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   Entrevista

Alicia Stolkiner
  Política social en Salud Mental: no tratar a nadie como mercancía
   
  Por Emilia Cueto
   
 
En el año 1972 obtuvo el título de Licenciada en Psicología en la Universidad Nacional de Córdoba. ¿Cómo una psicóloga formada en psicoanálisis llegó a dedicarse a las temáticas de Salud Pública/Salud Mental?

Sucede que comencé la carrera en 1969, el año del Cordobazo, la terminé en poco más de tres años en consonancia con la velocidad que el tiempo y los acontecimientos adquirieron en esa época. “Vivir apurado y morir joven” un título que la demógrafa Susana Torrado utilizó para un artículo sobre jóvenes en desamparo en la década del ‘90, es también –aunque con una significación distinta– una frase que produce sentido para la generación a la que pertenezco. En ese contexto, la entrada a la Universidad fue un aprendizaje simultáneo del campo disciplinar y de la participación en la vida pública y política.
Supongo que la construcción de pensamiento y prácticas de un sujeto deviene simultánea e inseparablemente de las vicisitudes de su historia singular y de las condiciones históricas generales en que se desenvuelve. La Universidad de Córdoba era entonces un espacio de debate permanente, que en la facultad en la que estudiaba alcanzaba niveles teóricos importantes.
La formación de los psicólogos era, en ese período, fundamentalmente psicoanalítica kleiniana. Lacan entró a principios de los ‘70 como un pensamiento contra-hegemónico al plantear la vuelta a Freud y cuestionar el dispositivo de análisis didáctico.

Llevaba dos formaciones paralelas que no articulaba demasiado: una como psicoanalista y otra estudiando teorías sociales y los aspectos epistemológicos de El Capital. También mi entrada en el mundo profesional coincidió con la ruptura de la APA, los grupos Plataforma y Documento, y los debates sobre el sentido social y político de las prácticas. No participé de ese movimiento porque estaba en una provincia, pero sus debates y protagonistas también influyeron en mí, así como un autor poco recordado: Georges Politzer.
En 1976 tuve que exiliarme en México y allí comencé a participar del Movimiento de Trabajadores de Salud Mental Argentinos en México. Ahí conocí a Marie Langer y Silvia Bermann entre otros. Mi primera publicación fue sobre los efectos de la represión política en los niños, dado que me formaba como terapeuta de niños.
Trabajar con sujetos cuyas vidas han sido atravesadas por situaciones traumáticas colectivas como el terror de Estado o la guerra, nos obligaba a repensar cuidadosamente algunos de los modos de practicar la clínica. Básicamente se derrumbaba el marco de sentido que tendía a ontologizar “lo psíquico” y reducir el sufrimiento a los cuadros psicopatológicos supuestamente fundados, exclusivamente, en la trayectoria singular. También se rompían los límites teóricos entre lo social y lo subjetivo, y se cuestionaba simultáneamente el lugar del analista y su implicación.
Mi formación en Salud Pública la formalicé luego de mi vuelta a la Argentina en 1984, haciendo el posgrado en la Escuela de Salud Pública de la UBA.

Durante los años 1980-1984 formó parte del Equipo Internacional de Salud Mental México-Nicaragua, siendo Marie Langer una de las coordinadoras. ¿En qué marco se desarrolló esa actividad y cuáles fueron sus principales abordajes, conclusiones y efectos?

