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   Cuando el cuerpo se hace letra

La demanda hecha a la función biológica
  Por Haydée Heinrich
   
 
El dormir profundo hace posible que el cuerpo dure”.
Jacques Lacan (“Más allá del despertar”, 1974)

Estamos acostumbrados a recibir derivaciones de sujetos que dicen estar sometidos a exigencias laborales, familiares, económicas, imposibles de resolver: refieren un estado de nerviosismo que no es subjetivado en términos de angustia y que en cambio provoca reacciones en el cuerpo: taquicardia, hipertensión, úlcera, insomnio, por sólo nombrar algunas. El médico diagnostica stress, ya sea alarmado o bien minimizando (“es sólo psicosomático…”). En cualquiera de los dos casos, la derivación será oportuna, si no pretende reemplazar la atención médica, porque –si se tratara efectivamente de un fenómeno psicosomático– el cuerpo estaría siendo afectado en lo real.

Stress, surmènage, burn-out, son distintas maneras de dar cuenta, según la época, de la “perplejidad orgánica” que puede ser provocada en un organismo a partir de la demanda del Otro, cuando ésta no puede ser interrogada.
Como indica Lacan: “Desde el momento en que hemos obtenido, condicionado, erigido una de las respuestas del organismo, vamos a ponerlo en postura de responder de dos maneras opuestas a la vez, engendrando, si puede decirse, una especie de perplejidad orgánica. En ciertos casos, (…) obtenemos una suerte de agotamiento de las posibilidades de respuesta, una suerte de desorden más fundamental engendrado por su desvío (…). En resumen, llegar al punto donde la demanda hecha a la función puede culminar, desembocar sobre esa suerte de déficit que sobrepa­sa la función misma; lo que interesa al apa­rato de manera que lo mo­di­fica, más allá del registro de la res­puesta funcional, lo que más o me­nos confina, en las huellas durables que en­gendra, con el déficit le­sio­nal. Esto es algo que se ha teorizado más recientemente, y en otras áreas culturales, por me­dio del tér­mi­no de stress.”1
Cuando no es posible sustraerse a la perentoriedad de dicha demanda, ya sea interrogando, equivocando, bromeando, soñando, fantaseando, mintiendo, o aun sintomatizando, la misma se convierte en un estímulo que exige respuesta inmediata.

Refiriéndose irónicamente al perro de Pavlov, Lacan dirá: “La experiencia puede provocar en él toda clase de desordenes, pero al no ser hasta el presente un ser que habla, no está en condiciones de interrogar el deseo del experimentador”.2 Es curioso que Lacan se sirva del experimento de Pavlov, salvo que pensemos que efectivamente encuentra allí alguna especificidad que le permite inteligir la lógica del fenómeno psicosomático. La interrogación a la que se refiere, es condición para que el significante opere como tal, de lo contrario puede adquirir el funcionamiento de un signo holofrásico que acciona un circuito estímulo-respuesta; y esa respuesta funcional automática (la secreción gástrica, por ejemplo) puede ser perjudicial para el organismo, por estar desencadenada por un estímulo inadecuado (la campana); en su reiteración, podrá modificar al aparato más allá del registro de la respuesta funcional, engendrando huellas duraderas. A nuestro entender, tal como lo plantea Lacan, es esta lógica la que subyace al fenómeno psicosomático, más cercana a una experiencia pavloviana que a la lógica del inconsciente, la que estaría “fuera de juego” al no contar con la “función afanisis” del sujeto.3
Al ser el parlêtre un ser que habla, debería estar en condiciones de interrogar la demanda del Otro, sin embargo, esto no siempre sucede. Tal como demuestra Freud, hay experiencias que se vuelven traumáticas al ser imposibles de mediatizar, ya sea por su propio carácter excesivo o bien porque el aparato no está en las mejores condiciones para hacer funcionar la barrera antiestímulo.

Los psiconeuroinmunoendocrinólogos constatan en el laboratorio lo que Lacan lee en la clínica: las funciones biológicas soportan ser sometidas a cargas excesivas durante un determinado lapso de tiempo, después del cual el organismo debe retornar a un estado de reposo, si no queremos que se produzcan lesiones. Esto vale tanto para el animal como para los seres humanos. Es fácil imaginar un gato ante una situación de peligro en la que se produce una descarga de adrenalina: arquea el lomo, se le eriza el pelo, aumenta su ritmo respiratorio, la frecuencia cardíaca, la tensión arterial, fija la mirada, aguza el oído, todo preparado para luchar o huir. Fight or flight, se lo llama; después del desenlace las funciones biológicas volverán a la normalidad.

