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   Entrevista

Pablo Zunino Spitalnik
  El doctor Lacan en las tablas
   
  Por Emilia Cueto
   
 
Usted sostiene que el camino de la divulgación puede ser una de las vías regias para contribuir a renovar la inscripción del psicoanálisis en la cultura del siglo XXI. En base a su experiencia, ¿Cómo se podría relanzar esa inscripción y por qué sería necesaria?

Creo que sería necesaria porque, si bien las resistencias al psicoanálisis siempre han existido y van a seguir existiendo porque son una cuestión de estructura y no un “accidente” de la Historia, me parece que las de este siglo XXI son inéditas en cuanto a su ferocidad y poder expansivo. El marketing, la ingeniería como discurso todopoderoso aplicado de un modo salvaje y la tecnociencia, dominan y organizan la globalización. Y me parece una buena señal que, desde distintos sectores del psicoanálisis y apoyándose en la obra de Lacan, quien mucho dijo e iluminó respecto de la Ciencia, ése sea un tema que prime en la producción de escritos y ponencias. Porque además, no es solo un tema de alta teoría sino que baja contundentemente a la Tierra de la vida y de la clínica: miles de chicos mal empastados en todo el mundo en nombre del ADD, todas las consecuencias que implica el formato DSM, la medicalización de la vida llevada al paroxismo, son ejemplos que así lo certifican. Desde otra perspectiva, aunque inficionada por el discurso del psicoanálisis, y tomando como asunto los efectos de la globalización sobre distintas producciones culturales, trabajé algo de ese tema en un work in progress que presenté en París en 2009 (en el Centro Cultural 104, dependiente de la Alcaldía de París), que después tuvo versiones sucesivas en Buenos Aires, en las que se incorporó la Doctora en Filosofía Mónica Giardina (especialista en la obra de Heidegger) y que fue publicado en ADN La Nación.

A un analista se lo suele consultar desde un medio en relación a tres ejes: temas evolutivos (crisis de adolescencia, salida a la adultez, problemas de infancia y blablabla), temas relaciones (pareja, familia y blablabla) o situaciones de alto impacto social (debacles económicas, irrupciones masivas de violencia y blablabla). ¿No hay intervención posible para hacer? ¿No hay nada que decir sobre el ADD o el DSM? ¿Contestar la demanda de un medio implica necesariamente ponerse de rodillas ante ella o ante lo que ese medio espera que le digan? ¿Es lo mismo la demanda del medio que la del periodista que viene a hacer la nota? A veces el dilema se quiere zanjar en base a una polaridad: de un lado queda un psicoanálisis puro en el consultorio y del otro lado, la salvajada mediática. Pero me parece que las cosas son más complicadas, o ¿acaso no puede haber adoctrinamiento, medicalización o psicologización en un consultorio? Los efectos de una interpretación no se saben sino retroactivamente. ¿Por qué en una intervención en los medios no debería también ocurrir así? Me parece que oro puro y cobre puede haber y de hecho hay en ambos territorios y me parece que esa es una brújula muy interesante para pensar el asunto.

Y no olvidemos: Freud escribió “Psicopatología de la Vida Cotidiana”, un texto a mi modo de ver ejemplar en tanto tiene una rigurosidad conceptual formidable y es la vez un maravilloso texto de divulgación. Me parece que es un asunto de altísima complejidad. Cambió la actitud, hay menos prejuicios que hace treinta años, pero creo que tampoco se trata de salir a responder a tontas y a locas. Falta, me parece, trabajo sobre el tema. Estamos atrasados en la producción al respecto, y salvo Eva Giberti, que produjo mucho material en ese sentido, que yo sepa no es tema de producción teórica ni de debate. Además el tema corre mucho más ligero que nuestra pereza, nuestra comodidad y nuestros prejuicios. Creo que el asunto es un desafío apasionante y que exige pensarlo, y hasta pensarlo todo de nuevo. Quiero decir: hoy la espira de la época está enroscada en lo mediático, exagerando un poco pero no tanto podemos decir que a todos nos han metido dentro de la Matrix, en el lazo social hay más nexo entre imágenes y pantallas que cuerpo a cuerpo, la mayor parte de los analistas tiene su propio Facebook y muchos su web, hay algunos que muestran más cosas personales que otros, hay quienes están más abiertos para usar medios como Skype en el decurso de un tratamiento y hay quienes menos, hasta hay analistas que testimonian acerca de sus análisis en Youtube. Y también cosas cotidianas como apagar o no apagar el celu cuando se está atendiendo. Hasta aparecen cuestiones metapsicológicas en relación al carácter aluvional de lo mediático. Planteo algo conjetural, ficcional si se quiere: ¿cómo armaría hoy Freud su primera concepción del aparato psíquico? Porque cuando él habla de la inscripción de las huellas mnémicas, cabe preguntarse: ¿es posible en semejante torrente que algo llegue a inscribirse o tendría un modo de operar donde lo que prima es el mero quedarse pegados casi hipnóticamente a las pantallas?
Como le hago decir a El doctor Lacan, la obra de teatro, cuando debe responderle a un cronista ruso una inquietante pregunta: ¿cuál es la peor pesadilla respecto del futuro de su obra? Y el personaje, muy inquieto por la pregunta, contesta: “Todos los destinos tienen sus dificultades. Me leerán sin mis pausas, sin mis ritmos, sin mi cadencia oral del Seminario. Pero ese destino tiene la ventaja de que mi persona no oficiará de obstáculo. Ahora, no me deja más tranquilo pensar que me comprenderán demasiado fácilmente. Si la oferta de psicoanálisis prende demasiado rápido, corremos el riesgo de la banalización. Pero si nos quedamos encerrados, corremos el riesgo de convertirnos en una secta. Es un asunto complicado, inquietante” Y, agrego ahora, apasionante.

