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   Entrevista

PAULA SIBILIA
  Las mutaciones del sujeto, la “descorporificación” y la intimidad como espectáculo
   
  Por Emilia Cueto
   
 
Desde su criterio, ¿qué ha dado paso a la expansión tan vertiginosa de la tecnología digital?

Desde mi perspectiva las tecnologías digitales son fruto de una transformación histórica. Si consideramos las tecnologías digitales de información y comunicación como los celulares, la Internet, la computadora y las tecnologías analógicas de comunicación, como por ejemplo los libros impresos, los lápices, los cuadernos, las cartas y comparamos un grupo de tecnologías con el otro, podemos pensar en una transformación muy importante que ocurrió a lo largo todo el siglo XX pero con un énfasis a partir de los años ’60 y ’70 y una aceleración en las últimas décadas del siglo XX y en la década y media del siglo XXI. Los cambios son muy complejos, no hay solo factores tecnológicos, estrictamente tecnocientíficos, si no también socioculturales, económicos, políticos, e indican una transformación incluso a nivel moral de los valores, transformaciones en los modos de vida que afectan también la subjetividad. Mutaciones en los modos de ser y estar en el mundo. Estas tecnologías que hoy usamos tanto –los celulares con acceso a Internet y con cámaras embutidas serían el símbolo de este conjunto de tecnologías– responden de una manera mucho más eficaz a los modos de vincularnos con los otros, a la forma de construir la subjetividad hoy en día. Creo que inventamos estos aparatos y se fueron depurando cada vez más, haciéndose más compatibles con estas nuevas formas de relaciones. Relaciones marcadas por una serie de características que las diferencian de las de los siglos XIX y XX, que tienen que ver con la cantidad de contactos que tenemos hoy en día a partir del uso de estas tecnologías. Contactos permanentes con mucha gente, mezclando también el ámbito público y privado, profesional y afectivo sin límites de espacio y de tiempo; las redes funcionan todo el tiempo y en cualquier lugar. A veces se dice que debido al uso de estas tecnologías tenemos este tipo de relaciones, pero yo creo que es más bien al revés, es una causalidad compleja. Lo que enfatizo es el movimiento contrario, por ciertas transformaciones históricas. En función de esas transformaciones inventamos estas tecnologías. Ahora es más fácil tener este tipo de relaciones porque tenemos estas tecnologías y ellas nos ayudan a tener estos vínculos. Creo que las tecnologías digitales de información y comunicación son sintomáticas de una serie de transformaciones históricas más allá de lo tecnológico.

¿Cuáles son algunas de esas transformaciones históricas que destacaría?

Lo que yo estudio en esa transformación tan grande y compleja son esos cambios en la subjetividad. Es decir cómo se transformó la subjetividad, como se transformaron los modos de ser y estar en el mundo en esta transición de los siglos XIX y XX a la contemporaneidad. Esto se podría resumir como un desplazamiento en torno al cual construimos lo que somos, es decir de ese eje que en los siglos XIX y XX se consideraba interior. La vida interior, la interioridad –y es una interioridad laica porque no es religiosa–, no es la interioridad del cristianismo, ni tampoco del alma platónica, es una interioridad que fue transformándose y ha adquirido determinadas características en esos siglos. Es laica porque aunque es misteriosa, tiene algo enigmático, incognoscible, tiene elementos del romanticismo, pensemos en el psiquismo freudiano, como un ejemplo, una manifestación de esta interioridad. Hay elementos ahí misteriosos, enigmáticos, que ni uno mismo conoce. Si lo miramos con la mirada antropológica todo eso es fruto de una forma de pensar y autotematizarse que tiene ingredientes de la ilustración, del racionalismo, de la cultura moderna y también del romanticismo, estos elementos irracionales, lo incognoscible, las pasiones, todos esos elementos confluyen en una forma de comprender la condición humana como compuesta de esa base interior, una base esencial pero invisible a los ojos que se suponía que constituía al sujeto moderno de una forma más profunda y verdadera que las vanas apariencias. Creo que eso se viene transformando a partir de una serie de resistencias, críticas que no son solo del plano político sino también filosófico, artístico, de los modos de vida y de relación. Habría un desplazamiento del eje que abandona ese núcleo interior para depositarse cada vez más en lo que se ve. Esa transformación en el plano de la subjetividad podría sintetizarse así: hay un desplazamiento del eje en torno al cual se construye la subjetividad, del interior, de ese interior oculto y enigmático y que en definitiva solo era accesible a cada uno, en un diálogo, un drama interno que podía expresarse y mostrarse a los demás pero que el eje estaba adentro, eso se desplazó y cada vez más es en la visibilidad donde construimos lo que somos y los vínculos con los demás.