Hace unos años, circularon varios capítulos de una película, Esa loca loca gente, donde, entre otras situaciones humillantes, se veía a un hombre en su primer día de trabajo en una pastelería: su función era la de colocar, con una manga, cuatro copetes de crema en las tortas que avanzaban por una cinta transportadora, y luego depositarlas en una mesa. Esta sencilla actividad se complicaba a medida que aumentaba la velocidad de la cinta, con lo cual los pasteles irremediablemente caían al piso ante la reacción de pánico de la desprevenida víctima, quien corría de un lado al otro tratando de evitar lo inevitable. Podríamos agregar la suposición de que este hombre hubiera estado desempleado y con una familia que mantener. Imaginemos ahora que la cinta encuentre la velocidad ideal, es decir el límite de rendimiento del operario, y que esta experiencia se reitere durante 8 ó 9 horas, 6 días a la semana. ¿Qué sucede cuando la tensión engendrada por la demanda del Otro (el Otro está ahí, dice Lacan) no consigue descender a niveles tolerables para el organismo?

La función biológica del dormir. Refirámonos en esta oportunidad al dormir, que es una de las funciones biológicas pasibles de ser perturbadas en esta lógica pavloviana, impidiendo (¿causa o efecto?) el sueño en tanto formación del inconsciente, cuando la equivocidad del significante es reemplazada por la univocidad del signo, porque el sujeto no está en condiciones de preguntar: me dices tal cosa, pero ¿qué quieres en realidad? ¿Quieres perderme?
Dormir… soñar… sustraer el cuerpo a la perentoriedad del signo; metáfora y metonimia sólo pueden actuar sobre significantes.
“Si mi sueño llega a unirse a mi demanda, –o a lo que se muestra aquí como su equivalente, la demanda del otro–, dice Lacan, me despierto”.4 La demanda debe ser elaborada por el inconsciente para que no interfiera con el dormir. Allí donde para los conductistas, entre estímulo y respuesta, sólo existe una caja negra carente de interés, Freud intercala el esquema del peine.

Todas las especies cuentan el dormir entre sus funciones biológicas, sin embargo para el parlêtre no se trata sólo de una necesidad, sino que adquiere estatuto de deseo. Así, sólo la especie humana puede hacer del dormir, insomnio.
El dormir, asociado al sentido y a lo imaginario, es devaluado por la prisa posmoderna, (quedarse dormido, ser un dormido, dormirse sobre los laureles…). Hasta Lacan llega a decir: “(mis sueños) al contrario de los de Freud, no están inspirados por el deseo de dormir; a mí me mueve más bien el deseo de despertar”.5 Sin embargo, tampoco se trata de hacer una apología del despertar, (en sentido transitivo incluso: despertar a nuestros pacientes), ya que es del lado del despertar que se ubica el más allá y la pulsión de muerte.

La vida en el cuerpo sólo subsiste por el principio del placer, sometido al inconsciente, es decir al lenguaje. La ambigüedad del lenguaje es la que suple la ausencia de relación sexual y enmascara la muerte. El despertar total, por el contrario, que consistiría en aprehender el sexo –lo que está excluido– puede tomar entre otras formas, la de la consecuencia del sexo, es decir la muerte6
Es el mismo Lacan el que nos advierte del valor del dormir: lo Imaginario, dirá, vale oro: L´Imaginaire d´or (d apóstrofe or, aclara, de oro) que se entenderá también como que duerme (il dort). Despertar es volver a dormir en la medida en que en lo Imaginario hay algo que necesita que el sujeto duerma. El deseo de dormir corresponde a una acción fisiológica inhibidora, dirá Lacan. Lo imaginario es el predominio dado a una necesidad del cuerpo, la de dormir, necesidad que toma su lugar en el anudamiento con lo simbólico y lo real.

