Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   Entrevista

Leonardo Leibson
  Las psicosis después de Lacan
   
  Por Emilia Cueto
   
 
Tu formación académica y experiencia clínica te han llevado a transitar el campo de las psicosis. Desde tu lectura ¿cuáles son lo desarrollos más significativos que se han generado al respecto con posterioridad a Jacques Lacan?

Son tantos los artículos y libros que se han publicado y se siguen publicando acerca de este tema que no creo que pueda dar una respuesta cabal, dado que solo es posible conocer una parte de estos desarrollos.
Claro que no todo es original pero lo que me parece más importante es que hay muchos autores o colectivos de autores psicoanalíticos que siguen buscando respuestas a las cuestiones que se plantean en el trabajo con psicóticos. Eso de por sí ya me parece significativo: que nos sigamos ocupando de las psicosis y sus preguntas.
Podría, de todos modos, comentar cuáles han sido referencias significativas para mi práctica; textos y autores que abren caminos en lo que respecta a la clínica y que me ayudan a seguir pensando acerca de lo que hago. Son aquellos que tienen una visión diferente de la doctrina habitual acerca de la psicosis, más académica y limitada. Son textos que surgen de experiencias de trabajo (y de vida) que logran abrirse paso en nuestra “debilidad mental” y mostrar otras maneras de encontrarse con la locura.

Hay muchas obras sobre el tema que se han publicado en los últimos años y que me han marcado y señalado direcciones posibles. Pero el primero que me viene a la mente es el de Françoise Davoine titulado La locura Wittgenstein. Un libro atípico y por eso mismo apasionante, más allá de los acuerdos o desacuerdos que se puedan tener con lo que allí se cuenta y se dice. El modo de indagar a partir de una experiencia clínica, la manera en que la autora se anima a romper ciertos tabúes analíticos, el recurso a otros discursos que van desde la filosofía de Wittgenstein hasta las prácticas curativas de los “medicine men” de los indios de Norteamérica. Es un conglomerado de cosas que se van distribuyendo a lo largo del libro y trazan un recorrido que queda abierto para proseguirlo según el saber y entender de cada cual.
Y hay muchos otros, como el estudio de Jean Allouch acerca de la tesis de Lacan y su construcción del caso de Marguerite Anzieu, o su investigación sobre las hermana Papin. O varios textos de Colette Soler, que también es capaz de plantear modos de lectura novedosos de los textos clásicos de Lacan.

Los avances de las neurociencias en la visualización y conocimiento del cerebro ¿aportan elementos sustanciales en la comprensión y tratamiento de las psicosis? ¿De ser así cuáles destacarías?

Las neurociencias aportan conocimientos que, creo yo, aún no han encontrado una aplicación acorde a la espectacularidad de esos descubrimientos. La medicación que se utiliza en psiquiatría, en lo fundamental, no ha variado demasiado en los últimos treinta o cuarenta años. Y las técnicas psicoterapéuticas preferidas por la psiquiatría actual (TCC, psicoeducación, etc.), no creo que se basen seriamente en los desarrollos de las neurociencias. Es más una cuestión ideológica que la verdadera aplicación técnica de desarrollos científicos, como puede darse en otras ramas de la medicina. Y cuando hablo de ideológico tiene que ver con atribuir las llamadas “enfermedades mentales” a desarreglos orgánicos en el sistema nervioso. Una idea que no tiene nada de moderna porque lleva más de doscientos años (al menos) de existencia y que en verdad es mucho más antigua. Ya Hipócrates atribuía los trastornos del ánimo al mal funcionamiento de los humores corporales. Por eso, no creo que se haya avanzado realmente en esta dirección. Se trata de un modelo organicista, acorde al sentido “común” y al discurso médico, que además está asociado a un poder económico enorme que financia y por lo tanto orienta la mayoría de estas investigaciones. Las neurociencias no son un ente aislado en el mundo de la ciencia pura. Hay laboratorios e instituciones detrás que aportan mucho dinero para sostener el mundo de las neurociencias. Para darse cuenta de esto basta asistir a un congreso de psiquiatría y ver quiénes son los que sostienen las cosas. Esto es sabido pero se suele olvidar cuando se cree que las neurociencias hablan por sí mismas, cosa que no es así, más allá de las buenas intenciones de muchos de sus voceros y de los legítimos aportes que se producen.

Las neurociencias postulan a la causalidad orgánica como el sustrato de los “trastornos mentales” y sus manifestaciones conductuales, lo cual incide directamente en el abordaje y tratamiento. ¿Cuál es tu perspectiva al respecto?