En esta línea se podría pensar el tema de lo público y lo privado. La privacidad no es un atributo del ser humano per se, sino que es una construcción que se ha producido y que por otra parte no lleva tanto tiempo de construcción, esto también es algo que se ha ido modificando. ¿Se podría decir que estamos arribando o que lo hemos hecho, a una nueva forma de definir lo público y lo privado? ¿Qué esta forma binaria de pensar estos términos dará paso a nuevas categorías?

Es muy complejo lo que está sucediendo, es una transformación que tiene incluso muchas contradicciones y que está sucediendo ahora, entonces es difícil mapear lo que está pasando, es más fácil pensar cómo era esta división en los siglos XIX y XX. Estaba la esfera pública, el espacio público, de las calles, los bares, los foros, donde se discutían las cosas importantes del ámbito público y por otro lado el espacio privado, definido como aquel separado, delimitado por paredes, puertas, ventanas, cerrojos, cortinas y también por el pudor y la discreción. Ese era el espacio en el cual tenía lugar la intimidad. Esta estructura fue bastante eficaz durante esos dos siglos, por lo menos el XIX y XX y el espacio público y el privado se definían por ser excluyentes; pero a partir de la transformación que tuvo su momento de eclosión a partir de los años 60 y 70 empezó a ser puesta en jaque e incluso criticada por sus límites, su moralidad tan rígida. El espacio público sigue existiendo y sabemos, por lo menos en sus casos más claros, de qué se trata, y el espacio privado también. Incluso en algún sentido podemos decir que hasta se reforzó la separación, por ejemplo con lo atinente a la inseguridad, toda esa problemática por la cual el espacio público pasa a ser definido como inseguro, del cual hay que protegerse. A partir de eso todas las tecnologías –incluso digitales– que se usan para proteger las paredes y reforzarlas: las cámaras de vigilancia, los barrios cerrados, las alarmas, todos esos sistemas que refuerzan la privacidad. Hay un movimiento de reforzar, pero por otro lado están las redes que atraviesan esas paredes, sin embargo lo hacen de un modo selectivo para, en muchos casos, mostrar la intimidad, mostrarla públicamente en ese otro espacio público mediático y de las redes. No es en la calle exactamente pero también es un espacio que es público porque los otros tienen acceso y esto es muy complicado porque entonces pareciera que la intimidad dejó de existir. Por eso yo uso la palabra “extimidad” para tratar de nombrar a este nuevo fenómeno y esto se proyecta en el espacio público, que sigue siendo el  espacio público y es importante que lo sea porque yo quiero que los otros me vean. Entonces hay una transformación muy complicada que está sucediendo todavía y que creo que tiene que ser mapeada con más atención y más cuidado.

Si mal no recuerdo en el Hombre posorgánico, hace un cuestionamiento respecto del concepto de hombre, hombre en términos generales, planteando que éste sería un concepto a revisar a la luz de todos estos cambios. Me pareció sumamente interesante ese interrogante que plantea en la introducción y que sostiene y retoma al final.

