En diferentes textos trabaja las dificultades vinculadas al estudio que –en muchos casos– se presentan en la pubertad, ¿Por qué es una problemática frecuente en ese período? ¿Qué lectura realiza al respecto?
Hay una cuestión que se presenta en la clínica, donde muchas veces se encuentran consultas respecto de la exigencia, del rendimiento escolar. Es una escena que se presta mucho para los conflictos entre los adolescentes y sus padres. El tema es ver si hay alguna cuestión de estructura más allá de eso. Por un lado tenemos la sublimación que sería ubicable más en la latencia que en la pubertad. Hay un texto muy breve de Freud que me impresionó mucho: “Contribuciones al simposio sobre el suicidio”. Freud participó en un simposio sobre el suicidio y la persona que lo precedió, un pedagogo, se defendió de una acusación realizada en cuanto a que la educación secundaria facilitaba o promovía el suicidio de los adolescentes. Defendía a la escuela secundaria diciendo que no era verdad que produjera aquello que se le adjudicaba. Freud empieza la exposición diciendo que en realidad acordaba con el educador y que efectivamente la escuela secundaria era víctima de una acusación injusta, pero que los psicoanalistas tenemos que cuidarnos mucho de solidarizarnos con las víctimas de acusaciones injustas. También hace un chiste sobre que la escuela secundaria debía hacer algo más que abstenerse de empujar a los adolescentes al suicidio. Entonces dice que había que ver qué sucedía con la escuela, de la cual también se ocupa en otros textos como es “Sobre la psicología del colegial”, considerándola como un lugar intermedio en relación a la exogamia, un lugar intermedio entre el mundo y el mundo familiar de la infancia. Pero dice que lo que no hay que perder de vista en relación a la secundaria es que se trata de sujetos con cierta inmadurez, que tienen el derecho a detenerse. Suelo citar el siguiente ejemplo: durante dos día seguidos recibo el llamado de dos madres muy preocupadas por sus hijos, uno tenía un gran “levante”, era socialmente muy exitoso, todos los padres de sus amigos lo querían mucho, pero se llevaba todas las materias; y el otro tenía todo diez, todo nueve pero estaba encerrado, no salía, no cogía y su madre estaría preocupada por este otro asunto. Entonces se me presentaba esta modalización que hace Freud y que él plantea del lado del derecho, no es la modalización del ser sino la del deber ser la que está en juego, lo cual al psicoanalista lo ubica también en el campo de la ética: sostener el derecho que alguien pueda tener a detenerse. Obviamente que el derecho a detenerse uno podría pensar que lo tiene cualquier sujeto en cualquier momento de la vida, pero que él use esa expresión en ese momento me parece importante, porque sería una versión de la castración, sustentar que el sujeto puede no sostenerse, puede no funcionar.
En “Aproximaciones al concepto de latencia” –tal como lo plantea en su libro Adolescencia. Una lectura psicoanalítica– formula dos alternativas que desde el deseo del analista se podrían tomar frente a la espera, que en muchos casos se produce en la latencia, y que genera angustia en quienes consultan: 1) contener a los padres para que las cosas sigan su curso, absteniéndose el analista de iniciar un simulacro de análisis del latente y 2) simular un análisis con el solo objeto de que los padres puedan esperar. ¿Qué determina una u otra opción? Y ¿qué sería un simulacro de análisis?
Eso casi sería un análisis, esos párrafos tienen cierta connotación irónica o con cierto matiz de chiste, pero que tiene que ver con esto.
Hay una posición que muchos compartimos respecto de no tener una idea proselitista del análisis ni de que haya que indicarlo en términos médicos, más bien es algo que el que puede lo hace.
Esto lo digo porque creo que en el polo opuesto de esta posición no proselitista de no indicar hay una idea de: “que bueno que se analicen los chicos” y que entonces un análisis va a resolver todos los problemas. Este es casi un lugar común entre psicoanalistas. Muchas veces, si el pibe aparece como obligado a analizarse y el análisis queda del lado de los profesores de la escuela, por ejemplo, se le está cerrando la posibilidad de que en un momento en el que realmente quiera analizarse pueda hacerlo porque le queda una experiencia nefasta. Para analizar a un púber o a un adolescente tiene que hacer sus pruebas o es preciso que tenga un síntoma, o una sensación que justifique un análisis o bien un deseo de analizarse muy claro, porque si no uno corre el riesgo de efectivizar lo que dice aquel dicho de que “todo bicho que camina va a parar al asador” y realmente le cierra la posibilidad de un análisis a los pibes. Ahora, la pregunta que queda a partir de eso es: bueno, si no se analiza uno ¿no puede ofrecer nada? Se pueden ofrecer entrevistas, distintos tipos de trabajos que tal vez destraben una situación que permita, en otro momento no cronológico, que el pibe se analice si quiere. En ese contexto, cuando uno pesca que en realidad hay un exceso de ansiedad o mucha ansiedad del lado de los padres, que el pibe está bien y que toda la temática pasa del lado de los viejos, es posible instrumentar algún tipo de intervención que tranquilice a los padres sin que el chico –en algunos casos– siquiera tenga que hacer una entrevista. Pero hay ocasiones en las que uno ve que no hay manera y que además meterse a decir cualquier cosa a los padres embarraría más la cancha y hay un efecto imaginario que se produce en ciertos padres de tranquilizarse por saber que “el nene está en análisis”, eso los frena y es ahí donde hablo de simulacro de análisis. Como si dijera: “acá estos dos no me dejan otra opción más que empezar algo”, a lo cual uno dice: “está bien, que empiece”. Eso produce un efecto que baja la ansiedad, aparece la idea de que el chico ya está en manos de alguien, luego está mejor y se van. No empezó un análisis ni terminó, uno lo único que hizo fue destrabar la situación por esa vía.