En ese período tuve la experiencia de participar en el equipo internacionalista de solidaridad, coordinado por Marie Langer, Silvia Bermann e Ignacio Maldonado. Habían recibido una solicitud del gobierno Sandinista, luego del derrocamiento de la dictadura y el final de la guerra, para colaborar con el Ministerio de Salud en el desarrollo de políticas y acciones de Salud Mental, así como también en la formación y capacitación de personal del área.
El Hospital Psiquiátrico era un laboratorio donde confluían los italianos, algunos antipsiquiatras reconocidos, un equipo canadiense, médicos cubanos y nosotros. El hospital funcionaba en asamblea de la cual participaban los pacientes y el personal. En una de ellas se decidió, ante la queja de los pacientes por la calidad de la comida, unificar la cocina y el comedor para pacientes y personal, y se solucionó el problema. En otra se debatió sobre la aplicación de terapias electroconvulsivantes. Todavía se utilizaban, y algunos médicos psiquiatras presentaron estudios convalidando su eficacia para problemas específicos. Ante ello, y después de analizar cómo se desarrollaba esa práctica en el hospital, se decidió en asamblea que si un médico prescribía tal tratamiento lo debía aplicar él personalmente y en un horario de 6 a 8 de la mañana. Prácticamente cesó la aplicación de electro-shock, que solía ser delegada por quien la recetaba en personal de menor jerarquía.

Nosotros introdujimos el dispositivo de Grupo de Admisión para los Servicios de Consultorio Externo, a fin de dar un espacio de respuesta oportuna a la solicitud de asistencia. Lo coordinábamos conjuntamente con personal del hospital. Comenzó a correr la voz de que en el Hospital Psiquiátrico se podía ir los jueves a las 14 horas a debatir los problemas personales con otros, y la gente venía por eso. Recuerdo que en las reuniones aparecía mucho del dolor y la pérdida, pero también muchos problemas suscitados porque se habían transformado velozmente las relaciones entre géneros y entre generaciones.
Entré al equipo como terapeuta de niños, pero comenzó a interesarme participar en el desafío de planear y comprender el funcionamiento de las problemáticas e instituciones de salud en su dimensión colectiva. Creo que fue decisivo para que, al volver a la Argentina, trabajara y me capacitara en el campo de la Salud Pública. Poco después, desde 1986, mi relación e intercambio con la corriente de pensamiento médico-social latinoamericano y la corriente de salud colectiva de Brasil me proveyó un referencial teórico con el cual sentí que podía hacer confluir intereses que tenía disociados. En ese campo se encuentran reflexiones sobre lo genérico y lo singular, sobre la complejidad y sobre la potencia de los sujetos, sobre lo político y lo disciplinar, que armaba un enlace con aquellas cuestiones del psicoanálisis que más me ligaban a su teoría y prácticas.

Hace aproximadamente treinta años comenzó tareas docentes y de investigación en torno a Salud Mental, ¿Qué ha cambiado en ese ámbito en estas décadas?

Si uno lee, por ejemplo, números de 1972 ó 1973 de la Revista Argentina de Psicología, encuentra debates que permanecen hasta la fecha sobre los manicomios y la necesidad de modificar las formas de abordaje de la “locura” a nivel de las políticas. Con el retorno a la democracia, durante el período de Alfonsín y con Vicente Galli como Director Nacional de Salud Mental (y Mauricio Goldemberg como asesor por la OPS) se plantearon y efectivizaron algunas reformas del campo. También comenzaron, en ese período, algunas experiencias provinciales de modificación de las formas de asistencia a los problemas tradicionales de la salud mental, como la de Río Negro. Eso se interrumpió durante el período de los ‘90 y las reformas pro mercado del sistema de salud. De hecho, en un país donde el psicoanálisis forma parte de la cultura y que tiene cerca del 75% de los recursos humanos de salud mental de toda América Latina, la forma hegemónica de asistencia siguió siendo la internación prolongada. Esta paradoja se extiende a que la solución que cuantitativamente es más frecuente en la población para los padecimientos subjetivos es el consumo de psicofármacos. De hecho un psicofármaco siempre ocupa el lugar de segundo medicamento en ventas en el país.