Nada más y nada menos que la categoría de hombre. Ahí retomo autores como Nietzsche y como Foucault que pensaron estas cuestiones incluso en una época que ahora llamaríamos la era moderna, y ya cuestionaban estas categorías como siendo históricas, fruto de ese proyecto. Un proyecto que empieza con el renacimiento, que pone al hombre en el centro de la escena, saca a Dios, a la naturaleza y a lo sagrado y se pone al comando del mundo y de la historia. Tal vez, un posible cuestionamiento es que con estas transformaciones ese proyecto también está en crisis. Todo esto está asociado también a la idea de progreso, vinculado con la tecnociencia y a la evolución. El hombre comanda un proyecto modernizador para el cual una de las principales herramientas es la tecnociencia, el saber científico, la democracia también e incluso el mercado, pero sobre todo la tecnociencia en el sentido que es una herramienta que va a ayudar a mejorar las condiciones de vida de la humanidad y que solamente podría ser ascendente, es decir que cada vez estaríamos mejor. Este obviamente no es cualquier hombre, este hombre del proyecto moderno es el sujeto masculino europeo, blanco, en fin con todas las características que fueron desmentidas como siendo exactamente la humanidad, sobre todo a partir de los años 60 y 70.

Uno de los elementos que contribuye a que caiga esta idea del humanismo es la crisis de la idea de progreso, porque hoy sabemos que la tecnociencia no solucionó los problemas de la mayoría de la población, e incluso comparado con otras épocas la contemporaneidad avanzó en ciertos ámbitos que antes estaban vedados y la competitividad se hizo muchos más cruda. Hay toda una serie de elementos históricos que llevaron a que ahora mucha gente quede fuera del proyecto modernizador y que esto no se cuestione como solía cuestionarse hace unos años porque ahora se trata del mercado; es el mercado el que tendría que solucionar el problema y no tanto los estados nacionales con proyectos modernizadores, educativos, etc. Nos encontramos con una escuela también en crisis, junto a todas estas instituciones que fueron incuestionables durante el siglo XIX y XX, o poco criticadas porque estaban destinadas a mejorar ascendentemente las condiciones de vida de la población y del planeta. En este sentido la ecología sería otra prueba de que este proyecto fracasó. Si pensamos hace 100, 150 años esto no se cuestionaba en absoluto, el progreso y la tecnociencia tenían que conquistar la naturaleza y de todas maneras la naturaleza se pensaba en algún punto inconquistable, iba a permanecer más allá de lo que el hombre hiciera y hoy en día todo este proyecto es discutible desde innumerables puntos de vista, mencioné ahora solo algunos. El proyecto del humanismo está en cuestión desde la pregunta básica de quién es ese hombre, que se atribuyó a sí mismo la capacidad de comandar este proyecto y aniquilar todo lo que no era occidental y modernizador en nombre de este progreso, de esta superioridad.

¿La virtualidad ha generado cambios en los lazos sociales?, y de ser así, ¿cuáles destacaría?

Sin duda es un ingrediente nuevo que está ahí creando mundo, está creando nuevas formas de relacionarse, nuevos elementos, y es innegable que está afectando nuestras vidas. Ahora, cómo las está afectando es más complicado de decir. En principio destacaría una no diferenciación muy clara entre la virtualidad y lo real. Las relaciones que tenemos por Internet o por medio de las redes sociales son tan reales como las relaciones que tenemos cara a cara. Virtual no se contrapone a real, son relaciones sociales y afectivas y tampoco creo que sean de intensidad diferente, uno puede tener relaciones muy intensas con esas tecnologías o mediadas por esas tecnologías y también puede tener relaciones banales tanto de esa forma como presenciales. No creo que sea una cuestión de intensidad; sí creo que tienen otras características y eso sin dudas está contribuyendo a transformar las formas en que construimos nuestra subjetividad y nos relacionamos con los otros, así como son fruto de esas mismas transformaciones, como señalaba antes. Hay varios elementos que se podrían pensar, no creo que sea muy fácil responder a esa pregunta. Podríamos pensar en uno de ellos que es el de la “descorporificación”, el hecho de que cuando uno se comunica con alguien a partir de estos aparatitos, uno sabe que ese alguien está en algún lugar y que de hecho está comunicándose con alguien, pero está en realidad en contacto con un aparato. Ese cuerpo está virtualizado, hay una descorporificación. Esa persona existe y está presente de alguna manera aquí y en esta relación pero no está en este momento, está en otro lugar, entonces ahí hay un componente de virtualización, de descorporificación. Que eso afecta nuestra vida no tengo la menor duda, no puede ser que no la afecte, pero para saber cómo la está afectando creo que necesitamos de tiempo para entender que está pasando.
En ese sentido la película Ella, Her, que se estrenó el año pasado, en 2013 planteó eso de una forma muy interesante.

