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   Cuando el cuerpo se hace letra

“… donde habitan las palabras”
  Por Susana Kaplan
   
 
“Había leído tanto a Homero, que siempre que aparecía ante su vista la palabra angenommen (admitido) leía Agamemnon (Agamenón).1
Habíamos oído tantas veces esquema Lambda, que cada vez que aparecía ante nuestra vista el esquema “L”2 leíamos Lambda.

¿Qué relación puede establecerse entre estos dos ejemplos? En el primero, la lectura de Homero induce a un lector a leer equivocadamente. Freud ilustra con este ejemplo, su teoría de las equivocaciones en la lectura y en la escritura. La predisposición del lector –explica– transforma el texto a sus ojos, y le hace leer algo relativo a los pensamientos que en ese momento lo ocupaban. Una lectura rápida producida por la semejanza en la imagen de las palabras, sumada a algún defecto no corregido de la visión, son los factores que coadyuvan a la aparición de tales ilusiones, pero no constituyen en ningún modo las condiciones necesarias.
En el segundo ejemplo, la equivocación se ha pluralizado, la transmisión nos predispone a cambiar la letra y la lengua cada vez que leemos el esquema en el escrito de Lacan. La marca de esa transmisión ha sido tan considerable, que la equivocación se mantiene, para algunos, sin saberlo. Posiblemente, esto también les ocurre a quienes se inician en la práctica del psicoanálisis en la Argentina, porque el esquema “L” aparece nombrado con la letra Lambda en programas universitarios, libros y publicaciones de nuestro país.

Lacan se refiere a la equivocación en el seminario que dicta entre el ’76 y el ’77, en ese momento resitúa sus propias formulaciones y les otorga, como él mismo lo ha expresado, un peso decisivo a lo Real. Con la pregunta “¿Supieron leer el afiche?” da inicio a la primera clase. Deducimos, sin esforzarnos, que se trata del afiche con el que promocionó el seminario cuyo título es L’Insu-que-sait de L’une –bevue s’aile à la mourre. Los traductores al español3 nos aclaran que lo han dejado sin traducir, no porque sea intraducible, llevado al extremo “todos lo son o ninguno,” sino porque “el deseo de traductores ha retrocedido ante la pérdida de lo que siempre se pierde en una traducción”.
La clases del seminario permiten seguir cuál es la operación que intenta transmitir: un-bévue (una equivocación) y Unbewusste (el inconsciente) quedan ligados homofónicamente por el juego translingüístico entre el francés y el alemán. Lacan expresa que esa “traducción” es tan buena como cualquier otra. Y es, asimismo, una interpretación que precisa que el saber de l’un-bévue puede hacer que la vida de cada uno se arregle mejor. “Un sueño, constituye una equivocación (bévue), tal como un acto falido o un chiste, excepto que uno se reconoce en el chiste porque él se sostiene en lo que llamé lalengua4”.

En la Conferencia sobre el síntoma, Lacan emplea el neologismo moterialismo, una condensación entre matérialisme (materialismo) y mot (palabra), para precisar que en el materialismo de la palabra reside el asidero del inconsciente. A esta consideración continúa una afirmación anterior: “El hombre piensa con la ayuda de las palabras. Y es en ese encuentro entre esas palabras y su cuerpo donde algo se esboza”.5
Las palabras reciben un singular tratamiento en la obra de François Rabelais, quien firmaba con el seudónimo Acofribas Nasier, anagrama de su nombre. Sus textos fueron condenados por la Sorbona por ser considerados obscenos y heréticos para su época. Lacan lo reivindica en varias ocasiones. En el seminario “De un discurso que no fuera del semblante”, a propósito del cambio de configuración que ha tenido su enseñanza, habla de un desplazamiento literario que tuvo como consecuencia que al fin fuera leído. Efectivamente, advertimos que Los hechos y dichos de Pantagruel6 se prestan para armar un montaje que nos permitirá ubicar las afirmaciones precedentes y situar efectos en la práctica analítica.
Rabelais, quien había sido nombrado médico del hospital de Notre-Dame de la Pitié du Pont-du-Rhône, inicia su libro cuarto con una carta dirigida al Cardenal de Chatillon en la cual le expresa que él está enterado de que ha sido estimulado e importunado para que continúe con las “mitologías pantagruélicas” con el fin de que la gente enferma, disgustada o desolada, pueda con su lectura engañar sus males, pasar el tiempo gozosamente, y recibir consuelo y alegría. Con este fin compone una obra inspirada en un texto anónimo titulado Las grandes e inestimables crónicas del gran gigante Gargantúa. En ella describe, con sentido crítico, la educación renacentista tomando la corriente popular de los antiguos dialectos, refranes, y proverbios que empleaban la gente común y los bufones.

