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   Determinismo y Elección

Oscura libertad
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Inevitable: en la medida en que hablamos de ética del psicoanálisis o de la responsabilidad subjetiva, la temática de la libertad no es eludible, aunque todos los psicoanalistas, incluido el propio Lacan, han mostrado al respecto una mezcla notoria de prevención e inhibición.
Incuestionable: si el sujeto es una mera variable dependiente entre significantes, si sólo es eso, ¿cómo se podría hablar de decisión?

Ahora bien, introducir la problemática de la libertad no es fácil y no exclusivamente por razones didácticas. Es que en realidad las discusiones tradicionales emprendidas con una racionalidad también tradicional son fatigosas, pobres, con argumentos siempre reversibles o desdeñables al punto tal que cuando se anuncia algo cuya tema es “libre albedrío vs. determinismo” podemos apostar sin equivocarnos: no vale la pena…
Sartre captó ejemplarmente cuál es el nervio de una discusión sin salida: tratar al ser humano como una cosa sin trascendencia, una cosa entre cosas.
Así el que defiende la libertad ni la puede definir salvo con truismos, ni puede ubicarla, salvo confundiéndola con el capricho o la más profunda arbitrariedad.
Por su parte el partidario del determinismo no cesa, en todo momento, de hacer juicios morales que desmienten de hecho semejante idea. Para Sartre la libertad –que no es un concepto– viene a identificarse con la subjetividad que no puede no ejercer una actividad nihilizadora.

Soy lo que no soy y no soy lo que soy: la conciencia es la nada que adviene al ser.
El Para-sí, al volver sobre sí, niega su ser porque supera lo dado con vistas a un futuro donde algo aún no ha advenido.
“La realidad humana –dice Sartre– siendo acto no puede concebirse más que como ruptura con lo dado en su ser. Ella es el ser que hace que haya lo dado rompiendo con él y esclareciéndolo a la luz de lo ahora-no-existente. (…)… es preciso que el para-sí se constituya perpetuamente como en retroceso por relación a sí, es decir, se abandone atrás de sí como un datum que ya no es más”.1
Son conocidas las objeciones de Merlau-Ponty, hechas con extrema prudencia, pero que no ocultan la disidencia. Existimos, dice, bajo dos relaciones a la vez, nunca hay puro determinismo ni tampoco elección absoluta –una elección absoluta equivale a necesidad absoluta– nunca soy pura cosa, nunca soy conciencia desnuda. No obstante, retiene de Sartre que la temática de la libertad es inseparable de la temática de la acción. Toda acción, en este aspecto, implica que un proyecto acabe donde otro comience.

“¿Qué es entonces la libertad? Nacer es a la vez nacer del mundo y nacer al mundo.
El mundo está ya constituido, pero nunca completamente constituido. Bajo la primera relación somos solicitados, bajo la segunda estamos abiertos a una infinidad de posibles. (…) La generalidad del ‘papel’ y de la situación vienen en socorro de la decisión, y en este intercambio entre la situación y aquel que la asume, es imposible delimitar la ‘parte de la situación’ y la ‘parte de la libertad’.” (Los destacados son míos. JBR.)2
Para la discusión que sigue quiero retener de este abusivo resumen, dos o tres cosas imprescindibles, las que lamento presentar de un modo también excesivamente comprimido:
1) No hay concepto de libertad, porque todo concepto caería en las redes del pensamiento positivo. 2) Aunque el binario Ser/Nada de Sartre es objetable, precisamente por su falta de mediación, la nada de la conciencia es un anticipo precioso, quizá el único, de la afánisis del sujeto. 3) La subjetividad del sujeto se ubica en un plano a la vez constituido y constituyente sin que exista medio alguno para la discriminación puntual del uno con el otro.