Según sus dichos el arte sería la otra vía regia para relanzar esa inscripción. ¿Podría dar sus razones?


Porque me parece que puede poner a circular los significantes del psicoanálisis de un modo más libre y creativo, con menos presión por estar a la altura de los ideales de las academias y las instituciones; y si hay talento artístico para hacerlo atractivo hasta es una forma de acercase al psicoanálisis a través del placer de lo estético.
Le cuento cómo encaré con El doctor Lacan. La idea de hacer la obra surgió cuando hice una nota de gran despliegue, en 2011, cuando se cumplían los 30 años de la muerte de Lacan, para el suplemento ADN de La Nación. Tuvo récord de visitas en versión virtual y creo que uno de sus logros fue dejar bien determinado cuál seguía siendo el campo específico del psicoanálisis: no todo lo que empieza con el prefijo “psi” es lo mismo, y no está de más recordarlo en una cultura llena de prácticas y ofertas terapéuticas que chorrean furor curandi bajo el prefijo “psi”.
Pero además, cuando se dice que la Ciencia es un saber sin sujeto, en el caso de la creación eso es “a la letra”.

La vida y la obra de Lacan son, pura singularidad y nombre propio, los grandes protagonistas de la historia del psicoanálisis tienen una épica propia, única y distinta para cada quien. Había que ser demasiado inepto para, a partir de semejante producción intelectual y semejante historia de vida, hacer un espectáculo demasiado malo. Empezamos por 4 funciones clandestinas, produjimos el espectáculo sin un mango, no podíamos hacer publicidad ni pedir notas porque empezamos en un lugar sin habilitación y en esas condiciones hicimos 30 funciones a sala llena, antes de pasar al teatro La Comedia, donde el espectáculo estalló en cuanto a convocatoria. Quiero decir: lo que traccionó público fue el nombre propio de Lacan; después, para que se sostuviera el interés, queremos suponer que algún valor artístico tiene el espectáculo; si no, se hubiera caído luego de esas 4 funciones y llevamos 180, unos 8.000 espectadores, y todo hace pensar que tenemos para un rato más. En términos relativos. ¿Cuántas instituciones pueden hacer que circulen con semejante repercusión los significantes del psicoanálisis? Creo que muy pocas. Y creo que en ambos trabajos no se cayó en la santurronería glorificadora ni en el vapuleo feroz. La obra de Lacan es la última gran obra del psicoanálisis y creo que estuvimos a la altura. Pudo haber ayudado un poco mi nombre propio y mi triple inserción: en los medios, en el psicoanálisis y en el teatro, para agitar las aguas y que la gente se enterara. Ayudó mucho el enorme talento de los dos intérpretes, Mario Mahler y Silvia Armoza, para sostener el interés, pero no son dos figuras masivas del espectáculo.

¿Podría situar aportes del derrotero periodístico y de su lugar en la Cultura en relación a su práctica del psicoanálisis?

Al principio de mi práctica, los gajes del oficio periodístico fueron un obstáculo importante. En uno de los primeros casos que llevé a supervisión no entendía por qué una paciente había abandonado el tratamiento. Hice un largo relato y la colega, con mucha ternura, me dijo: “Le hiciste una entrevista periodística bárbara, pero nunca la escuchaste” Creo que del lado de los aportes, haber incursionado por mundos y tribus tan distintas de la ciudad, me sensibilizó el oído para “pescar” mejor en las distintas “lalenguas” que hay en Buenos Aires. De todos modos, tuve una práctica muy intermitente, me fui y volví muchas veces de la práctica clínica. En muchas etapas, mis otros oficios me tomaban y no me dejaban tiempo. Y talló también un cierto estado de extraterritorialidad permanente: para mis colegas periodistas, soy un psicoanalista que hace periodismo; para mis colegas psicoanalistas, soy un periodista que además oficia de psicoanalista; y ahora que hago teatro, mis colegas teatristas no dejan de verme como un crítico infiltrado. Me llevó mucho tiempo y mucho análisis vérmelas y saber hacer con un deseo que se dispara en múltiples intereses, todos “lenguajeros”.