Hablar de “trastornos mentales” o de manifestaciones conductuales es ya estar dentro de la jerga de la psiquiatría. Entiendo que la pregunta, en este sentido, es sutilmente maliciosa, y por eso interesante, porque nos lleva a ver el deslizamiento de un modo psicoanalítico de abordar los hechos a una mirada psiquiátrica, determinada por el lenguaje que se utiliza. El psicoanálisis, justamente, habla de síntomas y no de trastornos. Eso no es una cuestión meramente terminológica, porque, además, el psicoanálisis subvierte la noción de síntoma, caracterizándolo no sólo como una molestia o como signo del mal funcionamiento de algo, sino también como un intento subjetivo de solución de un conflicto.
Siguiendo con lo que veníamos hablando, antes que las neurociencias -o al lado-, está la psiquiatría como disciplina de descripción, catalogación y abordaje de los “trastornos mentales”. La psiquiatría, como rama de la medicina, siempre se pretendió y se pretende científica y por ende sostiene una posición organicista extrema. Lo cual se conecta con la exigencia social de respuestas rápidas y de suma eficacia que no contemplan costos con tal de cumplir los objetivos. Los costos no se contemplan… pero existen y son altísimos. Y también están los beneficios, aunque los principales beneficiados no suelen ser los pacientes ni los usuarios de los productos que la psiquiatría suministra y administra, con los pretendidos avales de las neurociencias.

Lo que también suele olvidarse o queda oculto, es que toda concepción psiquiátrica tiene como sostén y soporte una teoría psicológica determinada. O sea, una concepción del ser humano y sus conductas. Incluyendo una cosmovisión o concepción del mundo. Y esa combinación de psicología y sociología no necesariamente es tan organicista ni materialista como los propios psiquiatras pretenden. Más bien, provienen de teorías filosóficas que derivan en teorías psicológicas, como la fenomenología, el existencialismo, la filosofía del lenguaje y otras.

En estos tiempos, postular una causalidad de los “trastornos mentales” puramente orgánica es tan limitativo como creer que se puede sostener una teoría causal puramente “psicológica”. Creo que esa discusión ya no tiene sentido. En todo caso, lo que me parece decisivo es qué concepción del sujeto se sostiene en la teoría de que se trate.

En tu Maldecir la psicosis propones la siguiente hipótesis: “Si el analista es el que hace de semblante del objeto a, y si, (siguiendo a Lacan) el psicótico tiene el objeto a en el bolsillo, entonces el analista ¿tendría que ubicarse en ese ‘bolsillo’?” ¿Qué sería ubicarse en ese “bolsillo” y cómo intervenir desde allí?

Tomado aisladamente esto casi parece un chiste… y en alguna medida lo es. Hay una apuesta al humor en eso. Como un modo de no tomarnos tan en serio las advertencias habituales y amedrentadoras acerca de lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer con los psicóticos. Creo que tenemos que poder desdramatizar esta cuestión para poder tomarla con seriedad.
La idea inicial es que hay transferencia en la psicosis, lo cual es demostrado día a día por la experiencia. Esa transferencia adquiere características peculiares que tienen que ver con que la psicosis es un modo particular de estructuración de la subjetividad. Poder considerar el modo de relación al lenguaje y al cuerpo, o sea, al saber y al goce, nos permite dejarnos tomar, ser incautos de la estructura, siguiendo las reglas de juego de esas “posiciones propiamente subjetivas”, como indica Lacan en “La Cuestión Preliminar”.