Ahora vayamos a la clínica. El momento en que el niño descubre que puede mentirle al Otro y éste no se da cuenta del engaño, es sin duda catastrófico: “Si puedo engañarlo, ¿en quién confiar?”. Este momento es el preludio de un desenlace que corta. Corte que una vez producido es inmediatamente reprimido bajo la forma de un tenaz desconocimiento. El sujeto (dejemos al mítico niño puesto que esta operación se repite a lo largo de la vida del existente) descubre, no sin aprensión, que las razones del Otro, esas razones que están en apariencia alojadas en frases oídas insistentemente, son bastante endebles, enigmáticas, incluso estúpidas.

“Me dice A, pero ¿qué quiere decirme?”. Desde luego: el Otro, o mejor lo Otro, que habla a través de la máscara de otro sujeto, obra según un principio de razón insuficiente. Es el sujeto quien a su propio riesgo debe interpretar sintomáticamente la palabra del Otro.

En la clínica no conocemos otra palabra que la palabra del Otro según el recorte que hace el paciente. Y preguntar cuál podría haber sido esa palabra “original” es algo que carece de sentido porque los dichos primeros sólo son dichos primeros cuando el aparato psíquico los ha asimilado, transformado, condensado, desplazado…
Se podría entonces argüir: pero si es así, la llamada “libertad”, es obra exclusiva del aparato psíquico, no del sujeto. Una toma de posición semejante –es por completo esperable, claro– termina por eliminar al sujeto o al menos lo juzga una entidad puramente supernumeraria: está ahí pero no se sabe para qué…
(Mientras tanto, ya lo dije y vuelvo a repetirlo, se usa y abusa del lenguaje de la conciencia moral más trivial disimulada en un lenguaje “sabio”: “ese paciente es un irresponsable…”, “Debe decidirse, pero es incapaz de tomar una decisión”, “No está en condiciones de…” etc., etc.)

Podemos partir, para intentar zanjar la cuestión, del mismo Lacan. En el Seminario 11, precisamente en su capítulo XV “Del amor a la libido”, hay un pequeño gráfico sumamente interesante. Una línea recta y perpendicular divide dos campos: de un lado la zona erógena y el inconsciente (que bien pudiéramos asimilar respectivamente a la pulsión y a la transferencia), y del otro, en el medio de un círculo abierto tanto a la zona como al inconsciente, o campo del Otro, se ubica el sujeto, y entre paréntesis está escrito nada (rien).

¿Se quiere borrar esa nada? Puede hacérselo, pero el único y decisivo e ilevantable argumento para sostener la libertad del sujeto (¡para sostener la noción de sujeto, en definitiva!) es la angustia. Fenomenológicamente la angustia (también otros afectos, entre ellos el desamparo y el éxtasis, especialmente el orgásmico) no tiene un lugar puntual en el aparato: no es ni conciente ni inconsciente, aunque estén involucradas ambas instancias, está más allá del significante, pese a que es efecto del significante, atraviesa todos los registros sin tener su sitio en ninguno en particular, finalmente, es la suspensión radical del significante, o dicho con mayor rigor, es la declaración efectiva de su insuficiencia.

Hay algo esencial que se nos impone. No podemos pensar ni la vacilación, ni la deliberación y la consiguiente conclusión, como operaciones propias de una psicología de la voluntad, contra la cual Sartre dijo todo lo que había que decir.
Alguien descubre su decisión en el momento de tomarla y con retardo, la decisión es una decisión que está haciéndose en el instante; sin embargo, es su decisión porque nada justifica o fundamenta que la tome. La decisión mía me viene a mí desde el Otro, pero el otro no puede aseverar absolutamente nada. La pretensión del creyente que dice “Hágase tu voluntad” es la mayor y más fundamental estafa, la que sostiene todo el aparato de la creencia, incluyendo en ella al mismo lacanismo. ¿Cuál es la voluntad del Otro si cada vez que tiene que aclararla sólo dice cosas ambiguas, equívocas, que deben ser interpretadas por decires también ambigüos y equívocos, pero con los que ya yo me acabo de identificar?