Usted ha “confesado” que siempre le costó mucho leer a Lacan y que esa dificultad es una cuestión de géneros literarios, que hubiera sido mejor editar los seminarios como un texto teatral y agrega: “hay algo teatral en la ‘experiencia Lacan’”. ¿A qué se refiere con esta idea? ¿Qué aportaría esta forma de transmisión a la enseñanza de Lacan?

Me refiero a que Lacan era sobre todo un gran orador antes que un escritor. Haberlo editado como un texto teatral hubiera implicado ponerle didascalias, esos paréntesis donde se indican tonos, énfasis, gestos, etcétera. Basta ver los pocos videos que hay de sus presentaciones públicas para asomarse a la riqueza de esa teatralidad, a sus pausas, a sus gestos, a sus miradas. Se puede entender lo de la teatralidad de Lacan como poniendo el foco en su estilo excéntrico o en su vestuario llamativo. Pero quedarse solo en eso sería reducir lo de la teatralidad a que usaba sacos muy colorinches. Al menos como yo lo entiendo, se refiere a su estilo de oratoria y su vínculo con el público. Y todo eso no entra en una transcripción tal como las que conocemos. Tampoco me gustaría que se entienda lo de la “experiencia Lacan” como algo ligado con una experiencia mística o iniciática. Me refiero a que ahí había un público sosteniendo y que en los videos que hay se lo nota a Lacan muy atento respecto de las reacciones de su auditorio, como hacían, por ejemplo, los cultores del café concert de los años setenta. No era una clase universitaria más.
¿Qué hubiera pasado, sigamos haciendo conjeturas contrafácticas, si los Seminarios se hubieran grabado en video? ¿Qué efectos hubiera tenido en la transmisión? No podría contestar a eso, salvo decir que probablemente no hubieran sido los mismos. Por ejemplo, en su última aparición en Caracas, no hubiera podido designar a los lacanoamericanos como sus lectores sino que tendría que haberlos definido como sus espectadores, y esa diferencia no hubiera sido menor. Lo demás son conjeturas, y por eso elegí el teatro para insinuarlas, es un género que permite todas las libertades y licencias, mucho más restringidas en un trabajo de tipo académico.

¿Cómo piensa el lugar del teatro en la Cultura actual donde la inmediatez y lo fugaz constituyen una de las formas de alienación subjetiva?

Al menos desde que yo estoy relacionado con el teatro siempre se habló de la crisis del teatro, y mucho antes también, Primero se lo iba a comer el cine, luego la radio y la tele, ahora la virtualidad. Y sin embargo el teatro sobrevivió. La irrupción de los “Malestares en la cultura teatral” que trajo cada uno de sus medios bien o mal, fue procesada. En estos tiempos donde el lazo social ocurre cada vez más a través del intercambio de imágenes y donde la presencia de imágenes es inédita, en cuanto a cantidad, en la historia de la cultura, el teatro sigue siendo de las pocas experiencias cuerpo a cuerpo que nos van quedando. Buenos Aires, así como es una de las grandes capitales del psicoanálisis, es también una gran capital teatral: hay mucho, distinto, muy bueno, y a veces muy exitoso. Pero creo que, para no perecer, es necesario tomar en cuenta las condiciones de recepción propias de cada época. Y para una percepción estallada, fragmentada en las múltiples pantallas que nos capturan cotidianamente, el teatro no las tiene fácil. No creo que haya que ponerse de rodillas frente a eso, porque si no todo terminaría licuándose en una especie de video clip escénico al infinito.
Ya es muy difícil que la gente se aparte de las pantallas, salga de la casa, pague una entrada y apague el celular aunque sea un rato. Yo al menos, en estas primeras experiencias como autor y director lo tuve muy en cuenta al plantear mis espectáculos, pensé mucho en eso y les di un tratamiento casi de arreglador musical, como mi padre, teniendo en cuenta subidas y bajadas de ritmos, alternancia de climas, apertura y resolución de cada escena y de la totalidad del espectáculo. Parece un chiste, una formación del inconsciente, que una obra sobre Lacan (breve obertura cómica preliminar al margen), dure 50 freudianos minutos. La primera vez que la pasamos de punta a punta duró eso y aun con las diferencias que hay de función a función, siempre dura eso. En un sentido, hicimos un espectáculo de lo más ortodoxo
 
 
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