acerca las diferencias entre hombres y mujeres, y el ordenamiento cultural binario de los géneros. Se lo manifiesta a la madre, y a mí personalmente, en diferentes ocasiones en las que necesitó hablarlo.

El DNI, una necesidad práctica y filosófica


Los diferentes inconvenientes que se fueron presentando en el desarrollo de la vida cotidiana en cuanto a trámites de cualquier índole que requirieran de la presentación del DNI, por un lado –y en algunos casos como consecuencia de escenas escandalosas, protagonizadas por adultos y en presencia de Lulú– generaron la necesidad de tener un documento que reflejara su identidad. En ese momento, muchos críticos argüían: “¿Qué sabe una niña tan pequeña del DNI? ¿Para qué necesita una nena de menos de seis años el DNI? Son ideas de la madre y los profesionales que la asesoran”. Pero como dijimos más arriba, Lulú, desde los dos años y medio se tiene que ocupar de cuestiones sobre las que otros niños/as comienzan a reflexionar en otros momentos evolutivos, o tal vez nunca. Ella misma manifestó su deseo de que le cambiaran los datos del DNI en toda reunión a la que fue convocada, y ante la presencia de distintos profesionales y funcionarios del Estado.

El DNI, documento escrito extendido por el Estado, otorga esa identidad particular que nos distingue de los otros. Nos permite identificarnos en todos aquellos escenarios por los que transitan nuestros vínculos con las personas y con las instituciones. De la misma manera, observamos, además, su efecto simbólico. No sólo por tratarse de una representación, producto de una convención socialmente aceptada que la ubica ante sí y ante los otros donde quiere estar, posicionándola dentro del grupo de pertenencia en el que quiere ser reconocida. También porque la habilita civilmente a sumarse al ordenamiento regular de la cultura, con la que discute a través de diferentes expresiones desde hace cuatro años. De esta manera el DNI se constituye en un elemento reparador por ser el primer “espejo” que le devuelve a la niña una imagen de sí, ahora a través de las palabras, acorde con su necesidad y con los imperativos culturales que la cuestionan día a día.

Nos fue posible observar el alivio –porque ésa es la palabra–, provocado en la niña y en el grupo familiar, inmediatamente después de la entrega del documento. Hemos recibido también informes alentadores de los docentes del jardín de infantes. Lulú mostró más confianza en sí misma y en los otros, lo que le permitió estrechar y ampliar vínculos, y socializar su experiencia en la sala con sus compañeros/as y docentes. En diciembre de 2013 egresó del Jardín siendo abanderada. Este año comienza la primaria en una escuela pública de su barrio. En la actualidad Lulú comenzó a cursar el segundo grado en una escuela pública.
Lulú nos enseñó lo que es luchar por un deseo.

 
 
1 Valeria Pavan es coordinadora del Área de salud de la CHA. Miembro del Comité Académico de la Diplomatura en Género, Políticas y Participación de la UNGS. Valeriapavan63@gmail.com - salud@cha.org.ar. El equipo de profesionales que acompaña a la familia es de ÁTICO Cooperativa de trabajo en salud mental y está coordinado por el Dr. Alfredo Grande. www.aticocooperativa.com.ar


2 En el caso de los varones trans con cuerpo biológico femenino, se presenta el mismo cuadro traumático con el crecimiento de los pechos, la menstruación, y la distribución de la grasa en el cuerpo.
 
 
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