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   Psicoanálisis y Género

¿Qué lugar para el transexual?
  Por Mariano Daquino
   
 
Cuestiones Preliminares. Entre género y sexualidad.
Asistimos a una coyuntura particular de la época donde la transexualidad y los sujetos transexuales, accedieron a una visibilidad dentro del colectivo social, respaldada por la sanción de leyes que legitiman su existencia y su deseo de ser reconocidos y nombrados según la identidad genérica a la que manifiestan pertenecer. La transexualidad define a los sujetos que biológicamente pertenecen a un sexo, pero que “psicológicamente” manifiestan pertenecer al otro sexo y en función de esto emprenden un proceso de “transexualización” mediante el cual modifican sus características físicas a través de tratamientos hormonales y quirúrgicos. Este fenómeno asimismo es conocido como: trastorno de la identidad sexual (DSM IV- CIE 10), trastorno de la identidad de género y síndrome de la disforia de género, también llamado “Síndrome de Harry Benjamin”, en honor a uno de los médicos precursores en el tratamiento de la temática.
Actualmente, de la mano de las teorías de género y queer, que afirman que tanto las identidades sexuales como las de género parten de construcciones socioculturales que nada tienen que ver con determinantes biológicos, el término transexual está siendo eclipsado por el de “transgénero”. De esta manera, se busca trastocar algo que atañe a la sexualidad con algo que simplemente toca al género.

El “género” es un concepto que se utiliza en función de la asignación de identidades y roles sociales sobre la base de la bipartición sexual: hombre/mujer; masculino/femenino. Es decir, que dicha noción daría cuenta de las conductas y roles sociales/sexuales atribuidos a hombres y mujeres según lo que cada cultura determina como “lo esperable”.

Este movimiento que va de la sexualidad al género, responde a la intención que existe dentro de los movimientos que abordan la temática de la transexualidad, de despatologizar las identidades trans.
Se trata de sujetos que desde diferentes discursos han sido abolidos como tales y tomados como objeto de estudio, inclusive desde el psicoanálisis mismo; pocos se han abocado a la temática intentando ubicar allí un sujeto más allá del diagnóstico, que si bien es necesario para la dirección de la cura, asimismo puede funcionar como resistencia del lado del analista obstaculizando la escucha.
Es en este punto donde se sitúa el conflicto: los sujetos “trans” se resisten a ser enmarcados en una categoría diagnóstica, motivo por el cual en muchos casos dicha resistencia se evidencia como imposibilidad de dirigir su demanda a un analista.

Sexuación y Psicosis.
Uno de los grandes aportes del psicoanálisis y que lo ha constituido como tal, fue el haber teorizado y conceptualizado la existencia de la sexualidad desde los primeros años de la vida.
Con Freud la sexualidad se aleja de la mera orientación de la unión de las células genésicas como fin, para convertirse de la mano de los conceptos de pulsión y de libido, en una manifestación de la vida anímica de los sujetos, que aparece en todas las instancias del desarrollo del mismo. Ya no se trata solamente de una dimensión biológica-filogenética que apunta a la conservación de la especie, en tanto instinto natural.
Roland Chemama plantea que si la sexualidad no se limita a la genitalidad, es necesario que se amplíe considerablemente su definición. De esta manera utiliza el término sexuación, creado por Lacan, y lo define como “la manera en que hombres y mujeres se relacionan con su sexo propio, así como con las cuestiones de la castración y la diferencia de los sexos” y seguirá afirmando con relación a la sexuación que “más allá de la sexualidad biológica, designa el modo en que, en el inconsciente, los dos sexos se reconocen y se diferencian”.1