La nada del sujeto se cristaliza en la identificación con los rasgos del objeto perdido –es éste todo el secreto de lo que Lacan llama alienación– pero tal identificación es frágil en extremo: vacila de continuo, se fragmenta y el sujeto, por las contingencias de la vida, por los apremios que le impone la presencia carnal del prójimo, se ve lanzado al flujo de su propia nada, a ese flujo que es el fondo de la existencia y del cual no me puede “salvar” ni el significante ni ningún determinismo fisiológico. La señal segura de que he tomado una decisión es que me resisto a ella.3 La resistencia actúa en la oscuridad –a veces en la penumbra– y es allí donde se descubre la densidad de la libertad que no se puede captar en un concepto tópico sino en el movimiento incesante de la temporalización. Uno de los primeros y notables hallazgos de Lacan, ya presente en su seminario inaugural sobre los escritos técnicos de Freud, consiste en equiparar retorno de lo reprimido con represión. Lo cual equivale a decir que la represión que concierne al pasado viene de la anticipación, id est, del futuro: reprimo antes de que algo aflore…
La temporalización me precipita y me descubre alienado, es decir, perdido en tanto constituido por el Otro, recuperado sin saberlo y resistiéndome a ello, cuando me percato oscuramente de que la constitución significante está abierta a sentidos no prescritos de antemano, aunque nunca pueda discriminarlos como si se tratase de fichas de estudio que ordeno, clasifico, archivo.
La hipótesis de la libertad –no me gusta llamarla de este modo, pero lo hago en beneficio de la exposición– es imprescindible para dar cuenta, o mejor, para mostrar cómo no damos cuenta de la causa que se transmite de generación en generación.

Hace muchos años, un psicoanalista decía que bastaría que se le proporcionen los datos básicos de los padres, para que pudiera deducir con precisión cuál sería la patología de los hijos. La experiencia echa por tierra semejante ínfula… Partimos de lo actual (no de la actualidad, que no es lo mismo) y desde aquí reconstruimos el pasado y proyectamos las líneas de fuerza de un futuro siempre enigmático; un modo de orientarnos que evita que suprimamos los cortes, lapsos, emergencias del azar, que median y desvían cualquier pretensión de alcanzar modelos necesarios, mecánicos y universales.
El ser humano es extraño, un ser extraño en un mundo extraño. De la física a la biología hay un salto que nada puede ocultar: las leyes físicas, imprescindibles para la vida, no explican a ésta. Sin duda no habría humanidad sin cerebro, sin el complejo cerebro humano, infinitamente más complejo que las lejanas, monstruosas y simples estrellas; pero el lenguaje no puede ser derivado fisiológicamente, porque es un hecho inaugural e irreductiblemente social: hay aquí otro salto… Sin embargo, pese a Heidegger, este lenguaje (se tome el término en la acepción que se quiera, baste que implique la acción de la palabra) está muy lejos de constituir la casa del hombre. El lenguaje nos produce en el seno del malestar y es insuficiente para resguardarnos con sus interrupciones, sus formidables anacolutos estructurales, con sus condensaciones sin fin y sus desplazamientos que jamás tienen término definitivo…
Mas justamente de ese malestar estructural emerge la posibilidad de la libertad.
_____________________
1. Sartre, J. P., L’ être et le néant, Gallimard, Paris, 1960, p.558. Sobre Sartre, véase Vassallo, Sara, Sartre/Lacan, el verbo ser entre concepto y fantasma, Catálogos, Buenos Aires, 2006.
2. Merleau-Ponty, M. Phénoménologie de la perception, Gallimard, Paris, 1967, p. 517.
3. “Incluso mientras delibero, es ya por un esfuerzo que llego a suspender el tiempo, a mantener abierta una situación que siento cerrada por una decisión que está allí y a la cual me resisto”. M. Ponty, ob. cit. p.498.
 
 
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