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   Colaboración

El estatuto del acto
  Por Daniel  Zimmerman
   
 
Abordar la dimensión del acto –su tiempo, sus escenarios, sus incidencias– habilita un recorrido doble, una doble vía de interrogación:
–Esclarecer lo que concierne al acto nos permite poner en evidencia al objeto a como la apuesta del acto psicoanalítico;
–Y situado así, con la topología del objeto a, el acto psicoanalítico mismo resulta idóneo para despejar las coordenadas generales del acto.
¿Qué es un acto? Ante todo, destaquemos que no debe confundirse con nada del orden del comportamiento; la puesta en juego de la motricidad no alcanza para definir la dimensión del acto. Un verdadero acto resulta de un corte en la cadena significante que verifica la estructura dividida del sujeto. La incidencia del significante es intrínseca al acto: la travesía de un límite, el franqueamiento de un umbral, son las condiciones propias del acto; de allí que Lacan considere paradigmático el cruce del Rubicón por parte de Julio César. Y aunque el sujeto no pueda reconocerlo en su carácter inaugural, igualmente experimenta una renovación luego de llevarlo a cabo.

Ahora bien, esta mutación subjetiva solo puede leerse retroactivamente. El acto, podríamos decir, está suspendido del significante, en el doble sentido de: estar soportado por él y, a la vez, de permanecer en suspenso. Si efectivamente el acto toma su lugar a partir de un decir, no es menos cierto que ese decir se despliega porque el acto, como subraya Lacan, ya estaba. Apelación al pretérito imperfecto cuya ambigüedad, además de imprimir fuerza a la afirmación, hace patente esa dimensión retroactiva: el acto estaba allí, justamente, “[…] en el instante en que [la palabra] por fin llegaba”.1

Por otra parte, afirmar que el acto se funda a partir del significante no excluye reconocer que en el horizonte de esa repetición se vislumbra lo real. Ya en el Seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Lacan advierte: “[…] un verdadero acto, siempre tiene una parte de estructura, de referencia a algo real que no está preso ahí de un modo evidente”.2 El significante, efectivamente, impone a lo real la discontinuidad que habilita la función del sujeto.
Lo que a esa altura de su enseñanza se abre como interrogación, encontrará la respuesta cuatro años más tarde: en el principio del acto se sitúa nada menos que el objeto perdido de Freud, ese objeto que Lacan reformula como la causa del deseo. En la clase del 17 de enero de 1968 del Seminario El acto psicoanalítico, Lacan propone: “Allí donde se trataba del significante, […] yo que actúo […] lanzo en el mundo esa cosa a la que uno podría dirigirse como a una razón […], el pequeño a […], yo, de lo que introduzco como nuevo orden en el mundo, debo devenir el desecho”.
La reformulación del clásico aforismo freudiano Wo Es war, söll Ich werden, resulta una vía adecuada para aproximar la condición original del acto de sancionar un comienzo. Una vez más, la duplicidad del pretérito imperfecto enfatiza el efecto de retroacción del significante.

El sujeto dividido no es sin ese objeto que, arrojado al escenario del mundo, opera su eficacia al suscitar un deseo renovado (el “nuevo amor” del poema de Rimbaud). Eficacia que se distingue de la eficiencia de una tarea a realizar: el sujeto del inconsciente es puesto en acto al asumir su propia causalidad.
El psicoanalista, en un psicoanálisis, no es sujeto. Su función –escabrosa, sin duda– consiste en ofrecerse como soporte para el objeto a. A través de su acto, el psicoanalista habilita la tarea que permite al sujeto del inconsciente tomarlo por la causa de su deseo. Asumiendo ese “riesgo loco”, devendrá la mirada y la voz del analizante.
A cargo del analizante está la tarea. El trabajo es del inconsciente; el acto analítico gobierna la operación para que el objeto a advenga, instaurando el corte que, en el campo escópico, da lugar a la mirada y que, en el universo sonoro permite que la voz resuene. Así, pues, el analizante no se cura porque rememora; la rememoración resulta del corte que implica el acto analítico. Desconocer esta cuestión lleva irremediablemente al analista a perder el rumbo; la resistencia queda entonces de su lado en la medida en que se resiste a su acto.

