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   Conceptos fundamentales del psicoanálisis

El juego de la pulsión
  Por Luciano Lutereau
   
 
En el capítulo 2 de Más allá del principio del placer (1920), Freud se propone una “estética de inspiración económica”. De acuerdo con este propósito es que considera el juego, desde una perspectiva infantil, en función de la ganancia de placer.
Al igual que Aristóteles en su Poética, Freud destaca que el juego se nutre de una extraña condición paradójica: muchas veces da lugar a lo “desagradable”, con lo cual cabe preguntarse en qué medida podría ser placentero cobijar lo que, en definitiva, no causa placer. En este punto, es importante realizar una aclaración; el planteo freudiano no peca de ingenuo al proponer que el displacer sería un predicado del objeto que el juego representa –cuestión que también podría proponerse en términos artísticos: ¿qué satisfacción podría haber en la contemplación de una crucifixión? No obstante, en este caso, el placer es relativo al acto contemplativo antes que al modelo–. La pregunta freudiana se formularía con otros términos: ¿por qué el displacer motoriza el juego? Para dar cuenta de este aspecto es que se introduce el llamado “fort-da”.
En primer lugar, cabría advertir cómo Freud ubica el hábito –cuya estructura no estaría en un “hacer de cuenta que…” sino en el “una y otra vez” que lo fundamenta– en el núcleo mismo de acto de jugar:

“… este buen niño exhibía el hábito, molesto en ocasiones, de arrojar lejos de sí, a un rincón o debajo de una cama, etc., todos los pequeños objetos que hallaba a su alcance, de modo que no solía ser tarea fácil juntar sus juguetes. Y al hacerlo profería, con expresión de interés y satisfacción, un fuerte y prolongado ‘o-o-o-o’, que, según el juicio coincidente de la madre y de este observador, no era una interjección, sino que significaba ‘fort’ {se fue}.”

En segundo lugar, es notorio que Freud considere mucho más el “uso de sus juguetes” antes que la materialidad o su carácter concreto. Lo significativo es que el niño jugaba a que “se iban”; y lo mismo ocurrió con un carretel enlazado con un piolín, el cual no utilizaba para “jugar al carrito”, sino que arrojaba tras la baranda de su cuna, para despedirlo, aunque –en este caso– también saludando su regreso con un “Da” {acá está}. Por esta vía, el juego se realizaba con un doble tiempo: desaparición/aparición. Por último, a esta variación del juego se añade una tercera experiencia:

“Un día que la madre había estado ausente muchas horas, fue saludada a su regreso con esta comunicación: ‘¡Bebé o-o-o-o!’; primero esto resultó incomprensible, pero pronto se pudo comprobar que durante esa larga soledad el niño había encontrado un medio para hacerse desaparecer a sí mismo. Descubrió la imagen en el espejo del vestuario, que llegaba casi hasta el suelo, y luego le hurtó el cuerpo de manera tal que la imagen del espejo ‘se fue’.”

En este punto, cabría preguntar: ¿se trata de un mismo juego y sus variaciones o de tres juegos distintos? Ya que no es lo mismo jugar con la expulsión que satisfacerse en el recorte de un espacio invisible, como tampoco lo es interrogar el deseo del Otro a través de la propia ausencia en un proceso de sustracción. Se trataría, en cada caso, de un modo de satisfacción pulsional diferente. Así, puede notarse que el juego enlaza con distintos circuitos de satisfacción; o mejor dicho, que la pulsión es el hilo conductor para entender el concepto de juego. No obstante, ¿en qué sentido se puede pensar la pulsión como un “circuito”?
De acuerdo con la enseñanza de Lacan, a la altura del seminario 11, la pulsión estaría estructurada como un montaje y es una razón gramatical la que permite dar cuenta de este aspecto:

“Freud nos presenta entonces la pulsión en una forma tradicional, utilizando en todo momento los recursos de la lengua y apoyándose sin vacilaciones en algo que sólo pertenece a ciertos sistemas lingüísticos, las tres voces, activa, pasiva y media.”

Sin embargo, de acuerdo con Lacan, quizá no se trate de llevar demasiado lejos esta consideración, ya que “esto no es más que cascarón. Tenemos que darnos cuenta de que esta reversión significante es una cosa, y otra, muy distinta, lo que recubre. Lo fundamental de cada pulsión es el vaivén con que se estructura”. Por esta vía es que cabría distinguir el modo en que, para cada circuito, el objeto funciona como causa, así como su punto de angustia. Este movimiento diferencial es el que permite apreciar de qué modo cada pulsión es constitutiva de una forma de deseo y de la estructuración del sujeto:

“Hay que hacer la distinción entre el regreso en circuito de la pulsión y lo que aparece […] en un tercer tiempo. O sea, la aparición ein neues Subjekt, que ha de entenderse así –no hay ya un sujeto, el de la pulsión, sino que lo nuevo es ver aparece un sujeto. Este sujeto, que es propiamente el otro, aparece si la pulsión llega a cerrar su trayecto circular.”

Ahora bien, esta disquisición no invalida toda formulación gramatical, ya que “la articulación del lazo que forma el ir y venir de la pulsión […] se concentra en [un] hacerse”. De este particular “hacerse” se trata en cada circuito pulsional cuando la operación causal del objeto se pone en acto y el sujeto se identifica con alguna modalidad del deseo –de la misma manera en que un niño se deja comer en el juego de las damas (para luego comer), o bien se hace perseguir por la mancha (a la que busca y evade)–. Por esta vía, cada juego podría tener su modo pulsional privilegiado.*
Por último, es importante destacar que cada pulsión tiene su propio circuito; esto es, que no hay continuidad genética que las integre en una serie evolutiva. Si un resultado puede obtenerse de esta breve elaboración es que lo mismo cabe decir de los juegos: no hay etapas esperables; o, dicho de otro modo, la cronología es sólo el reflejo vivencial de una lógica.
De acuerdo con esta última indicación, la principal contribución que podría suponerse a una teoría del juego en psicoanálisis –que realice el proyecto freudiano de una “estética económica”– es una elucidación metodológica acerca del modo en que puede enfocarse el estudio de la experiencia lúdica sin recaer en formulaciones empíricas o parciales. Quizá ni siquiera sea necesaria una teoría del juego… antes de disponer de un esclarecimiento de las operaciones pulsionales que articulan pérdida y deseo a través de una lógica de la constitución de las formas del objeto a.
___________________
* Me ocupé de esta cuestión en mi libro Los usos del juego. Estética y clínica (Buenos Aires, Letra Viva, 2012).
 
 
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