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   Entrevista

Martín Alomo
  Elección y goce
   
  Por Emilia Cueto
   
 
Siguiendo las huellas de Freud y Lacan ha trabajado la noción de elección, tanto en relación con las neurosis como con las psicosis, diferenciándola de la determinación. ¿Qué divergencias básicas encuentra, a partir de su lectura, en la perspectiva de cada uno de los maestros?

Son muchas las aristas del tema, y en varios años de trabajo, encontré muchísimas referencias de la elección en Freud y en Lacan: en relación con el síntoma, con la interpretación de los sueños, con la elección de estructura e incluso con el tipo clínico, etcétera. A la hora de las diferencias, la más clara es la relativa al final del análisis. Freud llega hasta un punto que delimita muy bien y que, sin embargo, estamos acostumbrados a leer y a citar bastante mal. Me refiero a esa “roca viva” de la castración y a las posiciones que menciona –con las que él se encontraba en el final– para el hombre y para la mujer: la posición pasiva del hombre ante otro hombre, y la reivindicación del falo en las mujeres. Él señala, en las últimas páginas de “Análisis terminable e interminable”, que el análisis brinda al analizante la posibilidad de variar su actitud frente a aquellas posiciones. De eso se deduce entonces que persistir en alguna de esas posiciones neuróticas caracterizadas para el hombre y para la mujer, es una posibilidad, pero también hay otras. Me parece que justamente ahí, en ese punto electivo, es desde donde parte Lacan en su investigación sobre el final de análisis, y creo que esta es la diferencia fundamental, porque sus alcances son clínicos, pero también epistémicos y políticos.

¿Cuál es la relación entre elección y goce?

Tema difícil. Para problematizar la cuestión, en uno de mis libros –creo que en La elección irónica– aproveché una frase de una conferencia de Colette Soler, en la que habla de “la elección del goce”. Para llegar luego, por supuesto, a considerar la decisión del goce más bien ya efectuada, y el sujeto acomodándose a eso como puede, también en la medida de lo que le gusta, de lo que desea. Después de todo goce y deseo no son opuestos, uno tienta al otro, el otro puede condescender, etcétera. Lo que es cierto es que no se puede hablar de “la elección del goce” en el sentido del genitivo subjetivo; y, por otro lado, si lo leemos como genitivo objetivo, es decir si “el goce es el que elige” ya estamos en el horno, porque si hay algo que eso no es, es justamente una elección. Estaríamos en tal caso ante otro tipo de determinación exterior al sujeto: determinado por las condiciones de la estructura, pero también determinado por las condiciones de goce. Las relaciones entre elección y goce, entonces, están marcadas por una especie de libertad condicionada, la elección forzada y, tal vez, al final del análisis, si es que éste ha operado verdaderamente una modificación en las condiciones de goce del sujeto, tal vez sólo entonces podríamos hablar de una “elección del goce” leyendo allí un genitivo subjetivo, por difícil que pueda parecer pensarlo. Pongámosle algunos atenuantes: que lo que se elija sean los modos de habitar y de vivir determinadas condiciones de goce y, como solemos decir, saber hacer con eso.

En La elección irónica. Estudios clínicos sobre la esquizofrenia, al abordar un caso clínico, refiere que la paciente, a quien diera en llamar Cristina, decide consentir un tratamiento por vía de la palabra, “darle entrada” a la intervención del analista, escuchar algo nuevo, etc. ¿Cómo piensa a la elección en las psicosis?

Me gusta pensar una elección de estructura en un sentido fuerte. Me tomo en serio aquella frase de Lacan sobre “la insondable decisión del ser” que leemos en “Acerca de la causalidad psíquica”. Por difícil que sea de pensar la posibilidad –o más bien la contingencia– de que un rechazo tan radical como es la forclusión del nombre del Padre sea un acontecimiento electivo, sin embargo mi posición es contundente al respecto: considero que allí hay una elección. Es tan difícil de argumentar y de fundamentar el problema que tal vez por eso escribí tantos libros al respecto. Sin embargo, la idea central se puede decir en pocas palabras: así como hay la ética del análisis, por la cual cada analista se orienta en su acto a partir del saldo que ha obtenido de su propio análisis, también hay la ética del sujeto psicótico, ya sea paranoico, esquizofrénico, maníaco o melancólico. Y también, por qué no, podemos encontrar sujetos provenientes de una estructura psicótica con otra ética: por ejemplo una ética de artista sublimador o una ética de analizante. La clínica me ha enseñado de modo patente que los hay. Y no sólo eso: he aprendido que hay psicóticos que han atravesado un análisis de cabo a rabo, es decir que han podido concluirlo, con la modificación que eso implica para su condición de goce y para sus manifestaciones sintomáticas. Aunque, también hay que decirlo, sin que se hayan borrado –cosa que seguramente no pasa tampoco en las otras estructuras clínicas– sus rasgos estructurales característicos.

