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   Cuando el cuerpo se hace letra

El cuerpo en gerundio
  Por Oscar Lamorgia
   
 
La idea es trabajar la cuestión de la imagen corporal y las distorsiones que presenta, particularmente considerando que no se trata de un producto terminado, sino de un “siendo”. Una primera hipótesis radica en asumir que la imagen corporal siempre (y no algunas veces) está distorsionada. O sea que la distorsión no es patognomónica de ningún trastorno alimentario ni psicosomático, ya que hay un juego dinámico de fuerzas entre lo que se puede llamar imágenes figurativas, esto es por citar sólo un ejemplo, la que el espejo nos devuelve, la que vemos en las fotografías, y las imágenes no figurativas, que son aquellas que tienen que ver con lo cenestésico, o sea con las sensaciones corporales, con la activación de ciertos bancos de memoria, cuando por ejemplo siento el aroma de las manzanillas del pueblo natal en el que me crié.

Entonces un olor o un sabor disparan recuerdos que tienen que ver con determinada época de la vida de uno. Entre la imagen que el espejo nos devuelve y lo que yo siento, cenestésicamente, y con cuyos elementos yo también construyo y edifico mi imagen corporal, hay un desbalance entre lo figurativo y lo no figurativo. Yo puedo levantarme a la mañana, mirarme al espejo y ver que estoy muy bien, o sea que me siento en mi eje, que fui al gimnasio, que estoy en el peso que se espera según mi talla, sexo y edad. Pero al mismo tiempo que veo una imagen armónica, algo que me gusta, siento las piernas pesadas, y también dolor de cabeza o embotamiento. Y además estoy preocupado porque el gerente me pidió un informe que no voy a poder presentar en tiempo y forma. Todo eso en la imagen figurativa no aparece. Pero esas sensaciones que también constituyen mi “yo cuerpo”, tienen incidencia. Tal discrepancia posee un efecto que está condenado a no saldarse nunca. A la inversa, yo puedo sentirme bien, puedo no estar preocupado, sentir que la vida me sonríe, que no hay una nube en el cielo, que el día es precioso y al mismo tiempo me miro al espejo y veo que tengo algunas canas de más, o que tengo más panza de la que me gustaría tener. Discrepancia que se puede dar en un sentido o en el otro. Pero ese desbalance va a estar siempre. Eso no se puede saldar, y si en algún momento queda saldado y presenta cierta momentánea homeostasis, será fruto de la pura casualidad y, podría decirse que se dará muy fugazmente. No es algo que vaya a mantenerse a lo largo del tiempo.
Por otra parte, está también la comparación con el semejante y el calibrado permanente a que ello nos invita. Convite que algunos aceptarán de buen grado asumiendo su efecto de captura, o que otros rechazarán de plano, luciendo una rebelde bohemia, pero que –de todos modos– siempre estará allí al acecho.

Si lo trasladamos a matemas, nos encontraremos con los cuatro elementos que componen los vértices de la banda de la realidad que Lacan escribe en el esquema R, a saber: moi; i(a); a y a´.
Dentro de lo no figurativo, tenemos lo olfatorio, lo gustativo, lo táctil, lo sonoro, etc. Aspectos propioceptivos, y que no necesariamente coincidirán con esa imagen completa y armónica que nos gustaría fijar. Ese desbalance puede ser en más de un lado y en menos del otro o a la inversa, de modo tal que se arma un juego dinámico, al modo de lo que se llama en física “energía potencial”. Allí existe un teorema, conocido como Teorema de Stokes, que tiene por objeto explicar por qué para que se genere corriente eléctrica hace falta el desbalance entre los dos polos, positivo y negativo. Que haya corriente eléctrica circulando implica que hay un desbalance permanente, al modo pendular. Así como un niño aprende a caminar si y sólo si se permite perder momentáneamente el equilibrio. Eso genera una forma de energía que obviamente es dinámica y que hace que la imagen corporal nunca sea un producto terminado. Será un producto terminado cuando a uno le acercan un espejo a la boca y éste no se empaña, aunque llegado ese caso, justo es decirlo, las mutaciones seguirán su curso a través de la licuefacción.

En el seminario 11 de Lacan “Los fundamentos del psicoanálisis” (inconsciente, transferencia, pulsión y repetición), los capítulos dedicados a Pulsión, trazan una primera equivalencia con el instinto en el humano, con la salvedad de que el humano habla y por lo tanto el circuito de la pulsión esta sobredeterminado por otras coordenadas que aquellas inherentes al carácter masivamente desestabilizador propulsado por las necesidades primarias. Lacan lo ilustra ubicando un óvalo al que denomina zona erógena: la boca por ejemplo. O podemos colocar allí el ojo. Entonces el maestro francés dice que el recorrido de la pulsión circunvalaría el objeto, es decir que hay una moción que surgiendo de la zona erógena rodea al objeto para volver a dicha zona, que es donde, en verdad, dicha pulsión se satisface. No es en la incorporación del objeto. Porque si así fuese (llámese comida, llámese un objeto sexual externo, un partenaire, un fetiche, en suma, cualquier modalidad del goce), si se satisficiera en la mera incorporación, ahí la pulsión detendría su cauce y sin embargo no es así. Este recorrido, que Lacan nomina tour d’escamotage, sostendría un derrotero similar al de la verónica que hacen los toreros. En ese escamoteo del cuerpo, es como si el objeto fuese el toro, y la pulsión llevara a cabo las verónicas que hace el torero.