Profundicemos lo que se entiende por castración y diferencia de los sexos en psicoanálisis -sexuación-. Resulta imposible que abordemos estos postulados sin mencionar al Falo, en tanto concepto primordial que aporta el psicoanálisis, y en torno al cual girarán estas nociones, anteriormente mencionadas.
Freud, en “La organización genital infantil” afirmará que el interés por los genitales y el quehacer genital en la vida sexual de los niños, adquieren una significatividad dominante para ambos sexos: “El carácter principal de esta “organización genital infantil” (…) reside en que, para ambos sexos, sólo desempeña un papel un genital, el masculino. Por tanto, no hay un primado genital, sino un primado del falo”.2 Tanto en el pequeño varón como en la niña, con el estatuto del Falo, la diferenciación sexual anatómica adquiere un contenido y una dimensión simbólica universal, expresada esta última en la lógica presencia-ausencia de falo, es decir falo-castrado. Con esta lógica Freud,3 un año más tarde, señalará que la caída de la organización genital del niño se organiza en torno a una amenaza de castración. En el niño, esta posibilidad de pérdida de su pene se construye frente a la percepción de la ausencia del mismo en la niña y quedará enlazada luego en el complejo de Edipo.

Es en la aceptación de la castración como algo posible, que el complejo de Edipo en el niño se va a su fundamento. En la niña Freud encuentra que ésta, al apreciar que no es portadora del pene, se asume como castrada. Más tarde situará que en la niña el Edipo es secundario al complejo de Castración. La asunción de la castración precede y prepara al complejo de Edipo.
Masculinidad y feminidad, en tanto posición y reconocimiento inconsciente -sexuación- son consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica de los sexos, que se anudan en torno a la premisa universal del falo: “El complejo de castración produce en cada caso efectos en el sentido de su contenido: inhibidores y limitadores de la masculinidad, y promotores de la feminidad. La diferencia entre varón y mujer (…) es una comprensible consecuencia de la diversidad anatómica de los genitales y de la situación psíquica enlazada con ella”.4

Jacques Lacan, en “La Significación del Falo”, plantea que el complejo de castración tiene una función de nudo en la instalación de una posición inconsciente sin la cual el sujeto no podría identificarse con el tipo ideal de su sexo.
Con la postulación del falo como significante, Lacan explica el modo en que ese anudamiento produce un sujeto. El falo es el significante privilegiado de esa marca inaugural que determina al sujeto en tanto deseante. Culminará diciendo “se puede, ateniéndose a la función del falo, señalar las estructuras a las que estarán sometidas las relaciones entre los sexos (…) Esas relaciones girarán en torno de un ser y de un tener”.5

Diana Rabinovich,6 indica que el falo en tanto significante organiza el ser, el tener y su lógica, pero que el significante falo no se tiene ni se es, sino que el efecto que este produce es el de contrariar lo que la biología permitiría. Es a través del complejo de castración y de la primacía del significante fálico que el sujeto encontrará una posición sexuada que le permitirá identificarse como hombre o como mujer a nivel del inconsciente, más allá de la anatomía que lo determina. La afirmación lacaniana versa de la siguiente manera: “los hechos clínicos (…) demuestran una relación del sujeto con el falo que se establece independientemente de la diferencia anatómica de los sexos”.7
Siguiendo a Lacan, podríamos plantear que uno de estos hechos clínicos particulares que dan cuenta de una relación con el falo, independientemente de la diferencia anatómica de los sexos, es la transexualidad. El cuestionamiento que surge es de qué manera quedará alojado el transexual en relación al sexo y la sexuación entendida ésta en términos de identidad sexual y de relación con el sexo propio, y cómo se articula esto con el diagnóstico de psicosis para el psicoanálisis.
El transexual masculino manifiesta, generalmente, ser una mujer encerrada en un cuerpo de hombre. Expresa esta discordancia en términos de un error de la naturaleza y su demanda se dirige a la corrección quirúrgica de ese error, es decir a la adecuación de sus genitales a la percepción que tiene de su identidad sexual. Hay un rechazo en el sujeto transexual del órgano peneano y del cuerpo que lo determina biológicamente como varón.
Asumir una posición sexuada implica el atravesamiento del sujeto por el complejo de Edipo-Castración, obteniendo al falo como significante primordial a través de la intervención paterna, en una operatoria que Lacan denominará “metáfora paterna”.8

Lacan planteará que el complejo de Edipo, anudado al complejo de Castración, tiene una función de normalización en términos de la asunción del sexo, y “normativizante” en relación con la estructura psíquica: neurosis o psicosis, situando a esta última en un campo pre-edípico. Dirá que no hay Edipo sin padre, dando por sentada la función del padre en tanto normativizante, y afirmará que el padre es una metáfora.
La función de la metáfora será la de introducir un sentido, una significación, la significación fálica. Es mediante la operatoria del Edipo y a través de la metáfora paterna, que el sujeto adviene a una posición sexual. De la función paterna depende para el sujeto la responsabilidad de situarse como hombre o mujer a través del significante fálico y la salida hacia la neurosis en términos de estructura.