Sobre el final de Clínica de las elecciones en psicoanálisis. Libro II, comienza a darle un lugar central a “la ironía de transferencia”, de la cual deriva otra indicación técnica en la dirección de la cura con pacientes esquizofrénicos, ¿Cuál es la propuesta?

La propuesta es tomarnos en serio esas palabras de Lacan de 1966 en respuesta a los estudiantes de filosofía, en relación con la ironía con que está armado el esquizofrénico, con la que ataca de raíz a todo lazo social… Más o menos creo que dice así. Y eso que se me ocurrió llamar “ironía de transferencia” para diferenciarla de la “ironía en transferencia”. Vendría a ser algo así como la versión para la clínica de las psicosis de lo que solemos pensar como “transferencia negativa”. La “ironía de transferencia” vendría a ser el modo en que el rechazo al Otro del lazo social es puesto en juego tomando como objeto a la persona del analista. No se trata de una propuesta técnica, por supuesto, ya que no propongo eso como una herramienta generalizable ni transferible a otro analista. Lo que hago en el libro es contar mi experiencia. Así que más que proponer algo con esa idea, lo que hago es contar cómo me las arreglé yo con eso. Después de haber sido repudiado, atacado de raíz en tanto representante del lazo social, por parte de sujetos esquizofrénicos, lo mejor que pude hacer con eso, algunas veces, es conversar con el modo de excluirse, o incluso apelar al humor y ensayar un chiste o una broma con eso que el sujeto está haciendo para aislarse, para excluirse del Otro de lo social. Algunas veces eso funcionó en el sentido de fortalecer las condiciones de una transferencia más favorable para continuar con el trabajo. Incluso algunas veces eso funcionó para que al sujeto le dieran ganas, es decir prefiera –que proviene del griego proairesis, elegir– continuar tomando la mano del Otro de la transferencia justo en ese mismo momento en que amenazaba desenlazarse una vez más.

Usted señala que la ironía esquizofrénica, entendida como un punto de desanudamiento o exclusión del lazo social, encuentra en el sostenimiento de las transferencias con la institución hospitalaria “el único lazo social que su ironía esquizofrénica tolera”. Usted forma parte desde hace muchos años del Hospital Braulio Moyano, ¿Cuál es su postura respecto de la desmanicomialización?

En el hospital veo, sobre todo en lo que atañe a su aspecto asilar, por cierto insoslayable, del Moyano –también del Borda–, un lugar que funciona al modo de depósito, es cierto, aunque también de casa. Finalmente es un lugar para alojar los cuerpos de aquellos sujetos que no han podido ser retenidos por las redes del lazo social, y entonces van a parar, como desechos, al asilo. Creo que una política seria de salud mental implicaría tener en cuenta esta variable, la del fuera de lazo. Todos sabemos, por supuesto, que hay algunos pacientes que están internados y que perfectamente podrían vivir externados si tuvieran afuera alguien que los quisiera. Pero como no pueden sostenerse sin otros, si se les da el alta vuelven al poco tiempo. Para enfrentar esto hay dispositivos que deberían estar funcionando y que, sin embargo, casi no existen, salvo una o dos excepciones. Me refiero a las casas de medio camino y ese tipo de dispositivos intermedios.
En definitiva, opino que todo lo que sea desmanicomialización sirve siempre y cuando se trate de desmanicomializar las mentes, los pensamientos cortos de todos nosotros, pero principalmente de los gestores de políticas públicas de salud mental. Ello de ninguna manera coincide con cerrar los hospitales ni mucho menos. Puede resultar enloquecedor y muy “manicomializante” la cultura del DSM y el psiquiatra que hace la receta en medio minuto sin siquiera mirar a la cara al paciente, o el psicólogo aplicando recetas estándar, protocolos que se supone deberían acomodar desde afuera algo que le anda mal al psicótico adentro.
Hace algunos años, con motivo de una de las tantas amenazas de cierre del Borda, el Moyano y el Tobar, escribí un texto que leí en una asamblea pública de colegas. Si no me equivoco está publicado en elSigma. Ahí resumo mi posición al respecto.