En el capítulo quince relata que cuando estaban en alta mar divirtiéndose, y haciendo cortos y bellos discursos, Pantagruel dijo: “Compañeros, ¿no habéis oído algo? Yo creo haber oído a gentes que hablan en el aire, y sin embargo a nadie veo.”
Hicieron todo tipo de maniobras, pero nada oían. Pantagruel continuaba afirmando que oía voces diversas de hombres y mujeres a los que luego se les iban sumando cañonazos. En el centro de los mundos que se tocan unos con otros –opina Petronio– está “el palacio de la verdad donde habitan las palabras”. Prosigue luego con una referencia a Aristóteles, quien sostiene que “las palabras de Homero son voltijeantes y movientes y en consecuencia animadas”.
Aquí podríamos situar una posible explicación a una de las ocurrencias chistosas y satíricas de Lichtenberg, de donde Freud extrae el ejemplo que da inicio a este texto. El autor del psicoanálisis, que había leído a Rabelais y lo cita en más de una oportunidad, encuentra en ese ejemplo, a mi entender, una ilustración de “toda la teoría de las equivocaciones en la lectura”.

A pesar de que las formulaciones no son idénticas, podemos leerlas a la luz de la siguiente afirmación: “Es totalmente cierto que algo volverá a surgir luego en los sueños, en los tropiezos, y en toda suerte de maneras de decir, en función de cómo lalengua fue hablada y escuchada por tal o cual en su particularidad7”, o simplemente, como fueron (no) leídas las palabras.
Volvamos al momento en que Rabelais menciona a “Antifanes, quien decía que la doctrina de Platón era semejante a las palabras que, proferidas en el rigor del invierno, se hielan y se cristalizan con el frío del aire y no son entendidas”. Subrayemos esta relación. El texto continúa con un momento para filosofar e investigar dónde se helaron las palabras. Al llegar al mar glacial las palabras de los hombres y mujeres, habiendo pasado el invierno, con el tiempo sereno y dulce, se funden y pueden ser oídas. Sin embargo, no todas las palabras se habían deshelado. “… nos arrojó sobre la cubierta a manos llenas palabras heladas que parecían grageas perladas de diversos colores. (…) Las oímos realmente, pero no las comprendíamos porque pertenecían a un lenguaje bárbaro”. Panurgo8 le pidió a Pantagruel que le diese algunas pero éste se negó aduciendo: “dar palabras es un gesto amoroso. Vendédmelas —insistió Panurgo. Mejor y más caro te vendería el silencio. A pesar de esto arrojó tres o cuatro puñados sobre la cubierta y yo vi palabras bien picantes, palabras sangrientas, que el piloto nos decía que algunas veces volvían al lugar desde donde fueron pronunciadas; pero que estaba cortada la garganta de donde salieron; palabras horribles, y otras muy desagradables a la vista. Cuando se fundieron juntos oímos hin hin hin, bou, bou, bou, trrrr, trrr, (…) y no sé qué otras palabras bárbaras parecidas a ruidos de golpes. (…) después oímos unas muy gruesas… Yo quería guardar algunas en aceite pero Pantagruel no quiso, diciendo que era una locura guardar aquello que jamás falta y que siempre se tiene a mano, como ocurre con las palabras rojas, entre buenos y alegres pantagruelistas”.