Catherine Millot y Claudio Godoy,9 en sus respectivos trabajos sobre la temática, afirman que el sujeto transexual rechazaría dicho significante fálico en una operación que Lacan denominó forclusión del significante del Nombre del Padre. La forclusión es el rechazo por parte del sujeto del acceso a lo simbólico-metáfora paterna, Nombre-del-Padre, significante fálico-, a través de la amenaza de castración. Dirá Lacan que “el sujeto nada quiere saber de ella”.10 La forclusión del significante fálico queda ubicada, para él, como mecanismo primordial de la psicosis que marca su diferenciación con la neurosis: es en “la preclusión -forclusión- del Nombre-del-Padre (…) y en el fracaso de la metáfora paterna, donde designamos el efecto que da a la psicosis su condición esencial, con la estructura que la separa de la neurosis”.11

En el seminario 18, Lacan plantea al transexualismo en el campo de las psicosis y realiza una crítica a la teoría de un analista americano pionero en la conceptualización y en la clínica de la transexualidad, R. Stoller. Dirá:
“El libro en cuestión se llama Sex and Gender, de un tal Stoller. Resulta muy interesante leer en primer lugar porque ofrece, sobre un tema importante que es el de los transexuales, cierto número de casos muy bien observados con sus correlatos familiares. Quizá sepan que el transexualismo consiste precisamente en un deseo muy enérgico de pasar por todos los medios al otro sexo, así sea operándose, cuando se está del lado masculino (…) También aprenderán sobre el carácter completamente inoperante del aparato dialéctico con el que el autor del libro trata esas cuestiones (…) Una de las cosas más sorprendentes es que el autor elude por completo te la cara psicótica de estos casos, por carecer de toda orientación, por no haber escuchado nunca hablar de la forclusión lacaniana, que explica de inmediato y muy fácilmente la forma de esos casos. Pero qué importa.12

Si la sexuación depende del pasaje del sujeto por el complejo de Edipo-Castración vía la metáfora paterna, cuyo resultado es la obtención del significante fálico que garantiza una posición sexuada, es a través del significante fálico que se produce el pasaje de un cuerpo biológico a un cuerpo sexuado –en términos de identidad, adecuación– la asunción de una posición sexuada como hombre o como mujer y la regulación del goce.
En la psicosis, al haber forclusión del Nombre del Padre, dicho pasaje no se produce, quedando posicionado el sujeto psicótico en un goce que, siguiendo las fórmulas de la sexuación, quedaría emparentado al goce femenino dando cuenta de lo que Lacan en 1972 denominó “el empuje a la mujer en la psicosis”.