¿Qué es dormir?, se preguntan reiteradamente Freud y Lacan. Dormir es repliegue narcisista de la libido y retiro de cargas de la realidad. Dormir es que el cuerpo se enrolle, se oville, que adquiera incluso posición fetal. Retiro del mundo y protección ante sus estímulos, reparación de fuerzas, calor, oscuridad. Dormir es no ser molestado, dice Lacan. Naturalmente se lo molesta, pero mientras duerme, el hombre puede esperar no ser molestado. Cuando duerme todo el resto se desvanece. Sólo que mientras tanto, el significante sigue dando la lata.8 Lacan dice: “vamos, los desafío a que me traigan algún sueño en el que Freud diga: el deseo del sueño es tal”.9 El único deseo que se satisface es el deseo de dormir.10
¿Y para qué dormir? El sueño es simultáneamente protector y protegido del dormir. El sueño es interrumpido por el despertar. El ritmo del dormir adquiere su estatuto de deseo por la potencia del sueño. El sueño es indicio de que ocurrió algo que quiso perturbar el dormir y nos permite observar el modo en que el trabajo del sueño logró evitarlo. Así el durmiente puede soñar para seguir durmiendo, aun ante el horror enceguecedor que anuncia que un hijo está ardiendo.
Pero el sueño puede fracasar en su función. Como en el trauma, los estímulos pueden atravesar la barrera antiestímulo y el sueño traumático irrumpir en el dormir. El trauma no es sólo accidental sino que también está el trou-matismo estructural, por lo cual el cuerpo siempre es psicosomático, como demuestra Irma Peusner.

El trastorno del dormir puede ser pensado como un trastorno del soñar que a su vez deriva de la dificultad en introducir una mediación metafórica y metonímica sobre los significantes de la demanda del Otro para no ser despertado por ellos.
Freud diferencia tempranamente los síntomas de las neurosis actuales de los de las psiconeurosis y reconoce que hay efectos particulares que se producen en lo real del cuerpo cuando no hay mediación inconsciente. Me dices que vas a Cracovia para que yo crea que vas a Lemberg, cuando en realidad vas a Cracovia. Ejemplo paradigmático que ilustra la enorme chance que ofrece el significante cuando permite la equivocación, ya que atenúa la incidencia directa sobre el cuerpo.
La propuesta de Lacan para el abordaje de la psicosomática apunta en esta dirección: “En esto podemos esperar que el inconsciente, la invención del inconsciente, dirá, pueda servir para algo.”12 El psicoanalista, equivocador por definición, para quien Cracovia nunca es igual a Cracovia, tendrá la ocasión de cavar un intervalo en la holofrase, que permita que los significantes se descongelen y posibiliten las formaciones del inconsciente, reemplazando la lógica pavloviana por la lógica del inconsciente.
Lo imaginario duerme, lo simbólico cifra y lo real despierta. Nudo en el que se requiere de lo simbólico del sueño junto a lo imaginario del dormir para hacer durar lo real del cuerpo, y que el inconsciente siga dando la lata.
_______________________
1. J. Lacan, Seminario X, “La Angustia”, clase 5. (Traducción R. R. Ponte)
2. J. Lacan, Seminario XI, clase 18.
3. Esta es una de las citas del seminario XI que guía el presente trabajo: “En el fenómeno psicosomático la inducción significante a nivel del sujeto ha transcurrido de un modo que no pone en juego la afanisis del sujeto”. Y un poco más adelante reitera que allí, en la psicosomática “…ya no podemos más tener en cuenta la función afanisis del sujeto.” (Clase 17).
4. J. Lacan, “La dirección de la Cura y los principios de su poder”.
5. J. Lacan, “La Tercera, Intervenciones y Textos” 2, Manantial.
6. “Más allá del despertar”, 1974, Respuesta de Lacan ante una pregunta de Catherine Millot (trad. Carlos Ruiz), inédito.
7. J. Lacan, Seminario 21, clase 10, inédito.
8. J. Lacan - Seminario 19 – clase 11.
9. J. Lacan – Seminario 2.
10. J. Lacan - Seminario XIX, clase 11.
11. Véanse los imprescindibles aportes de Irma Peusner por ejemplo: “La perplejidad orgánica del laboratorio al dispositivo analítico”, en http://www.efbaires.com.ar/public/texts/view/_/122/_/_
12. J. Lacan – “Conferencia de Ginebra sobre el síntoma, Intervenciones y Textos” II, Manantial.
 
 
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