La posición del psicoanalista está hecha de objeto a, no del propio, sino del de su analizante. Esto es lo que permite distinguirla de la posición masoquista: algo del orden de la indigencia, y no de la completud, es lo propio de su lugar. Y si bien la presencia de ese objeto dispara la señal de la angustia, su acto no la provoca; en todo caso, “verlo hacer” es lo que podría resultar angustiante: lo que cuenta del acto, cualquiera sea, es precisamente lo que se le escapa.
Lacan inaugura el seminario sobre el acto psicoanalítico el 15 de noviembre de 1967 y lo termina antes de lo previsto, el 15 de mayo de 1968. La serie se interrumpe y su interrogación queda “en pañales”, como él mismo lo dice. En los años subsiguientes aludirá a esta prematura interrupción no solo para evocar las razones de su decisión sino además, y especialmente, para situar el punto en el que la cuestión merecería ser retomada.
En la reunión del 4 de junio de 1969, correspondiente al Seminario De un Otro al otro, Lacan evoca: “[…] el año pasado, alrededor del inicio de un memorable mayo y sus acontecimientos, por mi propia voluntad y por razones de las que no reniego suspendí lo que tenía para decir. Más allá de cuán legítimas hayan sido estas razones, lo cierto es que lo que dije quedó truncado”.3 Para subrayar a continuación: “¿El analista sabe o no lo que hace en el acto psicoanalítico? En este punto preciso […] se detuvo y encontró suspendido mi discurso, en la perspectiva de ese nudo tan severo, tan rigurosamente interrogado, de un cuestionamiento del acto psicoanalítico […]”.4

El psicoanalista sabe de antemano que su acto es ser causa de ese proceso, pero finge olvidarlo. A fines de ese mismo año, ya en el marco del Seminario El reverso del psicoanálisis, Lacan destaca:
“Aquel año, era el 68, interrumpí mi seminario antes del final, con el fin de mostrar, de esa forma, mi simpatía por lo que entonces se movía y sigue moviéndose, moderadamente. […] ¿Qué es lo que se engendra para que un buen día un psicoanalizante se comprometa a serlo, psicoanalista? Esto es lo que intenté articular cuando hablé del acto psicoanalítico”.5
La preocupación de Lacan gira en torno a una cuestión central: ¿qué lleva al analista a asumir la función de soportar la causa del deseo del analizante? Posición sin duda inédita que permite aproximar lo real, haciendo del acto analítico un oficio imposible.

En la clase del 14 de enero de 1970 de este mismo seminario, Lacan retoma una vez más la fórmula freudiana Wo Es war, soll Ich werden y, poniéndola en esta ocasión a cuenta del psicoanalista, propone: “Es ahí donde estaba el plus de goce, el gozar del otro, adonde yo, en tanto profiero el acto analítico, debo llegar”.
Su flamante esquema de los discursos le permite señalar cómo, ubicando el objeto a en el lugar del agente, el psicoanalista encuentra el lugar adecuado para interrogar como saber lo que concierne a la verdad. El acto psicoanalítico, así, introduce la dimensión del goce, pero bajo la forma de un campo vacío. De esta manera, permite al analizante advertir que el éxito de su acto se sostiene de un fracaso: el fracaso para establecer la relación sexual.

1. Jacques Lacan: “El acto psicoanalítico”, en Reseñas de enseñanza, Ed. Hacia el tercer encuentro del campo freudiano, Buenos Aires, 1984, pág. 57.
2. Jacques Lacan: El Seminario, Libro XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Barral editores, Barcelona, 1977, pág. 61.
3. Jacques Lacan: El Seminario, Libro XVI: De un Otro al otro, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2008, pág. 309.
4. Ibíd., pág. 316.
5. Jacques Lacan: El seminario, Libro XVII: El reverso del psicoanálisis, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1992, pág. 213.
 
 
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