En La intimidad como espectáculo destaca que las fuerzas históricas imprimen su influencia en la conformación de cuerpos y subjetividades, ¿cuáles son las marcas en los cuerpos de nuestra época?, ¿qué diferencias podrías situar respecto de otros períodos históricos?

Podríamos pensar en el fenómeno del culto del cuerpo, este énfasis que se le da ahora a la apariencia física, las dietas, la comida sana, los ejercicios físicos, el formato corporal con las cirugías plásticas y los tratamientos de belleza, la valorización de la juventud, la importancia de la imagen personal, creo que todas estas son manifestaciones de la subjetividad y un desplazamiento del eje tal como describía anteriormente.
El tipo de cuerpo que se construye hoy en día o cuya construcción se estimula, es bastante distinto de los cuerpos de mediados del siglo XIX, e incluso de principios del siglo XX en varios aspectos. Lo que yo me dediqué a estudiar más es lo concerniente al cuidado de las apariencias, que de alguna manera parece contradictorio con toda la tendencia a la virtualización, con la descorporificación de la que hablábamos antes y también en otros planos como el de la ciencia de la vida, la genética y las neurociencias. Todas estas ideas novedosas, de la segunda mitad del siglo XX, acentuadas en las últimas décadas del siglo pasado y principios de éste, como la idea que la vida consiste en información y que la esencia de cada uno ya no sería más esa interioridad etérea y romántica, si no que según la definición de las neurociencias y la genética, lo que constituye la esencia de cada uno es algo etéreo pero constituido por otra materia que es la información. La idea de que nuestras células contienen información, entre ellas la información genética, que ahora el cerebro –desde las neurociencias– puede ser visualizado usando tecnologías digitales y puede ser visto en funcionamiento. Todas estas máquinas lo que extraen del cuerpo es información y esa información se supone que define la esencia de cada individuo y también de las especies, como el genoma humano. Desde una mirada antropológica estos también son relatos cosmológicos que explican qué es ser humano, en qué consiste la vida, que empezaron a configurarse en la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI. Entonces a la pregunta de qué tipo de cuerpo se configura ahora, podemos decir que es un tipo de cuerpo al que por un lado se le rinde culto como apariencia, entonces se lo trabaja en la epidermis, se lo trabaja para pulirlo como imagen y para proyectarlo como una imagen codificada por un medio de comunicación con una serie de códigos estéticos, y se hace todo un esfuerzo inédito en ese sentido; y por otro lado se lo define como si su esencia fuera etérea, virtual, intangible. Una información que es etérea pero que está alojada en la carne, en las células, en el cerebro, entonces es biológica. Es una interioridad etérea pero biológica al mismo tiempo.

Paula Sibilia estudió Comunicación y Antropología en la Universidad de Buenos Aires donde también se desempeñó como docente e investigadora. Es Magíster en Comunicación de la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro, Doctora en Salud Colectiva de la Universidad del Estado de Río de Janeiro y Doctora en Comunicación y Cultura de la misma universidad. Actualmente es profesora de Estudios Culturales y Medios en la Universidad Federal Fluminense. Sus investigaciones se ocupan del estatuto del cuerpo y de sus imágenes, de las nuevas prácticas corporales y de las transformaciones en la subjetividad contemporánea. Es autora de El hombre postorgánico. Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales (2005, 2009) y La intimidad como espectáculo (2008), ambos editados por el Fondo de Cultura Económica. De reciente aparición Redes O Paredes? La escuela en tiempos de dispersión (Tinta Fresca).
 
 
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