El analista en el bolsillo sería lo contrario de querer meterse al psicótico en el bolsillo, que es la posición histórica de la psiquiatría. Y tiene que ver con hacerle lugar, en lo discursivo, al modo de saber sobre el goce que opera en la psicosis.
Un ejemplo: una paciente tenía “comunicación telepática” con un hombre que le enviaba pensamientos. Esa comunicación la condicionaba tanto que llegó un momento en que casi no podía salir de su casa. Podía hablar de eso en su tratamiento hasta cierto punto, pero por momentos se mostraba reticente y reservada. Repentinamente dejó de venir a sus sesiones, sin ninguna explicación ni comunicación. Pasado un tiempo, vuelve a llamar y pide un turno. Cuando concurre, lo primero que hace es preguntarme si me comunicaba mentalmente con ella. Sorprendido, le respondo que no, que en todo caso no sentía nada de eso, de ninguna forma de comunicación “mental”. La paciente suspira aliviada y dice: “Entonces, voy a poder seguir atendiéndome con vos. Creía que me estaba pasando con vos lo de la comunicación mental, pero veo que no es así. Entonces, podemos hablar”. A partir de ahí, puede decir con muchos más detalles lo que le pasa en la comunicación con ese hombre. Y no mucho tiempo después cuenta que ya casi no siente esa telepatía que la martirizaba y condicionaba tanto. ¿Qué podemos pensar de lo que ocurrió ahí? El analista, como diría Freud, “se entromete en la conversación”, toma su parte en el síntoma, de alguna manera. Y la transferencia tiene que ver con que el síntoma adquiera forma de algo analizable. El analista vendrá a ser la otra mitad del síntoma. En este caso, la voz del analista, como objeto, se entremezcla en las comunicaciones que tiene con el hombre que la persigue. Pero tiene otro estatuto, lo que le permite a la paciente volver a su ámbito terapéutico y lanzar su pregunta, algo que con el hombre en cuestión jamás había podido hacer. Al poder desligar a la persona del analista de lo que interviene en el síntoma, el alivio indica que el analista no es perseguidor sino secretario, alguien que sabe guardar un secreto. Por ende, alguien a quien se puede hablar con confianza. Pero a la vez es alguien que podría participar de la experiencia y que por eso no la condena por extraña o por ajena.

¿Cómo pensar este postulado en relación a la proposición de Lacan del secretario del alienado, al que haces referencia al hablar del lugar del analista en las psicosis?

La función del secretario, como acabo de mencionar, está en la misma línea. Tiene que ver con hacer lugar a la palabra y al decir del sujeto psicótico, alojar ese decir lo cual ya es una intervención analítica. Lo que la psiquiatría lamentaba, porque lo consideraba una manera pasiva de asistir al desarrollo de una enfermedad sin poder intervenir en ella más que como testigo, para el psicoanálisis es un recurso: el recurso de ser testigo de lo que el sujeto nos cuenta acerca de eso que le habló. Es un recurso porque la escucha y el despliegue de la palabra ya implican una modificación de la escena y de la posición del sujeto. En general, hay un efecto de pacificación de ciertos síntomas, o de suspensión de actings o conductas riesgosas. ¿Sólo con la escucha?, se suele preguntar. Si, con la escucha, que no es “sólo” algo pasivo sino que es darle legalidad y peso a la palabra del sujeto e intervenir en su estar capturado por la palabra impuesta y el goce impuesto desde un personaje persecutorio.

No es sólo algo pasivo porque lo importante es que no es de cualquier manera que se accede a ese lugar del secretario. No se trata sólo de tomar nota sino de encontrar el modo en que el sujeto deposite en nosotros su palabra. Hacernos merecedores de recibir ese testimonio. Los psicóticos si bien son seres más bien verbosos, como dice Lacan, no le hablan porque sí a cualquiera de lo que les pasa. Lo hacen con quien les muestra que puede ser un buen secretario, atento apuntador de sus palabras, celoso de una intimidad que no será violada, respetuoso de lo que esas palabras dicen aunque no consienta a eso.

Desde tu conocimiento, ¿qué modificaciones introduce la nueva Ley Nacional de Salud Mental en el tratamiento de las psicosis desencadenadas?

No soy un experto en leyes por lo cual mi opinión al respecto es relativa. Lo que puedo comentar es también desde mi práctica, tanto la personal como la que realizo supervisando en algunos servicios hospitalarios. Creo que la ley tiende a lograr que la atención del paciente pueda ser atinada y con recursos variados, protegiendo los derechos del paciente. Es interesante el acento puesto en lo interdisciplinario y en las posibilidades de ampliar los lugares donde se pueda alojar y atender a estos pacientes.

Lo que la práctica nos muestra es que no siempre las buenas intenciones de la ley están acompañadas por la disposición en calidad y en cantidad de los recursos necesarios para que esas buenas intenciones se cambien por logros concretos. Se generan entonces una serie de problemas que terminan complicando la atención de estos pacientes y la posición de los profesionales implicados en muchas ocasiones. Pero hay una dirección muy saludable y es cuestión de encontrar los modos en que se pueda implementar.