El empuje a la mujer es un efecto del rechazo del significante fálico: el sujeto se ve inducido a una feminización en términos de modos de goce. Al quedar su goce por fuera de la regulación fálica se ve empujado, valga la redundancia, a un goce desregulado o femenino. Con relación al transexual, Genevieve Morel13 afirmará que esta feminización forzada puede vivirse, desde lo fenomenológico, como una transformación corporal o exigir una castración real.
Morel, en la citada obra, plantea la sexuación en tres tiempos lógicos. El primer tiempo es el de la diferencia anatómica natural, la sexuación desde lo biológico, donde la anatomía se impone al sujeto y dirá a su vez que este primer tiempo cobra su valor en el segundo tiempo que corresponde al del discurso sexual. Este segundo tiempo interpreta el sexo de la naturaleza en términos del lenguaje, del significante, es decir lo que el discurso de los otros dice acerca de lo que significa ser un hombre o una mujer. Este tiempo implica una elección: inscribirse o no bajo el significante amo del discurso sexual, el falo, cuyas consecuencias ya hemos mencionado, la asunción del sexo y la salida a la neurosis o la psicosis. El tercer tiempo, corresponde a la elección del sexo, varón o mujer en relación con dos modos de posicionarse respecto del goce según las fórmulas de la sexuación, el goce del hombre como fálico y el goce de la mujer como no-toda en el goce fálico. El sujeto transexual, para Morel, quedaría ubicado en un rechazo de la correlación entre los tiempos uno y dos, rechaza interpretar su naturaleza en relación al significante fálico en términos de forclusión –psicosis–. El transexual se encuentra denunciando un error en la articulación de estos dos primeros tiempos, es decir en la relación de la determinación anatómica y la no elección de la inscripción fálica forcluida por él. Afirma, siguiendo a Lacan, 14 que la locura transexual consiste en querer corregir la anatomía mediante la cirugía, para enmendar ese error de la naturaleza: ser una mujer en un cuerpo de hombre. Es decir, a falta de inscripción de la significación fálica y de la articulación de esta con la asunción del sexo como varón, el sujeto transexual buscará adaptar su anatomía a su posición en la sexuación: rechazando el falo como significante.

Lacan, en el seminario 19, afirma que un órgano se funda como instrumento en la medida en que es un significante –algo que dice lo que es– y continuará diciendo que la pasión transexual, su locura, consiste en querer liberarse no tanto del órgano sino del significante que lo representa. Existiría una confusión entre el órgano real –el pene– y el significante fálico que lo representa. La eliminación real del órgano es consecuencia del rechazo forclusivo del significante de la norma sexual, el falo. Dirá Lacan del transexual, que su “único yerro es querer forzar mediante la cirugía el discurso sexual que, en cuanto imposible, es el pasaje de lo real”.15
Es decir que desde el corpus teórico psicoanalítico, la transexualidad quedaría articulada con la psicosis, en la medida en que plantea la posición transexual a partir de la no asunción de la sexuación como varón mediante el rechazo del significante fálico y en la demanda de corrección quirúrgica de ese error.
Podemos preguntarnos si hay algo que el psicoanálisis pueda ofrecer a estos sujetos más allá de un diagnóstico de psicosis.

De lo general a lo particular. Una insoldable decisión del ser.
Alberto Sladogna,16 psicoanalista argentino, realiza una crítica al abordaje de lo transexual por parte de algunos colegas.
Afirma que los transexuales no solo son forcluidos del corpus, sino que también y en nombre la forclusión, lo son de la clínica psicoanalítica. Dirá: “El tema del transexual, su objeto, su deseo, en primer lugar quedó aplastado por un elemento teórico, la forclusión”.17 Su propuesta es ir al uno por uno en la clínica y no calificar a todo transexual como psicótico. A su vez afirma que la transexualidad afecta al psicoanálisis en sus pilares teóricos:
La experiencia de los transexuales, uno por uno, no toca de manera directa a la práctica del psicoanálisis (...) Esas experiencias tocan de forma indirecta al psicoanálisis, pues la experiencia transexual, su reconocimiento como comunidades integrantes del lazo social hace estallar la “natural” división entre los sexos –la diferencia hombre/mujer–; esas experiencias trastocan el campo del lenguaje compartido, (…) Los transexuales, lo sepan o no, cuestionan la diferencia simbólica pues no se acomodan como hombres y tampoco como mujeres (…) es decir, rompen el dualismo de la diferencia hombre/mujer, las identidades y las fijezas de las identificaciones quedan cuestionadas, al menos, ya no pueden ser tomadas como naturales. Y entonces qué haremos, cómo enfrentar esta crisis que afecta al complejo de Edipo, a las formas de la diferencia sexual, al complejo de castración, una experiencia que cuestiona las categorías psicopatológicas, como por ejemplo, es un poco más que insostenible calificar a cada transexual de “psicótico”. ¿Entonces qué?18

