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   Problemas y controversias

Metáfora, enunciación, escucha(1)
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
En las líneas postreras de “La metáfora del sujeto”2, Lacan afirma de un modo programático y casi propagandístico, tres proposiciones centrales del psicoanálisis. En ese texto se condensan los hallazgos de Lacan pero también algunas de las debilidades que lastran sus elaboraciones y así obstaculizan su futuro; por eso me importa transcribir una página suya:
“Por supuesto, decir la desorganización constitutiva de toda enunciación no es decirlo todo, y el ejemplo que Perelman reanima de Aristóteles, del atardecer de la vida para decir la vejez, nos indica suficientemente la circunstancia de no mostrar tan sólo la represión de lo más desagradable del término metaforizado para hacer surgir de él un sentido de paz al que no implica en modo alguno en lo real.

Porque si cuestionamos la paz del atardecer, advertimos que no tiene otro relieve que el del tono bajo de las vocalizaciones, así se trate del jadeo de los cosechadores o del alboroto de los pájaros.
Después de lo cual, tendremos que recordar que, por muy blablabla que sea esencialmente el lenguaje, es de él sin embargo que proceden el tener y el ser.
Sobre esto actúa la metáfora por nosotros mismos elegida en el artículo recién citado, precisamente: “Su gavilla no era avara ni tenía odio” de Booz dormido. No es cantar vano que evoque el vínculo que une en el rico, la posición de tener al rechazo inscrito en su ser. Porque ahí está el callejón sin salida del amor. Y su negación no haría aquí nada más, lo sabemos, que plantearla, si la metáfora que introduce la sustitución del sujeto por “su gavilla” no hiciera surgir el único objeto del que el tenerlo necesita la carencia de serlo: el falo, en torno del cual gira todo el poema hasta su última imagen. Vale decir que la realidad más seria, y aun, para el hombre, la única seria, si se considera su papel en el sostenimiento de la metonimia de su deseo sólo puede ser retenida en la metáfora.

¿A dónde quiero llegar sino a convenceros de que lo que el inconsciente trae a nuestro examen es la ley por la cual la enunciación nunca se reducirá al enunciado de discurso alguno?
No digamos que he escogido mis términos, sea lo que tenga que decir, bien que no sea vano recordar aquí que el discurso de la ciencia, en la medida en que sería recomendable por la objetividad, por la neutralidad, por la grisalla y hasta por el género sulpiciano, es tan deshonesto y tan negro de intenciones como cualquier otra retórica.
Lo que hay que decir es que el yo [je] de esta elección nace en una parte distinta de aquella en la que se enuncia el discurso, precisamente en el que lo escucha. ¿No es proporcionar el estatuto de los efectos de la retórica cuando se muestra que éstos se extienden a toda significación? Si se nos objeta que se detienen en el discurso matemático, estamos tanto más de acuerdo cuanto que apreciamos en el más alto grado este discurso por no significar nada”.

¿Cuáles son esas tres proposiciones?
1) Hay algo fundamentalmente desorganizado en toda enunciación y ésta no se reducirá jamás al enunciado de cualquier discurso.
2) La metonimia del deseo sólo puede ser retenida por la metáfora.
3) El Je no nace del enunciado actual sino del acto de ser escuchado. Esa distancia entre lo que se dice y lo que se recibe desde el ser escuchado, ese lapso, por más pequeño que sea, es cualitativamente irreductible ya que existe un desfasaje temporal entre el oírse y el escucharse desde Otro lugar, sitio que ninguna psicogénesis o fisiología podría albergar, porque si bien reclama en principio a un auditor vivo, desde que cumple su papel bien podría estar muerto: es el padre muerto el que lo habita. Llamo a semejante distancia operativa “retórica conjetural”, dado que hay allí una densa burbuja, que del modo más fino y taxativo posible resuelve el ser escuchado en el acto de escucharse. El otro de la escucha se eclipsa cuando yo me escucho, del mismo modo en que me eclipso yo cuando vuelvo a dirigirme a él, es decir, a la denominada tercera persona.
(De otra parte, quiero subrayar esos vocablos en los cuales se marca la virtud operatoria de las proposiciones, sus palabras-temas: desorganizar, retener, escuchar. De algún modo, estarán presidiendo todo mi trabajo).
Pero veamos, antes que nada, sus problemas, algunos de los cuales nunca fueron detectados por el pensamiento “oficial”, a despecho de los obstáculos que llevan consigo.
Que la enunciación implique algo “fundamentalmente desorganizado”, acaba por designar de un modo al tiempo elusivo y alusivo a una cuestión dificilísima y poco o nada tematizada. ¿Qué es lo desorganizado?
La lingüística de la enunciación identifica, cuando no incurre en mero psicologismo, la enunciación con la realización del enunciado. Pues bien, la imposibilidad de realización del enunciado es precisamente la enunciación3; algo que equivale a la apertura de la temporalidad del inconsciente, según reza la fórmula de l’Etourdit, luego reproducida en Encore: “Qu’on dise reste oublié derriére ce qui se dit dans ce qui s’entend”.

