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   Cuando el cuerpo se hace letra

El significante por fin cuestionado
  Por Hugo Dvoskin
   
 
Lo que hay. Nos encontramos en las postrimerías del capítulo XVIII del Seminario 11, titulado “El sujeto y el Otro: La afánisis”. Lacan abre la cuestión, bajo la forma de una pregunta: (sacar el “de”) si el psicoanálisis puede situarse en el campo de la ciencia.1 El Dr. Green vuelve a someterse al desprecio del Maestro como cada vez que le formula una pregunta: “no lo seguiría a usted por ese camino, es un corto circuito”, le contesta Lacan. Sin embargo, la pregunta conduce a Lacan a una pequeña exposición sobre la psicosomática y a precisar qué conceptos decisivos se juegan para el psicoanálisis a partir de esa cuestión. Una especie de Watson para Holmes –o más modernamente Wilson para House–, el Dr. Green puede incluso decir un disparate que connota qué poco ha entendido y Lacan se ve causado a ser singularmente riguroso; en los bordes, en el momento de las preguntas, llega lo decisivo. En el siguiente encuentro aprovechará esta articulación para poner luz y relacionar fenómenos tan variados como la psicosis, la debilidad mental, algunos fenómenos de creencia y la psicosomática que será la que clínicamente ilumine la cuestión. Será un nuevo pasaje por el bestiario de los “¿acaso analizables?”. Es justamente siguiendo los lineamientos de nuestros artículos de Imago Agenda2 que abordaremos la cuestión.

Los psicoanalistas, como Hamlet frente a un espejo –y no frente a una calavera como se cree–3 preguntándose “ser o no ser”; frente a los pacientes así llamados “psicosomáticos”, nos interrogamos “¿analizable o inanalizable?”. Aclaremos desde el comienzo que considerar los “fenómenos clínicos” no supone que a lo largo de este trabajo podamos dar garantía de su existencia en tanto clase. Se trata de determinar si existe el elemento homogéneo, generalizable, que pueda definir el conjunto en intensión para poder definir si ese conjunto es algo más que alguna colección borgeana de elementos no intersectables.

Tenemos algunos fenómenos psicosomáticos cuya existencia sería comprobable más allá de la clínica: la ruborización, la excitación sexual (notoriamente evidenciada en la masculina) o las sensaciones estomacales previas a los exámenes. Son situaciones externas que generan efectos corpóreos. Sin embargo, aunque se la quiera hacer aparecer como obvia, la generalización no es sencilla. Dos problemas se abren ahí: 1.- si quien padece el efecto psicosomático lo sufre en su condición de sujeto psicoanalíticamente hablando; 2.- si los fenómenos mencionados son correlacionables con otros fenómenos orgánicos que padece el hombre a los cuales se trata de extender. Su soporte patológico no está probado ni descartado, aunque sí sus efectos y la suposición del origen genético –por ahí avanza el discurso médico– va en incremento. Su relación con el stress es hasta ahora más conjetural que lo que se cree porque lo que es atribuido al stress se verifica en muchísimos otros casos sin tener ese resultado. A la vez, son ciertamente notorios los casos de enfermedades llamadas “psicosomáticas” sin esa singularidad en forma destacada. Como siempre, una premonición tiene infinitamente más prensa que los infinitos errores de los presentimientos. Las premoniciones, como la correlación entre psicosomática y stress, podrían estar muy alejadas de una relación biyectiva. Los motivos que habitualmente se consideran causa de stress –cuya proyección se postula en hasta tres años– tales como enfermedades propias o de otros, fallecimientos de familiares o amigos, cambios de trabajo, separaciones, mudanzas… abarcan prácticamente el ancho horizonte humano. Cabría sumar, podría resultar jocoso si no fuera verificable, el stress que genera la enfermedad psicosomática misma. Ahí tendríamos enfermedades somato-psíquicas –de las que poco se habla–, originadas en una enfermedad orgánica y por la que el sujeto se deteriora psíquicamente ya sea por limitaciones, cuando no inhibiciones absolutas, en diferentes órdenes de la existencia, ya sea por imposibilidad real o por vergüenza. Piénsese las manchas en lugares difícilmente ocultables. No escribimos “no ocultables” porque allí lo inevitable disminuye la exigencia a la que se ve sometido el sujeto. Prácticamente hallable en toda conducta humana, el stress se ha vuelto sinónimo de vivir.

