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   Problemas y controversias

Metáfora, enunciación, escucha (segunda parte)
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Agrego unas líneas que ayudan a configurar la perspectiva desde la cual hablo. El predominio actual del lenguaje, convertido gracias a apelaciones masivas, en un Deus ex machina, amenaza la indudable fecundidad de la noción.
Aristóteles, Hegel, Parain: esta serie de nombres evoca uno de los problemas de la estructura del enunciado, su inicial y extrema universalidad: todos los términos son, potencial o actualmente, univerales. Lo que obliga a la acción lingüística a conectarse con la situación por medio de los operadores referenciales de la lengua –de manera especial los shifters, pero también los nombres propios y las descripciones definidas, así como con la deixis en phantasma–; mas la imposibilidad de dar cuenta de la singularidad de los objetos percibidos y manipulados y, sobre todo, la imposibilidad de realizar el lugar atribuído al Otro1, esa herida perpetua en la carne, hace aparecer en escena una experiencia irreductible a la causa lingüística que la genera; percibir, imaginar, decir, se relacionan entre sí sin que ninguna unificación pudiera salvar la inconmensurabilidad entre ellos.

(Por cierto, esta propiedad emerge cuando en la vida cotidiana se quiebra el habitus por el cual se genera una suerte de soldadura imaginaria entre los objetos, sus nombres corrientes y las significaciones mundanas, usuales, que es la base sobre la cual se erigen los códigos económicos y administrativos. La quiebra consiste en la irrupción de lo insólito e inasimilable: el caerse de la montura, para emplear el lenguaje de Wittgenstein.)
Merlau-Ponty decía en sus últimos meses de vida, que el privilegio de la percepción consiste en que duplica una impercepción primera e irreductible.
¿No llamamos a esto facticidad, que es lo contrario a algo de facto?

Sólo por el lenguaje, sólo por enunciados forzados a referirse a otros enunciados, puede haber impercepción; a la vez, lo impercibido excede al lenguaje: es su centro ausente y en él habita la angustia del que llamamos sujeto: el que está arrojado allí. Entre percepción y lenguaje hay a la vez disyunción y encabalgamiento.
La causa lingüística es más defectiva que positiva.
A través del discurso en tanto palabra de Otro, llegamos a lo transdiscursivo y llamamos “intuición2” justamente a ese hiato incolmable entre discursividad y transdiscursividad.
“Intuición” es un síntoma de las incógnitas no saturadas del sujeto.

Las complejas sinapsis que descubre el neurólogo en el cerebro, la asombrosa red que constituye este objeto, el más evolucionado del universo, no puede dar cuenta de ese intervalo de nada que habita cada cual, esa casi nada que es constituyente y no constituida y que se produce como un torbellino silencioso y hasta calmo, como un vórtice que horada la compacidad de la existencia.
(Lo propio de cada cual no es ser ni nada ni una mezcla de ambos: es, para emplear la insustituible expresión de Jankélévitch, una suerte de casi nada, una pendiente de “decadencia” hacia la nada que interrumpe su curso por una decisión que vuelve a insertarse, por sus innumerables e incalculables consecuencias, en las múltiples redes de lo constituido.)

Nada de mí es hallable en el cerebro, no por una extraña razón espiritualista, sino porque “mí” es una palabra cuyo código no es reductible al de la organización cerebral y por una razón bien kantiana: “sinapsis” también es una palabra, y no se puede usar la palabra sinapsis para abolirla con fingida inocencia ante el objeto denominado “sinapsis”, como si aquello que es para la representación pudiera abolirse ante un puro en sí.
“Casi” es tiempo: un momento más –decía Lacan– y la bomba estallaba… ¿Estalló? Casi estalla: inminencia, precipitación… Es esta hendidura la que es preciso labrar.
Y sobre todo la necesidad de romper el binarismo mayor, verdadera tumba de la metafísica –es decir del pensamiento humano, pues la “ciencia” no es ajena a ella– el que opone la lingüística a la realidad extralingüística.
Dice Koselleck: “Hay disposiciones psíquicas, premisas económicas, religiosas, sociales, geográficas y políticas que ayudan a crear hostilidad. Sin duda esta clase de premisas extralingüísticas está siempre sujeta a una mediación lingüística, pero no se reduce al acto de habla. (…) Aunque hablar sea hacer, eso no implica que cada hecho sea un acto de habla”3.
El inteligente cuidado que ha puesto en la terminología –“premisas”, “mediación”– no disimula sino más bien subraya el problema: oponer como sea el lenguaje a su mero exterior, termina por reducir a aquél a su aspecto semántico mientras la realidad “material” se presenta de modo a la vez imperioso y masivo, como un cajón de sastre que evoca la magia de las palabras más gastadas de la lengua: “materia”, “realidad”, “real”, palabras sin duda inevitables, pero de las que es preciso disponer mediante rodeos y mediaciones que eviten la encerrona binaria.

Encerrona tanto más complicada cuando se tiene en cuenta, como lo hace por lo demás Koselleck, la noción de acto de habla. Si el habla puede llegar a producir acto, es porque, sin dejar de ser mensaje y voluntad de sentido, está indisolublemente ligada a los cuerpos y al espesor traumático del encuentro fallido con un otro que corporiza la extrañeza radical que me habita: en última instancia algo sustrae su presencia y deja su huella incolmable.
(Lo que la lingüística cosifica bajo el rubro sonido y cristaliza con la ciencia del fonema, es la realidad de voz, fulguración, y vibración carnal que anuda un lazo inagotable entre el existente y el mundo. La voz, que aloja una dimensión indivisible, la fulguración del objeto en el horizonte del mundo y la vibración carnal que forma parte del acto de habla, definen la situación del sujeto.)

La noción “juego de lenguaje” de Wittgestein, depurada de sus connotaciones conductistas, viene a resolver, siquiera sea en parte, esta situación, porque es, antes que nada, una forma de vida que involucra en una trama única a partes diferenciadas que sólo adquieren valor las unas en relación a las otras en un vínculo que es, simultáneamente, de diferenciación y de entrecruzamiento de la palabra con la carne del mundo, que arrastra el quiasmo del ver y del decir: lo que veo no lo digo, lo que digo no lo veo.
Los actos de habla poseen un fondo que implica simultáneamente fundamento y su ausencia, principios y sus fracturas: el fondo del fundamento es infundado.
____________
1. O para decirlo en términos clásicos, el Otro no existe del mismo modo en que su modelo por excelencia, el Padre está muerto desde siempre en su nombre.
2. Las oscuridades de la “representación” provienen de la misma teoría de la representación, que supone la evocación de una presencia previa de la cual ella sería intermediario. La intuición vendría a colmar este hiato; pero si así ocurriera ya no habría ni sujeto ni objeto porque la división tradicional sujeto/objeto descansa sobre la distancia que entre el primero y el segundo erige la memoria. Véase Colli, Giorgio, Filosofía de la expresión, Trotta, Madrid, 2004.
3. Koselleck, Reinhart, Historias de conceptos, Trotta, Madrid, 2012, p. 190.
 
 
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