En algunas ediciones dice mots de greule9 (palabras frías), y en otras, mots de gules (palabras rojas), con estas últimas Rabelais se refería a las palabras necias y groseras.
Podemos recortar varias cuestiones en estos fragmentos. En primer lugar, tomemos la relación antes planteada: las palabras que se hielan no son entendidas. Lacan relata que su nieto Luc, siendo infans, se esforzaba en decir las palabras que no comprendía. Con ellas, decía, se le había inflado la cabeza. Construyó entonces, “una teoría motivada”, y encontró, con las palabras que le entraban en la cabeza, una manera de definir el inconsciente. “Hay algo que da el sentimiento de que hablar es parasitario –afirma–. Entonces él lleva eso un poco más adelante, hasta pensar que es por eso que tiene una cabeza grande10”.
Palabras que predisponen, palabras que marcan, palabras que parasitan, palabras que se congelan… Pueden determinar una lectura y con ella, la vida de un sujeto. Las escuchamos a diario en nuestros analizantes.
Rabelais, con ingenio, describió que las palabras heladas eran oídas, no comprendidas. Y no por deshelarse se comprendían; ya advertimos a qué quedaban reducidas. Él encontraba en ello un lindo pasatiempo. Lacan, en cambio, decía que “uno está guiado por las palabras con las cuales uno no comprende nada”, y “traducía” Unbewusste por un-bévue para precisar cómo se presenta “el famoso inconsciente, imposible de aprehender”. Se trata entonces, en la interpretación, de encontrar otra resonancia que el sentido, porque lo real se perfila excluyéndolo.

Volvamos al título del seminario porque en él quedan anotados los términos de un análisis: el síntoma, la equivocación que es una, no cualquiera, y el amor que se lee en la homofonía: L’insucces de’ Unbevusste c’est l’amour11 (El fracaso del inconsciente es el amor). Ese amor que tiene alas (s’aile a moure12) y es un don, ya tenía respuesta en Pantagruel. Ahí resuena el a (muro), que aparece en señales extrañas sobre el cuerpo. “Son esos caracteres sexuales que vienen de más allá, (…) no se puede decir que sea la vida ya que también acarrea la muerte, la muerte del cuerpo, porque lo repite13”.
Hagamos un salto a un seminario posterior, Momento de concluir, porque nos permite agregar algo más a este montaje. Lacan vuelve sobre el estatuto de la palabra para decir que tiene una propiedad totalmente curiosa, fait la chose (hace la cosa), luego introduce, sirviéndose de la homofonía, un equívoco y escribe fêle a chose14. Emplear la escritura para equivocar puede servirnos, porque “ni en lo que dice el analizante ni en lo que dice el analista hay otra cosa que escritura15”, porque tenemos necesidad del equívoco precisamente para el análisis16, porque, como la palabra lo implica, el equívoco está de inmediato apuntando hacia el sexo.
________________
1. Freud, Sigmund. “Psicopatología de la vida cotidiana”. Obras completas, Tomo I. Biblioteca Nueva. Madrid. 1973.
2. Este aspecto se encuentra desarrollado en el libro De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis. Una lectura al pie de la letra del escrito de Jacques Lacan. Ivone Galantini, Susana Kaplan, Mónica Rossi. Buenos Aires Letra Viva. 2013.
3. Ricardo Rodríguez Ponte y Susana Sherar.
4. Lacan, Jacques- L’Insu-que-sait de L’une –bevue s’aile à la mourre.Texto traducido por la Escuela Freudiana de Buenos Aires.
5. Lacan, Jacques. “Conferencia en Ginebra”. Intervenciones y textos 2. Manantial. Argentina 1993.
6. Rabelais, François. Gargantúa y Pantagruel. Biblioteca Básica Universal. Centro Editor de América Latina. Buenos Aires. 1969.
7. Ídem.
8. Panurgo, amigo de Pantagruel, aparece desde el tercer libro. En un momento dice hablar varios idiomas, entre ellos una lengua construida. Desea fervientemente el matrimonio y se enamora de una dama de París, aunque su único impulso es sexual.
9. Grelotter: temblar de frío, tiritar.
10. Ídem.
11. Esta aclaración es realizada por sus traductores. Ver nota 2 y 3.
12. Ídem.
13. Lacan, Jaques. Seminario 20. Aun. Paidós. Buenos Aires 1992.
14. Fêle”: puntal. “Fêler”: cascar, astillar, fisurar.
15. Ídem.
16. Lacan propone la escritura poética para la interpretación. “Es en tanto que una interpretación justa extingue un síntoma que la verdad se especifica por ser poética”.
 
 
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