Creo que uno de los problemas hace a la constitución del sistema de salud mismo del país, fuertemente segmentado y fragmentado. Es un sistema que ha resistido todos los intentos de transformación estructural, aún los realizados en dictadura, debido al carácter fuertemente corporativo de sus actores; no es extraño que resista las transformaciones en salud mental.
En la última década, esto lo planteamos como hipótesis hace unos años y parece cumplirse, hay tres factores que inciden para que hayamos llegado a la existencia de la Ley Nacional de Salud Mental y su reglamentación: la existencia de políticas sociales de corte universalista, una sociedad que ha dado muestras de mayor conciencia del valor de sostener los derechos humanos (probablemente a partir de su historia de dolor) y el reconocimiento de derechos de los diversos (tal el caso de leyes como las del Matrimonio Igualitario, Ley de Derechos de los Pacientes, Ley sobre Derechos de los Niños/as y Adolescentes, etc.). A eso se suma, como parte de este escenario, la aparición de actores nuevos, no corporativos. Entre estos últimos fundamentalmente están los organismos de Derechos Humanos y las asociaciones de usuarios y familiares, los cuales suelen enlazarse y potenciarse. Por ejemplo, la publicación del CELS/MDRI en 2009, “Vidas arrasadas”, sobre la situación de los derechos de las 20.000 personas internadas en instituciones psiquiátricas fue un elemento importante de impulso. También influye que la OMS y la OPS hayan tratado, desde el año 2000, de darle mayor impulso a las transformaciones en el campo.

La Ley Nº 26657 de Salud Mental y su reglamentación no salieron de un gabinete de elaboración legislativo, si bien el impulso surgió de un legislador –Leonardo Gorbacz–, hubo una multiplicidad de actores involucrados, incluyendo aquellos críticos a ella, como la Asociación de Psiquiatras Argentinos.
Emiliano Galende plantea que en los países desarrollados, luego de la Segunda Guerra Mundial, la configuración de las políticas en salud mental y las reformas psiquiátricas se ligaron básicamente a la existencia de estados sociales con políticas universalistas, la expansión de la idea de derechos y el desarrollo de la farmacología. Suelo agregar que los sistemas de salud universales fueron uno de sus impulsos también. Creo que tenemos condiciones para que aquello que se viene planteando como necesidad hace décadas deje de concretarse exclusivamente en experiencias puntuales o locales.

La contracara de esta tendencia es la entrada de un discurso medicalizante, coherente con las fuerzas que impulsan la mercantilización y medicalización de la salud, y la fuerza de los actores corporativos preexistentes.
Como lo he afirmado en algunos trabajos, el antagonismo fundamental de nuestra época es entre objetivación y subjetivación. En un polo de este antagonismo está la tendencia a subordinar todos los aspectos de la vida a la lógica mercantil, en el otro la tendencia a profundizar ese constructo de la modernidad que es la idea de derechos, y este antagonsimo atraviesa todas las prácticas. La dignidad, concepto nodal en el campo de los derechos humanos, consiste en que nadie sea tratado “como objeto, como medio o como mercancía”, toda práctica disciplinaria tiende a la objetivación, pero no necesariamente ese debe ser su polo predominante.

Usted ha participado desde los inicios en el Doctorado Internacional en Salud Mental Comunitaria: Teoría y Técnica de la Investigación y de Taller de Tesis de la Universidad de Lanús, que dirige Emiliano Galende, ¿Cómo se generó el proyecto y cuáles son sus objetivos?
Hace poco más de veinte años Emiliano Galende convocó a un grupo de trabajo para discutir y producir sobre políticas y acciones de salud mental, me sentí y me siento muy agradecida de que me invitara a participar de él. Ese grupo desarrolló distintas actividades a partir de sus reuniones periódicas, entre ellas la configuración de una efímera Red Nacional de Salud Mental. Fue la base de la conformación del programa de posgrados en Salud Mental Comunitaria que se desenvuelve en el Departamento de Salud Comunitaria de la Universidad Nacional de Lanús, prácticamente desde la creación de la misma.
 
 
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