La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
Leonardo Leibson. Es autor (en coautoría con Julio R. Lutzky) de Maldecir la psicosis. Trasferencia, cuerpo, significante (Letra Viva Editorial, 2° Ed., 2015). Psicoanalista, Especialista en Psiquiatría. Profesor Adjunto Regular de Psicopatología, Cátedra II, Facultad de Psicología UBA. Docente de la Maestría en Psicoanálisis, Facultad de Psicología UBA. Docente de Posgrado en la UBA y la UNLa Plata. Docente de posgrado del Instituto de Altos Estudios Universitarios (Barcelona, España). Director médico de “El Hostal, casa de medio camino”. Miembro de “Ensayo y Critica del Psicoanálisis”. Docente y Supervisor clínico de las residencias de los Hospitales: B. Moyano, J. T Borda, Hospital de día (turno tarde) del Htal. Álvarez, Durand, Ramos Mejía.
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



   Otros artículos de este autor
 
» Imago Agenda Nº 192 | octubre 2015 | Ana María Fernández  El género bajo la lupa del psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 190 | abril 2015 | Eduardo Said  UN PSICOANALISTA EN LA POLIS
» Imago Agenda Nº 186 | noviembre 2014 | PAULA SIBILIA  Las mutaciones del sujeto, la “descorporificación” y la intimidad como espectáculo
» Imago Agenda Nº 180 | mayo 2014 | Pablo Zunino Spitalnik  El doctor Lacan en las tablas
» Imago Agenda Nº 179 | marzo 2014 | Diana Sahovaler de Litvinoff  “Sujeto, intimidad y tecnología”
» Imago Agenda Nº 177 | diciembre 2013 | Carlos Gustavo Motta  El cine y la subjetividad de la época
» Imago Agenda Nº 175 | octubre 2013 | Martín Alomo  Elección y goce
» Imago Agenda Nº 173 | agosto 2013 | Alicia Stolkiner  Política social en Salud Mental: no tratar a nadie como mercancía
» Imago Agenda Nº 172 | julio 2013 | Sergio Zabalza  La “hospitalidad” del psicoanálisis y las articulaciones del discurso
» Imago Agenda Nº 170 | mayo 2013 | Silvia Wainsztein  De la adolescencia al tercer despertar sexual
» Imago Agenda Nº 169 | abril 2013 | Ana Rozenfeld  “La resiliencia, esa posición subjetiva ante la adversidad”
» Imago Agenda Nº 168 | marzo 2013 | Verónica Cohen  “No hay que confundir a los maestros con amos, es un rechazo de la transferencia al discurso”
» Imago Agenda Nº 166 | diciembre 2012 | Roberto Rosler  “De la neurobiología de la afectividad al psicoanálisis”
» Imago Agenda Nº 165 | noviembre 2012 | Rebeca Hillert  Niños y analistas en análisis
» Imago Agenda Nº 164 | octubre 2012 | Alfredo Eidelsztein  “Del Big Bang del lenguaje y el discurso en la causación del sujeto”
» Imago Agenda Nº 163 | septiembre 2012 | Amelia Imbriano  ¿Por qué matan los niños?
» Imago Agenda Nº 162 | agosto 2012 | Creencia y sacrificio en el capitalismo salvaje 
» Imago Agenda Nº 161 | julio 2012 | Carina Kaplan  “No existe un gen de la violencia”
» Imago Agenda Nº 159 | mayo 2012 | Psicoanálisis y ceguera  Entrevista a Cristina Oyarzabal
» Imago Agenda Nº 157 | febrero 2012 | Julio Granel  Lecturas psicoanalíticas del accidentarse
» Imago Agenda Nº 156 | diciembre 2011 | Susana Kuras de Mauer  Acompañamiento Terapéutico: de la prehistoria a los dispositivos actuales
» Imago Agenda Nº 154 | octubre 2011 | Marcelo Percia  “Estar psicoanalista en situación numerosa”
» Imago Agenda Nº 152 | agosto 2011 | Hugo Dvoskin  Un psicoanalista… fotograma por fotograma
» Imago Agenda Nº 151 | julio 2011 | Edgardo Feinsilber  Tras las constelaciones pulsionales
» Imago Agenda Nº 149 | mayo 2011 | Haydée Nodelis  De Masotta y Sciarreta al Hospital Moyano y los test mentales