Lo que un enunciado entredice otro lo dice, mas este último no es contemporáneo de sí mismo. Pero ¿qué quieren decir expresiones pobres y desesperadas como éstas sino que entre los códigos que preceden al mensaje y el mensaje mismo existe el abismo de la imposibilidad de pensar lo que el pensamiento piensa, que es la única forma pasional de pensar de que dispone el ser humano? (Blanchot se preguntaba si “pensar” y “sufrir” no terminaban por identificarse. Si fuera así, lo que llamamos “afecto” en nada se distingue de ese cómico oficio caracterizado por la palabra “pensamiento”. Por algo las alegorías del pensador adoptan una postura melancólica).
En el adagio “Que se diga permanece olvidado detrás de lo que se dice en lo que se escucha”, habría que prestar atención, antes que nada, a los verbos inicial y terminal. “Diga” expresa al igual que cualquier subjuntivo, una acción posible, especificable por otro verbo o una construcción verbal o incluso un término de valor potencialmente verbal, como el adverbio “quizá”: “No me importa lo que él diga”, “Quizá estudie por las tardes”, etc., etc. Esa acción hipotética puede bien referirse al pasado y allí se enlaza al pretérito imperfecto: “Hubiese sido magnífico que hubiera venido”.

Desde luego: la acción posible se realiza o no, pero el empleo del subjuntivo introduce una sustracción, una tensión entre el posible realizado (o no) y la realización que permanece truncada, al menos por uno de sus aspectos. El subjuntivo levanta el velo del “quiza”, que proviene del latín quis sapit: “quién sabe” o mejor aún “¿Quién sabe?”.
Es decir: introduce en lo posible la huella de la imposibilidad porque en el momento de actualizar la posibilidad, hay una sustracción que marchita el advenir.
El verbo final, de otra parte, presenta un aspecto significativo. En la “Metáfora del sujeto”, Lacan emplea el verbo ecouter. En el aforismo citado, entendre. Solemos traducir ambos por “escuchar”, aunque la diferencia sea notoria, ya que si entendre es “percibir por el oído”, tambien significa “comprender”. El efecto de la fórmula de Lacan consiste en dividir el escuchar del comprender: el sujeto no comprende lo que acaba de escuchar.
Sin embargo, lo escuchado ha llegado a su destino: se sabe por el análisis que si el paciente sostiene que no comprende, ya ha comprendido aquello rehusado…
Entonces el arco del aforismo atraviesa los bajos fondos del dicho para mostrar finalmente, en la conjunción de los verbos extremos, un decir posible en la extrema imposibilidad.

Ahora bien, si examinamos desde la perspectiva que nos abre el aforismo, su concepción de la metáfora ¿no es notorio que, sin advertirlo, Lacan sostiene simultáneamente dos concepciones diversas y hasta antagónicas de esta figura?
Tiene razón cuando cuestiona la supuesta paz del atardecer. Pero la censura no depende de la razón que él invoca, apelando a una suerte de precario impresionismo fónico –el “tono bajo de las vocalizaciones”–, sino de la estructura de la semejanza formal de cuatro términos que toma de Aristóteles vía Perelman, incompatible en última instancia con la producción metafórica, precisamente por el formalismo de inspiración matemática que al separar forma de materia violenta la naturaleza de la lengua viva. La proporción matemática más simple, basada en cuatro términos, A es a B, como C es a D, o en tres, A es a B, como B es a C, es ajena por completo a cualquier contenido, y así el equilibrio de sus letras vacías censura de antemano cualquier contenido posible, que a partir de ese momento se opone a toda dialectización. La proporción, con su aspecto simétrico, vela la disrupción metafórica. De otra parte, si bien la semejanza formal destierra la semejanza material, impone en su forma más pura la analogía que el mismo Lacan combate y no sin razón, tal y como habrá de verse más adelante.