El objeto en el psicoanálisis no es representable. ¿Qué significa esto? Vamos a poner algunos ejemplos. Alguien podría decir que el primer novio que tuvo era alto, rubio y de ojos celestes, el segundo se parecía al cantante Zamba Quipildor y el tercero era vietnamita; sin embargo, cuando uno hace un rastreo más fino se encuentra con un elemento que no sale en la foto, o sea que no es figurativo y que une o que enhebra a la manera de esos collares artesanales en los que se pueden colocar distintas cuentas como puede ser una mostacilla, una perla cultivada, un fideo caracolito. Allí donde parece que los elementos enumerados no tienen nada en común, lo enhebrado localiza que el agujero por el que el hilo entra es el común denominador. En el caso de la/s pareja/s, el común denominador (no figurativo) puede ser la sonoridad de la voz, o puede ser la mirada, no los ojos. O puede ser la sonrisa, no los dientes, no los labios, sino la sonrisa. Eso que solamente el sujeto ve. Cuando, a renglón seguido de que uno se divorcia de una pareja que sostuvo durante 15 años, viene un amigo de esos que nunca faltan y dicen: “- Mirá, yo nunca te lo quise decir, pero ¿qué le viste?”. Eso que él no le vio, y que muchas otras personas no le vieron, yo se lo vi. Justamente es la posición del objeto y la posición del ojo (vamos a hacer equivaler el ojo al sujeto), es lo que permite que yo vea en esa persona, o mejor aún, en un rasgo de esa persona para ser más rigurosos, algo que no sale en la foto y que los demás no ven. O sea que la elección que yo he hecho de estas personas está sobredeterminada por una identificación de ese rasgo.

Entonces el objeto en el ejemplo antedicho es no figurativo, tenemos las imágenes no figurativas de un lado, la imagen figurativa del otro y un pedacito de la no figurativa que excede a dicha imagen porque no se representa en la foto. Este juego permanente que hace a la energía potencial que lleva a que a veces algo sea armónico en desmedro de la desarmonía que siento, porque a veces yo me siento perfectamente pero la imagen que veo no me gusta, es lo que hace, como decía al comienzo, que la imagen nunca sea un producto terminado. La imagen parece un producto terminado cuando por ejemplo uno se emperra en un aferramiento siempre forzado, narcisista, ideológico, o peor.

Hay una película bastante espantosa pero que a mucha gente le gusta: La muerte le sienta bien, con Meryl Streep, Bruce Willis y Goldie Hawn. En ella, hay una pertinacia por lograr que la imagen corporal se mantenga igual a si misma, renegando de los cambios propios del paso del tiempo. La actriz Graciela Alfano está siempre igual a si misma, pero tiene un matiz horroroso que alguien esté siempre igual a si mismo, porque casi parece el cadáver embalsamado de Eva Perón. Hay un punto en el que el exceso de botox, metacrilato, horas de gimnasio, cirugías, lipoaspiraciones, etc., convierten al cuerpo en una suerte de sustancia embalsamada para la que el tiempo parece no acontecer. Eso tiene un matiz siniestro. No es lo mismo que en la alcoba, alguien se desvista, a que se desarme. Voy a plantear algo que es un tanto revulsivo y que tiene que ver con la inyección de una ética distinta que un autor como Michel Foucault mete en las políticas de salud a partir de la segunda mitad del siglo XX y es que el concepto de salud mental, es biopolítico, vale decir que siempre está teñido del ejercicio de una violencia sobre los cuerpos. Quiere decir que en la estandarización de lo que es normal, subnormal o anormal, existe un forzamiento que lleva de la singularidad a la uniformidad. Entonces uno –aun con las mejores intenciones, que eso está fuera de discusión–, puede incurrir en una forma de forzaje, en un modo de pastoral en el peor sentido, a través del cual los tres monoteísmos supusieron que el bien de todos tenía que ver con respetar determinados cánones. Aunque uno se diga ateo puede hacer religión de la estandarización de la normalidad y obrar en consecuencia, convirtiéndose en un Torquemada en el día por día del acontecer clínico. Hay que tener algún cuidado en esto de diluir singularidades en pro de lo que sería un estándar. Existe en Cinofilia (la teoría y práctica de criar perros de raza) una brújula que los criadores usan que es el Standard. Por ejemplo, para que las crías se ajusten al Standard, es menester que, de la cruz al piso, debe haber 45 cm. y más/menos 5 cm. de tolerancia, que el peso que tiene que tener sea éste (X), que tiene que tener stop entre la frente y el hocico, hay cosas que no debe tener y así siguiendo, entonces uno se convierte en una especie de Dr. Mengele porque para que con la perra que yo tengo, los cachorros se acerquen más y más al Standard en el cual su raza está inscripta, tengo que conseguir un padrillo con el cual servirla, que mejore la cabeza que ella tiene, o el descenso del pecho, o los aplomos, porque si se para en posición muy abierta, eso se traslada a los hombros. Hay todo un montón de algoritmos matemáticos para jugar a que uno es un Dr. Mengele del Siglo XXI. Eso se puede trasladar a los pacientes cuando se supone que tendría que haber un modelo al cual adecuarlo. El gordo Porcel era el gordo Porcel y a nadie se le ocurría que tendría que haber sido el flaco Porcel, por otro lado no se murió a los veinte años, se murió por otros deterioros y determinaciones. ¿Podría haber vivido más? Seguramente. Pero, en tal respecto, conviene recordar que Michael Jackson dormía en un féretro con oxígeno puro y que salía a la calle con barbijo para precaverse contra cualquier microorganismo que vulnerara su sistema inmunológico, lo cual no evitó que muriese a los 50 años de edad.
En resumidas cuentas: No hay ningún Standard ni medida precautoria que evite a alguien ir mutando y, llegado el caso, morir debido a la principal causa de muerte que se conoce: el nacimiento…
 
 
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