» Imago Agenda Nº 148 | abril 2011 | Entrevista a Patricia Alkolombre  Reproducción asistida: un campo fértil para el psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 147 | marzo 2011 | Isidoro Berenstein  Lo vincular frente al psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 146 | diciembre 2010 | Moty Benyakar  Lo disruptivo en psicoanálisis: de la trinchera al diván
» Imago Agenda Nº 145 | noviembre 2010 | Leandro Pinkler  filosofía y Psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 144 | octubre 2010 | Alfonso Luis Masotti 
» Imago Agenda Nº 143 | septiembre 2010 | Juan Dobón 
» Imago Agenda Nº 141 | julio 2010 | Rubén Slipak 
» Imago Agenda Nº 140 | junio 2010 | Daniel Paola 
» Imago Agenda Nº 139 | mayo 2010 | José E. Abadi 
» Imago Agenda Nº 138 | abril 2010 | Eduardo Foulkes 
» Imago Agenda Nº 137 | marzo 2010 | Héctor Rupolo 
» Imago Agenda Nº 136 | diciembre 2009 | Mariam Alizade 
» Imago Agenda Nº 135 | noviembre 2009 | Juan Jorge Michel Fariña 
» Imago Agenda Nº 133 | septiembre 2009 | Homenaje a Oscar Masotta   Palabras de Norberto Ferreira y Teodoro P. Lecman
» Imago Agenda Nº 132 | agosto 2009 | Esteban Levin 
» Imago Agenda Nº 130 | junio 2009 | Gabriel Rolón 
» Imago Agenda Nº 129 | mayo 2009 | Nora Trosman 
» Imago Agenda Nº 127 | marzo 2009 | Stella Maris Rivadero 
» Imago Agenda Nº 126 | diciembre 2008 | Jorge Rodríguez  El saber está, ineludiblemente, entre el poder y el dinero
» Imago Agenda Nº 125 | noviembre 2008 | Acerca de la vejez, también del analista 
» Imago Agenda Nº 124 | octubre 2008 | Liliana Donzis 
» Imago Agenda Nº 123 | septiembre 2008 | Giolu García Reinoso 
» Imago Agenda Nº 122 | agosto 2008 | Norberto Ravinovich   de Masotta a Letrafonía
» Imago Agenda Nº 121 | julio 2008 | Mario Buchbinder  Psicoanálisis y Máscaras
» Imago Agenda Nº 120 | junio 2008 | "Vivir hasta la muerte"  Homenaje a Fernando Ulloa
» Imago Agenda Nº 120 | junio 2008 | Jorge Baños Orellana 
» Imago Agenda Nº 119 | mayo 2008 | Luis Kancyper 
» Imago Agenda Nº 118 | abril 2008 | Héctor López 
» Imago Agenda Nº 117 | marzo 2008 | Pablo Peusner 
» Imago Agenda Nº 116 | diciembre 2007 | Robert Lévy 
» Imago Agenda Nº 115 | noviembre 2007 | Néstor Braunstein 
» Imago Agenda Nº 113 | septiembre 2007 | Leopoldo Salvarezza  La medicalización de la vejez
» Imago Agenda Nº 111 | julio 2007 | Homenaje a Pichon Rivière 
» Imago Agenda Nº 110 | junio 2007 | Marta Gerez Ambertín  Los registros de la culpa
» Imago Agenda Nº 108 | abril 2007 | Juan Vasen  El niño programado
» Imago Agenda Nº 107 | marzo 2007 | Enrique Millán  La adolescencia y el
» Imago Agenda Nº 106 | diciembre 2006 | Eric Laurent  Psicoanalista a partir de Lacan
» Imago Agenda Nº 105 | noviembre 2006 | Jorge Alemán  Embajador del psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 103 | septiembre 2006 | Alberto Sava  La locura a escena
» Imago Agenda Nº 102 | agosto 2006 | Sergio Rodríguez 
» Imago Agenda Nº 101 | julio 2006 | Silvia Ons  Psicoanálisis y cultura
» Imago Agenda Nº 100 | junio 2006 | El horror ante la vejez 
» Imago Agenda Nº 99 | mayo 2006 | Conmemoraciones freudianas  Cinco diálogos a propósito de los 150 años del nacimiento del fundador del psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 98 | abril 2006 | Horacio Etchegoyen  Un didacta del psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 97 | marzo 2006 | Charles Melman  Transmitir sin religión
» Imago Agenda Nº 96 | diciembre 2005 | Alfredo Eidelsztein  Psicoanalista Didáctico