Del S2 a la holofrase. Lacan entrelaza dos cuestiones cruciales: la libertad (“… una apertura hacia lo que podría llamarse los avatares de esa libertad que (…) ninguna persona seria (…) encuentra jamás”) y la vorstellungsrepräsentanz que podría encontrar en la traducción “representante no representativo” la traducción sencilla, amplia, explícita y precisa que el representante de la representación no logra y que se repite insistentemente aunque la expresión es notoriamente deficitaria en nuestro español. Que libertad y vorstellungs queden ligados es un eje de este trabajo y no supone ningún retorno a la filosofía o la sociología. Se trata de la alienacion y de su necesaria antítesis; por un lado, la alienación del cachorro humano al campo significante y la consecuente afánisis del sujeto para lo cual la vorstestullungs es la operación sine qua non y, por el otro, aquella apertura que hipotéticamente lo “liberaría”.

La teoría psicoanalítica encuentra en la afánisis su punto decisivo de apoyo. Sin embargo la clínica, incluida la de la neurosis, podría presentar intersticios donde la afánisis no necesariamente no exista aunque no encontremos modos de demostrarla. Aceptada esta hipótesis, la existencia misma del sujeto tal como lo entendemos nosotros estaría cuestionada y en consecuencia no habría campo psicoanalítico en esos intervalos: “habrá que limitar nuestro juego interpretativo debido a que el sujeto, en tanto afánisis, no está involucrado”. A la vez sería inconcebible pensar la condición humana si en cierta medida –aun cuando fuera deficitariamente–, la afánisis no se pusiera en juego. La afánisis tiene como corolario que las formaciones del inconsciente suponen la existencia de un significante que representa al sujeto para otro significante y que “al nivel del otro significante el sujeto se desvanece”; que el primer significante suponga la posibilidad de representar al sujeto y el segundo implique la imposibilidad de hacerlo. La vortstellungsrepräsentanz es en rigor el lugar siempre vacío que supone el significante binario: “asunto de vida o muerte, entre el significante unario y el sujeto como significante binario, causa de su desaparición. El vorstellungsrepräsentanz es el significante binario”.

El juego del o-a escenifica esta cuestión: “los dos fonemas encarnan propiamente los mecanismo de la alienación, que se expresan por más paradójico que parezca en el fort” Al existir el significante binario, necesariamente el sujeto se desvanece. Represión primaria implica desvanecimiento del sujeto, afánisis y alienación, a saber inexistencia de libertad, salvo la de estar advertida de esa falta.
Lacan abordará lo que podría postularse cierto fracaso de la afánisis. Lo hará por una vía que él mismo sabe podría ser considerada “muy alejada de nuestro dominio, la vía de lo psicosomático”. En consecuencia la psicosomática irrumpe en la teoría con la pretensión conceptual de ser lo contrario de los enunciados hechos supra, la de ser un fenómeno que no pone en juego la desaparición del sujeto por efecto de un significante que lo representa, una experiencia por la cual el sujeto quedaría “presentificado” por ese pedazo de cuerpo que lo abarca extensivamente sin nominarlo. Eso no sería un significante –o sería justamente un “no significante”– y por esa vía el sujeto queda excluido de la alienación. La psicosomática desde el punto de vista conceptual, desde la posibilidad de intervenir interpretándolo es similar a lo que sucede con un pasaje al acto –más allá de la conmoción subjetiva y clínica de éste, y el estado de aletargado y permanente de aquella–, en tanto no se trata de un llamado al Otro ni a la interpretación. Por ahora la psicosomática nos deja afuera.