Que la fórmula lacaniana, a diferencia de la de Perelman, reúna términos heterogéneos –significantes llamados puros y significados– no altera para nada el esquema.
De otra parte, veremos cómo la reducción del significante a un puro y arbitrario encadenamiento de fonemas, es insostenible y contradictoria con la práctica efectiva del significante realizada por Lacan en sus análisis textuales, especialmente en las refinadas lecturas de los historiales de Freud.
Además, el mismo rechazo de la analogía, un rechazo que, por lo demás, no se ve acompañado de un examen de los diversos aspectos de la tradición analógica, es asimismo contradictorio con el modo de análisis de ciertos ejemplos cuyo didactismo apenas disimula sus inconsistencias. En el caso citado más arriba, la sustitución del falo por gavilla, ¿en qué podría basarse sino en un juego analógico material4?
Sustitución que, es preciso decirlo, aporta una muy dudosa ganancia de contenido. Sí, es cierto, el falo está omnipresente en el poema de Víctor Hugo, pero del mismo modo en que está presente en la literatura erótica universal. La apelación al falo es válida y operativa cuando ostenta un carácter disruptivo y así adquiere eficacia clínica. El falo se circunscribe a sus efectos de irrupción, cuando algo decae de su esplendor y así alcanza el acmé del goce, siempre y cuando se lo conciba como un operador despojado de funciones metalingüísticas: la didáctica fálica es ya una peste, porque el falo ha quedado tomado, en su multiforme pregnancia, por vínculos codificados hasta la saturación.

Ciertamente: Lacan atribuye a la sustitución prioridad lógica sobre cualquier forma de similaridad. Mas este criterio –cuyo valor estoy muy lejos de ignorar– está oscurecido por una elemental evidencia. Si en última instancia la sustitución significante es sustitución de nada que estuviera allí de antemano (como parece insinuarlo el ejemplo princeps del perro que hace “miau-miau”), entonces nada, absolutamente nada, distingue al significante de la metáfora, ni siquiera de la metonimia –la cual, de otra parte, no es figura alguna según el resultado efectivo de la textualidad lacaniana–5. O para decirlo con términos que en el curso de los desarrollos posteriores alcanzarán su dilucidación, la metonimia (a la que poco le falta, según la construcción lacaniana, para que se confunda con la elipsis) es el momento no figural propio de toda figura.
Por falta de discernimiento, significante, metáfora, incluso concepto, vienen a parar a la misma olla de la indistinción.
¿Cómo justificar así el valor de la metáfora, constituyente del deseo?
He aquí un problema sin duda central.
Por último, es preciso subrayar la frase final del fragmento de Lacan transcripto: la retórica detiene su alcance ante el discurso matemático. Mas si éste es apreciado en el más alto grado, ¿qué incidencia tiene en el campo del psicoanálisis?
Conocemos la respuesta de Lacan y también es preciso aquí reiterar que la apelación a las matemáticas es una forma de resistencia al psicoanálisis y sus efectos.
Estas líneas delimitan el campo de lo que habré de tematizar, sus interrogantes, sus respuestas, sus atajos y también sus atascamientos.
_______________
1. En esta y la siguiente contribución abandono por un par de meses la serie de notas sobre estética y psicoanálisis que continuaré el año próximo.
2. LACAN, J., Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008, p. 830.
3. No se puede realizar la enunciación por la misma razón de que es imposible realizar el deseo: ¿cómo realizar lo que Lacan denomina fuga metonímica?
4. Llamo analogía material a la que se funda en la comunidad parcial de rasgos y que encuentra su correlato lógico –su correlato, no su explicación– en la intersección. La analogía formal (en el léxico de Perelman se trata de la semejanza de relación opuesta a la relación de semejanza) establece una correlación entre por lo menos dos relaciones (A es a B como C es D) con independencia del contenido de los términos. En la parte final del trabajo volveré sobre el particular.
5. La metonimia lacaniana se acerca al desplazamiento, pero se diferencia de él porque es más un hueco que ningún desplazamiento alcanza que una figura positiva. Dicho de otra forma: la metonimia de Lacan, a la que él le atribuye quizá por gusto de la simetría propagandística, el estatuto de figura autónoma, es un anticipo de lo que más tarde llamará objeto a.
 
 
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