Una de las problemáticas ligadas a la adolescencia –cada vez en forma más temprana y no solo en las jóvenes– son la anorexia y la bulimia. ¿Cuáles son a su criterio las causas de la incidencia de este fenómeno?
La paradoja es que la primera paciente de mi vida fue una anoréxica. Entro al Hospital Gandulfo de Lomas de Zamora y recibo una paciente psicótica, con problemas neurológicos y anoréxica, eso me llevó a investigar un poco el tema. Trascurrían finales del año 1973, luego en 1974, cambié de hospital, me pasé al Lanús y fui con la paciente. Recuerdo que hablaba con gente que estaba en el Servicio desde hacía años y me decía: qué suerte que tuviste, porque es muy raro encontrar una anorexia, hay gente que hace toda la Residencia y nunca vio una anorexia. La frecuencia de las anorexias nerviosas con todo el cuadro era absolutamente mínima y empecé a buscar bibliografía, encontré unas cosas de unos franceses que aplicaban determinadas técnicas, pero efectivamente casi no había anoréxicas.
Algo empezó a pasar posteriormente y tiene bastantes vertientes lo que ocurrió después de los ‘80. De pronto empezaron a proliferar las anorexias y se armó toda una cuestión que tiene una faceta económica muy fuerte.
Uno podría decir que hay una convergencia de distintos elementos de diversa índole. En primer lugar se encuentra la ideología alimentaria de esta época en donde las tradiciones familiares y culturales de la alimentación han sido o se ven seriamente afectadas por un discurso médico sanitarista biologisista respecto de la alimentación, que instala una posición paranoica por la vía del envenenamiento, es un delirio de envenenamiento corporal que es social. Este es un tema que tiene que ver con la cultura. Una vez me mencionaron un trabajo de Octavio Paz sobre el tema de la alimentación. La relación entre ideología y alimentación es muy fuerte y Octavio Paz hablaba de la comida de los mexicanos y la comida protestante de los norteamericanos. ¡Qué ideal se juega ahí!
La medicina se organiza en relación al lugar que tiene en la cultura la muerte. La medicina alopática occidental está organizada para postergar, evitar la muerte, y es importante para esa medicina si pone en juego la vida de un paciente o no, entonces todo el discurso está organizado en ese sentido. Este es un elemento muy importante que va más allá del fenómeno de la anorexia. Después hay otro que es la poca prensa de la histeria, que comparada con la histeria de finales del siglo XIX no aparece como ideal femenino. Uno escucha mucho en los análisis de las mujeres que temen ser tomadas como histéricas, aparece en términos muy peyorativos la palabra “histeria” y por lo tanto los espacios para que se pueda desplegar una escena histérica.
Después queda un resto de pensar la anorexia no en el sentido de todos estos cuadros si no como algo relativo a la estructura, en relación con la incorporación o no de alimentos, tomado también en el sentido amplio, lo que se da entrada y lo que no se da entrada, lo que se incorpora y lo que no se incorpora que puede estar referido al saber, a las comidas, pero que puede estar básicamente en conexión con el deseo.
¿Cuál es el dispositivo que usted propone es estos casos?, ¿de qué manera pensar la intervención de un analista?
Siempre hay que tener en cuenta la singularidad, el caso. Hay un aspecto de la cuestión que tiene que ver con el ser, la pasión del ser hace que se compre soy esto, soy lo otro. Ahí hay un tipo de intervención posible, soy anoréxica, en esa época, ahora no hay tantas consultas de eso, porque insisto que se perdió socialmente y ahora lo están queriendo reflotar.
¿Usted postula que en la actualidad no hay tantas consultas por anorexia?
Son mucho más seductoras la bipolaridad y las depresiones.
¿Diría que ese lugar que en algún tiempo tuvo la anorexia en estos momentos lo ocupa la bipolaridad? ¿Se da también en adolescentes? ¿Cómo llega a esta apreciación?
Si, totalmente. El discurso sobre el ser ahí está muy difundido, vienen con el diagnóstico ya hecho, antes eran anoréxicas, ahora son bipolares. No sé cuál será la próxima que inventen pero hay una vertiente que va por el lado del ser que es importante trabajar. Después hay otra observación que hice que tiene que ver con qué forma del objeto a está en juego, que tiende a pensarse en general en el objeto oral y que no hay que quedar pegado a la oralidad.
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