Desde las coordenadas que sigue sosteniendo la sociedad en relación con la locura, sobre todo en las internaciones –muchas de por vida–, pero no solo, donde “vigilar y castigar” –tal los desarrollos de Foucault– están presentes, ¿Cómo piensa el lugar del cuerpo en las psicosis y los efectos que este entramado produce?


De acuerdo con lo que decía recién, considero que el hospital, cuando funciona como dispositivo interdisciplinario e interdiscursivo en los casos en que verdaderamente hace falta –me refiero a las internaciones– actúa como un cuerpo suplementario, un cuerpo exterior que contiene –a condición de que escuchemos ese “contiene” sin el valor metafórico que toda palabra conlleva– al organismo, o a los órganos sueltos, o a las entidades incorpóreas que muchas veces es el psicótico. En Vigilar y castigar Foucault deja bien señalado el punto de cómo el Estado marca los cuerpos singulares a través de los dispositivos. Hoy, creo, en lo que atañe a las internaciones en salud mental, el dispositivo “Hospital de Salud Mental” es una especie de barrio circundante, exterior a los límites, a los muros que representa el arsenal químico cada vez más impresionante. De allí que aquellos que hoy en día necesitan una internación prolongada en un hospital, son sujetos que se han quedado muy pero muy afuera del lazo social, entramado que hoy cuenta con muros químicos muy eficaces para delimitar el alcance de lo socialmente aceptable. Luego, a las personas que aun así han caído hasta la instancia asilar, el Estado no las vigila ni las castiga, sino que cumple con el deber de contenerlas y sostenerlas. ¿Si no quién?

También en La elección Irónica, señala que se pueden encontrar efectos terapéuticos o a nivel de la posición subjetiva de los pacientes, en dichas presentaciones. Dadas las características del dispositivo, ¿se podría ubicar a tales efectos más ligados a los producidos por la sugestión?

Sugestión ligada a los efectos terapéuticos hay siempre, no sólo en las presentaciones. Por lo tanto no debemos descartar ese factor. La particularidad que tiene el dispositivo en lo que hace a la sugestión que puede ejercer, tal vez radique en su espectacularidad y en la teatralidad de la situación: está el lugar de la escena, el lugar del auditorio, y hay que ver la fuerza del silencio atento del auditorio en una presentación, es impresionante. Porque no se trata de cualquier auditorio, sino de colegas muy transferenciados con el psicoanálisis, seguramente con el entrevistador también, y muy interesados en lo que el paciente tenga para decir. Todas esas condiciones, con la entrevista conducida por alguien que si es analista tratará de interferir lo menos posible para que la conducción de eso que habla en el paciente tome el timón, vuelven bastante factible la posibilidad de que el paciente vire a una posición activa, no diré de analizante, pero sí de ser hablante activo que intenta hacerse escuchar ante otros, y ya no de paciente.

En cuanto a los cambios en la posición del sujeto, es notable. A veces el primer cambio que aparece es de la negatividad a la positividad. Es decir: no había sujeto y ahí aparece, ahí se produce un sujeto. Y más sorprendente aún son esos casos en los que el analista a cargo del tratamiento después nos cuenta el momento post–presentación, donde recoge los efectos de ese efecto–sujeto que se produjo en el dispositivo. De estos cambios a nivel del sujeto, creo que los efectos más notorios son la formulación de una demanda, e incluso la puesta en forma, no diré del síntoma, pero sí de una especie de proto–síntoma, donde se pueden detectar ya un esbozo de división subjetiva y una demanda dirigida al analista: sí, división subjetiva y demanda dirigida al analista en casos de psicosis. Esto puede ser retomado ulteriormente en el contexto de cada tratamiento.

La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com

Martín Alomo es psicoanalista. Doctorando, Profesor y Lic. en Psicología por la Universidad de Buenos Aires. Docente de la Cátedra I de Clínica de Adultos, Facultad de Psicología, U.B.A. Psicólogo de planta del Hospital Braulio Moyano. Miembro del Foro Analítico del Río de la Plata y de la Escuela Internacional de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano. Autor de: La elección en psicoanálisis. Fundamentos filosóficos de un problema ético; La elección irónica. Estudios clínicos sobre la esquizofrenia; La estructura del insulto; Clínica de la elección en psicoanálisis (Libro I. Por el lado de Freud y Libro II Por el lado de Lacan), todos publicados por Editorial Letra Viva, Buenos Aires, Argentina.
 
 
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