¿Cómo poner en juego, entonces estos pilares teóricos frente a la particularidad del caso? ¿Cómo abordar la transexualidad desde el Psicoanálisis sin quedar capturados por categorías nosográficas que podrían resultar en la expulsión de estos sujetos del dispositivo analítico?
No se trata de ajustar a los sujetos a los conceptos, sino de favorecer el despliegue de la subjetividad evitando caer en una psicopatologización del transexual que resultaría en un recurso forclusivo en lo que podría ser el encuentro de un sujeto trans con un analista. Algo puede ofertar un psicoanalista causado por la clínica de lo singular, de lo particular, que intenta ubicar allí a un sujeto.
Más allá de una categoría diagnóstica, Lacan habla de un “enérgico deseo” en el transexual. Ponerlo a trabajar, también dependerá del deseo del analista y de su neutralidad.
Existe en estos sujetos una insoldable decisión del ser, de ser una mujer y retomamos la fórmula de Lacan en “Acerca de la causalidad psíquica”,19 para aventurar una propuesta posible: dejarlos llegar a ser tal como son; ir al uno por uno, dejarse interpelar por los sujetos transexuales y escuchar lo que tienen para decir y no forcluirlos de antemano del dispositivo analítico, en pos de adecuarlos a postulados teóricos. ¿Seremos capaces?


1 Chemama, R. Diccionario de Psicoanálisis. Bs. As.: Amorrortu Editores. 1995. Págs. 396- 397.
2 Freud, S. (1923). La organización genital infantil. Tomo XIX. Bs. As.: Amorrortu Editores. Pág.146.
3 Freud, S. (1924). El sepultamiento del complejo de Edipo. Tomo XIX. Bs. As.: Amorrortu Editores.
4 Freud, S. (1925). Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos. Tomo XIX. Bs. As.: Amorrortu Editores. Pág. 275.
5 Lacan, J. (1958). Escritos 2. La Significación del Falo. Bs. As.: Siglo XXI editores.1988. Págs. 673- 675.
6 Rabinovich, D. Lectura de la Significación del Falo. Bs. As.: Manantial. 1995.
7 Lacan, J. Óp. Cit. Pág. 666.
8 Lacan, J. (1957-1958). El Seminario. Libro 5. Las formaciones del Inconsciente. La Metáfora Paterna I. La Metáfora Paterna II. Bs. As.: Paidós. 1999.
9 Cf. Millot, C. (1984). Exsexo, ensayo sobre el transexualismo. Bs. As.: Catálogos. 1984 y Godoy, C. Psicosis y Sexuación. En Ancla Revista Nº1. ¿Género ó sexuación? Revista de la Cátedra II de Psicopatología, Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Bs. As.: Ancla Ediciones. 2007.
10 Lacan, J. (1955-1956). El Seminario. Libro 3. Las Psicosis. Bs. As.: Paidós. 1984. Pág. 24.
11 Lacan J. (1959). Escritos 2. De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis. Bs. As.: Siglo XXI editores. 1988. Pág. 556.
12 Lacan, J. (1971). El Seminario. Libro 18. De un discurso que no fuera del semblante. Bs. As. : Paidós. 2009. Págs. 30- 31.
13 Morel, G. Ambigüedades Sexuales, sexuación y psicosis. Bs. As: Manantial. 2000.
14 Cf. Lacan, J (1971- 1972). El Seminario Libro 19. O peor. De Uno y Otro sexo. I La pequeña diferencia. Buenos Aires. Paidós. 2012.
15 Ibíd. Pág. 17.
16 Sladogna, A. ¿Qué trans... a con los transexuales? En Revista Textura. El psicoanálisis ante las ciencias, las artes y la tecnología. Nº 1. La Diferencia. México: Anemos, Clínica Psicoanalítica. 2006. [Documento pdf] Recuperado: http://www.clinicaanemos.net/textura/reciente.html
17 Ibíd., p. 16.
18 Ibíd., p. 24.
19 Lacan, J. (1946). Escritos 1. Acerca de la causalidad psíquica. Bs. As. Siglo XXI editores. 1988.
 
 
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