Será lo psicosomático lo que le permita a Lacan precisar y ampliar el concepto de holofrase. Diversas patologías heterogéneas quedan afectadas por la cuestión, en tanto en todas ellas se puede hipotetizar alguna forma de fracaso en la operación de la alienación. “Alguna forma” dice del temor de la aseveración porque la alienación no es sino el efecto de la represión primordial y sería riesgoso suponer que en todos estos casos dicha operatoria haya fracasado plenamente, aunque no lo es menos pensar que esa operación pueda ser pensada cuantitativamente.
Lo holofrase supondrá el apelmazamiento de S1 y el S2 produciendo un borramiento del sujeto mismo con pretensión de representación absoluta. De modo que nos encontramos en rigor con la desaparición del S2 y la puesta en cuestión de la represión primordial como operatoria. Es la inexistencia del S2 la que genera el fracaso del efecto afanísico. Ingeniosamente Lacan establece una correlación entre un humano no habitado por la condición afanísica con la posibilidad de una creencia absoluta: “… si no hay creencia que sea plena y entera es porque no hay creencia que no suponga en su raíz (…) que su sentido va a desvanecerse”, que subraya también los límites de la holofrase y de la pretendida representación lograda.

Ejemplifiquemos, un sujeto hipocondríaco –un nombre posible de la creencia plena–, en su visita al médico con su certeza de enfermedad terminal produce un fracaso de la “plenitud” en esa consulta a la que la hipocondría lo ha llevado pues la enfermedad queda sometida a la incertidumbre del discurso médico. Si la hipocondría es un fenómeno de certeza, la consulta la pone en duda. Se podría hablar de un “sujeto psicosomático” cuando se encuentra un signo que diga todo de él, de modo que al no ser un significante el que lo representa el sujeto deja de serlo porque no es representado para otro significante sino que lo es para ese signo.
Si alguna psicosis puede ser metaforizada como retazos de tierras desconexas en medio de un océano, y la neurosis como tierras que tienen un lago (un agujero) en su centro que dificulta los circuitos que de todos modos pueden lateralmente atravesarse; la psicosomática es –cuando se presenta en las neurosis que es lo que nos interesa singularmente–, una roca impenetrable en medio de ese agujero, dos veces inalcanzable.
Un “psicosomático” estaría absolutamente interpretado, con la singularidad de que lo que lo representa no sólo no dice la verdad sino que no es central más que a nivel de las conductas a las que la propia psicosomática lo conduce. Tampoco refiere a lo central del síntoma –en tanto nombre de la vida sexual del neurótico– porque de eso nada dice, ni vale por ella. Eventualmente la modifica. En términos de suplencia de goce, hay un goce que ha perdido su valor inicial y que no ha logrado pasar del lado del otro. La psicosomática es prescindencia del cuerpo del otro. El padecer psicosomático viene a confirmar que no es bueno que el hombre esté solo y no era tan cierto que el buey solo bien se lame.
Hay aquí algún fracaso del cero en su operatoria de transformarse en marca intrínseca de cada número. No es que le falten números. Podría metaforizarse con un apelmazamiento de la serie. Metaforizando, en algún lugar no fluyen con la misma cadencia. La consecuencia sería una ligera alteración de la regla fundamental. Acaso se enunciaría: “Diga todo lo que se le ocurra menos lo que se le ocurra de la psicosomática”. O quizás, nos gusta más: “Todo lo que se le ocurra, de la psicosomática sólo si quiere”.

También la interpretación psicoanalítica, en el momento exacto en que se produce, en que toca al sujeto, en que el sujeto abraza infinitesimalmente que se anuncia su nombre y su libertad, cobra valor holofrásica al no dejar lugar al significante dos. El encuentro con “ese significante que mata todos los sentidos funda, en el sentido y en el sin-sentido radical del sujeto, la función de la libertad”. Momento evanescente, más próximo a lo lógico que a lo fenoménico. Si el neurótico vive algunos instantes de su análisis ahí, el psicosomático en tanto tal, lo habita cotidianamente. Ambos libres del segundo significante, el primero por haber arañado la verdad, el segundo por desconocer su existencia.
Nota del autor: un agradecimiento especial a Mariel Borda¢ahar, Mariana Devincenzi, Andrea Fato, Mariano Filograsso y Celeste Gaona.
________________
1. Todas las citas de Lacan corresponden a este capítulo y al siguiente del Seminario 11. “Los cuatro conceptos fundamentales”, capítulos xvi y xvii, p. 211 y sgtes, Paidós, 1984.
2. Dvoskin, Hugo. “In-analizables”, Imago Agenda Nº 105, p. 21.
3. Dvoskin, Hugo, “Hamlet, aprendiz de detective”. http://www.elsigma.com/cine-y-psicoanalisis/hamlet-aprendiz-de-detective/12535.
 
 
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