» Imago Agenda Nº 95 | noviembre 2005 | Pura Cancina  La fábrica del caso
» Imago Agenda Nº 94 | octubre 2005 | Esther Díaz  Deseo y poder
» Imago Agenda Nº 93 | septiembre 2005 | Gabriel Lombardi  La posición del analista
» Imago Agenda Nº 92 | agosto 2005 | Silvia Bleichmar  La sociedad al diván
» Imago Agenda Nº 91 | julio 2005 | Rudy  Analista retirado
» Imago Agenda Nº 90 | junio 2005 | Juan Bautista Ritvo  Un analista en controversia
» Imago Agenda Nº 89 | abril 2005 | Norberto Marucco  El trabajo del psicoanalista
» Imago Agenda Nº 88 | abril 2005 | Ana María Gómez  El pago en psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 87 | marzo 2005 | José Schavelson  Freud, un paciente sin cáncer
» Imago Agenda Nº 86 | diciembre 2004 | Alicia Hartmann  Psicoanalizar niños
» Imago Agenda Nº 85 | noviembre 2004 | Janine Puget  Psicoanálisis de los vínculos
» Imago Agenda Nº 84 | octubre 2004 | José Grandinetti  Psicoanálisis en el Borda
» Imago Agenda Nº 83 | septiembre 2004 | Hugo Vezzetti  Tras las huellas de Freud en Argentina
» Imago Agenda Nº 82 | agosto 2004 | Colette Soler  De rupturas y construcciones
» Imago Agenda Nº 81 | julio 2004 | Carlos Ruiz  Topología y psicoanálisis: articulaciones
» Imago Agenda Nº 80 | junio 2004 | Armando Bauleo  De Pichon a Italia y de lo grupal a la desmanicomialización
» Imago Agenda Nº 79 | mayo 2004 | Roberto Harari  Un "torbellino" en la historia
» Imago Agenda Nº 78 | abril 2004 | Beatriz Sarlo  Sintáxis del zapping y postmodernidad
» Imago Agenda Nº 77 | marzo 2004 | Francois Leguil  El objeto del psicoanálisis es el deseo
» Imago Agenda Nº 76 | diciembre 2003 | Fernando Ulloa  El oficio de psicoanalista
» Imago Agenda Nº 73 | septiembre 2003 | Silvia Amigo 
» Imago Agenda Nº 71 | julio 2003 | Eva Giberti  Pensando la adopción
» Imago Agenda Nº 70 | junio 2003 | Eduardo Grüner  La democracia es el objeto a de la política
» Imago Agenda Nº 69 | mayo 2003 | Eduardo Pavlosky  Pasión por los grupos
» Imago Agenda Nº 68 | abril 2003 | Silvio Maresca  La declinación argentina
» Imago Agenda Nº 67 | marzo 2003 | Ricardo Rodulfo  El psicoanálisis en la universidad
» Imago Agenda Nº 66 | diciembre 2002 | Héctor Yankelevich  Nos hay psicoanalista de niños
» Imago Agenda Nº 65 | noviembre 2002 | Rubén Zuckerfeld  La clínica de la escisión
» Imago Agenda Nº 64 | octubre 2002 | José Milmaniene  La escritura y la ley
» Imago Agenda Nº 63 | septiembre 2002 | Rolando Karothy  No hay un goce para todos
» Imago Agenda Nº 62 | agosto 2002 | Carlos Brück  Los psicoanalistas podemos ser escépticos
» Imago Agenda Nº 61 | julio 2002 | Juan Carlos Indart 
» Imago Agenda Nº 60 | junio 2002 | Raúl Yafar 
» Imago Agenda Nº 59 | mayo 2002 | Tomás Abraham  La censura del lacanismo
» Imago Agenda Nº 57 | marzo 2002 | Emilio Rodrigué 
» Imago Agenda Nº 55 | noviembre 2001 | Isidoro Vegh  Descubrir nuevos campos de goce
» Imago Agenda Nº 54 | octubre 2001 | Juan David Nasio  La femineidad sigue siendo un enigma
» Imago Agenda Nº 53 | septiembre 2001 | Élida E. Fernández  La psicosis no es otro idioma
» Imago Agenda Nº 50 | junio 2001 | Betty Garma 
» Imago Agenda Nº 49 | mayo 2001 | Juan Carlos Volnovich 

 

 
» Grama Editorial
Conocé las últimas novedades   Tienda on line y envíos a todo el mundo
 
» ACADP
Programa de formación en crianza  Inicio Agosto 2018
 
» Centro Dos
Formación clínica en Psicoanálisis  charlas informativas
 
» Lacantera Freudiana
Cursos 2018  CABA - ZONA OESTE
 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com